Para hacer el retrato de la infanta doña María, después reina de

Hungría, hermana del Rey, y por orden de éste, marchó Velázquez a

Nápoles. Pacheco dice que lo pintó, pero no hay seguridad de que sea el

catalogado en nuestro Museo de Madrid con el número 1.072. La edad que

representa la dama, su mandíbula inferior típica en los individuos de

esta rama de la dinastía austríaca y hasta cierto parecido con aquel

rey, nos inclinan a la afirmativa: por otra parte, parece probable que

dada su alta categoría hiciese Velázquez un retrato de más importancia

que se haya perdido; del cual, acaso sea copia el que existe en el Museo

de Berlín[39] y que este del Prado le precediese como cabeza de estudio

preparatorio. Su estilo es el propio de Velázquez en aquella época;

quizás algo duro por afán de trabajar mucho y dominar en poco tiempo los

rasgos de un modelo del cual apenas podría disponer, pues se sabe que

fue muy corta la permanencia en Nápoles de la futura reina y emperatriz.

En todo caso, si este retrato que esta en Madrid no fuese de Velázquez,

¿a quién se pudiera atribuir? Mientras no se conteste satisfactoriamente

a la pregunta, hay que considerarlo suyo.

Hallábanse también por entonces en Nápoles el Virrey Duque de Alcalá,

amigo de Pacheco, y el gran pintor español José Ribera _el Españoleto_.

Si Velázquez hubiera pretendido fijar su residencia en Italia, es

verosímil que Ribera, dado el genio levantisco y el carácter dominador

que le atribuyen sus biógrafos, no le mirase con buenos ojos: mas como

había de saber que estaba de paso, no es absurda la suposición hecha

por varios críticos de que trataría afablemente al sevillano. Además, ni

aún en la Patria pudiera, encontrarle como rival, pues Jusepe Martínez,

cuenta que estando en Nápoles halló a «un insigne pintor, imitador del

natural con gran propiedad, paisano nuestro del reino de Valencia, de

quien recibí mucha cortesía... Entre varios discursos pasé a preguntarle

de cómo viéndose tan aplaudido de todas las naciones, no trataba de

venirse a España, pues tenía por cierto, eran vistas sus obras con toda

veneración. Respondiome: «Amigo carísimo, de mi voluntad es la instancia

grande, pero de parte de la experiencia de muchas personas bien

entendidas y verdaderas hallo el impedimento, que es, ser el primer año

recibido por gran pintor; al segundo año, no hacerse caso de mí, porque

viendo presente la persona se le pierde el respeto; y lo confirma esto

el constarme haber visto algunas obras de excelentes maestros de esos

reinos de España, ser muy poco estimadas: y así juzgo que España es

madre piadosa de forasteros y cruelísima madrastra de los propios

naturales»[40]: amargo convencimiento que no debió de borrar en su

corazón el amor a la Patria, pues firmó muchas de sus obras poniendo:

_José de Ribera, español, de Jativa_. Tanto puede el tenaz recuerdo de

la tierra donde se ha nacido aun en aquellos que menos lo imaginan. Nada

escribe Pacheco sobre si en Nápoles trabó su yerno amistad con Ribera.

Cean Bermúdez, sin precisar en qué se funda, dice que éste en 1630 tuvo

el gusto de ver y tratar a don Diego Velázquez cuando pasó a Nápoles y

le acompañó a ver todas las cosas dignas de aquella ciudad, y añade

que en 1649 volvió a abrazar a Velázquez cuando dio otra vuelta a

Italia[41].

[imagen: MUSEO DEL PRADO

CRISTO CRUCIFICADO

Fotog. M. Moreno]

A fines de 1630 regresó a España y si Rubens no ejerció influencia en su

estilo, tampoco lo alteró la admiración que debieron de causarle las

obras de Ticiano, Tintoretto, Veronés, Rafael y Miguel Ángel. Por

reflexión o por instinto, a los treinta y un años, estaba tan firme en

sus ideas y seguro de sus facultades que supo estudiar a todos los

maestros, no seguir a ninguno y conservar su personalidad, dejándoles

incomparables en la grandeza, en la poesía, en el color y la gracia, y

quedando él soberano en lo que toca a la sencillez y la verdad.

