XXIII

En un teatro de Italia se ha ensayado el sistema de votación pacífica

para que el público decida del éxito de las comedias, sin molestarse en

aplaudir ó patear, según el argumento requiera. Pero como siempre que

se pone el derecho de sufragio á disposición de un público, son más los

que se han abstenido de ejercerlo, y el autor se ha quedado sin saber

lo que opina la mayoría del público. Siempre he creído á despecho de

los que abominan de la masa neutra, que esto de la abstención es una

opinión tan respetable como cualquiera otra, lo mismo en política que

en arte. ¿Hay que opinar de todo por fuerza? Hay muchas cosas de las

que no puede decirse ni que sí ni que no, que ni están mal ni están

bien, y acaso estarían mejor no estando de ninguna manera. A este

respetable orden de cosas pertenece casi todo lo que es fundamento

del tinglado social. Por instinto de conservación debemos impedir las

votaciones decisivas.

* * * * *

Otra aplicación del sufragio universal al teatro es la que ha iniciado

M. de Brieux modificando el desenlace de su nueva obra «Simone» á gusto

del público.

¿Que las obras, y sobre todo las teatrales, se escriben para el

público? Indudable. ¿Que M. de Brieux estuvo en su perfecto derecho

al procurar complacerle por todos los medios? Indudable también. Solo

que cuando se usa de tal derecho y de tales procedimientos, no debe

nadie, como el autor de «La toga roja», de «Maternidad» y de los

famosos ...—¿estaría mal si tradujéramos «Averiados», puesto que de

averías se trata?—presumir de autor que hace tribuna y cátedra del

teatro para defender ideas y doctrinas humanitarias.

Nada habría que decir de esos cambios y acomodos si se tratara de obras

á lo Sardou. Y no ha sido Sardou, hagámosle justicia, de los autores

menos intransigentes en sostener escenas y desenlaces contra las

indicaciones de sus intérpretes y aún del gusto del público.

Pero, francamente, que un autor de ideas pueda dar el mismo valor á

las ideas opuestas, que un carácter humano pueda desenvolverse con la

misma lógica en un sentido ó en el contrario, que Otelo pueda perdonar

á Desdémona y que Yago pueda arrepentirse, todo sin más razón que el

desagrado del público ... No se, pero aún autorizándome con el ejemplo

de Ibsen, no me parece de una gran probidad artística.

Asuntos hay en la realidad, y no digamos en la imaginación, en que

sin detrimento de la verdad ni de la lógica, puede cualquier autor

garantizarse el completo agrado del público. Pero una vez emprendido

el camino de quitarle el hipo, no se debe retroceder ni rectificar.

A más de esto, es no conocer al público el creer que agradece esas

concesiones. El público es como las mujeres, sólo tolera los primeros

atrevimientos con la condición de que se llegue á los últimos. Todo

menos defraudar.

* * * * *

Cuando como el mejor pretexto para tirar un poco de la cuerda á la mala

prensa—toda la de oposición, en el más amplio sentido de la frase,—se

aduce el peligro del contagio que la publicidad puede producir en los

crímenes del terrorismo, no se compagina el interés en conmemorar uno

de esos crímenes con un monumento. ¿Puede darse mayor publicidad? Y

de las cuatro caras del monumento, una para la piedad, otra para la

execración, otra para la historia ... ¿no quedará una siquiera para la

glorificación, cuando frente á el se encaren los de la idea?

Hay cosas que mejor están olvidadas que recordadas de ninguna manera.

Ese monumento, como los que recuerdan discordias civiles y luchas

domésticas, no puede servir de ejemplo ni de enseñanza.

¿Qué se pretende con ese inoportuno monumento? ¿Un alarde de

monarquismo? Ahí esta el monumento á Alfonso XII esperando el óbolo de

los más leales monárquicos. ¿Un alarde de piedad religiosa? Sufragios

tiene la Iglesia que aplicar por las víctimas, sin olvidar al culpable,

que para algo somos cristianos. Todo, menos ese monumento antipático,

odioso, recuerdo perenne de algo que esta mejor no recordado.

