DE VUELTA DE LA CUMBRE

Un en un tiempo famoso profesor de Filosofía de cuyo nombre no quiero

ahora aquí hacer mención, solía empezar su curso con esta pregunta:

¿qué venimos a hacer? Y acabábase el curso sin que ni él ni sus

discípulos supieran lo que habían hecho ni si es que habían hecho algo.

Así yo también, al tomar hoy la pluma, en esta mañana del día primero

de agosto, me pregunto filosóficamente: ¿qué vengo a hacer?

La tarea parece fácil. He estado hace pocos días en los altos de la

sierra de Gredos, espinazo de Castilla; he acampado dos noches a dos

mil quinientos metros de altura, sobre la tierra y bajo el cielo;

he trepado el montón de piedras que sustenta al risco de Almanzor,

he descansado al pie de un ventisquero contemplando el imponente

espectáculo del anfiteatro que ciñe a la laguna grande de Gredos, y

viendo el Ameal de Pablo levantarse como el ara gigante de Castilla,

he convivido un momento con el pastor de las cimas y he recorrido, al

bajar, las tierras teresianas, pasando mi fatiga del viaje por entre

los nogales de Becedas, donde durante unos meses trató a la santa--a

Santa Teresa de Jesús, ¡claro está!--una curandera. Traigo el alma

llena de la visión de las cimas de silencio y de paz y de olvido, y,

sin embargo, nada se me ocurre, lector, decirte de ello.

Algunos relatos de viajes y excursiones llevo escritos ya, pero he de

dejar tal vez en el silencio en que los recogí los sentimientos más

hondos que de esas escapadas a la libertad del campo he logrado. No

he escrito ni creo escribiré jamás mis impresiones de Granada, y en

Granada pasé una de mis quincenas más repletas de vida. Mientras viva

reposará en el lecho de mi alma, por debajo de la corriente de las

impresiones huideras, aquella santa caída de tarde que a principios del

dulce mes de setiembre gocé en el Albaicín, todo blanco de recuerdos.

Fué un como baño en algo etéreo. Las lágrimas me subían a los ojos y

no eran lágrimas de pesar ni de alegría; éranlo de plenitud de vida

silenciosa y oculta.

Pero, ¿quién cuenta todo esto? El público, oh lector, quiere cosas

concretas, noticias, datos, informaciones. Y yo cada día odio más la

información y me interesa menos la noticia. Uno de los mayores encantos

allá en las alturas de Gredos, era carecer de diarios, no recibir

cartas. Hablábamos a la caída de la tarde, descansando al pie de un

ventisquero, de cosas impertinentes a aquella grandiosidad que nos

rodeaba, y al mentar uno de nosotros a Maura, un pastor que nos oía

hubo de preguntarnos: ¿pero no han matado a ese señor? Sorprendidos por

la pregunta y recelando no tuviese noticias más frescas que nosotros,

le interrogamos y resultó que se refería al atentado de que dicho señor

fué objeto en Barcelona hace más de un año. «Hace tres días que lo

he leído en un periódico»--añadió el pastor. Y al despedirnos de él

para bajar a los valles en que habitan los hombres con sus mujeres,

encontramos la explicación del caso, pues nos pidió los periódicos en

que habíamos llevado envuelta nuestra merienda. Era lo que leía, y la

noticia del atentado a Maura le llegó por un número de periódico que

dejaron allá entre los riscos unos excursionistas. ¡Feliz mortal! Había

de estallar una revolución a sus pies sin que él se enterase.

El cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas

y aumenta el número de glóbulos rojos, según nos dijo un catedrático

de Medicina, pero el alma también se limpia y restaura con el silencio

de las cumbres. ¡Qué silenciosa oración allá, en la cumbre, al pie

del Almanzor, llenando la vista con la visión dantesca del anfiteatro

rocoso! Dábamos una voz y el eco la repetía dos veces entre las

soledades.

Pero hubo que bajar; hubo que bajar a estos valles y llanuras en que

viven los hombres en sus pueblos, alimentándose de sus miserias y,

sobre todo, de su incurable ramplonería. Bajé, llegué a mi casa y

me encontré con el primer volumen de las obras completas de Gustavo

Flaubert, que desde París me envía un amigo, rabioso flaubertiano.

Contiene este primer volumen la correspondencia del gran hombre desde

1830 a 1850, es decir, desde sus nueve hasta sus veintinueve años.

