IV

—Yo, señora —dijo Tilín—, no tengo vocación para la Iglesia ni para

estar metido entre monjas. Desde muy niño, y cuando andaba solo por

los montes de Cadí saltando de peña en peña y descolgándome por los

precipicios; trepando a los picachos y metiéndome en las cuevas donde

se esconden las bestias feroces; vadeando torrentes y rompiendo jaras

y malezas como el jabalí que se abre paso con los dientes, desde

entonces, señora madre, yo no tenía más que un pensamiento... ¿Cuál?

Pues meter ruido en el mundo. Me parecía que yo estaba destinado

a hacer trastornos, a luchar... y vencer, se entiende; todas mis

trapisondas habían de concluir con vencer, poniendo bajo mis pies a los

pillos que no habían querido reconocer mi grandeza.

La monja sonreía.

—Ya sé que la señora se reirá de mí. Es natural; ¡cosas de chiquillos!

Dicen que todos los chiquillos sueñan como yo soñaba, aunque cada cual

según sus gustos: aquel sueña con verse obispo echando bendiciones, el

otro con verse en un teatro representando comedias. A mí nunca me dio

por tales simplezas, sino por arremeter espada en mano contra mucha

gente, y destrozarla y poner mi ley sobre todas las leyes... Después

he ido conociendo el mundo, y a veces me he reído un poquillo, como la

señora se está riendo ahora... Pero ¡qué triste es reírse uno de sí

mismo, de todo aquello que ha soñado y visto en la niñez!... Muchas

cosas que eran grandes se han vuelto chicas delante de mis ojos...

Yo he crecido, yo he llegado a hombre, y todavía sueño. No, no nací

yo para estar metido entre monjas. Yo vivo con dos vidas, la del

sacristán y la del guerrero: con la primera enciendo velas, ayudo a

misa, fregoteo plata, toco la campana; con la segunda mando ejércitos,

conquisto plazas, allano ciudades, destruyo pueblos, aplasto tronos,

conduzco a los hombres como rebaños de carneros, quito y pongo

fronteras, todo esto sin dejar de ser el mismo Tilín de siempre, sin

enfatuarme, ni gastar lujo, ni probar más alimento que el de los campos

de batalla, un pedazo de carne y un vaso de vino; durmiendo sobre el

suelo con una cureña por almohada, escribiendo mis órdenes sobre un

tambor; siempre valiente, señora, y siempre sencillo, que es la manera

de ser siempre grande.

Sor Teodora de Aransis miró a Pepet de un modo que revelaba tanta

curiosidad como admiración. Después, expresándose maquinalmente como el

corista que repite una fórmula litúrgica, dijo:

—Vanidad de vanidades.

—A veces he creído que estas vidas, señora, venían la una de Dios

nuestro padre, y la otra del demonio malo, que inventa tantas picardías

para perdernos. Pero no: Satanás no tiene nada que ver en esto. Dios es

el que ha puesto este fuego dentro de mí. Hay cosas que no pueden venir

más que de Dios: eso se conoce, sí, lo conozco en que cuando pienso en

las guerras, todo mi afán de revolver y alborotar en el mundo lleva el

objeto de hacer justicia y castigar a los bribones, y poner sobre todas

las cosas la religión, y sobre todos los hombres al mismo Dios.

La madre se quedó meditabunda, la mejilla sostenida en la palma de la

mano y balanceando el cuerpo hacia adelante. Ya no decía «vanidad de

vanidades», sino:

—¡Vaya con Tilín..., vaya con Tilín!

—Dios —añadió este— fue quien me llevó a la biblioteca del señor

capellán, donde los libros de historia acabaron de enloquecerme,

presentándome escrito lo que yo había supuesto, y ofreciéndome vivo

lo que yo había visto soñado. De tanto gozar, yo padecía leyendo,

señora. Figurábame que era yo mismo el autor de tantas proezas, y que

las había realizado en otra época remota y olvidada. Yo decía: «Lo que

fue podrá volver a ser, y tan hombre soy yo como César». Pero al decir

esto miraba mi sotana, y caía como un pájaro a quien una bala parte el

corazón cuando va volando por el cielo... ¡Mi sotana! Aquí tiene usted

el demonio, señora: el verdadero demonio mío es mi sotana.

