XXVI

La ópera del Circo merece todas las simpatías; ponerla «Africana»

al precio de la «Cachunda», á más de ponerla en su justo precio, es

empresa laudable. ¡Cuando se piensa que Meyerbeer fué juzgado en sus

tiempos como un gran revolucionario de la música! Algo así, para

los italianistas de entonces como lo que había de ser Wagner años

después. El acaudalado israelita hubiera sido un excelente compositor

de operetas. ¡Qué deliciosos libros y qué deliciosas partituras las

de «Hugonotes», «Africana» y «Roberto el Diablo», tratados en cómico!

Por eso Meyerbeer, que tan buena pareja hizo con Scribe, como Puccini,

en la actualidad, con Sardou, cuando anduvo más cerca de acertar

fué en «La estrella del Norte» y en «Dinorah». ¡Qué tiempos, cuando

«Los Hugonotes» eran la ópera capital para nuestro público, pieza de

concurso obligada para tenores y tiples dramáticas!

«La Africana», bilingüe, del Circo, adquiere algo de ese carácter

cómico que hubiera hecho por completo su fortuna. ¡Son tan divertidas

las aventuras de Vasco de Gama y sus indios!

De la moral, ya sabemos que gana mucho en la ópera con ser cantada

y en italiano; pero del arte, no sabemos que gane gran cosa con la

castellanización de la letra; si castellano puede llamarse esa especie

de Esperanto en que suele traducirse las óperas.

Aparte lo indiferente del idioma para la mayoría de los cantantes,

que en vez de vocalizar, se enfangan con las palabras, sin que sea

posible entenderles nunca una sola; yo creo que á la amplitud de

líneas dramáticas de la ópera, conviene mejor un idioma extraño, que

dejándonos percibir el sentimiento de la acción dramática, aleje de

la imaginación toda idea prosaica, con frases y palabras vulgares,

desgastadas y pervertidas por el uso corriente.

Por algo la Iglesia católica, gran maestra en psicología de las

multitudes, conserva el latín en sus ceremonias litúrgicas. ¿Nos

impondría tanto el Miserere, cantado en castellano? Si entendiéramos

de la misa la media, ¿no asomaría alguna vez á los más devotos labios,

sonrisa irreverente, evocada por alguna palabra de esas, que como suele

decirse, nos hace pensar en otra cosa? Bien esta la ópera en italiano;

aunque según va siendo moda en los teatros, pronto será una torre de

Babel cada ópera, y cada artista cantara en lo que mejor sepa y pueda;

uno en italiano, otro en francés, otro en alemán, otro en ruso ...

Y para el caso será lo mismo. Yo he oído muchas veces «Marina» en

castellano, y si me preguntan ustedes el argumento me vería en un apuro

para contárselo. Como decía un buen señor, supongo que será el de todas

las óperas; la tiple y el tenor se quieren, el barítono se opone y al

bajo le es indiferente.

* * * * *

Con motivo de unas apreciaciones, publicadas en _The Times_, sobre

Madrid y el carácter madrileño, se ha puesto una vez más en evidencia

lo inconsistente de esos juicios sintéticos de viajero, en los que rara

vez se conoce ó quiere conocerse el favorecido ó desfavorecido, según

los casos.

Eso de englobar á todo un pueblo en juicios tan rotundos como estos: el

inglés es frío y correcto, el parisiense es afable y espiritual, el

español es valiente y caballeroso ... Y llega usted á Londres y

lo primero que se encuentra es un buen golpe de curdas de lo más

incorrecto, y en París, con un cochero, que no es precisamente un

Anatole France, y en España ... encuentra usted de todo, como en

todas partes. No hay virtudes, ni vicios, ni gracias, ni desgracias,

patrimonio exclusivo de ningún pueblo. Además, cada uno habla de la

feria según le va en ella, y si esto es así, aún entre los naturales,

¿qué no será con los extranjeros, cuyo juicio puede estar influído por

tantos accidentes? Desde la comodidad del alojamiento y la calidad de

los alimentos, hasta las relaciones sociales que haya cultivado por su

profesión ó por sus aficiones ¿puede hablar lo mismo de un pueblo el

que haya tratado con preferencia á sus clases comerciales, que el que

haya tratado á sus artistas ó á sus políticos ó á sus militares?

El periodista inglés se lamenta de que los madrileños nos preocupemos

más por los asuntos más ligeros. Aparte de que todo esta en todo y de

lo más ligero puede desentrañarse la más profunda filosofía, ¿no se

ha preocupado nunca toda Inglaterra por un boxeador ó por un caballo

de carreras ó el famoso elefante Jumlo? Y los graves alemanes, tan

entusiasmados, del kaiser abajo, con el travieso zapatero que tan

graciosamente supo burlarse de respetables autoridades?

El articulista dice también que el madrileño tiene muy buen humor.

