No es cualidad española el proselitismo. Nos damos tan mala maña al
sostener nuestras ideas y doctrinas, que sólo sabemos exponer lo
esquinado con toda su hiriente dureza, en vez de suavizar las aristas
con blandas redondeces. Más prontos al brusco ataque que á la serena
defensa, aún no hemos llamado con nuestra voz cuando ya hemos espantado
con nuestros gritos. Hablamos para los nuestros, que son los que menos
necesitan oírnos. No es á los que piensan como nosotros á los que
importa convencer, sino á los que piensan del modo contrario.
Tuvo su mayor enemigo el socialismo en la vulgar opinión obstinada en
confundirle con el anarquismo. Empezaba á desvanecerse la confusión;
los más temerosos iban perdiendo el miedo; se presentaba la ocasión
para no dejar sombra de esos infundados temores. Al socialismo podrá
faltarle en mucho tiempo, para ser realidad posible, la base de bondad
humana que presupone su soñada organización social. Esta es su mayor
equivocación: suponer que una nueva organización social pueda ser causa
de una nueva condición humana, cuando sin duda es todo lo contrario.
Sin mejorar al hombre, ¿cómo es posible mejorar la sociedad? Ni las
instituciones ni las leyes son varas mágicas de virtudes. Pero, en
fin, cuando los hombres sean mejores, por selección natural ó por
cultura artificial y científica, el socialismo se impondrá por sí
solo, que es el modo mejor de imponerse sin imposición. Entretanto,
y hay tiempo para ello, más conviene que crean en nuestra bondad que
en la bondad de la idea. El guía de los socialistas en España, al
sentarse por primera vez en el Congreso, debió procurar ante todo que
el enemigo, el contrario, esto es, el buen burgués, acabara de perder
el miedo, tranquilizándose, en comunicación directa con el fantasma,
que no es cosa del otro mundo, aunque puede serlo de otro mundo...
Porque, si el buen burgués no se convence, ¿qué piensan hacer con
él los socialistas en el día del triunfo? ¿Aniquilarle? ¿Someterle
como á siervo ó esclavo? Siempre vendríamos á parar entonces en que
media humanidad seguiría fastidiada por la otra media; y el ideal
socialista es la felicidad para todos, que lo de ser unos felices y
otros desgraciados, y cada uno á ratos, es ya cosa resuelta desde que
se organizó la primera tribu. Al socialismo hemos de ir todos sin
violencia, por inclinación natural; su doctrina ha de ser de amor, y
no de odio; atrayente, y no repulsiva. Bien está descubrir nuestras
humanas debilidades ante los amigos y los convencidos. Para algo son
amigos y están convencidos. Pero ante los contrarios hay que mostrarse
en la más divina apariencia; de otro modo, más vale seguir oculto entre
nubes. El socialismo iba ya pareciendo al medroso burgués cosa distinta
del anarquismo. ¿No ha sido una imprudencia volver á la confusión y
al equívoco? Mal predicador el que sólo consigue hacerse oir de los
creyentes; á los descreídos, á los descreídos es á los que hay que
llamar y convencer. Pero ¡ay!, ya lo dije, el proselitismo no es
cualidad española.
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Un nuevo libro del doctor Gustavo Le Bon--_La Psicología política y
la Defensa social_--es libro que todos los políticos debieran leer
con detenimiento. De muy provechosa enseñanza y de más provechosa
meditación.
«La psicología política--dice Le Bon--enseña á resolver los problemas
planteados diariamente, á discernir cuándo se debe ceder y cuándo
oponerse á las exigencias populares. Los hombres de estado, por lo
general, ceden ó resisten según su temperamento.» Detestable proceder.
Es preciso resistir ó ceder según las circunstancias. No hay nada más
difícil ni de más graves consecuencias en la psicología política.
Y más adelante: «¿Es más fácil transformar una sociedad que cualquier
otro organismo viviente?» La respuesta afirmativa á esta pregunta
ha dirigido toda nuestra política desde hace un siglo y continúa
dirigiéndola. La posibilidad de rehacer las sociedades por medio de
nuevas instituciones fué siempre evidente para los revolucionarios de
todos los tiempos, para los de nuestra gran revolución sobre todo;
lo es también para los socialistas. Todos aspiran á reconstruir
la sociedad según planos trazados por la razón pura. Cuanto más
progresa la ciencia, más contradice esta doctrina. Apoyándose en la
biología, en la psicología y en la historia, nos dice «que nuestros
límites de acción sobre la sociedad son muy restringidos; que ninguna
transformación profunda se realiza jamás sin la acción del tiempo;
que las instituciones son la envoltura exterior de un alma interior,
y toda institución, lejos de ser el punto de partida de una evolución
política, es solamente el término. La debilidad de los pueblos latinos
consiste en creer, como dogma, que basta con cambiar las instituciones
para modificar el espíritu de un pueblo».
Todo ello, y mucho más que trae el libro, no será de gran novedad, y
de puro sabido, lo tendrán olvidado nuestros políticos y gobernantes;
pero no vendrá mal un repasillo; el buen doctor Le Bon tiene para
todos, porque la Ciencia no se casa con nadie, y la Verdad nunca fué
de una sola pieza: hoy es monárquica, mañana republicana, puede ser
socialista, puede ser individualista... Por eso los hombres de ciencia,
son siempre de cuidado en un partido político. Ya se convencerá el
doctor Salillas, digo, ya le convencerán sus correligionarios, si no
procura ir olvidando en sus futuros discursos que es hombre de ciencia
antes que republicano.
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Hay crímenes que, en su misma monstruosidad inexplicable, llevan quizás
la única posible atenuación... No obstante, todos han querido arrojar
su piedra sobre la madre enloquecida que arrojó á su hijo recién nacido
por el balcón. ¡Horrible! ¡horrible! Pero todas esas buenas vecinas
que, llenas de noble indignación, hubieran llegado á arrastrarla al
salir, después de haber matado á su hijo, ¿están seguras de no haberla
atormentado con burlas y rechiflas si, unos días después, la hubieran
visto salir con él en brazos? ¿Saben ellas lo que pudo pesar en la
infeliz deshonrada, á la hora del delito, la imagen de esas buenas
vecinas, pequeño mundo, pero ¡un mundo en fin! murmurador y maldiciente.
¡La honra de las mujeres! ¡Pobre honra, que puede olvidarse en el beso
de un amante y no puede olvidarse con el beso de un hijo!