¡Pobre Flaubert! ¡Qué aguda, qué dolorosamente sintió la estupidez

humana! ¡Cómo se dolió el burgués, el buen burgués satisfecho de sí

mismo, que cada mañana, mientras toma su café con leche y su pan

con manteca, se informa de las noticias de la víspera! Él y Máximo

Du Camp, bajando el Nilo, divertíanse en representar el viejo señor

inepto, rentero, considerado, en buena posición y de cierta edad, y

se preguntaban uno a otro si habría sociedad en los pueblos por que

pasaban o algún círculo en que se leyese diarios, si se dejaba sentir

el movimiento ferroviario, si avanzaban las doctrinas socialistas, si

había buen vino, si eran amables las damas, etc., etc. Y este hombre,

en cuya alma repercutió más que en la de ningún otro la incurable

tontería humana, acabó escribiendo aquel inmenso libro que se llama

_Bouvard et Pecuchet_, la más amarga rechifla del progresismo.

¿Hay algo, en efecto, más ridículo que el progresismo? Un buen señor

que no puede o no quiere o cree que no quiere creer en otra vida y se

consuela pensando--¿pero es que piensa?--que el progreso traerá la

felicidad... ¿a quién? Y luego es tan vulgar... ¡tan vulgar!...

¡Oh, en aquellas cumbres de Gredos, viendo la puesta del sol, la última

novedad, la verdadera última novedad! «Nada hay nuevo bajo el sol»,

dijo Salomón, una especie de catedrático coronado y harto de leer

libros. Pero el pastor de Gredos, si supiese expresarse, diría: «todo

es nuevo bajo el sol». Todo es nuevo, sí, y cada sol es un sol nuevo.

En aquellas cumbres no recibe uno preguntas, quejas, amonestaciones,

reproches. ¡Qué lejos allí del buen señor que no quiere que le digan

sino lo que él piensa! ¡Qué lejos, lector amigo, de esos lectores

irritables y descontentadizos, que burlándose acaso de los dogmas

llevan enquistado en su mollera un dogma formidable!

¿Cómo podría uno soportar esta terca lucha de un día tras otro y un

mes y otro mes y uno y otro año, si no hiciera de cuando en cuando una

escapada a las cumbres libres o a los abiertos campos? ¿Cómo aguantar

a todos esos señores que se nos vienen dando consejos o disparándonos

insultos, si no se recrease uno charlando con cabreros, mendigos,

gañanes y toda laya de gente sencilla y a la buena de Dios?

Y luego en estas ascensiones a las cumbres, en estas escapadas por los

campos, se desnuda uno del _decorum_, de ese horrendo y estúpido

_decorum_, y se pone uno el alma en mangas de camisa. Hace años

ya, en un estudio que me dedicó C. O. Bunge, decía que flaqueo en

el sentimiento del _decorum_. Y así es, me carga eso que los

antiguos romanos llamaban _decorum_ y que no se traduce del todo

por nuestro correspondiente decoro. Nada hay más revolucionario que el

ponerse el más alto magistrado de una nación a bailar el bolero tocando

las castañuelas. Mi mayor odio es al frac y al sombrero de copa, y no

sé cómo Sarmiento, a quien le valió el dictado de loco su poco respeto

al decoro convencional, sentía tal superstición por aquella prenda. El

decoro es la seriedad de los que están vacíos por dentro.

Y en estas correrías por campos y montes, ¡qué alivio, qué hondo

sentimiento de libertad radical cuando dejando todo decoro se pone uno

a hacer y decir chiquilladas! Se cuenta cuentos ambiguos o grotescos

o simplemente sin sentido, se chapuza uno en la infancia. ¡Oh, estas

sumersiones en la remota infancia! No sé cómo puede vivir quien no

lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez. Trece volúmenes llevo

ya publicados, pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno,

el de mis _Recuerdos de niñez y de mocedad_, donde en días de

serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de niño, sino el

alma de la niñez. Acaso si a su título sencillo le hubiese añadido

esto: «ensayo de psicología de la infancia», habría tenido algún mayor

éxito ese mi pobre y más desventurado libro. Pero eso era profanarlo.

Nada de psicologiquerías; nada de sociologiquerías, y eso que hay allí

hasta asomos de sociología infantil.

¡La sociología! ¿Hay algo más horrendo, más grotesco, más bufo que eso

que suelen llamar sociología? Hay en ella «Californias de grotesco»,

que diría Flaubert. Todas las ramplonerías progreseras, todos los

lugares comunes modernos, parece se han refugiado en esa flamante

sociología. Desde allí arriba, desde los canchales de la cumbre de

Gredos, contemplábamos con unos prismáticos los pueblecillos del

valle del Tiétar, Madrigal, Villanueva de la Vera... Unas montañas nos

tapaban a Yuste, donde fué a morir, hastiado de los hombres, nuestro

emperador. No se veía a los hombres en aquellos pequeños hormigueros.