Tilín dio un puñetazo en el banco de piedra, con tanta fuerza cual si

sus manos tuvieran la culpa de su desgracia.

—Sí, señora —añadió—: yo llamo el demonio a este perro destino mío que

me ha puesto en situación de no poder ser nunca nada. ¡Un sacristán

de monjas! No: en todo lo que he leído no he visto que ninguno de los

grandes guerreros fuera en su juventud lo que yo soy. O nacieron en

el trono o entre la nobleza, y los que nacieron en el pueblo fueron

soldados desde su niñez y jamás conocieron otro oficio. Algunos han

dado saltos muy grandes pasando de una posición a otra; pero ninguno

vio delante de sí distancias como las que yo veo... ¡Sacristán de

monjas!... No, no se concibe que se empiece la vida en una sacristía

y se continúe en el Capitolio, o en el campo de Mantinea o en el de

Cerinola o en Narwa, donde Carlos XII de Suecia con ocho mil suecos

derrotó a ochenta mil rusos. Todos esos hombres han demostrado desde su

primera edad el destino que Dios les había dado, y hasta sus nombres

parece que son los más propios para la inmortalidad. Epaminondas,

Hernán Cortés, el gran Federico, no habrían sido nada si hubieran

estado donde yo estoy y se hubieran llamado como yo me llamo. ¡Ay!,

este nombre mío es mi muerte, mi esclavitud. Paréceme que tener este

nombre es lo mismo que estar encerrado dentro de un arca de hierro

o debajo de una losa enorme. Dígame usted, señora madre, con toda

franqueza si no es así. ¡Ay!, ¿cree usted que Hernán Cortés habría

conquistado a Méjico si en vez de llamarse Hernán Cortés se hubiese

llamado Tilín?... No, yo no concibo un libro de historia que se titule:

«De la conquista de tal o cual reino por Tilín I», o «Relación de la

batalla que ganó Tilín al emperador Fulano».

Las quejas amargas del pobre Pepet revelaban, juntamente con la energía

de una vocación entusiasta, el candor más extraordinario. Aquel

cachorro de león que mostraba la garra, tenía aún la boca teñida con la

leche de la leona madre. La monja le miraba atentamente, y mirándole

revolvía en su cabeza atrevidos y desusados pensamientos, que rara vez,

como no sea en España, ocupan el amodorrado cerebro de una religiosa.

No decía nada por temor de decir demasiado con una sola palabra.

—Y yo —continuó Tilín con acento de desesperación—, no solo veo en mí

grandes estorbos para el cumplimiento de mi destino, sino que los veo

también fuera. Ya en el mundo no hay guerras. Todo está quieto. España

quiere paz y más paz. Después que echamos a los franceses y quitamos

a los liberales, no queda nada que hacer. Ni siquiera tenemos un rey

intruso a quien combatir: no tenemos más que el legítimo, el verdadero,

aquel en quien no se puede poner la mano. Nada, señora: paz y más paz

es lo que se ve a derecha e izquierda.

—¿Paz? —preguntó sor Teodora de Aransis con graciosa ironía.

—Sí, señora, paz.

—Pues yo no la veo.

La monja irguió su hermoso cuello, moviendo la cabeza y arqueando las

cejas con expresión enteramente mundana.

—Yo no veo sino guerra —dijo después de una pausa, durante la cual

miraba delante de sí como se mira a un espejo.

—¿En dónde está esa guerra?

—En España.

—¿En España? No hay guerra por ahora.

—Pero la habrá —afirmó sor Teodora con aplomo.

—¿Por qué motivo? ¿No tenemos rey? ¿Acaso podrán levantarse otra vez

los liberales?

