XXV

Las impresiones que recibimos de niños, influyen sobre nuestro espíritu

para toda la vida. ¿Qué deberán pensar esas tiernas criaturas tan

traídas y llevadas en estos días alrededor de la estatua de Mendizábal?

Sus maestros, autoridad respetable: Es preciso que vayáis, niños míos,

á ofrecer el homenaje del porvenir, que sois vosotros, al grande

hombre, al hombre glorioso ... Y el gobierno, autoridad suprema que

dice: No dejéis á los niños que se acerquen; esas manifestaciones son

peligrosas en edad temprana; exponer á los niños á los rigores del

calor, de las apreturas, de la oratoria progresista ... Además, ¿quien

os ha dicho que Mendizábal fuera tan grande hombre? ¿Porque tenga una

estatua en la plazuela del Progreso?

Esa estatua, mantenida sobre el pedestal gracias á la tolerancia sin

límites de los muchos gobiernos conservadores que no se han dignado

concederla ninguna importancia, significa muy poco. La historia no ha

juzgado todavía y la moda ... ¡Ah! La moda nos dijo hace tiempo que el

figurín progresista era de lo más cursi, y ninguna persona distinguida

se atrevería hoy á presentarse en público con la capa de Mendizábal. No

saben muchos de los que así hablan, que acaso en el infierno, círculo

de los hipócritas, les aguardan aquellas capas de plomo con que el

poeta florentino vió pasar abrumados á los más célebres antecesores

de Tartufo. Pero, ¿qué pensarán los niños? De un lado, sus maestros;

de otro, el gobierno ... Un hombre que merece una estatua y no merece

un homenaje ... Para comprender la situación de esas criaturas hay que

recordar cuando alguna vez en nuestra infancia, al anunciarse una

visita en nuestra casa, olmos murmurar:

—¡Ahí esta ese señor tan antipático!—Y cuando nosotros, mal

prevenidos, le mirábamos de reojo, alguno nos decía:—Vamos, da un

besito á este caballero, que es muy bueno y te quiere mucho ... Y estas

primeras impresiones que recibimos de niños, influyen sobre toda la

vida ... No se debe decir á los niños que un señor es antipático, cuando

después hay que decirles que le besen. No se deben levantar estatuas

cuando después hay que prohibir á las nuevas generaciones que las

saluden con respeto.

* * * * *

Las vacaciones del veraneo ... ¡Si fueran tales vacaciones! ¡Pero son

descanso para tan pocos! ¿Quién puede decir que deja sus cuidados,

sus preocupaciones, sus afanes, al tomar el tren ó el automóvil que

ha de llevarle lejos de todo menos de sí mismo? El hombre político á

esperar los periódicos y á prodigarse en declaraciones y conferencias,

la dama elegante á fatigar su belleza en bailes, comidas, excursiones,

«flirts», á lucir media docena de «toilettes» por día, á lanzar un

atrevido «tanagra», ya que el desnudo artístico ha sido sancionado

por los tribunales franceses; el _sportsman_ á continuar pendiente

del «poney» de polo, del balandro, del automóvil y del tapete verde,

el escritor á exprimir los sesos por estupendas crónicas, artículos,

comedias; el hombre de negocios á pensar en la futura escuadra,

en una nueva emisión de duros sevillanos, en los que se arruinan

con el veraneo, en las fincas de posible hipoteca; los novios en

llenar pliegos de papel, si ausentes; si juntos, en continuar las

interminables charlas de cuello vuelto, el «allumage» sin escape de

gases, tan perjudicial á los motores ... Las esposas á desesperarse

porque el marido gasta mucho, y los maridos á rabiar porque la mujer

despilfarra. Y los pocos que pretenden descansar y olvidarse de todo,

los contados que cambian en absoluto de vida, ¿no son aquellos para

quienes se definió el veraneo: «Los ocho primeros días descansa uno del

cansancio, los siguientes se cansa uno de descansar»?

Si observamos la terraza del casino en cualquier playa elegante, basta

comprender lo que es el veraneo para muchos. De una parte, el mar; de

otra, la fachada del Casino: gente que pasa y entra y sale ... Todos se

sientan de espaldas al mar, que con razón murmura más que nunca, pero

no tanto como los que le vuelven la espalda.