* * * * *

Todos los años al empezar la temporada taurina leemos las mismas

lamentaciones de los profesionales escritores taurinos:—¿Como? La

empresa se olvida del buen torero fulano, un torero serio, un torero

muy apañadito: es imperdonable que la empresa no de un lugar en el

cartel de abono al simpático diestro mengano, que tan desgraciado ha

estado siempre en esta plaza, pero á quien los verdaderos aficionados

verían con gusto por su toreo serio ...—Esto de la seriedad es muy

apreciado en el toreo.

Sucede que la empresa suele conmoverse y atender los clamores de la

opinión, y sucede que la tarde en que anuncia á esos diestros, la

entrada no da ni para pagar las mulillas; sucede que el escaso público

se aburre, y sucede que los mismos que clamaban por que la empresa

diera un lugar en el cartel al torero serio y al torero apañadito,

salen renegando de ellos y de la empresa que los contrato. Es que en el

toreo como en la política hay quien sostiene la reputación á fuerza de

fracasos. Por algo son los dos espectáculos más nacionales. La cuestión

esta en fracasar seriamente. Y en esto de la seriedad el Quinito y

Maura son insustituibles.

* * * * *

A Fígaro, como á Espronceda le ha llegado su hora de gloria. Si es

cierto, como asegura un amigo mío, que cuando á un escritor le llega

esa hora es señal de que ya no lo lee nadie, no hay por qué celebrar el

tardío recuerdo, muy prematuro, si cuando más se recuerda al hombre más

olvidadas están las obras.

Pero, en fin, si recuerdo hubiere, Dios nos lo depare bueno, y sobre

todo, para nada se tenga en cuenta los precedentes—¡nuestro gran

tirano!—Hagan algo nuevo, y si á los precedentes hay que atenerse,

cerca esta el de los admiradores de Tolstoï, que se disponen á celebrar

el jubileo del gran escritor, publicando una copiosa edición de sus

obras en todos los idiomas del mundo.

Sin propagar previamente la lectura de sus obras, ¿podemos estar

seguros de que el Larra más popular y conocido sea el primero de la

dinastía, cuando existe el celebrado actor cómico del mismo nombre y

apellido? Sin olvidar al aplaudido autor de «El barberillo de Lavapiés»

y al no menos aplaudido autor de «La trapera»; todos ellos más

populares y conocidos hoy que el inmortal Fígaro; para que los hombres

graves puedan decir como el Rey Lear: «¡Take phisic pomp!» Y no

traduzco, porque dentro de pocos días tendremos aquí una compañía de

opereta inglesa y todos nos hemos de reir como si lo entendiéramos.

A los partidarios de un idioma universal, les anticipo que las artistas

son muy guapas. Tuve el gusto de verlas en Santos; el barco que las

conducía á Buenos Aires hacia allí escala, y las lindas artistas se

divertían en hacer un poco el muelle, y entre los negros cargadores

y los traficantes del puerto, ellas, con sus más claros trajes y sus

más rubias cabelleras daban una alegre nota de juventud y de belleza;

la alegría del arte que pasaba por aquel hormiguero de traficantes y

especuladores ... y ellas reían, reían, en la claridad de sus cabellos

rubios, sus vestidos blancos y sus sombrillas rojas, reían con esa risa

fresca y sana que hace parecer siempre niñas á las inglesas cuando

pasan por tierras de sol y ellas son lindas.

* * * * *

La compañía de opereta inglesa ha sorprendido á muchos con su

repertorio y con su manera. ¿Qué esperaban ustedes? ¿Es peor nuestro

género chico? ¿Se convencen ustedes de como nuestro público es el

más difícil de contentar, y eso que paga menos que ningún otro por

divertirse en el teatro? No es que me parezca mal esta opereta inglesa,

que desde luego supone un público bonachón, un público que ha trabajado

y ha pensado seriamente durante la jornada y quiere distraerse con

el menor esfuerzo intelectual posible. Es teatro para razas fuertes

y trabajadoras. Sucede también que en estas razas fuertes están más

especializadas las aptitudes y hay un respeto mutuo de unas profesiones

á otras, que aquí desconocemos, porque aquí todos servimos ó creemos

servir para todo. Aquí, el público se coloca siempre en actitud de

superioridad sobre el autor. Cada uno tanto como vos, y todos juntos

más que vos.

