EN LA ISLA DORADA

I

En Mallorca son algo injustos con el llano en punto a su belleza. El

deslumbramiento que produce la hermosura de la costa montañosa del

norte, de sus espléndidas calas, de sus valles y sus barrancas, de sus

rocas encendidas que avanzan a bañar su fulgor en el añil del mar,

que es como una sangre, todo eso hace que no se aprecie lo debido la

copiosa apacibilidad del riente llano de higueras, olivos, almendros y

algarrobos.

Mallorca, la isla de oro, debe su fama de hermosa a la montaña costera.

La brava sierra que forma la costa brava es como un gran contrafuerte

que corre de noroeste a sureste, cubriendo la llanura. Va desde el

cabo de Formentor, donde se alzaba el pino que cantó Costa y Llobera,

el que al viento sacudía su verde cabellera sobre el rompiente de las

olas surgiendo de la roca, sin tierra a sus pies, en el cabo Nordeste

de la isla, hasta la península de Andraitx, en el cabo suroeste, donde

se alzan los ceñudos acantilados sin fronda ni verdura alguna, que

primero le saludan al que llega embarcado desde Barcelona. Y toda esa

costa es una maravilla luminosa. Diríase una isla de piedras preciosas,

de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de amatistas, bañándose al sol

en su propia sangre. Pues es el mar como sangre de piedras preciosas.

Es el mar homérico, el de la Odisea, el mar de color de vino, el que

parece haberse derramado desde las entrañas de las rocas, no es el mar

tenebroso que cantara Camoens.

Recorrí buena parte de esa fulgurante cornisa, que es una verdadera

obra maestra de Dios, o si se quiere una obra de arte de la naturaleza.

Parece hecha aposta para que el hombre aprenda a soñar. Y aquí no es,

como en la Castilla de Calderón, la vida sueño; aquí el sueño es lo

que se tiene ante los ojos, aquí la naturaleza es sueño. Pero sueño de

mediodía de verano, palpable y firme, donde la luz del cielo se adensa

y cuaja en formas claras y precisas. Es un paisaje--aunque este término

de paisaje resulte aquí flojo y desvaído--es un paisaje intelectual,

contemplativo, seguro de sí mismo. Gea y flora y hasta fauna se abrazan

y como que se mezclan y hasta confunden.

Se hacen los árboles como rocas y otras veces fingen--¡oh los olivos

de Valldemosa!--monstruos prehistóricos y las rocas se hacen como

troncos gigantescos o como enigmáticos gigantescos dragones. No, no

son fantásticos delirios aquéllos que pintó el gran poeta de la luz de

Mallorca, el pintor Mir, que embriagado de sol, como suelen estarlo las

cigarras, pintó como éstas cantan en los pinos, brezando la modorrienta

siesta del mar, con un estremecimiento de las entrañas. El pobre Mir

acabó en que se le desvaneciera la razón--que me dicen ha recobrado

ya--en su lucha por volver al arte lo que a éste arrebató la naturaleza.

Mi primera excursión a la montaña y la costa fué yendo desde Inca al

santuario de Lluch y de éste, cruzando sierra, a las bahías de Pollensa

y de Alcudia. De Inca a Lluch se sube, siempre al pie del imponente

pico--o puig--de la Massanella, el segundo gigante pétreo de la isla,

por un verdadero cinematógrafo de hoces y barrancas. Surge algún

pueblecillo de esos que parecen eflorescencia de las rocas vestidas de

verdura, con su iglesia en lo alto, como un halcón de cetrería en su

percha. Así Caimari. Y luego el salto de la Belladona, un derrumbadero

tajado a pico y abierto al apacible llano, y donde brotó, como en flor

espiritual, una leyenda, la de la dama que arrojó su marido por el

despeñadero, y al llegar al altar de Nuestra Señora, la encontró allí

sana y salva arrodillada.