¿Buen humor? Aquí donde todo el mundo gruñe y protesta y discute por

todo y se dice mil groserías y cada uno lleva dentro un inquisidorcillo

que quisiera imponer en todo su modo de pensar y su regla de

conducta ... ¿Buen humor en Madrid? Hay poco dinero para eso. Por lo

visto el articulista asistió á una junta de accionistas del Banco ó á

la tertulia del ministro de la Gobernación.

* * * * *

Sucede en esto del veraneo, que los últimos en marcharse son los

primeros en regresar. Los que no se han movido de Madrid, los miran con

cierto desprecio. Para el caso, tanto da no haber salido como volver

antes que la gente «chic». Justamente lo aristocrático del veraneo es

la coda, que supone dinero de largo; la estación otoñal en Biarritz, la

excursión á París en busca de los últimos figurines y de los primeros

estrenos ... Todo lo que no sea volver á Madrid envueltos en pieles, con

los baúles llenos de modelos y con noticias de la «première» de Donnay

ó de Capús, es degradarse.

¡Y andan algunas personas respetables tan afanadas por ver de animar

Madrid con fiestas y bullas! ¿No ven ustedes que la gente pudiente solo

viene á Madrid á hacer economías? Su única gracia es tener dinero y se

lo dejan por ahí; aquí solo nos traen religiosidad, que cuando se gasta

el dinero va también para Roma ... ¡Como que no saben en Barcelona la

ganga que tiene Madrid con ser la capital de España!

* * * * *

Nuestro querido amigo y compañero—como escriben en las dedicatorias

de sus obras, los autores eminentes que quieren halagar á un autor

novel,—Guillermo II, ha tenido un brillante éxito, en el baile de gran

espectáculo «Sardanápalo», estrenado en Berlín.

Ningún género teatral, tan propio para ser cultivado por un emperador,

como este de los grandes bailables pantomímicos, tan parecidos por la

precisión de evoluciones á las maniobras militares. Género, además,

en que huelga toda literatura, género sin palabras inútiles, en que

todo ha de explicarse por la acción misma; género de todo punto

imperialista, en una palabra.

Ahora, si reparamos en que la elección de personaje tan decadente y

desfalleciente, como el sibarita Sardanápalo, más parece en los gustos

de un Luis de Baviera que en los de un Guillermo de toda Alemania ...

Claro es que un Alejandro Magno, un Aníbal, un Julio César, no se

prestan á pasos de bailes. Y ¡quien sabe si Guillermo II no ha puesto

en su obra una delicada ironía y una saludable advertencia! ¿No hay

en los desfallecimientos del mundo moderno, mucho de sardanapalesco?

¿No es el Imperio Germánico, el gran mantenedor de energías, el gran

director de baile, cuya imperiosa voz de mando hace danzar á todos?

Pero, ¿quien tendrá razón al final de las humanas danzas que han de

terminar todas en una general danza macabra? Solo el hecho de haberse

acordado un Guillermo II de un Sardanápalo, para héroe de su obra, nos

dice la obsesión interior de muchas cosas que aparentamos aborrecer

exteriormente, pero que en el fondo admiramos ... Moralizar, es querer

convencernos de que no debemos admirarlas; pero si no las admirásemos

no tendríamos por qué moralizar. ¡Arde Sardanápalo en su pira!

Moralicemos ... Todos, chicos ó grandes, hemos quemado á fuego lento

nuestro Sardanápalo; unos por falta de medios para sostener sus vicios,

otros por falta de valor; pero de cuando en cuando Sardanápalo surge;

unas veces en una obra de arte, como el poema de Byron; otras, en un

baile de gran espectáculo, como el del emperador Guillermo II.

* * * * *

Una de las amenidades del verano para los que no veranean, es leer

las revistas de toros y confrontar las versiones de los distintos

corresponsales de provincias. En nada se muestra tanto la falibilidad,

no ya de los juicios humanos, de los mismos sentidos corporales. Donde

uno dice magistral faena, el otro dice: faena desdichada por la torpeza

del torero, y el otro: deslucida por las malas condiciones del toro.

Donde uno dice: volapié magno; el otro dice: bajonazo ignominioso, y el

otro: bajonazo, precedido de siete pinchazos.

Yo no creo que las simpatías personales por este ó el otro diestro,

puedan modificar hasta ese punto las apreciaciones. Prefiero

atribuirlo, como dije, á error de la vista. De todos modos, debiera

evitarse esa disparidad de visiones. El asunto, salvo para las

futuras crónicas de las grandes figuras del toreo, no es de gran

transcendencia. Pero hay gentes suspicaces que por los pequeños asuntos

juzgan de los grandes y no falta quien diga: ¡Ah! la prensa; aquí

tienen ustedes, si en estas cosas tan claras, que entran por los ojos

de miles de personas, dice cada uno lo que le parece, ¿qué será en

otros asuntos? ¡Cualquiera se fía!

