Vacaciones de Semana Santa, siete días de asueto; a correr y a ver
tierras, a orear los pulmones, la vista y el ánimo, a seguir conociendo
España, abrazando su cuerpo. Fin de la salida El Escorial, pero por
camino largo, tomándolo a sorbos, poco a poco, a modo de quien lo
saborea.
Primera parada en Medina la del Campo, la ya antigua conocida, la de
la famosa feria secular, aquélla en que dió su último suspiro la reina
católica, Isabel la Grande.
Allí se alza la ruina del castillo de la Mota, donde entregó aquella
mujer extraordinaria su alma magnánima a Dios. Se alza el torreón hecho
jirones y a la caída de la tarde remontaba desde él al cielo de ocaso
su vuelo una bandada de grajos. Los baluartes se van desnudando de su
recubrimiento de ladrillo. Y aquella masa ingente donde se dictó aquel
famoso testamento de Isabel la Católica, aquél en que dícese se habla
de nuestra misión en África, mira al cielo con una inmensa resignación.
Y una inmensa resignación desciende del castillo y se esparce por la
llanura toda donde apunta el verde de las mieses.
Lugar el más santo para meditar en lo que pasa y en lo que queda, en
la España temporal y en la España eterna, allí, junto al castillo de
donde voló desde la España terrena a la celestial aquella alma de mujer
fuerte. Alma de mujer, pero de mujer entera y varonil, como el alma de
la patria que hizo, alma también de varona. Y otra varona, Teresa de
Jesús, expresó un siglo después sus eternas ansias.
Érame una antigua obsesión la de visitar la ciudad de Olmedo.
Atraíame a ella aquella parte de muralla, vestida de saúcos y plantas
trepadoras, que al correr el tren se divisa. ¡Porque eso de ver al
pasar un viejo pueblo, relicario de recuerdos, que duerme al sol
guardado por sus murallas!... ¿Qué habrá allí dentro? ¡Y luego el
prestigio histórico! Veníamos de Medina la del Campo, de junto a aquel
castillo en que la gran Isabel muriera: íbamos a Olmedo, donde se dió
la batalla a que debiera el trono.
A mediados del siglo XV subió al trono de Castilla, por muerte
de D. Juan II, aquel pobre rey Enrique IV, por sobrenombre--nada
halagüeño ciertamente--_el Impotente_. Era un pobre varón--si es
que lo era--de cuerpo amasado con linfa y alma hecha de poquedad, lo
que necesitaban aquellos turbulentos nobles que le habían enfrentado a
su padre. Miserable fué el reinado de este infeliz. El P. Sigüenza, uno
de nuestros más castizos escritores sin duda, en su _Historia de la
Orden de San Jerónimo_, dice que «como el rey don Henrique quarto
no tenia hijos herederos y en su gobierno procedía con tanta blandura,
que todos imprimían en él lo que querían, estaba el Reyno y los grandes
desgustados, todo lleno de inquietud, alborotos, divisiones; vivían
unos como querían y otros como podían o los dexavan». Y así levantaron
algunos frente a D. Enrique al infante don Alonso, hermano del rey y
de doña Isabel. Entre los nobles más turbulentos del partido adverso
al rey, estaba aquel D. Juan de Pacheco, «hombre de grandes mañas,
de quien se decía públicamente que tenía tanta arte en traer a su
voluntad las de los que con él tratavan, que ponía sospecha si era más
que ingenio humano»--dice de él nuestro P. Sigüenza--. «Era el pobre
rey--dice este mismo escritor--de claro entendimiento, mas de una
voluntad remisa, ineficaz, sin irascible, y digámoslo así, apocada, de
donde nacían tantos males».
¡Y tan sin irascible el pobre Impotente! Como que divorciado de su
primera mujer, la infortunada Blanca de Navarra, volvió a casarse en
1462 con la princesa Juana de Portugal, de quien fué amigo D. Beltrán
de la Cueva, gran maestre de Santiago por obra y gracia del rey, ya
que por obra y gracia de D. Beltrán llegó el rey don Enrique a ser
padre, siquiera putativo, de la princesa doña Juana, a quien dió la
malicia en apodar la Beltraneja. Y aquel D. Juan Pacheco, el del
ingenio más que humano, esto es, diabólico, púsose frente al valido y
cirineo del matrimonio del rey, y protestó del reconocimiento de la
Beltraneja, adoptando como heredero al trono al infante D. Alfonso,
hermano del rey. Los descontentos nobles destronaron al rey en efigie
en las afueras de Ávila de los Caballeros, y vino la lucha entre don
Beltrán, que apoyaba a la Beltraneja, y los acaudillados por Pacheco.