Lo cierto es que por esos mundos teatrales el público se contenta con

menos, y cuatro chistes bastan para decorar una obra cómica y una

escena de fuerza para interesar en una obra dramática; de lo demás se

encarga la belleza de las actrices, el decorado y el vestuario. ¡Pensar

que aquí tenemos para ilustrar el género chico á un músico como Chapí

que en otras partes sólo hubiera escrito grandes óperas, que muy

contados entre los que las escriben por ahí pueden compararse con

nuestro glorioso maestro! Y entre los libretistas son muchos, por

graciosos y atinados observadores, por lo vario y fértil de su

ingenio, los que pueden compararse sin menoscabo, con tanto y tanto

«vaudevillista» de universal exportación y renombre.

Mientras nuestro más selecto público procura convencerse de los

encantos de la opereta inglesa,—el abono esta ya pagado y qué remedio

sino apencar y divertirse,—y mientras en París, una de las obras

maestras del teatro inglés—«Cándida», de Bernardo Shaw,—es acogida

con el eterno desdén de los parisienses por todo lo extranjero,

nuestro género chico, representado por «El pollo Tejada»—«Le beau

Tejada»,—obtiene la más calurosa acogida.

La música alegre de Quinito Valverde esta en París como en su casa.

Bueno es que autores y músicos nos vayamos preparando para la

emigración, porque como esa ley terrorista á todo llega y todo lo

abarca, como el dedo de la Providencia, no digo un Calderón, autor

dramático, hasta un calderón musical puede parecer subversivo.

* * * * *

Dice Nietzsche que el imperio—donde dice Imperio léase cualquier

partido de fuerza,—mira en el fondo con gran simpatía al

socialismo—léase cualquier partido más ó menos perturbador ó

avanzado,—porque le da pretexto para extremar los medios de represión,

en defensa del orden social que á todo gobierno esta encomendada.

No diré yo que el terrorismo barcelonés fuera plato de gusto para el

gobierno conservador, pero no ha sido mal pretexto para desatar de una

vez toda su furia reaccionaria y sobre toda España, bien inocente y

bien ajena á lo que en una determinada provincia ocurra.

Si alguien dudaba que el terrorismo se había hecho reaccionario, bien

puede convencerse ahora. Y no hay que fiar en las buenas palabras de

estos conservadores al uso—harto ha confiado en ellas la opinión

liberal del país,—con que pretenden convencernos de que no es para

tanto ni la cosa es tan sería como parece; malo es dejar y permitir en

manos de esta gente leyes de estira y afloja. Sobre todo, hora es ya

de no permitir que entre los partidos reaccionarios y los liberales,

suponiendo que los dos extremos constituyeran un mismo peligro para el

orden conservador, no digamos social, todos los halagos, complacencias

y mimos sean para los primeros, y todos los desdenes, represiones y

alardes de fuerza contra los últimos. Tanto va el cántaro ...

¿Son Rusia, Turquía y Marruecos, ejemplo de países civilizados ni de

tranquilidad siquiera en sus esferas gubernamentales?

¿Tan buen éxito tuvo el ensayo reaccionario en Portugal con estar algo

más justificado que en España? ¿Qué situación excepcional del país

reclama la aplicación de tantas leyes especiales? Porque una persona de

la familia esté enferma, ¿es para sujetar á un plan curativo á toda la

familia? Bastante es ya tolerar las impertinencias del enfermo, y mucho

más cuando la enfermedad es nerviosa y hay tantos motivos para creer

que de conveniencia.

* * * * *

¡Si á lo menos para compensación, lo que va en retrocesos espirituales

fuera en adelantos materiales! Pero sí; una vez más el servicio de

incendios ha demostrado que cuenta con todos los elementos más modernos

y necesarios, exceptuando el agua, detalle sin importancia. De la

recogida de pobres, como si nada hubiéramos hablado, porque al que no

le molestan á cada paso, será porque no salga de su casa ó vaya en

coche galoneado. Las calles mal barridas y peor regadas; el pavimento

imitando á la naturaleza, y en todo así. Nuestros gobernantes no tienen

siquiera la delicada atención de esas mujeres que cuando más engañan á

su marido más procuran que no tenga que poner falta en el cuidado de

la casa y de la comida. Yo se de algunos. ¡Seres egoístas y regalones!

que por ver una población linda, con sus calles bien pavimentadas, sus

jardines bien cuidados, las gentes limpias en su aspecto y urbanas en

su trato, la policía y todos los servicios municipales de organización

intachable, darían muy gustosos todas las conquistas de la libertad y

de la democracia, sufragio universal, jurado, hasta la Constitución

inclusive ... Pero la verdad, ¡tan abandonado y tan sucio todo y encima

leyes terroristas! No hay derecho, señores, no hay derecho.