Lluch, el santuario, es el Montserrat de Mallorca. Allí, en el corazón

espiritual de la isla, y que es como el centro del espinazo rocoso de

ella, forma el ceñidor de las montañas, con sus picachos por almenas,

como otra isla, un reposadero de calma y de ensueño. No cabe espaciarse

sino hacia el cielo, pero se barrunta el mar tras las montañas. El

cielo mismo refleja el esplendor del mar encendido. ¡Y aquel valle

profundo de Aubarca, mirando al cual siente uno que se le anega todo

recuerdo de la historia!

De Lluch emprendimos una caminata a pie, a Pollensa, por senderos

pedregosos franqueando la sierra. Y era el placer de embarcarse entre

los árboles hijos de la roca y de beber agua de roca, labios al

cauce, y de sentirse lejos de la mentira. Pero los kilómetros se nos

alargaban bajo los pies. Consuelo y premio grandes al columbrar allá a

lo lejos el mar dibujando montañas. Bajábamos al espléndido valle de

March, un jardín donde nos saludaban naranjos y albaricoqueros, y más

cerca, a nuestro lado, en un seto, un mirto florido con sus modestas

florecillas payesas, blancas, de cinco pétalos--como otros rebosillos

que es el tocado de las campesinas--y su plumerillo de estambres a modo

de trenza. Y granados en flor.

Ya tarde pusimos pie en Pollensa, donde pernoctamos. No sin que algún

viajante insomne o nocherniego nos diese la tabarra cantando, mientras

aporreaba el piano, esa infame cancioncilla del: ¡bacalao! ¡bacalao!

¡bacalao! ¿Por qué, Dios santo, se extenderán y arraigarán tan pronto

esas cancioncillas absurdas? En Mallorca misma, donde apenas se oye

música popular indígena, con su letra mallorquina, óyese alguna vez

disparatadas coplas castellanas. ¡Y tan disparatadas! Sirvan dos de

ejemplo. Una:

Disen que no ma queres

porque no llevo quelsones,

mañana me empondré unos

que se disen pantalones.

Y otra:

Que es de dichosa una madre

que tiene un hijo soldado,

que si muere en el servisio

tiene el entierro pagado.

Mas pasó la noche con su bacalao a la pollensina y subimos al calvario,

cuyos cipreses se esmaltan sobre el cielo esplendoroso, uno de estos

calvarios de levante donde el recuerdo mismo de la muerte canta vida

o más bien inmortalidad, uno de estos calvarios en que se siente la

comunión de los vivos con los muertos en el estremecimiento luminoso de

la tierra que comulga con el cielo. Y la vista de que se goza desde el

calvario de Pollensa, estupendo mirador--o «miranda», como por allí se

dice--es una hostia de comunión con la naturaleza.

Entra por los ojos la vida universal. En el fondo, colindando con

el cielo o meciéndose con él en nacaradas lontananzas, las bahías

de Pollensa y de Alcudia, y ciñéndolas un intrincamiento de oscuros

peñascos, de promontorios, al modo de islotes o de una tropa de enormes

cetáceos fosilizados. El cabo Formentor hiende el mar. Y se ve cómo la

isla de oro es una perla entre las dos conchas azules del cielo y del

mar.

Alcudia, la ciudad de abolengo romano, duerme o más bien sueña entre

las dos bahías. De sus calles silenciosas se exhala paz. La llena

un silencio que parece oprimido por el cielo. El mar mismo es allí

silencioso. Y sus aguas parecen metálicas. A la distancia finge el mar

ése latino una barrera de zafiro, un cercado del cielo. El color del

agua es increíble; a trechos casi negro, pero negro de luz.

De Alcudia volvimos a Manacor pasando por la Puebla--o mejor la

Pobla--, la parte más fértil de la isla, aunque no la más pintoresca.