—No se levantarán. Pero los masones tienen minado el trono.

—¡El trono! —exclamó Pepet lleno de confusión—. Es el más seguro del

mundo.

—Tal vez no.

—¿No tenemos gobierno absoluto?

—A medias: gobierno con puntas de masónico, que no se decide a poner la

religión por encima de todo... Veo que no entiendes una palabra, Tilín.

Nosotras, que jamás salimos de esta casa, conocemos lo que pasa en el

mundo mejor que tú. En la biblioteca del padre capellán no aprenderás

sino cosas muertas y pasadas para siempre. Voy a explicarte lo que

ignoras, fiando en tu discreción y en el respeto que me tienes. Has de

guardarme el secreto, porque esto no lo saben aún sino pocas personas.

Tilín prometió a la señora ser más reservado que un sepulcro, y con tal

declaración, ella cobró ánimos para hablar de este modo:

—Te equivocas grandemente al suponer que tendremos paz. No, hijo

mío: guerra, y guerra muy empeñada y tremenda nos aguarda. Todo está

por hacer: con la derrota de los liberales no se ha conseguido casi

nada; todo está, pues, del mismo modo: la religión por los suelos, la

Inquisición sin restablecer, los conventos sin rentas, los prelados

sin autoridad. Ya no tenemos aquellos gloriosísimos días en que los

confesores de los reyes gobernaban a las naciones; se publican libros

que no son de religión, o le son contrarios; en pocas materias se

consulta al clero, y muchas, muchísimas cosas se hacen sin contar con

él para nada. ¡Qué vergüenza! Es verdad que no hay Cortes; pero hay

Consejos y ministros que son todos seglares y carecen de la divina

luz del Espíritu Santo. No gobiernan los liberales, es verdad; pero

ello es que sin saber cómo, gobierna su espíritu, y las sectas, las

infames sectas masónicas no han sido destruidas. El ejército, que se

compone absolutamente de masones, no ha sido disuelto y desbaratado, y

en cambio están sin organizar los voluntarios realistas. Mil novedades

execrables han subsistido después de aquella horrorosa tormenta, y

en cambio no funcionan ya las comisiones de purificación que habían

empezado a limpiar el reino. ¡Cuánta ignominia! Es verdad que se han

concedido mercedes al clero; pero los primeros puestos los han atrapado

los jansenistas, y están en la oscuridad hombres que pelearon con la

lengua y con la espada, en el púlpito y en los campos de batalla. Andan

sueltos muchos, muchísimos que fueron milicianos nacionales y asesinos

de frailes y monjas, y la masonería se extiende hasta el mismo trono,

hasta el mismo trono, Tilín.

Absorto, anonadado estaba el sacristán oyendo aquellas graves razones

que la monja decía con firmeza y devoción, añadiendo a su elocuencia,

para hacerla más seductora, las gracias de su persona. No desplegaba

sus labios Pepet, y oía la voz de la dama cual si esta fuera un ángel

de Dios que había bajado del cielo con un recado para los hombres.

—Ese trono que tanto ha costado —prosiguió la madre con brioso

entusiasmo—, que fue preciso defender primero de los franceses y

después de los liberales, no satisface las aspiraciones de nuestro

católico reino. La religión no ha triunfado todavía, y es preciso

que la religión triunfe. Santiago, nuestro glorioso patrón, no ha de

permitir que sus escuadrones estén mano sobre mano. Lo que se puede

hacer, ¿por qué no se hace? Contra la masonería, que es el gobierno de

Satanás, se levantará la religión, que es el gobierno de Dios. Todo lo

que se opone, o si no se opone estorba al triunfo de la fe, caerá, y si

lo que estorba es un trono, caerá también. Veo que te asombras, Tilín;

veo que te espantas.

—No, señora, no: Tilín no se asusta de nada que sea caída de cosas

altas y enormes, hundimientos y choque de unas gentes con otras,

sorpresas terribles, cataclismos y erupciones de la rabia humana...