VI

RETRATOS: DEL REY.--DEL PRÍNCIPE BALTASAR CARLOS.--DEL INFANTE DON

FERNANDO.--DEL CONDE-DUQUE.--DE MARTÍNEZ MONTAÑÉS.--OTROS QUE SE HAN

PERDIDO.

La mejor manera de expresar el desarrollo de las facultades de este gran

pintor, sería ir describiendo sus obras por el orden en que las hizo:

así se apreciarían no sólo las fases distintas de su pensamiento, sino

también las variantes y progreso de su técnica, pero no es posible;

primero por falta de seguridad para fijar la fecha de ejecución de cada

lienzo; segundo porque ni aun el estilo sirve de guía infalible para

determinarla, pues como por ser Velázquez empleado de palacio quedaban

sus cuadros bajo su custodia, los retocaba cuando le convenía,

aprovechando y realzando lo anteriormente pintado: finalmente, la

circunstancia de estar algunos en el extranjero, hace más difícil la

investigación.

Mucho trabajó durante los dieciocho años que separan el de 1631, en que

de vuelta en Madrid aparece su nombre en las nóminas de palacio por el

mes de Enero, y el de 1649 en que emprendió su segundo viaje a Italia:

mas no hay modo de enumerar por orden riguroso todo lo que pintó. Es

pues conveniente hacer de ello una clasificación por grupos que a

primera vista parece arbitraria, pero que tiene la ventaja de indicar

primero por partes y abarcar luego en totalidad y conjunto cuanto

produjo en aquel fecundo período de su vida. Lo que se puede conocer

casi año por año, es lo que menos interesa: su hoja de servicios como

criado del Rey. De lo capital, que son los cuadros, no hablan los

legajos de los archivos, sino para decir alguna vez donde estuvieron

puestos; ni aun cabe fiarse de los documentos referentes al coste de

ellos, pues en esos papeles consta cuando fueron pagados, no cuando se

pintaron, así que no es dable sujetarlos a cronología. Finalmente, el

orden de su producción, exigible en una obra con pretensiones de

definitiva y erudita, no es necesario en un modesto trabajo de

vulgarización. Contentémonos, por tanto, con mencionar al referirnos a

esta época (1630 a 1649), primero los retratos, género de tan

excepcional importancia en Velázquez; luego los cuadros de composición,

y por último, los lienzos destruidos en los incendios o cuyo paradero se

ignora.

Una de las primeras obras que debió de hacer al llegar de Italia, en los

comienzos de 1631, es el _retrato de Felipe IV_ que se conserva en la

Galería Nacional de Londres. Esta el Rey representado en pie, de cuerpo

entero y tamaño natural con traje pardo bordado de plata, guantes

obscuros, medias blancas y zapatos de polvillo; apoya la mano izquierda

en el pomo de la espada y en la diestra tiene un papel donde se lee:

_Señor, Diego Velázquez, pintor de Vuestra Majestad_: junto de él hay

una mesa donde esta el sombrero. Dice Beruete, en la citada obra, que

este cuadro es algo seco, y que la primera impresión que causa es poco

favorable; pero que esta la cabeza hecha con singular delicadeza,

dibujado todo irreprochablemente y que es auténtico sin duda alguna.

Casi por los mismos meses haría otros dos retratos del Rey y de su

primera esposa, doña Isabel de Borbón, ambos de medio cuerpo, que están

en el Museo Imperial de Viena.

En Madrid tenemos al Rey retratado por entonces dos veces.

La primera (núm. 1.074 del Museo), en fondo de campo, escopeta en mano,

traje de caza y un magnífico perro al lado. Esta figura de Felipe IV es

una de las puestas y movidas con mayor elegancia entre todas las que

pintó.

La segunda en traje de gala y a caballo. En 1616, el Duque de Lerma

había mandado al escultor florentino Pedro Tacca, que hiciese la estatua

de Felipe III que esta hoy en la Plaza Mayor de Madrid; en 1632, el

Conde Duque de Olivares, no queriendo ser menos adulador, le encargó la

de Felipe IV para colocarla en el Retiro. Deseando Tacca tener a la

vista un buen retrato del Rey, se le mandó uno ecuestre de mano de

Velázquez con sombrero puesto y menor que el natural: pidió el italiano

otro donde poder estudiar mejor la real persona, y Velázquez lo hizo

hacia 1633 de perfil, de busto y sin sombrero[42], enviándosele además

un busto del Rey por Martínez Montañés, tal vez el que se ve indicado

en la parte inferior derecha del retrato que a este escultor hizo

Velázquez.