Y heteme otra vez aquí después de haberme dado cuerda al corazón con

el aire libre de las cumbres, heteme otra vez aquí, en la ciudad, en

el vaho de la ramplonería humana, teniendo que soportar el que al lado

mío se hable de nuestras diferencias con Francia a propósito de lo de

Marruecos o de las cogidas de Vicente Pastor. Otra vez a oir comentar

durante veinticuatro horas las noticias del día. Me ocurre lo que a

Flaubert: «siento un disgusto profundo de lo diario, es decir, de lo

efímero, de lo pasajero, de lo que es importante hoy y no lo será ya

mañana».

¡Sea usted más objetivo!, me dijo una vez un redomado pedante, y

añadió: «¡Exponga usted menos ideas y cuente más cosas!». Y yo me

quedé pensando: ¿Qué entenderá por cosas este mentecato, y en qué las

distinguirá de las ideas? Sí, ya sé, lo que hace falta es decir algo

que pueda luego el lector repetirlo, atribuyéndoselo o no. Es lo que me

decía un ingenuo: «Mire usted, yo voy al teatro porque alguna frase,

algún pensamiento se me queda y puedo repetirlo luego, y en último caso

cabe contar el argumento a los amigos; ¿pero a un concierto?, no se

me pega la música...». Y, sin embargo, este ingenuo va al concierto,

pero es para que le vean en él y decir que ha estado. Pero tú, lector,

me complazco en creer que no me pides noticias. Hay otros que te

informarán mejor que yo de lo que pasa por el mundo. Y entretanto,

acaso no te enteres de lo que pasa en ti mismo. Por mi parte, si alguna

vez he logrado llevarte o siquiera acercarte a ti mismo, me doy por

pagado.

Vives acaso, lector mío, en un tráfago mundano, entre negocios o entre

diversiones. Escápate cuando puedas a la cumbre, ve a pasar unos días

al pie del Aconcagua, donde más alto puedas. Deja de pisar el asfalto

de los bulevares. Aprende a desdeñar eso que llamamos civilización, y

que rara vez es tal, y a extraer de ella lo que de cultura encierre.

Deja la civilización con el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, el

_water-closet_ y llévate la cultura en el alma. La civilización

no es más que una cáscara para proteger las pulpas, el meollo, que es

la cultura. Todo ese formidable aparato de invenciones mecánicas acaba

en producir una poesía. Cuando haya surgido el poema de la ingeniería

moderna puede muy bien hundirse ésta.

Y otra gran lección nos da la cumbre, y es enseñarnos a pasarnos

sin comodidades. Nada denuncia tanto la ordinariez de espíritu, la

ramplonería y plebeyez de alma, como el apego a la comodidad. El señor

que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio

a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los

pueblos de casta ibérica. En ninguna parte estalla tan a las claras la

ramplonería humana como en la mesa del comedor de un gran hotel.

Allí arriba hay que comer poco y frío, y mojarlo con agua, con agua

cristalina del deshielo de los ventisqueros. Si a alguien se le

ocurriese allí, en la cumbre, brindar con champaña, se le vendría

encima el desprecio silencioso de los riscos. El brindar con champaña

es el acto más sociológico, quiero decir, más grotesco que ha podido

inventar el hombre enamorado del progreso. Y si el que brinda lo hace

estando vestido de frac, ¡qué enormidad de grotesquez! ¿Has visto,

lector, nada más bufo que un señor de frac, con su blanca pechera

reluciente y acaso un anillo en un dedo, con una copa de champaña en la

diestra y brindando?

A eso llaman, creo, vida de sociedad. Y eso pide, claro está, la

fotografía para que lo eternice. Y es que hay pocas cosas más

sociológicas que la eternización fotográfica. Es lo que llaman

ilustración. Porque ilustrar hoy quiere decir añadir fotografías.

Figúrate, lector, que esta divagación fuese ilustrada con vistas de

Gredos, la subida por la barranca, un ventisquero, el pico de Almanzor,

el Ameal de Pablo, la choza de un pastor, la laguna vista desde arriba,

etc. ¡Cuánto no ganaría esto para los que quieren cosas! Y el recurso

es excelente. Sé de un cronista a quien no le interesan ni los paisajes

ni los monumentos arquitectónicos; llega a una ciudad, compra una

colección de vistas de ella, se encierra en el hotel, donde se cuida,

ante todo, del menú, y se pone, con una guía al lado, a escribir su

viaje. Así es como ha sido tantas veces descubierta esta Salamanca en

que vivo, lucho y rabio.

Basta ya. Dentro de unos días me voy con unos amigos franceses a pasar

algunos en el Santuario de la Peña de Francia, en la sierra de este

nombre, entre esta provincia y la de Cáceres. Allí volveré a vivir vida

libre.

Salamanca, agosto 1911.

Andanzas y visiones españolas · 第 52 / 92 题