No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora,
resisten acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de
Cistercienses en España. Allá me fuí el último Domingo de Resurrección,
y allí recordé una vez más el virgiliano _etiam ruinae periere_:
¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata
de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué
encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella
nave tupida hoy de escombros sobre que brota la verde maleza! Y todo
ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por
venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.
Al ir allá, en auto, desde Benavente, bordeábamos tranquilas charcas
cubiertas de la blanca floración de las hierbas acuáticas, y al llamar
yo la atención sobre ello a mis amigos, exclamó uno de éstos: «¡Hasta
el agua estancada cría flores!» A lo que pensé calladamente: no; sólo
el agua estancada florece, y no la que en el caz de un molino hace
andar la rueda que nos da la harina. La industria pide agua corriente,
pero a la poesía le basta la que está quieta.
Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de Cistercienses de la
Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro:
En una celda solo, como en arca
de paz, libre de menester y cargo,
el poema escribir largo, muy largo,
que cielo y muerte, tierra y vida abarca.
Después, en el verdor de la comarca
la vista apacentar; sin el amargo
pasto del mundo, a la hora del letargo
ver cómo visten la dormida charca
en flor las ovas. Lejos del torrente
raudo del caz que hace rodar la rueda
que muele el trigo, soñar lentamente
vida eternal en la que el alma pueda
ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente;
florece sólo el agua que está queda!
¡Soñar así; lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada
en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un
poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y
apacible _Historia de la Orden de San Jerónimo_, que en el Real
Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo
fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de
poesía. (Bien haya la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» por
habérnosla vuelto a dar.) ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda
y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar,
profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en
el manicordio y cantando el salmo _Super flumina Babilonis_? «No
parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento
que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize:
_Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena_. Dixolo una
vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al
cielo, y dando un suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos
en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar
del Señor en la tierra de los vivientes». (Libro IV, cap. XXVII.)
¿Encierro el del monasterio? Sí; «encerravase cada uno en su celdilla
o covachuela--nos dice el padre Sigüenza--y desde aquel lugar tan
estrecho passeava con el alma la anchura de las moradas del cielo». Y
yo me digo del que otra vida lleva:
Alza al correr tan grande polvareda
que le ciega los ojos, ni le cabe
pararse en firme hasta que al cabo acabe
donde nunca pensara, pues la rueda
de la fortuna es la que le envereda,
no a ella él; desque perdió la llave
del gobierno de sí mismo no sabe
a dónde corre a ir a dar de queda.
¡Cuánto mejor desde abrigado encierro
libre de polvo y sin temor de yerro
irreparable pasëar la cumbre
de la alta serranía de los astros
a busca en ella de divinos rastros
de la increada y creadora lumbre!
Allí es la quietud del lago del alma, y sin esa quietud no florece
el lago. Oigamos de nuevo a nuestro padre Sigüenza, cuando nos dice
que «andan estas almas sencillas (digámoslo ansí) como çabullidas en
Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega
turbación de malicia». Esto, a propósito del siervo de Dios fray Juan
de Carrión, llamado el Simple. Y me digo:
Déjame que en tu seno me zambulla
donde no hay tempestades; como esponja
habrá en Ti de empaparse mi alma, monja
que en el cuerpo, su celda, se encapulla.
Mientras Satán sobre esta mar aúlla
al husmo de almas con que henchir su lonja,
más dulce aquí que jugo de toronja
me es tu agua, Señor. Ni me aturulla
el vaivén de su mundo, ya que dentro
vivo de mí viviendo en tu bautismo;
sólo perdido en Ti es como me encuentro;
no me poseo sino aquí, en tu abismo,
que envolviéndome todo, eres mi centro,
pues eres Tú más yo que soy yo mismo.
Sí, Dios es mi yo infinito y eterno, y en Él y por Él soy, vivo y me
muevo. Mejor que buscarse a sí es buscar a Dios en sí mismo. Y cuando
andamos dentro nuestro a la busca de Dios, ¿no es acaso que nos anda
Dios buscando? Pues que le buscas, alma, es que Él te busca y le
encontraste.
«Si me buscas es porque me encontraste
--mi Dios me dice--. Yo soy tu vacío;
mientras no llegue al mar no para el río
ni hay otra muerte que a su afán le baste.
Aunque esa busca tu razón desgaste,
ni un punto la abandones, hijo mío,
pues que soy Yo quien con mi mano guío
tus pasos en el coso por que entraste.
Detrás de ti te llevo a darme cara,
y eres tú quien te tapas para verme;
pero sigue, que el río al cabo para;
cuando te vuelvas, ya de vida inerme,
hacia lo que antes de ser tú pasara,
descubrirás lo que en tu vela hoy duerme».
Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que
nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia
sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios
empujándonos, y al morir, volviéndonos al pasado, hemos de verle la
cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta
nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia.
¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena
mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos
consuelos de esperanza allá, en aquel siglo XIII, oliente a
San Francisco! ¡Pero en aquel siglo XIII, en aquella poética
Edad Media, mocedad del cristianismo!
Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde
florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los
pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le
buscan y le encuentran.
Salamanca-VI-11.