Pero yo no creía, no sospechaba que los derechos de nuestro rey, tan

deseado y querido, pudieran ser puestos en duda.

—Culpa será de quien no ha sabido seguir el camino que le trazó la

Divina Providencia —replicó vivísimamente la exaltada monja—. ¿Tú no

sabes que hay un príncipe insigne, ferviente católico, amante de su

pueblo, fiel cumplidor de los preceptos de la Iglesia, y que hasta

en sus menores actos demuestra que vive para la fe y por la fe? Ese

príncipe santo se rodea de los varones más sabios, de los prelados más

virtuosos, de clérigos previsores y de seglares devotísimos; ama la

religión sobre todas las cosas, y para él la religión está sobre todo

lo humano, y sobre pueblos, reinos y monarquías; ese príncipe confiesa

y comulga todas las semanas, dando así una lección a cuantos príncipes

hay en la tierra, y no se separa jamás de una imagen de la Inmaculada

Concepción, que es su dulcísima patrona y consejera... ¿Quieres saber

más? ¿Necesito decirte más?

—Sí... sí —exclamó Tilín, que ya no tenía curiosidad, sino fiebre.

—La religión debe triunfar, y para que triunfe es preciso que haya

quien la defienda —dijo la monja, asemejándose por su acento y su

apostura a la Sibila cumana—. Tú dices que habrá paz, y yo digo que

habrá guerra, guerra cruel y reñida... Nada te digo respecto a tu

vocación ni a tu destino. Tú sabrás lo que haces. Únicamente he querido

probarte que las circunstancias no son tan impropias como creías...

que los tiempos son para cosas grandes, ruidosas y heroicas; que la

vocación guerrera no tiene hoy nada de trasnochada, y que un hombre

puede llamarse Tilín, y, sin embargo...

Cambiando bruscamente de tono y levantándose, añadió:

—¡Pero si anochece...! ¡Qué tarde! Tilín, corre a tocar el _Angelus_...

¡Qué dirá la madre abadesa si me ve aquí charla que charla!... Corre,

hombre, corre... parece que estás lelo.

La monja se alejó apresuradamente. Tilín, inmóvil y con la vista fija

en ella, la vio desaparecer bajo la arquería del claustro, como una

sombra que se difundía en la masa oscura de la noche. Lentamente marchó

a la sacristía, y empuñando la soga del esquilón, tocó el _Angelus_.

La campana, difundiendo su gangoso tañido por los aires mucho más

allá de Solsona, hasta los montes lejanos, parecía proclamar aquel

nombre irrisorio que debía ser el nombre de un héroe, y gritaba con

insistencia: «Tilín, Tilín».

—¡Jesús, María y José! —exclamaba la madre abadesa—. ¡Vaya un modo de

tocar el _Angelus_! Tilín se ha vuelto loco. Parece que toca a rebato.

Y los vecinos decían: «Las monjas cascabeleras están tocando a fuego».

V

Transcurrieron muchos días (eran los de marzo de 1827) sin que sor

Teodora de Aransis volviese a departir tan extensa y acaloradamente

con el sacristán de San Salomó, y en este se acentuaron más las

distracciones y los descuidos, llegando a cometer faltas de servicio

que eran escándalo de las madres y desdoro del culto. Pasaba a veces

la noche entera en la ciudad, y su trato era por demás adusto y

misantrópico.

Una tarde de abril presentáronse dos damas en el locutorio. Era una

de ellas hermosa por todo extremo, ricamente ataviada, con ademán un

poco altanero y edad que podía sin gran seguridad suponerse entre los

treinta y cinco y los cuarenta años. Vestía con lujo y sin remilgos,

dando a entender que no la mortificaba ninguna cosa que diera realce

a su belleza, tanto más cuanto que esta iba necesitando auxilio para

que no se conociera demasiado su occidente. Doña Josefina Comerford,

pues tal era el nombre de aquella histórica dama, era una hermosura en

decadencia; mas no por esto dejaba de ser magnífica, como es magnífica

una puesta de sol. La mujer que la acompañaba parecía servidora.