* * * * *

La exhibición de desnudeces en los escenarios de París trae alarmados

á los que no asisten nunca á los teatros. Fué siempre condición humana

la de preocuparnos más por la paja ajena que por la viga propia. Los

tribunales intervinieron con un tacto exquisito. El teatro y las

«cocottes» son instituciones en París muy respetables, para que la

misma justicia no se mire mucho antes de dar un fallo que pueda

disminuirlas en sus prestigios. Y así fué en este caso, mejor dicho

en estos dos casos, pues fueron dos los sometidos á sentencia. En uno

de ellos la absolución fué completa y con todos los pronunciamientos

favorables: se trataba de arte, arte puro; los desnudos eran vivas

esculturas, pero la carne no es menos sagrada que el mármol cuando la

carne copia del mármol blancura y reposo. En el otro caso, ya hubo que

estrechar la manga de la toga. Los desnudos ya se animaban, ya no era

posible confundirlos con estatuas, ya pasaban á cuadros y demasiado

vivos. En la moralidad hay grados. Primero, la escultura sin color y

sin movimiento; después, la pintura, que se anima con colores; por

último, la carne viva con toda la expresión del color y del movimiento.

Mientras la carne copia á la estatua, vamos pasando; si llega al

cuadro, fruncimos el entrecejo ... pero si se empeña en ser carne, ya no

podemos tolerarlo.

La estática, buena; la dinámica, mala: esto es lo que han fallado los

jueces. Al contrario de muchos medicamentos, en el teatro puede usarse

el desnudo, pero sin agitarlo.

¿Qué dirá el público de nuestros teatros sicalípticos, en donde anda el

movimiento más que nada y por el movimiento se disimulan algún tanto

anatomías nada esculturales y muy poco pictóricas? ¿Qué dirán los

insaciables del molinete y de la cadera?

Todo no puede tenerse en este mundo. Ya lo saben las apreciables

tiples. No se puede ser á un tiempo mármol y artista. La que tenga

más de lo primero, que se contente con ser material de estatua: no se

mueva, no hable, no cante sobre todo. La que presuma de lo segundo,

sienta todo y lo mejor que pueda, subraye los equívocos, de á las

coplillas la intención posible, que si en ellas mienta la escarola ó la

lechuga ó la chocolatera ó el molinillo, la sola enunciación de dichas

hortalizas ó utensilios abre á la imaginación de los espectadores

horizontes ilimitados ... Todo es arte; pero ya lo han sentenciado los

jueces franceses y antes lo había sentenciado el buen gusto: lo que no

se puede es promiscuar.

* * * * *

Acostumbrados á que las guerras de los marroquíes acaben siempre

con pirámides de cabezas cortadas, mutilaciones crueles, cuando más

dulcemente, por cadenas y mazmorras, esta de ahora entre los dos

hermanos ha parecido poética y caballeresca relación del Romancero

morisco. De tal modo, que á cuántos conocen la tortuosa sencillez del

espíritu moruno, más que lucha entre hermanos parece juego de compadres.

No es el «Quítate tu, para ponerme yo» de otras guerras y luchas

fratricidas, sino el «Yo no puedo quitarme á esos franceses; á ver

como tu me los quitas». Por lo pronto, se abre un compás de espera y

de expectación. Pueblo que sabe esperar sentado á ver pasar el cadáver

de su enemigo por delante de su casa, sabrá esperar con calma en esta

ocasión; mucho más, cuando la silla la ofrece el kaiser, y cuando lo

que ha de ser esta escrito ... en la conferencia de Algeciras. Pero

se ha volcado el tintero, y aunque todo esté escrito, tardará en

descifrarse. Para esto de echar borrones sobre la correcta escritura

de la diplomacia europea, se pintan solos los moritos. Veremos si ese

borrón es cuenta nueva, si basta con el papel secante, ó si el gran

emperador vuelca toda la salvadera, y entonces sí que podrá decir

Francia, alterando nuestro refrán: «De aquellos lodos, vienen estos

polvos». ¡Con tal que no nos pongan perdidos las salpicaduras!

