Saludemos á dos autores noveles, no desconocidos: los Sres. Godoy y
Alberti, triunfadores en el concurso de obras dramáticas abierto, con
excelente acuerdo, por el Ayuntamiento y por la empresa del teatro
Español. El nombre de los autores, vigoroso poeta el uno, literato de
gran cultura el otro, tanto como el nombre de los jurados, garantiza
el acierto. Razón hay para esperar la más favorable confirmación por
parte del público; aunque un público del que han de formar parte
muchos de los concursantes no favorecidos, no es para deseársele á
nadie. El teatro Español, por su carácter oficial, por disfrutar de
una subvención, es el que menos puede excusarse de admitir obras de
autores noveles. Quédese para los empresarios industriales el creer que
sólo conviene á su negocio representar obras de autores consagrados,
que, á veces, en una sola equivocación perjudican más que favorecieron
con diez aciertos. Hay que convenir en que el público, rutinario
siempre, es cómplice de las empresas en esto de no interesarse más
que por las obras de un limitado número de autores. Si el público
mostrara mayor interés por conocer obras nuevas de nuevos autores,
yo creo que las empresas procurarían complacerle. Tanto, pues, como
vencer la resistencia de las empresas y de los autores monopolizadores,
importa vencer la desconfianza del público. Esto sólo ha de lograrse
en fuerza de grandes aciertos. Pero es preciso dar facilidades para
que sean posibles. Según las mejores referencias, á la obra premiada
hay que añadir otras muy estimables entre las presentadas al concurso.
Las empresas de los diferentes teatros, en justa proporción, deben
admitirlas para su representación en la temporada próxima. Conveniente
sería establecer por costumbre, ya que sobre ello fuera algo tiránico
legislar, que un mismo autor no pudiera estrenar más de una obra
por temporada en el mismo teatro. Nadie iría perdiendo. El público
hallaría mayor novedad, los actores evitarían el amaneramiento que
trae, sin darse cuenta, el representar obras del mismo corte, y los
autores más admirados el peligro de fatigar la admiración, lo más
fatigable que existe.
* * * * *
Siempre que asisto que á un banquete, sea de homenaje, sea de
confraternidad, aparte la lubina á la mayonesa, que, por lo inmutable,
representa el elemento filosófico, la figura más interesante para mi
atención es la del camarero. El camarero también es filosófico. ¡Han
pasado tantas lubinas patrióticas, políticas y artísticas por sus
manos! El camarero y la lubina no tienen convicciones. Saben que hay
un mismo _menu_ de homenaje para todos. ¡Qué indiferencia la suya ante
las lubinas oratorias, á la hora del Champagne, que tampoco tiene
secretos para él! La cocina y las atenciones del servicio, como los
bastidores del escenario á los tramoyistas, le han quitado toda ilusión
sobre lo que se come y lo que se representa. Suenan magníficas las
grandes frases de los discursos, y el camarero, mientras pregunta con
voz discreta por su jurisdicción: ¿Cognac ó Chartreuse?, percibe el
comentario malicioso de los comensales, que es como el _pizzicato_
burlón que acompaña en sordina la frase apasionada en la serenata del
_Don Juan_, de Mozart.--¡Qué gran batata!--oye el camarero.--¿Decía
usted?--¡Ah! Nada... No es á ti... Chartreuse. Y suena un ¡bravo!
y no suenan las risitas, ahogadas en un sorbo del licor estomacal.
Pero el camarero piensa:--¿A quién se engaña aquí?--No; no es á él,
ciertamente, simbólico y significativo en aquel momento; representación
de todos los que no tienen puesto en esos banquetes, en donde la
más brillante representación de las llamadas clases directoras, sin
engañarse ellos mismos, creen haber convencido á los demás.
* * * * *
No hace muchos días indicaba que el ídolo de oro acaso tenía los pies
de barro.
El viajero superficial suele deslumbrarse con las brillantes
apariencias. Dura y tenaz ha de ser la lucha de los Gobiernos en
la República Argentina para vencer al anarquismo; acaso más de una
vez peligren en ella sus instituciones democráticas y su generoso
humanitarismo. Días de prueba aguardan al ilustre hombre que marcha
á presidir los destinos de un pueblo joven, por transfusión de tanta
vieja sangre, acaso envejecido antes de tiempo. Salaverría, en su
admirable libro _Tierra argentina_--tan justo de observación y tan
artísticamente desapasionado,--celebra y admira la fuerte dignidad
del trabajador de allá en los más humildes oficios, tan opuestos á su
servilismo, rastrero en ocasiones, de nuestras viejas tierras. Bien
estaría esa dignidad si no tocara en desabrimiento. Yo no he conocido
nada más desagradable que la gente--mal puede llamarse humilde--de
Buenos Aires. Muy impuestos en sus derechos, eso sí; ni toleran una
reprensión destemplada ni agradecen tampoco una atención cariñosa. Con
lo que se les debe les basta. Pero, como dice Bernardo Shaw, ¿qué
sería del mundo si todos nos diéramos á hacer lo justo?
Con esa violenta disposición de espíritu en los de abajo, causa ó
efecto de violenta disposición en los de arriba, las ideas anarquistas
prenden con facilidad y se propagan con rapidez. ¡Cómo andará ello, que
muchas familias distinguidas de Buenos Aires habían decidido quitar
casa y hacer vida de hotel por serles imposible tolerar las exigencias
de los criados! Durante los treinta ó cuarenta días que permanecí en
un hotel conocí veinte criados distintos sólo en en el servicio de mi
habitación. En el comedor todos los días veíamos caras nuevas. Un día
hubo huelga general; no quedó un solo criado en el hotel; en todos
sucedía lo mismo. En uno de ellos no se contentaron con abandonar el
servicio, sino que, para causar mayor trastorno, antes de despedirse
deshicieron las camas, desarreglaron las habitaciones y estropearon la
comida preparada. Todo en uso de su perfecto derecho. Las huelgas de
los diferentes gremios no pueden contarse. Ahora empiezan las bombas. A
la violencia responderá la violencia... Ya verán los que murmuran de
las Monarquías lo que hace una República cuando llega el caso. Creo que
el espectáculo y la lección han de ser interesantes, aunque tal vez no
sean provechosos ni aprovechables.
* * * * *
--¿Ha visto usted el sombrero de las mil pesetas?--Aquí no puede
decirse del ala, suponemos que entrará todo en el precio.
--¿Mil pesetas un sombrero? Será una tiara.
Aquí sólo algunas señoras de esas que andan ahora tan ajetreadas y todo
el año tan trajeadas, puede gastarlos parecidos. Los célebres sombreros
de la Maison Virot--hoy dividida en dos razones sociales,--una monada
de sombreros, se han cotizado siempre entre los 300 y 500 francos. De
esto sé yo una barbaridad; si supiera tanto de otras cosas, hubiera
llegado á ser algo. Con el tamaño sobrenatural de los de ahora, no es
extraño que suban el precio. Sólo de plumas hay sombrero que se lleva
en el adorno un avestruz entero. De modo que, para pagarlo, hay que
desplumar por lo menos otro ó poner á contribución toda una manada: á
este una pluma, al de más allá otra... Pero ¡si estaremos desquiciados!
El otro día, mientras dos señoras iban hablando por la calle, muy
acaloradas, de las cuestiones políticas y religiosas de actualidad,
pasaron dos curas, y ¿de qué creen ustedes que iban tratando? Del
sombrero de Ursula López. ¿Se convencen ustedes, señoras mías, de que
no peligra nada fundamental?