Hay allí una albufera y el mar empapa a la tierra. Un ejército de

molinos de viento le sacan a ésta su agua; pero de estos molinos

modernos, de rueda y pequeñas aspas de madera. Aunque no son esos

familiares viejos molinos de viento, los de velas, los de Don Quijote,

los que os saludan como con la mano, estos otros molinos en tan gran

tropa no dejan de animar al paisaje con una nueva vida. Se ve a la

tierra trabajando.

Mi segunda excursión fué a Sóller, en donde hay un ferrocarril desde

Palma hecho por los sollerines. Cierto es que en esa isla afortunada

todo es de sus propios hijos.

Sóller es como otra isla dentro de la isla. Pósase el pueblo en un

valle hondo abierto hacia el mar, sedimentado de naranjos y sobre el

cual se alzan imponentes picachos y presidiéndolos el primer gigante

pétreo de Mallorca, el Puig Mayor de Torrellas, que sepulta su cresta

en el cielo. Es difícil el rebaño de casas de Sóller, asentadas entre

la verdura al abrigo de los peñascales. Y luego aquel puertecito

apacible y soñador, al que apechugan las montañas, que desde lo más

alto de sus márgenes parece cerrada a la vista su entrada, un lago.

Los barcos allí deben olvidarse que tienen que salir, pues es como un

retiro.

Cerrado Sóller al resto de la isla por su ceñidor de rocas y abierto al

mar, los sollerines buscaron más allá de éste sus destinos. Se fueron

más allá, sobre todo al Mediodía de Francia, a toda Europa, a vender

sus naranjas, después las de otros, a comerciar en fruta. Y así se

enriquecieron. Aspírase un aliento de bienestar por dondequiera. La

_aurea mediocritas_, la discreta fortuna, se ha ido colando por

entre aquellos naranjales. Es un pueblo donde la gente se retira a

paladear lentamente el fruto del trabajo.

Y en el mismo valle de Sóller hay al pie mismo del Puig Mayor, otra

isla dentro de esta isla de la isla de Mallorca. Es Fornalutx.

Fornalutx, un pueblecito colgado en la falda del gran peñasco, con sus

calles en cuesta, de gradería las más de ellas, escondido del mundo

todo. Desde él no se ve ni aun Sóller, sino tan sólo rocas revestidas

de fronda y el cielo sostenido sobre las cuchillas de las cumbres

rocosas, y una inmensa sensación de anacoresis.

Llegamos a Fornalutx fatigados y sudorosos, y en busca de reposo y

de frescura entramos en la iglesia. ¿Dónde más calma y más fresco?

Y estando allí sentados salieron unas monjitas a arreglar y orear y

limpiar unos velludos. Eran como camareras del Señor o su Virgen

Madre, sencillas payesas sacristanas. Acompañábanles unas niñas. Y

allí, sin cuidarse de nuestra importuna presencia, extendían sus paños,

los medía una de ellas, a palmos, con su mano bien abierta, y atendían

a su pausado menester doméstico. La iglesita era su casa.

Mallorca está llena de estas monjas de una orden diocesana, isleña y

aislada, dicen por decir algo que franciscana; pero dicen bien, porque

da la más profunda impresión de franciscanismo. Son las maestras de

estos pueblecillos rodeados de masías, son también las enfermeras.

Ingenuas payesas de la casta de aquella beata Catalina Tomás, la

valldemosina que hablaba con los ángeles del cielo mallorquín, con los

espíritus cristianos de las rocas, de los árboles, de las calas, de las

cuevas de Mallorca. Porque allí los genios tutelares de la naturaleza

se dejaron bautizar. Y el cristianismo mallorquín y franciscano,

campesino, tiene a la vez algo del encendido orientalismo de Ramón Lull.