Como al desfallecido de estómago, por insuficiente alimentación, solo

el olor de la comida le produce mareos, así á los españoles, tan

desfallecidos de toda clase de receptáculos, estómago, bolsillo, etc.,

por fuerza ha de producirles mareos y vértigos y delirios, nada más que

el olor de esa cifra fantástica de millones, destinados al principio

del proemio del prólogo de nuestra futura escuadra.

No es extraño que el concurso haya inspirado tanta curiosidad y

despertado tantas emociones como el sorteo de Navidad. El gordo valía

la pena. Sin embargo, ¿será cosa de compadecer á los agraciados? Me

decía una vez el propietario explotador de uno de esos admirables

Tíos-vivos, que tan bien simbolizan la marcha de la humanidad: Mire

usted, esto podía ser un negocio. ¡Pero si viera usted! Para que

esta máquina ande, ¡hay que untar tantas ruedas! Que la licencia del

Ayuntamiento, que el inspector del distrito, que el alcalde de barrio,

que los guardias, que si se quejó un vecino y hay que callarle ...

Crea usted que si me queda una vuelta en limpio me doy por contento.

Guardando las debidas proporciones, bien puede ser que esto de la

escuadra no sea negocio más saneado que el del Tío-vivo, y los

envidiados concesionarios sean al fin más dignos de lástima que de

envidia.

Entre tanto, hay quien no contribuye á las cargas del Estado con más

de una peseta de cédula, y anda por esos corrillos vociferando como si

los millones de la escuadra se los sacaran á el íntegros del bolsillo.

¿Han visto ustedes? ¡qué modo de esquilmar al contribuyente! ¡No se

puede vivir en este país! ¡Eche usted millones! ¿Y de dónde salen esos

millones; ¿quieren ustedes decirme? Y el hombre se congestiona como si

acabara de entregar el cheque.

No, no hay razón para quejarse. Aún los mayores contribuyentes, piensen

como son muchas cosas las que el Estado les da por muy poco dinero. ¡No

digamos los de la cédula de á peseta y los que ni cédula pagan! Y ellos

tienen calles y paseos para esparcirse, alumbrado, museos, iglesias

donde pasar el rato; disfrutan de suntuosos espectáculos, como desfiles

de corte, revistas militares, procesiones; todo mejor presentado que en

cualquier teatro ó cinematógrafo y por menos dinero.

Y estos barcos de ahora, digo de mañana, ¿no son también baratísimos?

Si la canalización del Manzanares permite que lleguen un día, siquiera

hasta la Florida ... Solo el gusto de verlos no se paga. Y no hay duda,

una buena escuadra y un buen ejército son las mejores garantías de paz.

Con buena ropa tiene uno más cuidado de no meterse en pendencias, por

no estropearla. Sobre todo, cuando no se tiene más que lo puesto.

* * * * *

Anuncié que la prohibición de las capeas traería algunos disgustos,

como se ha verificado. Es lo que tienen esas leyes de gabinete, tan

bien intencionadas como desconocedoras del terreno en que han de

cumplirse.

La capea más bárbara no perturbará nunca tanto la vida de un lugar,

como esas colisiones entre la Guardia civil y los lugareños, que dejan

un rastro de odios y de venganzas para muchas generaciones.

Ya lo dije; no se ha tenido en cuenta que en muchos pueblos, la fiesta

es la capea, y suprimida falta el pretexto para ir de los pueblos

comarcanos, y falta la alegría y falta el dinero.

Y entre los mozos del pueblo, que por necesidad han de manejar todo el

año vacas y toros, y por gusto los torean un día, y los señoritos de la

ciudad, que sin aplicación ninguna á sus necesidades, matan pichones

estúpidamente ... Dígase quien es más disculpable.

Civilizar por reales órdenes es muy cómodo y muy fácil. Queda prohibido

comer patatas. ¿Y qué comemos? dirán los que no tienen otra cosa. Todos

los españoles se bañarán diariamente. ¿Y donde no hay agua bastante

para beber siquiera?

Los ministros dan leyes desde su gabinete, la «claque» aplaude. ¡Oh,

qué ley tan sabia! En el terreno ya es otra cosa, ya es la Guardia

civil, ya es el Mauser ... El orden ha quedado restablecido. ¡Que se lo

pregunten á los muertos y á sus familias! Es la civilización que pasa.

