Durante cuarenta años fue sacristán de San Salomó un buen hombre,
sencillo y piadoso, que tenía por nombre José Armengol. Como sintiera
que la muerte venía por él, pensó que era lamentable no dejar sucesor
en la sacristía para que recayese en su linaje la recompensa de tantos
años de servicios prestados a la religión con piedad y desinterés. No
tenía hijos el señor Armengol, pues el único que Dios le concediera
había muerto de un lanzazo en la guerra del Rosellón; pero tenía un
nieto que, si bien de corta edad, podía servir para desempeñar el
cargo, mayormente si las benévolas monjas le enderezaban a la virtud
haciéndole hombre devoto o instruyéndole en todos los oficios de la
sacristanía. El señor Armengol se murió tranquilo y satisfecho cuando
la madre abadesa le prometió que el pequeñuelo sería sacristán de San
Salomó.
Trajeron a Pepet de las montañas de la Cerdaña, en que se criaba
libre y salvaje como los pájaros, familiarizado con las altas cimas
piníferas, con las soledades abruptas y rumorosas, con el estrépito
de los torrentes y la sombría majestad de la cordillera de Cadí, país
propicio a las leyendas y al bandolerismo. Doce años tenía cuando se
vio en poder de la madre abadesa, la cual, poniendo sobre la cabeza del
rapaz su mano protectora, le dijo con grave y bondadoso acento:
—_Noy_, el Señor te ha favorecido desde tu tierna edad destinándote,
aunque indigno, a servir en esta casa. Grande honra te cabe en esto, y
no todos tropiezan a tu edad con tales prebendas. Pruébanos ahora que
mereces el favor de Dios, y que eres capaz de sostener el buen nombre
de tu abuelo.
Pepet miró a la madre abadesa con espanto. No comprendía lo que aquello
significaba, aunque su instinto le hizo entender que se hallaba bajo
el dominio de las señoras pálidas, de fantástico aspecto, cubiertas de
blancos paños y de negras tocas. Quiso protestar; pero le faltaron voz
y valor para ello.
La primera noche que pasó en el convento tuvo calentura y pesadillas
horribles, durante las cuales giraron en su cerebro las pálidas caras
de ojos mortecinos, desabrido sonreír y glacial aspecto. Aquel andar
suave y vagaroso por los claustros y coro sin que se sintieran los
pasos, infundíale más pavor que respeto. El susurro de sus apagadas
voces, semejante al gotear de una fuente lejana, le hacía temblar. Pero
los días pasaron, y aquella primera impresión penosa se calmó, llegando
el inocente niño a ver sin miedo a las religiosas y a considerarlas
como unas señoras muy buenas, infinitamente mejores que cuantas hembras
de una y otra clase había visto en su corta vida.
Pepet se adiestraba en su oficio bajo la dirección de un sacristán
suplente traído para aquel objeto de Nuestra Señora del Claustro,
hombre sesudo y riguroso, a quien llamaban por apodo Fray Tinieblas. De
seguro habría tratado mal al neófito por envidia de sus altos destinos
sacristaniles, si las monjas no lo impidiesen, manifestando al chico
la protección más decidida. Los conocimientos y la práctica de Pepet
adelantaron rápidamente, y la madre abadesa, que desde el coro atisbaba
los primeros trabajos del predestinado niño, decía para sí con gozo:
—Este tierno arbolito será digno sucesor de aquel tronco robusto que se
llamaba José Armengol.
A los dos meses de hallarse en San Salomó, presenció Pepet un
espectáculo que produjo en su alma sensaciones muy hondas y patéticas.
Era un día de gran solemnidad. La iglesia resplandecía como un ascua
de oro, y eran tantas las luces, que él solo recordaba haber encendido
más de doscientas. Debía de correr la estación primaveral, porque los
altares estaban llenos de frescas y olorosas flores que embriagaban
el sentido. Llenábase la estrecha nave de fieles, que pugnaban por
hallar un hueco, y se estrujaban unos contra otros. El señor obispo,
acompañado de un mediano ejército de canónigos y racioneros, había
subido al altar mayor y entrado en la sacristía. Deslumbradoras
ropas con encajes, oro, pedrerías, cubrieron los encorvados hombros,
y sonaron melodiosos cantos de órgano combinados con la dulcísima voz
de las monjas. Pepet miraba y oía con embeleso, sintiendo su alma en
estado de arrobamiento y exaltación; su fantasía simpatizaba de un modo
extraordinario con las cosas solemnes, ruidosas y bellas.