De que al monarca le gustara alguno de los que para tal objeto le hizo

su pintor favorito, o de que éste quedase contento de ellos, debió de

nacer en ambos la idea de un nuevo y gran retrato ecuestre de S. M. Puso

el artista manos a la obra y fruto de aquel trabajo, es el que hoy esta

en el Museo del Prado con el núm. 1.066. Por la edad que en él

representa el Rey, y por las noticias expresadas, no puede estar pintado

ni al llegar Velázquez a la Corte en 1623, como pretende Cean Bermúdez,

ni en 1624, como indica Stirling, ni según dicen Lefort y don Pedro de

Madrazo en 1644, época en que ya el Rey tenía treinta y nueve años, edad

que no aparenta en el cuadro: debió de ejecutarlo hacia 1633 o 34, a

raíz y a consecuencia de los que se enviaron a Tacca.

Esta el Rey representado teniendo por fondo un campo de las cercanías de

Madrid por la parte Norte, donde la limpia diafanidad del ambiente deja

ver a largas distancias los grupos de árboles y quebraduras del terreno,

en que dominan los tonos claros, verdes y azulados. Va caminando de

izquierda a derecha, de perfil, jinete en un caballo castaño, de patas

blancas, sobrio de arreos y puesto en chaza o media corveta. Lleva media

armadura empavonada con labores de oro, y sobre la coraza banda carmesí,

de seda, hecha un airoso lazo, cuyas puntas le flotan a la espalda;

gregüescos obscuros, botas y guantes de estezado fino, chambergo de

plumas pardas y blancas y golilla de canalones estrechos; todo ello

pintado con tal primor que, aunque el artista dudara y corrigiese mucho,

por tratarse de obra de tanta dificultad, parece la ejecución lograda

con increíble facilidad y soltura. Aparte la perfecta imitación de lo

natural, el rasgo distintivo de este lienzo es cierta mezcla de vigor y

elegancia, de majestad y gallardía que hace profundamente simpático al

modelo: aun ignorando quién sea el retratado, se comprende que debe de

pertenecer a la categoría de mimados por la fortuna y puestos por ella

en la cumbre de las grandezas sociales, alguien hecho a la magnificencia

y regalo de los palacios, un poderoso a quien la felicidad ha protegido;

porque continente, apostura, gesto, todo es propio de gran señor: y

sabiendo que es Felipe IV de Austria, bajo cuyo cetro no hubo desgracia

que no nos viniera encima ni mengua que le sacase de su culpable apatía,

cuando recordamos que es aquel Rey falto de empuje para cuanto no fuese

disponer fiestas y cortejar mujeres, aún es mayor el asombro que causa

su imagen así trazada, porque, antes que soberano incapaz, parece padre

de un pueblo a quien con su sabiduría hace dichoso.

Todos los críticos y biógrafos de Velázquez están conformes en

considerar este retrato como obra de mérito excepcional: unos alaban de

ella lo que se refiere al modo de concebirla, imprimiendo al bruto tanta

vida y al jinete tanta gallardía; otros elogian el dibujo, donde, al

través de arrepentimientos y correcciones que aún se notan, hay una

precisión admirable; otros, finalmente, la soltura de la ejecución, en

la cual ya ha desaparecido por completo aquella pasada dureza de los

primeros cuadros. Por mi parte me limitaré a recordar que a pocos pasos

de este retrato esta en nuestro Museo del Prado el ecuestre de Carlos

I, por Ticiano, y que la comparación resulta favorable al primero, pues

al gran maestro veneciano se le allanaron muchas dificultades, teniendo

por modelo una figura con visos de heroica; y el español hubo de

infundir al suyo, sin faltar a la verdad, una grandeza y poesía que en

absoluto le faltaban.

Cuentan las historias y relaciones que, de doce mujeres, entre esposas y

amigas, tuvo Felipe IV treinta y dos hijos, incluyendo legítimos y

bastardos[43]; pero ninguno le alegraría tanto como el príncipe Don

Baltasar Carlos, habido, después de tres hijas muertas sin cumplir un

año, en su primera mujer y prima la infanta de Francia doña Isabel de

Borbón, a quien llama un escritor de la época _fragante flor de lis

convertida en purpúrea rosa castellana_.