Y fué cerca de Olmedo, al pie de unos pelados cerros blancos, donde
ambos ejércitos se encontraron, guiado uno por D. Beltrán y el otro por
el belicoso arzobispo de Toledo, Carrillo. A esta batalla, que quedó
indecisa, se siguió un período de anarquía, y la muerte del infante D.
Alfonso, envenenado, trajo a la historia a Isabel la Grande, hermana de
padre del pobre Impotente. La voluntad que a éste le faltaba teníala
ella, la varona. Y he aquí cómo entra Olmedo en los recuerdos de la
gran reina.
El camino de Medina del Campo a Olmedo, más de veinte kilómetros, lo
hicimos casi todo él a pie, parte en un carro de unos trajinantes en
vino. Dejábamos atrás, destacándose sobre el cielo de la tarde, la
mole del castillo de la Mota. A un lado y otro tierras de pan llevar,
luego un pinar que atravesamos, una pequeña revuelta del camino para
atravesar un río, el Adaja, el río de Ávila, que ofrece de pronto una
rinconada de melancólico recogimiento, y al trasponer una cuesta las
murallas de Olmedo y sus torres derritiéndose en la luz del atardecer.
Por una puerta de la muralla entramos en el pueblo. Uno de esos
espaciosos pueblos castellanos, abiertos, claros, llenos de luz, llenos
de anchura, con vastas plazas al pie de una iglesia de ladrillo que
abriga tal vez a un álamo centenario, con su gran plaza de arquillos,
donde toman el sol y comentan las últimas noticias de los diarios de
la tarde los desocupados del pueblo. El vaho por dondequiera de una
vida de sosiego, tal vez de modorra, turbada tan sólo de vez en cuando
por unas elecciones o por alguna cacicada. Y en la plaza de junto a
la iglesia mayor, al otro día de nuestra llegada, el de Jueves Santo,
cuando la procesión va a sacar a la luz y el aire libres los viejos
pasos, el trágico nazareno de manto morado y amoratado rostro, con
su cruz a cuestas, en esa hora de tradición católica el grupo de las
señoritas del pueblo y el grupo de los cinco o seis estudiantes que
hay en él y que tienen a aquéllas por novias. De un lado las imágenes
de la pasión y aquellos graves varones, de larga capa, con sus largas
varas y sus birretes--casi parecían doctores--y de otro lado, haciendo
como que miran al Cristo azotado, pero mirándose a los ojos, los novios
del pueblo. Pasarán estas vacaciones de Semana Santa, se volverá el
estudiante a Valladolid o a Madrid a proseguir sus estudios, y no
olvidará aquella tarde de Jueves Santo, en que la plaza de su niñez
vió a la novia, toda de negro, al pie del Nazareno, que murió por amor
a los hombres.
La Semana Santa es una de las épocas del año que más suele ir unida a
la historia de los recogidos y apacibles noviazgos de los pueblos, y
ese trágico Nazareno que pasea en esos días lo morado de su manto y de
su rostro por las abiertas plazas de los pueblos, ha sido y es uno de
los más eficaces casamenteros. ¿Quién que sepa el portugués no conoce
aquella tiernísima poesía de João de Deus, titulada _Encanto_? Es
aquélla que empieza:
_Passavas como rainha_
pasabas como una reina. Y anduvo con ella el poeta por Semana Santa de
templo en templo, y ella en su traje austero y grave, toda de negro,
que era un gusto ver no sé qué suave luz bañarle las manos, el rostro,
una luz como la que baña a los ángeles del cielo.
Días solemnes éstos de Semana Santa en los pueblos. Es el día en que
se les ve al juez y al alcalde vestidos de levita y con su sombrero
de copa alta, seguidos de la Guardia Civil--ésta de gala--que haya en
el pueblo recorrer las estaciones. Y al verlo sienten los niños la
singular solemnidad del día.
El posadero de la posada en que nos alojamos, un posadero típico del
linaje de los cervantinos. Cocinero a la vez y que se jactaba de guisar
cualquier plato sin echarse la menor mancha a la inmaculada blusa
corta. Y su hija, una muchachuela, decía al servirnos en aquel Jueves
Santo unas rosquillas fritas con manteca de cerdo: «¡Ay, por Dios, que
van ustedes a pecar! ¡Ay, por Dios!». ¡Y Él haga que no llegue nunca la
cándida muchacha a otra comprensión del pecado!
