Así es, Rebechi amigo--pues a darle este titulo su carta me autoriza--,
así es: el recuerdo del campo y la esperanza de volver a él es una de
las cosas que más y mejor nos sostienen en medio del tráfago de las
ciudades. ¿Hay acaso placer mayor que, sentado en las largas noches de
invierno junto a la leña que arde y zumba en la chimenea, soñar en un
paisaje favorito? ¿Hay algo como, viendo el fuego de las lenguas de
llama, recordar el de las lenguas de agua en la rompiente de las olas?
Las dos cosas que más se parecen son el juego de las crestas de la ola
marina, empenachadas de espuma, y el fuego de las crestas de la llama
del hogar.
Lo comprendo, ¿que lo comprendo? No, lo he sentido; he sentido al
retirarme al reposo y silencio del lecho, después de un día de duro
trabajo y de agitación ciudadana, y allí, en el silencio y el reposo,
entre cobijas, soñar, con un libro de viajes en la mano, montañas,
valles, ríos, mares y cielos libres.
Aun hay más, y es que durante el verano y en las siempre breves
vacaciones de que durante el curso puedo gozar, salgo a hacer repuesto
de paisaje, a almacenar en mi magín y en mi corazón visiones de
llanura, de sierra o de marina para irme luego de ellas nutriendo en mi
retiro. Así como también llevo al campo el recuerdo de las espléndidas
visiones de esta dorada ciudad de Salamanca, cantada por mí hace
algunos años.
El follaje de estas pardas encinas de Castilla, de estos árboles
solemnes que brotan de la roca misma, de las entrañas de la tierra,
es inmoble al viento, es apretado y denso, y es perenne. No cae en
invierno como cae el follaje más blando y más movedizo de los robles.
La encina parece un árbol férreo, ni el vendaval la dobla o la sacude,
como hace estremecer al chopo la más ligera brisa. Y denso, inmoble
y perenne es también el follaje de piedra de estos viejos monumentos
salmantinos. Las piedras doradas por soles de siglos de nuestra
catedral, de nuestro templo de San Esteban, de nuestra Universidad, son
como el follaje de las encinas. Y así, al contemplar los pináculos de
la catedral, sueño en las encinas de las anchas navas, y al apacentar
mi vista y mi corazón en éstas me corre por dentro, en curso soterraño
del alma, el recuerdo de las piedras hojosas de nuestros monumentos de
arenisca.
Así llevo la ciudad al campo y traigo el campo a la ciudad. Pero la
ciudad que es a su vez también campo, la ciudad hecha naturaleza
serena, impasible y noble. Una catedral es también un bosque, y hay
paisajes, verdaderos paisajes ciudadanos, sobre todo en las viejas
ciudades, en aquéllas sobre cuyos monumentos y viviendas han pasado
los siglos que sobre un bosque pasan. Cuando una casa ha abrigado
generaciones de hombres acaba por hacerse algo campestre.
Pero hay otra ciudad que ni llevo ni quiero llevar al campo, hay otra
ciudad que gozosamente dejo aquí cuando voy a retemplar entre valles
y montañas mi fibra, cuando voy a remontarme al hombre primitivo. Y
es la ciudad odiable y odiosa del trajín social, de los cafés, de los
casinos y los clubs, de los teatros, de los parlamentos, la odiosa
ciudad de las vanidades y las envidias. Huyo de esta ciudad, en cuanto
puedo. El campo es una liberación.
Triste tarea, amigo, la de tener que pasarse el día haciendo números,
sobre todo si son de numerario ajeno. Allá en mis mocedades bilbaínas
la mayor parte de mis amigos de excursiones y correrías monteses eran
escribientes encargados de la correspondencia o tenedores de libros de
casas de comercio, y el campo les servía preferentemente para maldecir
del escritorio. Y eso que todos ellos servían leal y concienzudamente
a las casas que los ocupaban dándoles de ganar. Comprendo muy bien,
pues, que usted, amigo, en los descansos de su labor, y cuando cruce
las anchas y largas avenidas de esa gran capital del sur de América, se
acuerde de aquel su nativo «huraño villorrio» italiano que se esconde
como perseguido entre una cima complicada del generoso Apenino, según
me dice en muy castizo castellano.
¡Me mienta usted en su carta al Apenino! ¡Dulce recuerdo! Hace ya
de esto veintidós años, no teniendo yo todavía entonces más que
veinticinco, en el verano de 1889, cuando lleno de mi tierra vasca
atravesaba ese generoso Apenino en uno de cuyos repliegues se esconde
el lugarejo en que usted nació. Y al atravesarlo y contemplar sus
valles, sus encañadas y sus pueblecitos, recordaba a mi Vizcaya.