Nació aquel niño el año de 1629, durante la permanencia de Velázquez en

Italia, que le retrató varias veces, y se supone que la primera en un

lienzo que hoy se conserva en Castle-Howard. Tiene allí el Príncipe dos

años y esta representado en pie sobre un peldaño en segundo término:

ante él se ve un paje enano. En su mirada brilla la mirada viva

característica de sus imágenes ulteriores, y en su postura, impropia de

un niño, puede descubrirse la intención del pintor de hacer que resalte

el rango del modelo: apoya la mano izquierda en la empuñadura de la

espada y la diestra en el bastón de mando. Cruza su rico traje de

terciopelo obscuro con pasamanería de oro una banda roja: al fondo hay

un cortinaje rojo, y sobre un almohadón se ve el sombrero de terciopelo

con plumas blancas. El enano, situado un peldaño más abajo que su amo,

vuelve hacia éste la enorme cabeza: lleva amplia valona lisa y cadena al

cuello; un delantal le cubre la parte inferior del cuerpo. En la mano

derecha tiene un chupador de plata, y en la izquierda una manzana[44].

Beruete, de quien tomamos estos datos, dice que, durante algún tiempo,

se atribuyó el cuadro al Corregio, suponiendo que el retratado era un

príncipe de Parma; pero hoy dos ilustres críticos, Justi y Armstrong, el

segundo con ciertas reservas, reconocen en él la mano de Velázquez.

En Madrid esta el Príncipe retratado dos veces, ambas de tamaño natural,

a pie y a caballo. Don Pedro de Madrazo ha descrito estos dos cuadros

con una claridad y precisión que no hay más que pedir: al hablar de uno

enumera fielmente las prendas de ropa, desde la gorrilla de ala y la

valona de encaje, hasta el tabardo de mangas bobas y los zapatos de

paño; al referirse a otro, desde el chambergo con plumas y la banda

encarnada de cabos de oro hasta las botas atezadas; ni se olvida en el

primero de los dos perros, perdiguero y galgo, ni deja en el segundo de

dar idea de la jaca andaluza de color castaño sencillamente enjaezada:

menciona, por último, los fondos de campo madrileño con sus quebradoras

en el piso y sus celajes azulados de nubes blanquecinas; pero lo que no

es dado expresar, ni aun con pluma tan experta, es el atractivo que la

figura del Príncipe, alegre, juguetona y al mismo tiempo regia, tiene en

estos lienzos.

En ellos cautiva la augusta personilla por cierto aspecto inocente y

travieso, cándido y malicioso que le imprime una gracia superior a toda

ponderación: para aumentar el encanto parece, además, que existe

indudable relación entre su edad y el riente paisaje que le rodea. Ambos

cuadros son de color fresco y jugoso; y en lo que toca a la ejecución de

lo más feliz que puede citarse de la segunda manera del autor.

En el Museo Imperial de Viena hay otro lienzo que representa al mismo

Príncipe pasados tres o cuatro años con traje de terciopelo negro

bordado de plata, y ferreruelo: esta junto a una mesa cubierta de tapete

rojo, donde tiene el sombrero, y la figura destaca sobre fondo gris.

«Esta obra--dice Beruete--es en conjunto maravillosa, pero lo más

admirable de ella es el prodigioso modelado del rostro pálido, iluminado

de frente, y la expresión de la fisonomía, donde se lee el carácter de

aquel niño universalmente querido, cuya prematura muerte ejerció funesto

influjo en el destino de España.»