Al volver de Fornalutx, en Beniaratx, al vernos detenidos, nos dijo

una viejecita que había desde allí _una mirada molt maca_, una

vista muy bonita. Y acaso la viejecita de Beniaratx ha llegado serena

y contenta, henchida del infinito de su propia limitación, hasta su

edad--podría tener más de ochenta años--apacentándose del aire puro de

aquel cielo y de vistas hermosas. Acaso no ha salido nunca, no ya de la

isla de oro, mas ni del valle de Sóller y toda la pureza del universo

ha pasado por su alma. ¿Es que no ha visto en las noches serenas como

su alma palpitar en el cielo las estrellas y otras noches a la luna

que remoloneaba contemplando la roqueta? Y allá en sus mocedades se

estremecería esta viejecita de hoy como se estremecen cantando al sol

las cigarras.

Al retirarnos de Sóller, al volver al llano, miraba con mordiente

avidez, con mirada de presa, a aquel Fornalutx agazapado en un

repliegue de la falda del mayor gigante pétreo de la isla de oro,

queriendo llevarme para siempre en el alma su visión. Vendrán días

en que necesite del recuerdo de la paz del rincón de Sóller, de su

puertecito retirado.

Allí debe experimentar el que viva un profundo sentimiento de

seguridad, de que nada ni nadie le amenaza, de que el mar que le

comunica con el mundo todo a la vez le protege de él. Antaño, en los

siglos en que aún duraba la lucha entre el moro y el cristiano, hasta

no hace aún siglo y medio los corsarios berberiscos asolaban de tiempo

en tiempo las costas de Mallorca. Iban a la caza de cautivos a que

hubiese luego que rescatar. Y estaban las costas llenas de atalayas y

de torres de defensa contra la piratería del moro. Hoy esas torres son

miradores. Y en la isla toda se percibe la tranquilidad de la seguridad.

Es espléndido el camino de Sóller a Palma, sembrado de esas hermosas

masías mallorquinas que os llaman al pasar y os hablan, con sus

ventanas y sus galerías, de la vanidad de correr el mundo. ¿Pero podría

uno ya vivir en un Sóller, en una de aquellas casitas que miran al

torrente seco, junto a un naranjal, viendo pasar los días y quedarse

la vida y apacentando la vista ya con la cumbre que se sepulta en el

cielo, ya con el mar que lo sepulta?

Antes de que los sollerines hubiesen hecho--y con sus propios

capitales--el ferrocarril de Palma a Sóller, íbase de una a otra

población por una carretera que es un cinematógrafo de paisaje y con

más de cincuenta rápidas revueltas para bajar al valle de Sóller. El

tren lleva más pronto, es claro, pero en cambio tiene aquel túnel, uno

de los más largos de España, con todo su cortejo de humo.

He escrito de España y así es, porque Sóller, como toda Mallorca, es

desde luego tierra española, ni quiere ser otra cosa. Pero yo no sé qué

sutil sugestión se le infiltra a uno en el ánimo haciéndole pensar que

cuando allí se halla está lejos de todas las patrias oficiales, de los

hombres que luchan y de los que contemplan interesadamente la lucha

buscando el modo de aprovecharse de ella.

En la isla dorada sentíame más que extranjero de todas las tierras

ciudadano del mundo, pero del mundo de la naturaleza y de la paz.

Creo que mientras estuve en la iglesia de Fornalutx, viendo a las

monjas--llámanlas, me parece, las de la Pureza--arreglar los paños de

la casa de Nuestra Señora, camareras de la Virgen, se me desvaneció

hasta lo subconsciente de la obsesión de la guerra.

Allí, al lado de Sóller, posa junto al mar un pueblecillo que vi en

otra excursión y que es Deyá. Hase de él dicho que es como uno de

esos pueblecillos de nacimiento de cartón, y cabría pensar que lo ha

ideado y ejecutado a posta una sociedad para el fomento del turismo.

Es en su género, el pintoresco, un modelo. No comprendo cómo no se ha

popularizado ya como esos otros pueblecillos de los bordes de los lagos

suizos o italianos o de la cornisa francesa o de los alrededores de

Nápoles, cuyos retratos, más o menos fantaseados y con una romántica

luna entre nubes no pocas veces, figuran en tantos comedores de

posadas. Porque Deyá está pidiendo el cromo, así como sus calas piden

el cuadro fuerte que haga presa en la naturaleza.