Todos estamos interesados en sostener el prestigio de una institución

que cuenta con muchos fieles. No hagamos vacilar la fe de los creyentes

ni perdamos del todo la de los indecisos. ¡Ah! las menudencias, las

pequeñeces, parecen nada y son un mundo. Yo conocía una señora muy

buena cristiana y muy devota, que de pronto dejó de ir á misa y

renunció á toda práctica religiosa. Pero, ¿qué es eso? la preguntaban

sus amigos ... Usted, tan buena cristiana ...

—No me digan ustedes; ya no creo en nada; no vuelvo á poner los pies

en una iglesia ...

—Pero, ¿ha leído usted algún libro, se ha hecho usted protestante?...

—Nada de eso. Es que el otro día tuve una cuestión con un monaguillo.

En esto, como en todo, ¡cuántas veces se pierde la fe, no por dudar

del dogma, ni de verdades fundamentales, sino por haber tenido unas

palabras con un monaguillo!

Conviene juzgar con imparcialidad á los toreros, para que el público no

pueda dudar de la imparcialidad con que se juzga á los que torean al

país.

* * * * *

Se juzgó siempre triste destino el del actor, el cantante y el

instrumentista, porque al morir sólo dejan el recuerdo de su arte, sin

otro testimonio de su gloria que la opinión de los contemporáneos.

Por algún tiempo, aún son muchos los que pueden decir: Nosotros le

hemos oído. Después, son unos pocos, algún anciano, reacio á nuevas

admiraciones, que pretende consolarse de lo que el no verá, con lo que

ha visto, y hay que oirle decir con fervorosa devoción, como testigo

electo de un milagro: ¡Yo le oí, señores, yo le oí! Y ponderar

definitivo: ¡No volverá á oirse nada semejante! Después ... ya no queda

ninguna voz viva que atestigüe la razón de la gloria; solo queda la

crónica escrita para asegurar la inmortalidad.

¿Triste? No; ¡envidiable destino! ¿Puede haber gloria más espiritual

que esta que solo deja el destello de un nombre glorioso? Toda la obra

es el nombre mismo. Toda su fama esta encerrada en ese nombre, como en

urna preciosa, de más segura permanencia que monumento cimentado en

obras.

¡Las obras! ¿No hemos visto por ellas al aquilatarse muchas glorias,

obscurecerse unas, desaparecer otras? En cambio, estos nombres sin

obra, van ganando en estimación cada día y los juicios de la posteridad

nada podrán sobre ellos. Por ellos tal vez, á pesar del automóvil y

del aeroplano, pensamos alguna vez con tristeza si no habremos nacido

demasiado tarde. Por ellos también nos envidiarán en lo venidero.

¿Quién nos quitará, sobre las generaciones futuras, sobre la eternidad

del tiempo, la gloria de estos recuerdos, quizás los únicos sin sombra

de tristeza en nuestra vida efímera? ¡Oimos á Julián Gayarre, oimos á

Adelina Patti, oimos á Sarasate, oimos la voz de oro de Sarah y la

admiramos, reina de la actitud y princesa del gesto, como la proclama

el poeta: nos conmovió Leonora Dusse, dolorosa del Arte!... Y la gracia

de esas divinas voces, que al callarse callarán para siempre, es algo

muy nuestro, porque ya otros no volverán á escucharlas, y la emoción

que nos causaron será eterna de toda eternidad en lo humano: porque esa

emoción es todo lo que queda de su arte, y ¿quien podrá decir en lo

futuro, que ese arte no valía la pena de emocionarnos, si su obra es

solo un nombre y ese nombre es nuestra emoción eternizada?

* * * * *

¡La buena Prensa! ¡La mala Prensa! Que si la buena no se lee y la mala

cuenta por millares sus lectores ... Esto me recuerda algo que ocurría

hace años, y creo que sigue ocurriendo, en una capital de provincia,

que no he de nombrar, pero que bien pudiera no hallarse muy lejos de

donde en la actualidad se discute tan calurosamente la cuestión de la

buena y de la mala Prensa. Sucedía que eran allí dos comerciantes del

mismo apellido y los dos en géneros comestibles, y de los dos, el

uno era excelente persona, muy cristiano, muy buen esposo, muy buen

padre, y hasta dicen que pesaba corrido. Era el otro persona de mala

reputación y peores costumbres y mal mirado por todos; pero, por

cuanto, los géneros que expendía eran siempre de lo más selecto,

mientras los del primero eran de calidad muy inferior. Y nadie sabe las

confusiones que esto originaba á cada paso. Decían las señoras á sus

criadas: ¿De dónde ha traído usted este chocolate tan detestable?—De

casa de Fulano.—¿Cuál de ellos? ¿el bueno ó el malo?—El que la señora

dice que es tan bueno.—Es que ese es el malo, el bueno es el otro ...

¡nunca acabarás de entenderlo!—Que es lo mismo que les sucede á los

lectores con la Prensa; la buena, que es la mala; la mala, que es

la buena ... Si los de la buena, que es la mala, procuran mejorar el

género, quizás los lectores de la mala, que es la buena, se decidieran

á leerla.

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 29 / 30 题