Todas las notas de aquel mi viaje de mocedad, que asentaba noche a
noche, al correr de la pluma, en un cuarto de hotel, están llenas de
mi tierra nativa. Al entrar en Italia empezaron a desfilar a mis ojos
los clásicos pinos italianos, en parasol, que me traían el recuerdo de
uno hermosísimo que hay a la entrada de Guernica, de donde es y donde
vivía entonces y me esperaba la que dos años más tarde había de hacerse
mi mujer. Los Apeninos vistos desde Florencia, desde esta ciudad para
mi encantada que llevo en el fondo de mi alma a partir de entonces,
los Apeninos aquéllos me recordaban la cordillera de Archanda, a
cuya sombra se cernieron los ensueños de mi juventud. Al subir el
Reno, yendo de Pistoya a Bolonia, me invadió el recuerdo de la subida
de Orduña, según se pasa de los valles del país vasco a la llanura
castellana, esta subida que traspuse la primera vez cuando a mis diez
y seis años fuí a Madrid a empezar mi carrera, cantando el _Agur,
nere biotzeko_, un zortzico de Iparraguirre, y con lágrimas en los
ojos que iban a empezar a no ver su tierra. En aquella misma Florencia,
en esa Florencia de mi deslumbramiento juvenil y que consideraría
una desgracia de mi vida no poder volver a verla, escribí una noche:
«¡Mi Florencia! Hace un tiempo bilbaíno, a ratos sol y a ratos nubes.
Las calles, tan tranquilas; el aspecto de mi Bilbao». Hoy no les
encontraría esta semejanza, pues no la tienen. Y hasta las oposiciones
suscitaban el recuerdo de mi tierra, ya que hay una asociación de ideas
por desemejanza. Los bueyes blancos de su tierra de usted, amigo,
me recordaban a los bueyes rojos--_aidá! gorri!_--de color de
barquillo, de la mía. Servíame la ajena para reencender la ternura por
la mía propia. Y por esto le cobré tanto cariño.
Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas
montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando
aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma como el
meollo, el tuétano de los huesos del alma misma. Porque ésta tiene su
esqueleto, excepto en aquellos desgraciados que la tienen mucilaginosa,
invertebrada, a modo de pulpo o de esponja o de limaco. Pero para
quien tiene alma vertebrada, con huesos que la mantengan en pie y
mirando al cielo, esos huesos se nutren de un tuétano que está hecho
con las serenas y nobles visiones de la niñez lejana.
Viajar, sí, viajar, pero no sólo para poder contarlo luego y decir
en el sosiego de la casa a los hijos, a los amigos: «¡También yo
estuve ahí!», que esto las más de las veces no pasa de vanidad, de esa
vanidad de _parvenu_ norteamericano, de especiero neoyorquino o
de salchichero chicaguense, sino además, y sobre todo, para recordarlo
y paladearlo a solas y para encender con el recuerdo de esos viajes a
ajenas tierras el tibio y recalentador apego al rinconcito en que se
nació o en que se vive en nido propio.
Pero ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más
azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de
quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o
para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda, es ese horrible
e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en
las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de éste.
Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar
distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas
de espectáculos, que son en todas partes lo mismo y en todas igualmente
infectos y horrendos. Y hay quien viaja, lo he dicho antes de ahora,
por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va,
sino escapándose de aquel de donde parte.
Y hay también, sí, hay la tristeza de los viajes. Como escribía desde
Atenas a Luisa Colet aquella estupenda naturaleza de artista y de
soñador que fué Gustavo Flaubert, «por mucho que se viaje y se vean
paisajes y pedazos de columnas, eso no alegra. Se vive--añadía--en un
entumecimiento perfumado, en una especie de soñolencia, en que pasan
bajo los ojos cambios de decoraciones y junto al oído melodías súbitas:
ruidos de viento, rodar de torrentes, esquilar de rebaños. Pero no
se está alegre, se sueña demasiado para estarlo». Y aquel mismo año,
desde Roma, a Ernesto Chevalier, su amigo, diciéndole: «De todas las
orgías posibles es el viajar la mayor que conozco; es ésta la que se ha
inventado al llegar la fatiga de las otras. La creo más perniciosa a
la tranquilidad del espíritu y a la bolsa que pueda serlo el vicio del
vino o el del juego».