En Deyá, lo mismo que en Sóller, vese un pueblo de encendido

mediterráneo, al pie de unas rocas que parecen alpinas. No es

métricamente ninguna gran cumbre la del Puig Mayor, no llega a los

1.500 metros y, sin embargo, nos hace la impresión de un gran gigante

alpino. Es, en parte, que le vemos elevarse desde el nivel del mar

cuando a otras grandes montañas las contemplamos desde llanos a una

grande altura; mas es también que el ámbito fulgurante de luz parece

que los sublima. Y todo, a la vez, es moderado y todo definido y claro.

Todo es clásico.

Roqueta de Mallorca, isla dorada donde cantan, ebrias de sol,

las cigarras de oro, invitas a vivir en ti una vida de cigarra,

alimentándose de aire purísimo cernido por los pinos, olivos, almendros

y algarrobos, de luz del cielo y de canto y a dejar a las hormigas el

cuidado de atesorar briznas. Allí hay el derecho a la holganza. Pero

aquellos hombres, lentos y calmosos, trabajan y trabajan bien. Trabajan

lenta y calmosamente, pero con toda la perfección posible, recreándose

en su trabajo, en su obra. Los artífices o artesanos son excelentes.

Y es que acaso toda obra es para ellos obra de arte. No es el hacer

que se hace y como para salir del paso. Lo hacen todo bien, hasta los

versos, los que los hacen. Tendrán más o menos poesía, les faltará

acaso brío y hondura o emoción, pero estarán mimosamente cincelados,

con una ferviente devoción a la forma. Me enseñaron cerca de Santa

María un almendral que era un modelo. Todos los almendros en perfecta

formación y todos perfectamente uniformados y equipados. La ordenanza

era modelo. Y así el sol les penetraba por entero. Apenas había en

ninguno de ellos hoja a que no le diese el sol.

Es Mallorca una tierra bendita para vivir despacio y moderadamente y

para trabajar también despacio y moderadamente. Hay quien les llama

a los mallorquines holgazanes, mas es sin duda porque no padecen la

febril ansia del trabajo que podríamos llamar económico, del que es

castigo, del de concurrencia, del padre de las guerras, pero basta

ver sus campos y las obras de sus artífices para percatarse de que

trabajan, y trabajan bien. Trabajan con un trabajo que se podría decir

estético. Más que trabajadores son artesanos, en el más noble y puro

sentido de esta palabra, que empieza a desusarse. En aquel espléndido

escenario ese bárbaro trabajo que tiende a producir al más bajo precio,

ese trabajo servil que está embruteciendo a nuestras generaciones,

no puede prender. Creo que los mallorquines sean más industriosos

que industriales. Grandes industrias, de ésas de fábrica, de las que

encierran como en un redil a grandes masas de trabajadores, no las

hay. No hay esas chimeneas que en otras tierras ensucian de trecho en

trecho el cielo y la tierra. Una de las industrias más desarrolladas en

la isla es la de la zapatería de calzado fino, de obra prima y hacen

labores primorosas en calzado de señoras. Pero eso lo hacen artesanos

más que obreros o si se quiere artistas, y lo hacen individualmente,

cada uno en su casa. Y por cierto que la guerra ha venido a trastornar

un poco este sano régimen. En Alaró, pueblo de zapateros, al pie del

castillo, último baluarte de la independencia del fugaz reino de

Mallorca, me dijeron que esos artistas emigraban a Francia, a hacer de

prisa y al desbarate calzado de munición para los combatientes. ¡Dios

quiera que no vuelvan maleados para su arte!

De vuelta de Sóller me preparé a ir a Valldemosa.

Andanzas y visiones españolas · 第 72 / 92 题