Además de los dos mencionados retratos ecuestres, el del Rey y el del

Príncipe Baltasar Carlos, hay en el Museo del Prado otros tres de

personas reales y a caballo atribuidos a Velázquez, pero que hace tiempo

se juzgan no hechos en totalidad de su mano. Son los de Don Felipe III y

doña Margarita, su esposa, padres de Felipe IV, y el de la primera mujer

de éste, doña Isabel de Borbón, a quien tuvo pocas veces por modelo

Velázquez, acaso por ser éste protegido del Conde-Duque y ella su

enemiga[45]. Artistas y críticos opinan que en esos tres grandes

lienzos, que claramente muestran añadiduras laterales hechas para darles

mayores proporciones, el maestro trabajó sobre retratos anteriores

hechos por Bartolomé Gonzalez o Nicolás de Villacis, no como supone

Stirling, de Carreño, que debía entonces de ser muy niño. Mirando

atentamente estas obras se conoce que lo que allí hizo el pincel de

Velázquez fue dar valor y realce con enmiendas, correcciones y toques

aislados a la mezquina y pesada labor de artistas inhábiles. Los

repintes se ven aún: el retrato de Felipe III tiene el caballo casi todo

rehecho; en el de doña Margarita esta variado el fondo, convirtiendo el

primitivo, que era un jardín con recuadros de boj, en campo de matas y

arbustos; en el de doña Isabel de Borbón también se nota la modificación

del caballo, y en la cabeza de la Reina hay notables variantes. Parece,

pues, lo verosímil que los tres retratos estuvieran pintados cuando hizo

Velázquez el de Felipe IV, y que, para hermanarlos con éste, los

retocara ligera y bravamente, dándoles, en particular al de Felipe III,

un aspecto grandioso que no tenían: con lo cual, las que hoy serían

obras poco interesantes, lo son muchísimo, pues en ellas se ve cómo el

genio, con poco esfuerzo, convierte en superior lo que, a duras penas,

era mediano.

Retrató, también en traje de caza como al Rey y al Príncipe, al Infante

Don Fernando. Acerca de cuando lo hizo discrepan las opiniones: dicen

unos que antes de ir a Italia, lo cual desmiente el estilo; otros, que

hacia el año 1647, cuando ya el personaje era muerto, aprovechando para

el rostro el estudio de una imagen anterior. La figura esta

admirablemente colocada y a su lado tiene un podenco que es de los

mejores trozos de pintura que hizo Velázquez. Así como se dice de las

personas bien retratadas que están hablando, pudiera decirse de este

can, que no ladra porque no quiere.

Detalles que, aislados, no representan gran cosa, y juntos dan a

entender mucho, atestiguaran luego que, además de soberano artista,

debió de ser Velázquez hombre de bondadoso natural; por lo menos fue

agradecido: yo no vacilo en asegurar que la prueba es el retrato que

hizo al Conde-Duque. La vanidad de éste, que vería en ello un medio

seguro de legar su imagen a la posteridad, le haría desearlo: su rango

lo justificaba; pero Velázquez puso en la obra tal empeño de acercarse a

la perfección, que en su género no se concibe mejor.

Fue el privado de Felipe IV tan mal administrador de las rentas del

Erario como celoso de las propias, las cuales llegaron a 450.000 ducados

al año; tan vengativo, que mandó poner a Quevedo grillos de a nueve

libras, y estando celebrándose los funerales del ilustre Duque de

Fernandina ordenó que de las manos del difunto se quitase el bastón de

general; tan funesto político que ocasionó la rebeldía de Cataluña y la

pérdida de Portugal, el Brasil y el Rosellón; acérrimo partidario de

leyes suntuarias, aunque inventor de las golillas; al mismo tiempo

creador del papel sellado y ordenador de cacerías donde entraban al

puesto del Rey veinte jabalíes en una tarde: la afición que mostró a las

letras y las artes amengua en algo lo aborrecible de su tiranía; pero ni

fue militar, ni ganó batallas, ni siquiera salió a campaña. Sin embargo,

tal como le representó Velázquez parece el rayo de la guerra.

En Julio de 1638 Condé puso sitio a Fuenterrabía embistiéndola por mar

bajo sus órdenes el arzobispo de Burdeos: defendiose bravamente la plaza

más con tan poca gente, que no podía ser larga la resistencia ni

evitable la entrada. Entonces el Conde-Duque reunió un pequeño ejército

de cerca de doce mil hombres y con ellos el Almirante de Castilla

desbarató a los franceses con tan furiosa acometida que Condé se entró

huyendo en el agua hasta ganar una chalupa y el belicoso arzobispo se

acogió a los bajeles quedando libre la plaza; traduciéndose el regocijo

experimentado por el Rey no tanto en premiar pronto al Almirante cuanto

en recompensar con largueza al Conde-Duque.