Mas hay que tener en cuenta que estos últimos conceptos y sentimientos
acerca de los viajes proceden de Flaubert, de un voluptuoso
imaginativo, de un hombre que idealizó la voluptuosidad, de uno que
dijo de sí mismo (en otra carta a la Colet):
«He nacido con un montón de vicios que jamás se han asomado a la
ventana. Me gusta el vino; no bebo. Soy jugador y nunca he tocado un
naipe; me agrada la crápula (acaso sería mejor traducir _débauche_
por juerga o por farra) y vivo como un monje. Soy místico en el fondo
y no creo en nada». El hombre que tan bien se definía con esas frases,
el estupendo esteta y artista que llevó al último grado de perfección
el sugerirnos sensaciones, es enteramente natural que encontrase
tristes los viajes. Su poderosa imaginación soñaba en ellos demasiado
para poder él estar alegre. Y en los viajes buscaba sensaciones, y
sensaciones violentas y fuertes. Quien haya leído _Salambó_
comprenderá al hombre; al hombre enamorado de lo monstruoso, del
Oriente enorme de los elefantes y las pagodas.
Pero no es lo mismo para aquel que encuentra en el campo un Evangelio
y absorbe en la montaña, tanto más que efluvios estéticos, efluvios
éticos. Porque el campo libre es una lección de moral, de piedad, de
serenidad, de humildad, de resignación, de amor. El campo nos ama, pero
nos ama sin fiebre ni frenesí, sin violencia. Y en el campo se ahogan
nuestras dos semillas ciudadanas o sociales más malignas, que son la de
la vanidad y la de la envidia. ¿Quién puede envidiar a otro cuando le
adivina allí, a lo lejos, perdido en un repliegue de lontananza, visto
desde la cima de una montaña? ¿Quién se siente envanecido y pagado de
sí a la orilla del mar, frente a la inmensa sábana ondulante?
¡Desdichado del hombre que se aburre si tiene que permanecer solo unos
días en medio de la campiña libre! ¡Desdichado del hombre que no puede
prescindir del ruido y el trajín de sus prójimos!, porque este tal no
se ha encontrado a sí mismo, ni ha sabido siquiera buscarse, ni se ve
sino reflejado en los demás.
La más sublime lección de moral que han oído los siglos y las tierras
es el sermón llamado de la montaña, aquel en que nos introduce el
capítulo V del Evangelio según Mateo, con estas sencillas pero excelsas
palabras: «Y viendo a las turbas subióse al monte, y habiéndose sentado
él acercáronsele sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba
diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, etc». Y sigue todo el
sublime código de la perfección cristiana. Desde una montaña, el Sinaí,
envuelta de collar continuo en fragor de tormentas, de relámpagos,
fué promulgado por Moisés el Decálogo a su pueblo y desde un monte
sereno de Palestina, un olivar acaso, dulce y perfumado de sol, se
vertió sobre los hombres las más santas enseñanzas. Subido en el monte,
sentado en él como en un trono, y en su derredor, recostados en el
suelo, al toque de la santa madre tierra, sus discípulos, abrió Jesús
la boca para dejar fluir de ella, como río que brota de una laguna
montañesa inagotable, el manantial de su doctrina.
La prueba más grande por que puede pasar un orador es conmover a una
muchedumbre iluminada por el sol libre, dando en campo abierto, al aire
libre, sus palabras. Y hay quien funda su opinión de que el más grande
orador popular que en lo humano se haya conocido es O'Connell, porque
arrebataba a las muchedumbres de campesinos irlandeses hablándoles así,
al aire libre de la patria, y haciendo intervenir hasta al trueno en
sus arrebatadas arengas. Y Demóstenes hablaba en el ágora, en la plaza
pública, no dentro del salón de un parlamento.
Vengamos al teatro, y es seguro que dramas aplaudidos en nuestros
salones de representación, en aquel ambiente confinado, a la luz
artificial, recibiendo actores y actrices el reflejo de las candilejas,
que produce en el rostro sombras anómalas--de luz que viene de abajo
arriba--, entre árboles y rocas pintados en lienzo, esos mismos dramas
resultarían ridículos y hasta grotescos al aire libre, representados
en el claro de un bosque o en un teatro antiguo. Este mismo verano vi
en un pueblo de la sierra de Francia, en la Alberca, un drama moderno
miserable y pésimamente escogido, _Los dos virreyes_, representado
al aire libre, en la plaza del pueblo, delante de la iglesia, sobre
un tablado y bajo un toldo que defendía a público y actores del sol.