Después de esperar breve rato, descorriose la cortina que tapaba la

reja, y una voz dijo:

—¡Oh!, Josefina... No me habían dicho que era usted... Voy a mandar que

se le abra la puerta.

—Mande usted abrir y entraré —repuso doña Josefina mirando al través de

la reja sin ver nada.

Después dio algunos paseos por el locutorio con impaciente

desenvoltura. Miraba al suelo, como miran los hombres cuando tienen un

grave proyecto entre ceja y ceja.

Por fin una vieja criada del convento presentose a ella, cerró la

puerta del locutorio que daba a la calle, mandó a la servidora que

esperase allí, y haciendo señas a doña Josefina para que la siguiese,

condújola por un pasadizo oscuro que iba a parar al claustro. Desde

allí no necesitó guía la de Comerford para dirigirse a la sala interior

del locutorio, donde la aguardaban tres monjas.

Era la sala grande y no muy clara, a pesar de la blancura de sus

paredes. Zócalo de pintados azulejos cubría, hasta la altura de dos

varas, la parte inferior de aquellas, y añosa estera de esparto

libraba los pies de la frialdad de los ladrillos. Un tríptico de

relevante mérito, y dos o tres cuadros oscuros y muy borrosos en

que apenas se distinguían el cordero de San Juan, o el caballo de

San Martín, o el hábito de San Bernardo, por ser trozos pintados

con blanco, compendiaban el interés iconográfico de la sala. En

ella reinaba mortecina y difusa claridad roja, producida por la

transparencia de las dos cortinillas encarnadas que cubrían las

ventanas. Media docena de sillones y un gran banco que parecían las

obras más ingeniosas de la Inquisición, por lo duros, incómodos y

rígidos, servían para martirio de los huesos. En uno de ellos se sentó

la visitante después de saludar a las tres monjas una tras otra.

La claridad roja daba al rostro de doña Josefina el aspecto de una

llamarada en figura humana, con lo cual se avenía perfectamente el

inextinguible ardor de sus palabras. Las tres monjas, encendidas

también, y asemejadas en cierto modo a espectros sanguinosos, ocupaban

sus puestos con correcta simetría, haciendo honor a los sillones de

nogal por la tiesura con que se sentaban en ellos. Trabose al punto

vivísima conversación en lengua catalana.

—Ayer esperábamos a usted —dijo la madre abadesa.

—No se puede, no se puede, señora —repuso la de Comerford—. Van los

negocios muy atrasados. Acabo de llegar de Berga y apenas he tenido

tiempo para vestirme... Debo salir esta noche misma para Manresa; el

tiempo es corto. Diré en pocas palabras lo que tengo que decir, y hasta

otro día.

—También nosotras seremos breves —indicó la madre abadesa moviendo un

brazo—. Ante todo, díganos usted... ¿Es cierto que han sido ahorcados

Planas y Lloret?

—Cierto es que la serpiente nos ha herido a dos de nuestros bravos

leones —dijo la de Comerford con vehemencia—. Pero todo no puede ser

flores. Ha de haber muchas víctimas y no pocos mártires. Si no los

hubiera, no sería tan santa nuestra causa... Las partidas que hoy

existen no tienen más objeto que ir tanteando a los pueblos en los

límites del Principado. Más adelante se verá quién es Cataluña. Ahora

lo que nos importa es que la empresa no se malogre por precipitación.