Esta fue la ocasión que Velázquez, si lisonjero agradecido, aprovechó

para retratarle en campo de batalla de cuerpo entero y tamaño natural,

ordenando un combate fantástico a caballo, con coraza de labores de oro,

chambergo de grandes plumas, bastón de mando y aspecto de caudillo

seguro y digno de la victoria. Esta el bruto, que es alazan roano, en

corveta afianzado sobre las patas, las manos en alto y tan bien

encajada sobre él la airosa figura del jinete que no se conciben más

viveza en la bestia ni en el hombre más dominio. Nadie diría que aquél

es el ministro cortesano en cuyos días murió en Rocroy el prestigio de

la infantería española, sino un héroe de los que la guiaron en Muhlberg

o Nordinga: sin duda el artista pecando de palaciego, pues no se respira

en vano la atmósfera viciada, incurrió aquí en la flaqueza de adular al

privado: mas el mal efecto que esto causa instantáneamente se disipa al

considerar que Olivares fue su protector, y que aquella inocente mentira

era la única prueba de gratitud que podía darle. Nada hizo Velázquez con

cuidado tan exquisito: ninguno de sus cuadros denota tan tenaz empeño de

acierto: allí puso lo mejor de su entendimiento y de sus manos como

había puesto el sentimiento más noble de su alma. El color es de

frescura y riqueza incomparables: la ejecución, minuciosa por lo

esmerada y grandiosa por el resultado, esta en armonía con la índole de

la figura donde todo revela fuerza, decisión y brío[46].

Es lógico pensar que las obligaciones anejas a los cargos que Velázquez

desempeñaba en la servidumbre de Palacio no le dejarían mucho tiempo

para aceptar encargos de particulares, suponiendo que el Rey se lo

tolerase: pero era natural que por conveniencia o amistad hiciera otros

retratos: de éstos se conservan varios, siendo los principales los

siguientes.

El busto de un personaje desconocido que en Apsley House posee el duque

de Wellington. El del letrado _Don Diego del Corral_, de cuerpo entero y

tamaño natural, vestido con ropón, junto a una mesa y papeles en las

manos. Debió de pintarlo hacia 1632, y es propiedad de la duquesa de

Villahermosa.

El de _Pablillos de Valladolid_ (núm. 1.092 del Museo del Prado).

Decíase hasta hace pocos años que era éste un representante de comedias

de los que a docenas trabajan en los corrales de Madrid y aun en el

Alcázar Viejo: y por esta razón se le llamó _El Cómico_. Madrazo halló

más tarde que en los Archivos reales, había un cuadro inventariado como

_retrato de un bufón con golilla_ que se llamó _Pablillos de

Valladolid_, cuyas medidas casi coincidían con las del _Cómico_; y

creyó, siendo su opinión aceptada, que no era el tal representante, sino

bufón u hombre de placer. Yo, con todo el respeto debido a tan insigne

crítico, no acabo de persuadirme. Cierto que no hay en libros ni papeles

antiguos, hasta hoy descubiertos, mención de ningún cómico de tal

nombre, pero también lo es que un copiante pudo llamar bufón a quien no

lo fuese: para un escribiente palaciego poca diferencia habría entre un

farsante y un bufón: además, todos los bufones que pintó Velázquez eran

enanos ridículos, seres grotescos, y están vestidos de mamarracho o con

lujo impropio a su condición; en tanto que _Pablillos_ ni es deforme ni

lleva ropas de mogiganga o superiores a su clase; sino que antes al

contrario, es de gallarda presenscia, bien proporcionado de miembros y

va vestido seriamente, como persona y no como hazme reír. En verdad que

su semblante truanesco le da patente de pícaro, pero no hay en su cuerpo

y rostro nada común con aquellos miserables fenómenos, verdaderos casos

patológicos con cuya ruindad se divertían nuestros piadosos monarcas.

Velázquez retrató a cada personaje según quien era buscando el modo de

acusar su condición y carácter: al Rey con majestad, al caballero con

nobleza, a la dama con la elegancia que permitían las malhadadas galas

de su tiempo; y a éste, que yo tengo por comediante mientras no se

demuestre plenamente lo contrario, le puso no en reposo como casi

siempre retrató a grandes y señores, sino movido, declamando, acaso en

el acto de recitar una loa o un paso de entremés. Representa menos de

cuarenta años, es de ojillos vivos, ordinario de facciones, juntos el

bigote y la perilla tan negros como el pelo, y su traje de corte es

negro, con golilla blanca, severo, casi señoril. La totalidad de la

figura sin accesorio alguno, hasta sin piso, destaca por obscuro sobre

fondo gris: esta como en el aire y sin embargo, no puso Velázquez hombre

mejor plantado.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

RENDICIÓN DE BREDA]

Vida y obras de don Diego Velázquez · 第 4 / 12 段