De Sabas a don Fernando.
_Miranda de Ebro, 20 de julio._
Respetable señor y amo mío: Para comunicar a usted con la brevedad
que desea el cumplimiento del encargo que se sirvió hacerme, me valgo
de la pluma de mi primo Bonifacio Cebrián, coadjutor de la parroquial
de este pueblo, pues ya sabe que soy muy torpe de escritura, y sobre
que tardaría en poner la carta más tiempo del regular, la llenaría de
disparates, con perjuicio de la buena explicación de las cosas. Si
descansado llegué a Villarcayo, donde el señor me ordenó volver para
acá con esta misión de que voy a darle cuenta, no llegué lo mismo a
Miranda, pues como las órdenes eran de apretar el paso, tan a la letra
lo hice, que la yegua no pudo pasar de Leciñana, y allá me habría
quedado yo también si Gay no me proporcionara un jamelgo. Sobre él
entré en esta ciudad a las nueve de la mañana, y al momento, ganando
minutos, me personé en el Hospital, y pedí razón de la mujer enferma
que en dicha santa casa debió ingresar la semana pasada. Manifiestas
las señas que en el papel apuntamos para que no se me olvidasen,
ya que no podía dar el nombre, por ignorarlo, díjome el capellán de
aquel establecimiento que la desgraciada señora o mujer, cuyas señas
con las de nuestro papel concordaban, había muerto anoche, después de
siete días de enfermedad, con pérdida de todo conocimiento y de toda
sensación. De su nombre sabían en la santa casa tanto como yo, pues
no se le había encontrado papel ni prenda alguna por donde su estado
y circunstancias pudieran conocerse. Descorazonado yo de no hallarla
viva, pedí que me la mostraran difunta, lo que no pudo ser porque media
hora antes se la habían llevado al cementerio. Allá corrí sin detenerme
en parte alguna; mas también llegué tarde, pues acababan de darle
sepultura, y no alcancé más que a ver cómo colmaban el hoyo, apisonando
después la tierra. Bien habría querido yo que esta fuera cristal para
poder ver la fisonomía del rostro mortuorio de la difunta, y sacar de
sus facciones macilentas algún dato, alguna luz que al señor sirviera
para salir de su confusión; pero no vi más que la tierra, la cual era
como la demás tierra que vemos. Ni me dijeron nada tampoco las caras de
los sepultureros, a quienes miré largo rato, porque como el señor me
dijo: «Mira bien, observa...», ¿yo qué hacía? Mirar y observar hasta
secarme los ojos.
Pienso yo, señor, que con el cuerpo de la fenecida señora o mujer
enterraron la carta, que debía de tener cosida en las ropas de dentro,
a no ser que antes se la quitaran, lo que también pudo acontecer. Yo
miraba, miraba a la tierra, calculando a qué profundidad estaría, y me
figuraba que estaba muy honda, muy honda. Desconsolado, convidé a los
sepultureros a unas copas, lo que ellos agradecieron y aceptaron, y les
llevé a la taberna más cercana, con la esperanza de que algo podían
decirme de lo que yo no había visto y ellos sí. Uno de ellos, el que
menos bebía y me miraba mucho, díjome que la enterrada era mujer en
quien por encima de lo cadavérico se traslucía una gran hermosura; sí,
señor, así me lo dijo. Y el otro afirmaba con la cabeza. Por la fe de
los enterradores, puedo dar solo este dato.
He cumplido, señor, el encargo que me confió, y mi conciencia está
tranquila respecto a la rapidez de mi marcha, pues ni volando por los
aires habría llegado más pronto de lo que llegué. En ninguna parte me
entretuve: todo lo hice aceleradamente; pero más que mi buen deseo pudo
la casualidad, o que así lo dispuso Dios. Mi amo me mandó en busca de
conocimiento de una persona viva; mas no quiso que yo tomara razones
de la eternidad, porque a esta yo no la entiendo ni mi amo tampoco. He
cumplido, aunque sin ningún fruto, o con el solo fruto de saber que era
bella, si no me engañó el sepulturero; que también pudo ser que a él le
pareciera hermosura la fealdad, cosa muy natural en los que andan entre
muertos.
Y no teniendo nada que hacer aquí, después de escribir al señor, como
me encargó, tomo un buen caballo, y sigo para Laguardia con las cartas
y regalos que allí tengo que entregar a las que fueron mis señoras.
Mi primo Bonifacio, a quien debo el favor de relatar en buena escritura
lo que yo le iba diciendo, aprovecha esta ocasión para ofrecer, al
señor don Fernando sus respetos y su inutilidad, como presbítero y
primo del infrascrito, y detrás de él echo yo todos los afectos del
corazón de este su fiel y humildísimo criado, _que lo es_ — _Sabas de
San Pedro._