Y en aquel escenario, en que habrían no ya conservado, sino realzado
su grandeza el _Prometeo_, el _Edipo_, la _Fedra_, el
_Rey Lear_, el _Hamlet_, _La vida es sueño_, el _Don
Álvaro_, resultaba profundamente grotesco aquel desdichado drama
que tan mal se escogiera. Y no digo nada si en vez de ser en la plaza
del pueblo, que al fin algo tiene de teatro en el mal sentido de esta
palabra, hubiese sido en el repliegue de una montaña, allí cerca, en un
castañar al pie de la Peña.
Tiene usted, amigo, que leer ciertos libros en el silencio y
recogimiento de su cuarto, acostado en su cama, entre cobijas, para
soñar allí en el campo. ¡Oh, si pudiese usted leerlos en el campo
mismo! Aunque no, al campo se debe llevar un libro; pero es para
dejarlo junto a sí, sobre la verde hierba, y quedarse mirando al cielo,
teniendo conciencia de que se le tiene al libro allí junto, pero que se
le tiene cerrado y silencioso. Y en el campo no se deben leer libros en
que se describa el campo mismo, libros de viajes o de paisajes.
La mejor lectura en el campo es la de los evangelios de todas clases
o la de una tragedia humana. Tuve, sin embargo, yo un pobre amigo--y
le llamo pobre porque se murió joven--que se subía a Archanda, a una
pequeña cordillera que no se levanta más de 400 ó 500 metros sobre
Bilbao, y sentado allí, contemplando la otra, más alta cordillera (el
doble), de la otra orilla de la ría poníase a leer las descripciones
que de los Alpes hiciera Rousseau. Y me aseguraba que la ilusión era
completa. Y yo, que le conocía, creíaselo. Además de que el efecto y
la sensación que las montañas nos producen, no crece, ni con mucho,
a medida de su altura. Porque así como desde un globo que se eleva a
2.000 metros sobre el suelo no se abarca con la vista doble extensión
de terreno que se abarcaba cuando sólo había subido 1.000, ni muchísimo
menos, así el efecto de las montañas no crece con su altura. Habiendo
de tenerse además en cuenta su altura, no sobre el nivel del mar,
sino sobre el campo circundante que las rodea. Y de aquí que no sean
las montañas más elevadas del mundo las que producen efectos más
emocionantes a los que suben a unas y a otras. Son muchos los que
prefieren los Pirineos a los Alpes y los Alpes a otras cordilleras más
altas.
El Ganecogorta, que junto a Bilbao se eleva a escasamente 1.000
metros, me ha parecido siempre tan imponente como cimas de 2.500 a que
he ascendido aquí, en Castilla. Y estoy seguro de que cimas de 5.000 a
6.000 metros no me producirían no ya doble impresión, si esto pudiese
medirse, que otras de 2.500 y 3.000 me han producido, pero ni siquiera
tan grande. La altura geométrica es de una importancia secundaria en el
respecto estético. Y una cosa parecida ocurre con los lagos y con los
ríos.
Y sobre todo, ¿qué puede competir con el arroyuelo de nuestra aldea
natal, con aquél que bajaba cantando junto a nuestra cuna y brezó
nuestros sueños de la infancia? Yo no nací en aldea, ni por mi pueblo
natal cruza un arroyo, sino una ría, una ría apretada entre pretiles,
que es hoy un canal, una ría de reflejos metálicos, sucia de ordinario
con escurrajas negras de carbón y rojas de mena de hierro, una ría
que se hincha a las horas de la marea con el agua del mar cercano, y
luego, en bajamar, se convierte casi en una cloaca; una ría que parece
arteria de enfermo, cubierta por el cordaje de los buques, y en el rizo
de cuyas leves ondas cabrillea el reflejo de estos buques mismos; pero
esta ría, este melancólico Nervión, ¡qué de remembranzas no agolpa a mi
mente! ¡Cómo recuerdo los días de mi fugitiva infancia, en que subido
con otros amigos sobre un banco, a la orilla de la ría, cuando entraba
en ésta aquel vapor de ruedas prorrumpíamos a coro a canturrear su
nombre, exclamando: ¡El pri-me-ró d'España! ¡El pri-me-ró d'España! ¡El
pri-me-ró d'España!» Que así, _El primero de España_, se llamaba
aquel vapor. ¡Oh felices días! ¿Dónde volveremos a encontraros sino en
el nativo campo?
Salamanca, octubre de 1911.