* * * * *

¡Quién te ha visto y quien te ve, corrida de Beneficencia! ¡Aquella

famosa, entre todas, en que reapareció Frascuelo, después de no haber

toreado por algún tiempo en Madrid! La víspera de la corrida la gente

velo toda la noche en larga fila esperando la apertura del despacho de

billetes. No bastaba el dinero sin buenas influencias para obtener una

localidad preferente, un coche y un ramo de claveles.

Por fortuna, en esta temporada, algo hemos tenido evocador de aquellos

pasados entusiasmos. La corrida en que tan bien se esta toreando esa

ley del terrorismo, bicho de mucho cuidado y sentido. Corrida que puede

considerarse de beneficencia; que tan necesitada de ella estaba la

pobrecita libertad española. Y gracias sean dadas á los sobresalientes

lidiadores que con el mayor desinterés y entusiasmo se han prestado á

torear en ella. Barcia, Grandmontagne, Iglesias, Dicenta, Costa y otros

muchos, que han picado, banderilleado y estoqueado con arte supremo;

sin olvidar el soberbio quite aguantando del maestro Burell; todo lo

cual ha constituído una corrida inolvidable, bastante á compensarnos de

las mojigangas y novilladas que presenciamos á diario.

La intención de la empresa estaba vista; soltar unos toros que acabaran

de una vez con los primeros espadas que no se presten á contratarse en

las condiciones exigidas por el empresario. Pero la corrida quedó bien

despachada, y por ahora, la empresa no se saldrá con la suya, y en el

fondo, aunque se lastime un poco en su amor propio, debe alegrarse. Por

ese camino íbamos á las corridas á la portuguesa.

* * * * *

¡Quién te ha visto y quien te ve también, paseo de coches del Retiro

y de la Castellana, en estas tardes de primavera y entrada de verano!

Eras una de las delicias madrileñas, con tus trenes de lujo á paso

tranquilo, tus mujeres con alegres trajes y floridos sombreros que se

dejaban ver en los milores y sociables. El automóvil ha atropellado con

todo.

La gente adinerada ha sustituído los arrogantes troncos de caballos,

los coches señoriales, por el ruidoso artefacto mecánico. El coche de

establecimiento, el de círculo y el alquilón democrático, quedan como

campeones vencidos del arrastre de sangre. El paseo esta convertido en

carretera, por donde entre nubes de polvo y de humo pestilente corren

los automóviles como tren de viaje ó de guerra. No sabemos que admirar

más, si la tolerancia de las autoridades consintiendo en el paseo

automóviles que no sean eléctricos, si la paciencia de los que reciben

polvo y humo, desde sus modestos carruajes ó la falta de ... diremos

de buen gusto, de los que hacen carretera de un paseo por ostentar un

lujo, que en este caso más parece economía; porque cada cosa en su

lugar y el automóvil para una prisa. ¡Pero para dar unas vueltas en el

Retiro ó la Castellana! ¿No tendrán un capítulo de esto esos libros que

tratan del buen tono ó del arte de vivir en sociedad?

* * * * *

Lo poco que hable de la Exposición de pinturas, fué antes de haberla

visto. Hoy, contra la opinión de muchos me atrevo á afirmar que no

puede calificarse de insignificante una Exposición en que figuran—no

cito otras obras de mérito—los cuadros de Romero Torres. No recuerdo á

qué Exposición habría que remontarse para encontrar algo parecido. Las

frases admirativas están mal gastadas por el abuso y no son obras que

puedan elogiarse como se han elogiado tantas otras. Son piezas de

museo; pero si á ese lugar son destinadas, no debe olvidarse que

tenemos dos; uno, ¡ay! llamado moderno—aunque ya va pareciendo

prehistórico,—y otro, el verdadero, el único, conocido en todo el

mundo del arte y Madrid por el, como Museo del Prado. Si los cuadros

de Romero Torres han de figurar entre sus iguales, solo en este Museo

deben hallar lugar, sin temor al fallo de revisión de los venideros.