Desde Olmedo fuímonos a Arévalo, otra ciudad isabelina de las que
recorría y en que administraba justicia aquella reina andariega. Y
este Arévalo fué de los más prontos, dicen, en acudir al llamado del
rey de Navarra para batir a los moros en las Navas de Tolosa, por lo
que figura en su escudo de armas un caballero saliendo de un castillo,
tal como se ve, entre otras tallas, en piedra, en una graciosísima de
la antigua alhóndiga. Y este Arévalo fué de las ciudades que cuando la
guerra de Comunidades de Castilla peleó contra los comuneros al lado
del emperador, y de Arévalo fué el famoso alcalde Ronquillo.
Se tiende al sol de Castilla Arévalo, y a su cielo eleva las torres
de sus iglesias y conventos en la lengua de tierra que forman la
confluencia del Adaja con el Arevalillo. Es como en un promontorio, con
escarpes pintorescos a los ríos. Y en la punta misma de esa lengua,
en la altura que domina el emboque de ambos ríos y los dos puentes,
álzanse las ruinas del viejo castillo. Un macizo torreón de piedra que
habla de viejos enconos y de los días de la trabajosa fragua de la
nacionalidad. Y dentro de las ruinas del castillo, en el recinto de sus
desgastados muros, las ruinas de un cementerio en que ya no se entierra.
¿Habéis visto algo más melancólico y más lleno de sentido trágico que
un camposanto abandonado, que las ruinas de un cementerio? Penetrantes
son las ruinas de la vida, pero mucho más las ruinas de la muerte, las
ruinas de la ruina. Un viejo cementerio abandonado, una sola tumba
vacía, es acaso lo más hondo de sentir que puede encontrarse en el
peregrinaje de la vida. Recordé el «Dios mío, qué solos se quedan
los muertos», de Becquer, y aquella inmortal elegía de Tomás Gray al
cementerio de aldea. Más de una vez los pintores han tratado el asunto
a que suele titularse «la cuna vacía», pero es más hondamente trágico
el de la tumba vacía. Y recordé también--¿por qué no ha de serme
permitido citarme a mí mismo?--aquel final de uno de mis sonetos:
¡Hasta los muertos morirán un día!
Parecía aquel cementerio abandonado en las ruinas de un castillo una
colmena sin abejas. Los nichos abiertos nos miraban.
La ciudad misma todo recuerda menos la muerte. El tópico ése de
lo sombrío de los pueblos de Castilla es un embuste. Anchas y muy
despejadas plazuelas en que niños, ancianos y adultos toman el sol, la
gran plaza del mercado con sus soportales, mucho cielo arriba y mucha
luz en el cielo. Y en derredor una vasta campiña de pan llevar, con acá
y allá las manchas verdinegras de los pinares, y en el fondo, uniendo
la tierra al cielo, la sierra coronada de nieve. Y sube de la tierra
una gran serenidad a juntarse con la serenidad grandísima que baja del
cielo.
Y vive en estos pueblos una casta a la que se le está calumniando de
continuo, una casta serena y cauta que no avanza un pie hasta que tiene
bien asentado el otro, una casta sin impaciencias, que progresa paso
a paso, sin fiebre progresista, porque no quiere tener que dar pasos
atrás, recelosa si queréis, pero segura. Una casta que ha sido víctima
de la leyenda y de la contra-leyenda, cuya historia de hoy, de lo que
hace, piensa y siente, está tan por rectificar como la historia de su
antes de ayer, de lo que hizo, pensó y sintió.
No tenéis, en efecto, sino ver cómo las preocupaciones políticas del
pasado siglo, enturbiaron la clara visión de la lucha de los comuneros,
empeñándose en ver en estos nobles turbulentos y sus secuaces a los
precursores de los liberales y demócratas de hoy, y en el emperador,
que era acaso el verdadero demócrata, una especie de tirano que iba a
ahogar libertades populares. Y así ha sido casi toda la historia que
se hizo en España bajo la preocupación de las luchas políticas del
momento: una traducción, las más de las veces infiel, del pasado al
presente del historiador. Y luego fueron los historiadores protestantes
los que lograron imponernos en gran parte su tendenciosa y falsificada
interpretación de la contra-reforma española, que era una reforma
también.
Recorriendo estos viejos pueblos castellanos, tan abiertos, tan
espaciosos, tan llenos de un cielo lleno de luz, sobre esta tierra
serena y reposada, junto a estos pequeños ríos sobrios, es como el
espíritu se siente atraído por sus raíces a lo eterno de la casta.
Salamanca, abril de 1912.