De Pilar a Valvanera.
_Madrid, julio._
Amada mía: Hoy esta Felipe de malas, quiero decir, _de peores_,
suspicaz y fiscalizador como nunca, queriendo meter en todo sus
robustas narices. Aprovecho su ausencia, que no puede ser larga: ha
ido al ministerio de Estado y volverá pronto, para que su víctima no
descanse ni respire...
Bueno: me corre por el cuerpo toda la electricidad de una mediana
tormenta. Trueno y relampagueo. Debo decirlo al revés: primero el
relámpago... Creo que mi excitación sube de punto con el júbilo de
saber que tu niño está ya fuera de peligro. ¡Qué días he pasado!
Bendito mil veces sea el Señor que te le conserva, y a mí me da
este gran consuelo. Mi alma, que ha tiempo mora en Villarcayo,
vuelve acá de un vuelo cuando la necesito, y ha estado trayéndome
y llevándome recaditos con las alas de mi ansiedad. Ahora la mando
otra vez para allá, con las alas de mi amor, para decirte que ese
plan de transacción decorosa, asignando a cada galán una de sus
niñas, me parece de perlas. Pero conste que en todo caso, la mayor,
la buena, ha de ser para mí. Mi sobrino, que solo busca una dote,
puede apencar con la pequeña, en quien veo una nerviosilla sin juicio,
quizás malhumorada y enferma. No me conviene. He leído las cartas
de entrambas. La gravedad con que Demetria se sostiene en su papel,
permitiéndose tan solo alusiones muy finas e ingeniosas a la situación
de Fernando, me encanta. En la de Gracia no veo clara su intención.
¿Aboga por su hermana o por sí misma? Digas lo que quieras, por el
texto de la carta no podemos colegir si es una pobrecita inocentona,
o si se vale de la inocencia para declararse. Esta duda me inquieta.
¿Es ella la enamorada, o es la otra? No sé qué novela he leído, de las
más románticas, en que esta duda y confusión llenan las páginas de un
voluminoso libro, para salir con la patochada de que las dos aman, y
cada una resuelve sacrificarse, de lo que resulta que una y otra se
envenenan. ¡Qué horror! Y lo más chusco es que el galán se casa luego
con una tercera, con la que las indujo al sacrificio. ¡Qué simpleza! El
romanticismo me tiene cogida, llenando mi cabeza de ideas tétricas, de
complicaciones diabólicas. Ese Dumas trae loca a la humanidad.
Quiero espantar de mi mente todo ese mundo imaginativo. Bastante tengo
con mi drama, de cuya realidad no puedo dudar por los torozones y
horribles sacudidas que me causa pataleando dentro de mí. Este sí que
es drama, y por Dios que ya deseo un desenlace, aunque sea de los más
violentos. No puedo ya con tanto disimulo y ficciones tantas. Mi arte
se agota; cada día tengo que inventar resortes nuevos, y mi potente
iniciativa para el enredo envejece y se apaga. Quiero una solución,
cualquiera que sea. Desde hace dos días me absorbe completamente la
idea de consultar el caso legal con un buen abogado, que al propio
tiempo sea hombre de honor y delicadeza. He pensado en Cortina, y no
pasará el día de mañana sin que le escriba pidiéndole hora para una
consulta, con la advertencia de que se trata de cosa muy secreta, que
ha de quedar entre los dos. Sí, sí: no vacilo más; tendré que revelarle
el caso de pe a pa, sin omitir nada, absolutamente nada. Si para el
fin que persigo no hubiere más remedio que romper por todo, romperé,
estallaré como una bomba; que ya toda esta pólvora, toda esta metralla
que llevo dentro de mí años y más años, quieren salir a que les de el
aire.
Me apresuro a concluir, temerosa de que vuelva Felipe, que hoy está
tremendo, hija, un Júpiter tonante, jaquecoso, que por rayos tiene
los interrogatorios impertinentes. ¡Ay, comprendo el suicidio ante
un fiscal semejante! Se ha empeñado en saber qué empleo doy a los
dineros que recibo para mis gastos particulares. Los extraordinarios
cuantiosos para vestidos que aún no se han hecho; los que pedí para
embellecer y amueblar el palacito de Valsaín, ¿dónde han ido a parar?
Ya no compro cuadros ni abanicos; más bien vendo. Mi marido se asombra
de mis aptitudes mercantiles; todo lo parece bien menos que él ignore
en qué empleo mi dinero. Poco antes de salir, sintiéndome ya colérica
y a punto de dispararme, le dije que bien puedo dar a las rentas de
mi patrimonio la aplicación que mejor me acomoda. Naturalmente, no
se conformó con esta teoría. Es el esposo; no me priva de lo mío,
pero tiene derecho a saber... Ya viene, siento el coche. Adiós, mi
amadísima. Mañana, si me deja este monstruo de curiosidad, repetiré...
Mil y mil besos. — _Pilar._
_Miércoles_. — No tengo tiempo más que para cerrar esta, después de
añadir cuatro palabritas. Mi pariente, en todo el esplendor de su
impertinencia. Ha faltado poco para que le tire a la cabeza una tetera
de porcelana. No puedo más, no puedo más. Mañana hablaré con Cortina.
Dios me fortalezca y a él le ilumine.
Con la prisa no te dije que mi alegría fue grande al leer en tu carta
que habías revelado a Fernando mi nombre y demás... ¡Lo que lloré
aquella noche!... ¡Ay, bien lavaditos tengo ya mis pecados! No son
flojos ríos de lágrimas los que he derramado sobre ellos.
Hoy, escribiendo corto, también soy _tostada_... Me _achicharra_ este
hombre.