¡Si hubiera pasado antes en otra forma!

¡Mucha Guardia civil para impedir capeas y ni un mal inspector para

copar partidas de monte y otros recreos en esos casinos burgueses y

aristocráticos! La ley no puede estar en todas partes.

Además, la capea es cosa de bárbaros, lo otro, de pillos. ¡Aún hay

clases!

* * * * *

El automóvil ha matado el veraneo estacionario; ya no se esta en

ninguna parte, se va de una parte á otra; del almuerzo al te, del te á

la comida, de la comida á la fiesta, y de la fiesta al descanso; ya no

son horas, sino kilómetros. La racha ó el _tierce á tout_, empezados á

jugar en San Sebastián, se continúa en Biarritz y quiebra en Luchón. El

_flirt_, iniciado en Cestona, termina en Bigorre, sobre todo para los

acompañantes y testigos, que en esto de _flirts_, de llevar la cestona

ó ponerle á uno el bigorre—¡chistes de verano!—no se sale nunca.

De este continuo ajetreo, que convierte el veraneo en una especie de

_toboggan_, se lamentan en primer lugar los que no tienen dinero para

hacer lo mismo; después, los que sólo van á un sitio con el deseo de

cultivar, fomentar y adquirir relaciones, allá para el invierno. Pero

sucede que cuando los periódicos le han dicho á usted que en tales

aguas ó en tal playa están las duquesas de tal y cual, y las marquesas

de esto y de lo otro, y las distinguidas señoras de más acá y de más

allá, y el ilustre hombre público y el conocido _sportsman_, y cuando

llega usted con la lengua fuera para ofrecerles sus respetos y alternar

con ellos, siquiera en las correspondencias periodísticas, ya todos se

han dispersado en alas del _taf-taf_ maldecido. ¡Es para desesperarse!

Se lamentan también las madres de hijas casaderas: el automóvil es

todo lo más el amor que pasa, pero rara vez es el marido que queda. Se

lamentan los fondistas y hosteleros, aunque estos sin razón, porque

ellos bien saben practicar el refrán: «Al ave de paso cañazo». Pero

no sólo del libro de caja vive el hombre, y á ellos les agrada contar

con una selecta clientela fija que decore el libro de oro de su

establecimiento.

La única verdad de estas andanzas es que se ha subido el veraneo, y

las modestas familias que esperaban hacer algún papel instalándose por

una temporada en las sillas más visibles del bulevar de San Sebastián,

tienen que resignarse, como las señoritas que veranean en pueblecillos

y bajan á la estación todas las tardes por ver pasar los trenes, á ver

pasar también el gran tren de lujo, que no se detiene á saludarlas ni

siquiera se fija en ellas. ¡Haga usted sacrificios para esto!

El progreso es cruel. Adelanta mucho ... el que tiene dinero para

adelantarse; los demás van quedando cada vez más rezagados y más

tristes. Unos van por el mundo en el tren de lujo; los otros son

los maquinistas, los fogoneros, los guarda-agujas, los que trabajan

para que el tren de unos pocos pueda llevarles con seguridad á sus

placeres ... Luego quedan las señoritas del pueblo, que ven pasar con

envidia á las elegantes viajeras; la pobre gente de los lugares que ni

siquiera concibe adónde puede irse con tanto lujo, y queda, por fin,

el perro, ese perro sucio y humilde que se pasea siempre por todas las

estaciones por si cae algún resto de las meriendas. Los perros conocen

muy bien el corazón humano. Saben que de los trenes de lujo sale

siempre una voz femenina que dice: ¡Pobre perro! Voy á echarle este

pedazo de jamón y este panecillo.

En los otros trenes nadie se acuerda del perro; y si algún corazón

sensible procura socorrerle, no falta quien lo estorbe:—¡Deje usted

al perro! Cuando veamos á un pobre le daremos lo que ha sobrado de la

merienda.

De ahí la simpatía de los perros por los trenes de lujo y por la

gente rica. ¡Quién sabe! Acaso estos pobres perros hambrientos que

se alimentan con las sobras de las meriendas, sean una fuerza para

contener la revolución social.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 28 / 30 题