De eso nos ocupamos, y si las órdenes se cumplen bien, se conseguirá el

objeto. Tenemos de nuestra parte muchas autoridades militares que se

han vendido en secreto. Alguien sospecha que nos harán traición: yo no

lo creo. Además, de Madrid vienen un día y otro las mayores seguridades

de que tendremos apoyo en altas esferas. ¡Ay!, aquella celosa Junta no

se duerme en las pajas. Ha sabido unir todos los deseos en uno solo,

y hoy, amigas mías, muchos personajes de aquí y de allá que tenían

distintas opiniones, piensan ya de la misma manera. El acuerdo es

perfecto, puedo asegurarlo a ustedes, entre el arzobispo de Tarragona,

el señor Miguel, vicecancelario de Cervera, el padre Barrí de Santo

Domingo, el señor don José Corrons, lectoral de Vich, el domero de

Manresa, el guardián de Capuchinos de esta ciudad y el valiente entre

los valientes, nuestro indomable Jep dels Estanys. Las instrucciones

que ha recibido de Madrid la Junta son precisas y resuelven todas las

dudas que había en puntos muy esenciales; los escrúpulos de algunos se

han disipado, el beneplácito de la Santa Sede es ya evidente, y aun

se tiene por segura la protección de la Rusia y de la Francia. ¿Qué

tal? En el palacio de Madrid se sabe todo lo que pasa aquí, y no se

dará un paso por estas leales montañas que sea hijo del acaso o del

capricho, sino que todos, chicos y grandes, nos moveremos con arreglo

a un plan admirablemente concertado. ¡Oh!, amigas mías, regocijémonos,

entusiasmémonos con la idea de que esta tierra de cristianos tendrá al

fin el verdadero gobierno cristiano.

—¡Loado sea el Señor! —exclamó la abadesa moviendo por igual los dos

brazos—. Este acuerdo entre tales varones nos prueba que no obedecen

al capricho ni a la fantasía, sino a una voz divina que en el interior

de todos ellos ha sonado. La Virgen Santísima sea con ellos. Ahora

bien, amiga querida; puesto que para gloria y salvación nuestra nos

corresponde hacer algo, en la medida de nuestras escasas fuerzas, en

pro de la causa del Señor, aquí estamos aguardando las órdenes de la

Junta de Manresa, de la cual es usted órgano tan precioso.

—A eso voy, amiga mía —dijo doña Josefina acercando más su

inquisitorial sillón al de las madres—. Primeramente, al dinerillo

que ustedes tienen en depósito, se unirá dentro de poco el que se

está recaudando en esta diócesis de Solsona y parte del que vendrá de

Madrid. Lo entregará el señor deán de esta Santa Iglesia Catedral,

y ustedes lo darán a Jep dels Estanys, a Caragol o a Pixola, previa

presentación de un vale reservado y en cifra donde se especificará

la suma. También podrá usted recibir dinero del alcalde de Solsona o

dárselo. Aquí traigo la clave de la cifra, y la explicaré para que no

hallen dificultades.

Doña Josefina sacó un papel de su ridículo (porque doña Josefina

llevaba ridículo), y acercándose a las madres explicoles durante corto

rato los signos y combinaciones que aquellas debían conocer. Después,

la simetría que se había alterado cuando se inclinaron en una misma

dirección las tres señoras, volvió a restablecerse.

—He comprendido perfectamente —dijo melifluamente la abadesa—. Se hará

todo como lo mandan los señores. Dulcísimo es para nosotras prestar

este concurso a obra tan insigne.

Era la madre abadesa señora muy redicha, como se habrá observado. Tenía

buen fondo; pero el fanatismo le había sorbido los sesos. Lanzada por

las bullidoras eminencias del país a los torbellinos de una odiosa

conspiración, había llegado a olvidar el lenguaje sencillo, dulce y

místico de las enclaustradas, adoptando un tonillo presuntuoso con

puntas de diplomático, que era como un eco del charlar vehemente de

la gran intrigante catalana doña Josefina Comerford, la cual solía dar

a la expresión de su fanatismo algo de la atropellada facundia de los

clubs.