Pero el estupor del sacristán en ciernes llegó a su colmo al ver que
entre la fila de monjas arrodilladas en la delantera del coro apareció
una joven de sorprendente hermosura. Vestía las fastuosas ropas
mundanas que jamás había visto él en tan lóbregos sitios. Lujosas
pedrerías adornaban su garganta y orejas, y sobre sus hombros caían
con admirable majestad y gracia los más hermosos cabellos negros que
se podían ver en el mundo. Su divino rostro estaba tan pálido como la
cera de la encendida vela que en la mano tenía. No alzaba del suelo los
ojos, no movía ni las cejas ni los descoloridos labios, ni las negras
pestañas que velaban sus miradas como vela el pudor a la hermosura, ni
parte alguna de su cuerpo. Parecía una estatua, una mujer muerta que,
acabada de morir en aquel mismo instante, se conservara derecha y de
rodillas por milagroso don.
El obispo echó muchos latines, y todos echaron latines, incluso Pepet,
que también había aprendido sus latines sin saber lo que querían decir;
y el órgano seguía cantando como una endecha tierna y dulce, semejante
o canción de amores, o al acordado ritmo de flautas pastoriles en las
soñadas praderas de la égloga. El pueblo gemía lleno de admiración o
quizás de lástima. Estaban todos en lo más serio de los latines, de la
música y de los gemidos, cuando Pepet vio que rodearon a la hermosa
doncella que parecía muerta; quitáronle sus joyas; arrancaron de su
seno las flores que lo adornaban, y que ni aun en el mismo tallo natal
habrían estado mejor puestas, y después... Pepet sintió que la sangre
ardía en sus venas..., oyó el rechinar de unas tijeras. ¡Horrible,
feroz atentado! ¡Le cortaban los cabellos!... Los tijeretazos que
arrancaban una tras otra guedeja, destrozaron el corazón del pobre
rapaz..., sintió que su alma minúscula se llenaba de una cólera
sofocante, irresistible, volcánica; sintió una angustia mortal, y sin
saber cómo, dio un salto y lanzó un terrible grito, diciendo:
—¡Brutos!... ¡Pillos!
Hubo pequeña alarma, y le recogieron del suelo, porque había perdido el
conocimiento. El obispo se echó a reír, y los demás también. Repuesto
de su desmayo, Pepet salió de la sacristía, donde le había metido
Tinieblas. Desde aquel momento sintió que en su espíritu entraban
de rondón ideas nuevas, y que su conciencia empezaba a sacudirse
y a resquebrajarse como un gran témpano que se deshiela. Oyó con
indiferencia las palabras huecas de un canónigo que subiera al púlpito
para suplicar a todas las jóvenes solsonesas allí presentes que
imitaran el ejemplo de la gentil doncella, que había dejado el regalo
de su casa y el cariño paterno para desposarse con Jesús, aceptando
la vida de humildad y de penitencia que estos celestiales desposorios
traen consigo. La hermosa doncella que había tomado el velo era doña
Teodora de Aransis y Peñafort, sobrina del conde de Miralcamp.
Poco después de este suceso, Pepet cayó gravemente enfermo de
pertinaces calenturas; véase cómo. Las madres de San Salomó, que
comprendían cuán necesitada de esparcimiento y solaz es la niñez,
permitían a su acólito que fuese todos los días a jugar con los demás
chicos del pueblo, los cuales tenían costumbre de congregarse al filo
del mediodía en la ribera del río Negro, por ser este el sitio donde
con más libertad se entregaban al juego de tropa, que era su mayor
delicia. Allí organizaban ejércitos con espadas de caña y sombreros
de papel; allí asaltaban formidables plazas, defendían castillos, se
destrozaban a cañonazos (entiéndase pedradas) conquistando lauros
inmortales y ganando gloriosísimas contusiones, tras de las cuales
venía la zurribamba que en sus casas les administraban los enojados
padres o el maestro de escuela.
