I
Si la propaganda cunde, pueden regocijarse los padres, los maridos y
todos los paganos de lujos femeninos, cualquiera que sea su grado de
aproximación masculina. Las damas de los Estados Unidos patrocinan,
protegen y alientan una huelga de modistas. Tendría que ver, ¡ya
lo creo!, que un exceso de civilización volviera á las refinadas
norteamericanas al primitivo atavío de la hoja de parra, y que, por
evitar la desnudez de las obreras, llegasen sus distinguidas clientes
á la suya propia. No podía perdirse mayor altruísmo. Pero si contra
toda moda, con procurar siempre el mejor parecer de la mayoría, hay
siempre resistencias y rebeldías por parte de las no agraciadas con
ella, ¡figúrense ustedes si vestidura tan difícil para las feas y las
mal formadas, como el natural físico, no ha de encontrar protestas!
De temer es que la huelga, alentada en público por las damas, sea
contrarrestada en privado por ellas mismas, como aquella famosa huelga
de _Lysistrata_, tan graciosamente dramatizada por Aristófanes. Es
también un peligro que esta huelga modistil traiga otras muchas
huelgas de mayor transcendencia. Huelga de señoras: porque ¿en qué
han de ocuparse muchas de ellas si no se ocupan en andar de modista
en modista y de tienda en tienda, eligiendo, revolviendo y comprando
trapos y moños? Huelga de maridos y de amantes: porque ¿parecerán lo
mismo muchas mujeres sin los encantos artificiales de la _toilette_?
Huelga de autores dramáticos: porque si las actrices dan en vestir con
sencillez, ¿qué defensa tendrán muchas comedias? Sabido es que cuando
en el teatro se llega á la desnudez, sobra toda literatura, con un
poco de baile basta. Cuando hay mucho que ver, el oído no está para
nada y el entendimiento mucho menos. Huelga general, en fin, con cierre
y quiebra de balnearios, hoteles, playas á la moda, teatros, iglesias,
etc., etc.: porque si las señoras no podían lucir trajes en todos estos
sitios, sostenidos por ellas, ¿para qué habían de asistir á ninguno de
ellos?
Véase cómo una sencilla huelga de modistas, que en su origen puede
parecer cosa de broma, podría ser el principio de una revolución social.
* * * * *
El comienzo de año nos llena siempre de melancolía. ¿Un año más? ¿Un
año menos? Depende del estado de ánimo. De cualquier modo, es otro año;
y lo que nos entristece es que, con ser otro, será lo mismo. Los días
nacen unos de otros, y el nuevo día no amanece nunca. Los que no se
resignan á vivir sin esperanza la ponen más allá del sol, más allá de
la vida. Su año nuevo, no es vida nueva; es otra vida.
¡No pensemos en qué nos traerás, año nuevo; ya nos contentaremos con
que no te lleves algo!
El año pasado nos trajo algunas glorias, ¡bien pagadas con muchas
inquietudes y tristezas! Se despidió con inundaciones, lo mismo que el
partido conservador. Bien puede ser generosidad, para que luzca más el
sol del año nuevo. Hay calamidades fertilizadoras.
* * * * *
Los autores noveles protestan contra la precipitación, reserva y
sorpresa con que se ha declarado cerrado el concurso de sainetes
para el teatro Español. Prueba de ello es el escaso número de obras
presentadas, cuando en cualquier otro concurso, anunciado con la
necesaria publicidad, se cuentan por millares. ¡Díganmelo á mí, que
llegué á leerme, en algunos de ellos, «noventa y cuatro comedias»!
Lo mejor que puede hacerse es ampliar el plazo y no dar ocasión, de
ningún modo, á que nadie pueda sospechar que hubo mala fe en lo que
sólo pudo haber ligereza. Considérese que estos concursos, con todas
sus deficiencias, son la esperanza de muchos autores inéditos y la
mayor probabilidad de verse atendidos y juzgados imparcialmente. Si
la atención y la justicia de los que han de juzgar se bambolean ó se
tuercen en ocasiones, culpa es de los propios concursantes, que suelen
mover una de recomendaciones, influencias y hasta intriguillas á las
que sólo con gran energía, y á riesgo de enemistarse con muchos, puede
uno sustraerse. Esto de la recomendación para todo es achaque muy
nacional. El donoso escritor que en peligro de muerte, al ir uno de sus
allegados á pedir los últimos Sacramentos, le recomendaba: «Di que son
para mí; que los traigan buenos», satirizaba esta arraigada costumbre
española de creer que la recomendación alcanza para todo, hasta en lo
divino. ¿No es este el país en que más se reza y se pide á una multitud
de vírgenes, santos, abogados y abogadas celestiales, que á Dios, uno
y trino; en que se cree necesario pedir por favor lo que es más de
justicia; en que hasta para comprar en una tienda, por su dinero, se
cree uno en el caso de decir: «Vengo aquí recomendado por don Fulano,
que le compra á usted mucho»; en que hasta para morirse le confortan
á uno con lo que se llama «recomendación del alma»?... Y no digamos,
después de muertos, la de recomendaciones que son precisas para que le
entierren á uno en buen sitio y lo más arreglado posible.
Por todo esto, yo me permito recomendar que se atienda la justa queja
de los autores. En cambio, me comprometo á no recomendar á ninguno en
particular.