—Ahora, amigas de mi alma —manifestó doña Josefina—, ahora que todo lo

material está preparado, falta tan solo que se esgriman aquellas armas

sutiles contra las cuales no pueden nada los más altos torreones ni la

artillería más formidable: hablo de las armas de la oración. Yo, como

pecadora, poco puedo alcanzar con mis preces; pero ustedes, amantísimas

esposas del que da las victorias, del que con sus batallones de ángeles

tiene a raya al Malo, pueden conseguir mucho. El auxilio de la devoción

y la piedad es de gran precio. El señor lectoral de Vich dijo delante

de mí a las clarisas de aquella ciudad: «Las lágrimas suplicantes de

los débiles darán a los fuertes la victoria».

La madre abadesa se inclinó de un lado, cruzando las manos en señal

de la magnitud de su emoción, y con esto se alteró por completo

la simetría del grupo. Al mismo tiempo dejose oír una voz hueca,

telarañosa, si es permitido decirlo así, una voz gastada y oscurecida

por los años, la cual voz provenía, según todos los indicios, de la

carcomida laringe de la señora monja que se sentaba a la derecha de

la madre abadesa, y que hasta entonces había sido mudo testigo de la

conferencia. Aquella voz dijo con lastimero tono:

—¡Oh, si pudiera conseguirse tan alto fin con las oraciones!... Todos

los lectores de Vich y todos los prelados de la cristiandad no me

convencerán de que la causa del Señor y el triunfo de su fe hayan de

conquistarse con guerras, violencias, brutalidades y matanzas. Doña

Josefina nos habla de las oraciones, como aprestos de guerras... Esos,

esos solos deben de ser los sables, los cañones y los fusiles de los

regimientos de Jesucristo.

Alzando sus brazos, a que daban majestad las amplias mangas blancas, la

monja se animaba. Era una mujer anciana y cadavérica, cuyas palabras

sonaban con tono de solemnidad, como palabras salidas de la tumba.

Antes que la última sílaba de la anciana religiosa acabase de vibrar,

oyose en la sala una leve exclamación, una de esas tenues inflexiones

de voz que son como el preludio de una risa de desdén. Provenía este

bullicio de la tercera monja, que aún no había dicho nada y estaba

sentada a la izquierda de la madre. Sonó después la risa y luego estas

palabras:

—¡Qué cosas tiene la madre Monserrat!

El delicioso y fresco timbre de la voz, la gracia de la entonación y el

festivo reír, indicaban claramente la persona por demás simpática de

sor Teodora de Aransis.

—Es lo que me quedaba que oír —añadió con desenvoltura—. ¡Que las

sectas y el imperio de los malos puedan derribarse con oraciones! ¡Que

una nación invadida por herejes sea limpia por rezos de monjas!...

Decir eso es vivir en el limbo. Bueno es rezar; pero cuando el mal

ha tomado proporciones y domina arriba y abajo, en el trono y en la

plebe, ¿de qué valen los rezos?... ¿Por qué tantos ascos a la guerra?

La guerra impulsada y sostenida por un fin santo es necesaria, y Dios

mismo no la puede condenar. ¿Cómo ha de condenarla, si Él mismo ha

puesto la espada en la mano de los hombres cuando ha sido menester? Nos

asustamos de la guerra, y la vemos en toda la historia de nuestra fe,

desde que hubo un pueblo elegido. ¿No peleó Josué, no peleó Matatías,

gran sacerdote; no pelearon los Macabeos y el santo rey David? Bonito

papel habría hecho San Fernando si en vez de arremeter espada en mano

contra los moros, se hubiera puesto a rezar esperando vencerlos con

rosarios. No es tan mala la guerra cuando un apóstol de Jesucristo

se dignó tomar parte en ella con su manto de peregrino, caballero en

un caballo blanco, repartiendo tajos y mandobles. La guerra contra

infieles y herejes es santa y noble. ¡Benditos los que mueren en

ella, que es como morir en olor de santidad! En el cielo hay un lugar

placentero destinado a los valientes que han sucumbido peleando por

Dios.

Hablando de este modo, las bellas facciones de sor Teodora de Aransis

tenían el divino sello de la inspiración. Atendían a sus palabras con

muestras de asentimiento doña Josefina y la madre abadesa; pero la

madre Monserrat, dirigiendo una mirada rencillosa a la audaz defensora

de la fuerza, rumió estas palabras:

—Hermana Teodora de Aransis, usted es una niña.