Al poco tiempo de darse a conocer Pepet en aquella sociedad militar
donde se estimaban en su justo valer las prendas del soldado, empezó a
desplegar eminentes dotes. Tenía el condenado chico ese singular don
de mando que aparece frecuentemente en la niñez como anuncio de una
superioridad futura. Algunas veces desaparece, y los que de chicos
fueron leones, al crecer se vuelven pollinos. Pepet era atrevido, daba
grandes porrazos, no perdonaba las faltas de disciplina, sacaba de su
cabeza admirables invenciones en cuanto a plan de batallas y pedreas,
y resolvía gallardamente todas las disputas, ya fuesen personales o de
antagonismo, entre los distintos cuerpos de ejército. A todo atendía
con prudencia suma, por todo velaba; era astuto en las exploraciones,
heroico en los encuentros, prudente en las retiradas, previsor en todos
los casos. Si se trataba del aprovisionamiento de las plazas, nada se
hacía sin Pepet, que al ver a sus bravos soldados faltos de vituallas,
dirigía admirablemente el merodeo de fruta en las huertas del río, o el
saqueo de una cabaña cuando estaban ausentes los dueños. Muchos palos y
tirones de orejas ganaban todos a veces en estas guerreras trapisondas;
pero las más veían recompensadas sus fatigas con el abundante esquilmo
de las parras llenas de racimos, de los perales y de los melocotoneros.
Pepet no ascendió a general: lo fue desde el primer momento, porque su
natural intrepidez y la energía de su carácter púsole desde luego en
aquel elevado puesto, donde se habría conservado, con asombro y orgullo
de ambas riberas, si no atajaran sus pasos gloriosos las calenturas. El
río Negro, con sus verdosos charcos, era un foco de miasmas palúdicos.
Muchos días pasó el chico entre la vida y la muerte; pero Dios y los
cuidados de las buenas madres le salvaron.
Vivía el pobrecito general, en compañía de Tinieblas, en la habitación
sacristanesca, pieza espaciosa y abovedada que estaba debajo del altar
mayor. Una puerta comunicaba esta pieza con el claustro del convento,
y aunque la regla mandaba que estuviera siempre condenada, y bien lo
decían sus gruesos barrotes y candados, las madres la tenían abierta
durante el día, y por ella entraban en la vivienda de Pepet con ánimo
de asistirle. Merecía disculpa y aun perdón esta falta cometida con
fines tan caritativos. La madre abadesa y sor Teodora hacían la buena
obra con solicitud y piedad.
La convalecencia de Pepet fue muy larga y penosa. Quedose pálido
y delgado como un cirio; sus ojos se habían agrandado tanto, que
parecía que ellos solos ocupaban la cara. Apenas podía andar, y la
buena Teodora de Aransis y la excelente sor Ángela de San Francisco,
le sostenían cada cual por un brazo para que paseara un poco por el
claustro y la huerta en las horas de sol. Sentábanle en un banco,
y allí pasaba largos ratos con la mirada fija en el suelo, las
manos cruzadas. Fortalecido al fin, buscaban las madres algo que le
entretuviese, pues nada es tan necesario a los muchachos enfermos y
decaídos como un juguete o pasatiempo cualquiera que les distraiga y
alegre los espíritus. La madre Teodora, que en lo compasiva y generosa
ganaba a todas las habitantes de San Salomó, lo mismo que les superaba
en gracia y belleza, le dijo un día, hallándose con él en el claustro:
—Pobre Pepet, siento mucho que no tengamos en la casa un mal juguete
con que puedas vencer tu tristeza.
Pepet sonrió, mirándose en los hermosos ojos de la monja, que cual
espejos negros le fascinaban.
—¿Qué deseas tú? Dímelo y veré si puedo proporcionártelo —añadió la
religiosa con dulce bondad—. Estás muy triste..., ¿qué deseas?
Pepet callaba, sin dejar de mirarla con una fijeza parecida al éxtasis.
Interrogado de nuevo, murmuró:
—Yo deseo..., sí, señora; yo deseo...
—¿Qué?
—Un tambor —repuso el chico con firmeza.
La monja se echó a reír.
—Ya sé que eres muy guerrero —dijo—, pero en esta casa no tenemos nada
de eso. ¡Sería bueno que se oyera aquí ruido de tambores!... Que se te
quite eso de la cabeza, pobre Pepet... ¿Quieres que te haga un sombrero
de papel y una espada de caña para que te pasees por la huerta como un
general?
Sin esperar contestación, la de Aransis corrió a su celda con andar
vivaracho, y al poco rato regresó, trayendo un sombrero hecho de papel
que usaban para poner pastas al horno, y una espada de caña. Dando
ambas prendas a Pepet, le dijo con orgullo:
—En un momento lo he hecho... ¿Verdad que está bien?
Pepet no hizo movimiento alguno para constituirse en propietario de
aquellos enseres marciales. Permitió que sor Teodora le pusiera el
gorro; pero sus ojos relampaguearon, y rechazó la espada diciendo:
—La espada que yo deseo no es de caña, sino de hierro.