¡Pero váyanle ó vénganle ustedes con exposiciones al señor público!

Después del día de inauguración, en el que acude la concurrencia por

motivos de curiosidad, ajenos al arte y sus vanidades, no hay sitio

más á propósito para citas misteriosas y entrevistas reservadas, que

cualquiera de nuestras exposiciones.

De la de Pinturas, según nos afirman, ha ahuyentado al público bien,

¡muy bien! la abundancia de desnudos. ¡Siquiera hubieran tenido los

artistas la precaución de vestirlos con esos trajes directorio que

empiezan á lucir nuestras elegantes!

¡La moda de los trajes Directorio después de la moda de los trajes

Imperio! ¿Tendrá esto su filosofía? Solo un Carlyle en un nuevo «Sartor

Resartus» pudiera explicárnoslo ... Pero si la serie continúa de

este modo en sentido inverso á ese paso regresivo, llegaremos á la

Revolución. Todo, por supuesto, en las esferas modistiles y femeninas,

que tocante á los hombres, paso la moda Imperio sin un Napoleón; pasará

la Directorio sin un mal Barrás, y así todo ... La Historia, en su mayor

parte, es hechura de sastres y modistas. Sin la variedad de trajes,

¡sería tan difícil diferenciar los siglos unos de otros! ¡Modas en el

vestir, modas en el pensar! Desnudos cuerpos y pensamientos ... ¡el

hombre siempre el mismo!

* * * * *

El pasado día de la Ascensión fué en este año, con doble motivo, uno de

los jueves que relumbran más que el sol, según canta la copla popular.

Todo fué Ascensión; _sursum corda_ de los corazones liberales. Ni la

corrida de toros con su cartel de Miura—casi en aniversario de la

muerte del Espartero, hay que estar en todo ¡oh, empresarios!—pudo

restar concurrencia y entusiasmo al _meeting_ del teatro de la

Princesa. De Maura á Miura no va más que una letra, y desde luego

había más confianza en los diestros que habían de lidiar el ganado del

primero que en los anunciados para lidiar el del segundo.

Plutocracia y Teocracia fueron bien despachadas. Si esta moderna

Teocracia tuviera algo de común con la doctrina predicada por Cristo,

El, que consideró más difícil el paso de un camello por el ojo de una

aguja que la entrada de un rico en el reino de los cielos, no dejaría

de sorprenderse al ver como á los mil novecientos ocho años de su

nacimiento eran los ricos de este mundo los más decididos apóstoles de

su doctrina.

* * * * *

Es natural; en una buena y cómoda posición puede esperarse más

tranquilamente el reino de los cielos, y nadie más obligado á creer en

el poder de lo divino que los que tantos favores han recibido de su

bondad. Cuánto más ricos, más fervorosos creyentes. Los que pasaron

su vida dando con el mazo, aunque no hayan dejado de rogar á Dios por

eso, saben muy bien lo que razonablemente puede esperarse del trabajo

honrado y del favor divino.

Pero los que se hallaron en posesión de grandes riquezas, sin esfuerzo

mayor de su parte, por cómodas herencias ó saneados negocios, de esos

que se vienen á la mano, sin buscarlos muchas veces, ¿como no han

de ver algo sobrenatural y milagroso en su suerte, y como no han de

protestar contra los rebeldes y los inquietos que, mal hallados con el

orden social, se atreven á pretender un arreglo más equitativo en las

cosas del mundo, fiando algo más en el esfuerzo humano y un poco menos

en la intervención divina? ¡Oh, gente impaciente y descreída! Como si

todo no estuviera lo mejor posible y los hombres pudiéramos atrevernos

á trastornar esta divina armonía del mundo.

Para estos plutócratas la Teocracia es un punto de apoyo, no para

mover, sino para inmovilizar el mundo.

No es ninguna tontería la de los señores: Resignación, humildad, nada

de rebeldías, nada de impaciencias ... Dios sabe dónde vamos y adónde

nos lleva ... Esperemos, esperemos ...

Todo esta bien: esperemos, pero ¿quieren ustedes cambiar de sitio?

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 26 / 30 题