—Tengo treinta y dos años —repuso con brío la de Aransis, sin dignarse

mirar a su contrincante.

—Y yo tengo sesenta —afirmó esta—; he visto guerras y usted no. Yo he

visto las horrorosas calamidades de la guerra; yo he visto este santo

asilo profanado, derribadas sus paredes a cañonazos, y sus claustros

y celdas invadidos por una soldadesca infame. ¡Todo lo envilece, sí,

todo lo envilece! Yo vi caer el ala del poniente y desaparecer hechas

escombros tres celdas arriba y el refectorio abajo, quedando solo en

pie lo que llamamos la _Isla_, donde usted vive; yo vi a tres hermanas

degolladas y a otras injuriadas horriblemente. Los pocos cabellos

que tengo se erizan todavía en mi cabeza al recordar aquel día de

septiembre de 1810. ¡Vaya un día, Señor Dios sacramentado! ¿Cómo

quieren que me entusiasme con la guerra? La aborrezco, le tengo miedo:

el ruido de un tambor me hace morir... Esta buena Teodora de Aransis es

una niña, piensa mundanamente, a pesar de llevar algunos años dentro de

esta casa, y tiene los espíritus muy levantiscos.

—No se trata ahora de soldados del infame Napoleón, señora —dijo

Teodora burlándose—. Precisamente es todo lo contrario. Los soldados de

la fe no darán sustos a la asustadiza madre Monserrat.

—Todos los soldados son iguales y todas las guerras odiosas... Hay

cabezas tan duras que no entenderán nunca.

—Y hay personas que jamás han tenido en su mollera ni pizca de

discernimiento —dijo sor Teodora de Aransis con tono de sofocada ira.

—Y hay jóvenes que se olvidan del hábito que visten, renegando de la

humildad y del respeto que se debe a las personas mayores —gruñó la

madre Monserrat.

—Y hay espectros tan empingorotados y tan tiesos que causan horror.

—Y hay monjillas tan casquivanas que se componen y acicalan dentro de

sus celdas, cuando nadie las ve, y no pueden olvidar que en tiempos muy

desgraciados han ido a bailoteos y teatros.

—Y hay madrazas de cara verde, del propio color de la envidia, que han

vivido setenta años encolerizadas contra todo lo que valía más que

ellas.

—Y yo sé de quien tiene la lengua muy larga...

—Y yo sé de quien la tiene llena de veneno...

—Y yo...

—Paz, paz... —indicó la abadesa, extendiendo a un lado y otro sus

blancas manos.

—La madre Teodora es demasiado vehemente —dijo doña Josefina guiñando

el ojo a sor Teodora—, y la madre Monserrat muy rigorista. Todo esto

ha provenido de una opinión sobre las guerras. Yo creo también que la

guerra es a veces necesaria y que Dios mismo la dispone. Hay santos del

combatir como hay santos del ayunar. Pero no es esto motivo para que la

madre Monserrat se enfade.

—Ni para que se altere la armonía que en estas casas debe reinar

—expresó la madre abadesa con afectada unción—. En nombre de Nuestro

Señor Jesucristo, que a todos perdonó, yo ruego a las dos hermanas

que me oyen..., sí, yo les ruego, como hermana y como superiora, que

sofoquen al punto el rencor y se reconcilien dándose el ósculo de paz.

—Mi alma es incapaz de rencor —dijo la madre Monserrat.

—Yo perdono de todo corazón —murmuró sor Teodora.

Se besaron. La vieja imprimió sus labios sobre las hermosas mejillas

de la joven, y esta contestó al beso fijando apenas sobre la seca piel

ajena sus frescos labios. Aquel besuqueo fue una ventosa contestada por

una picadura. Doña Josefina, después de repetir sus instrucciones, se

retiró.

Un voluntario realista · 第 7 / 34 题