XXII

En este mes se celebra la fiesta del santo—San Roque es patrón

favorito—en muchos pueblos y aldeas de España. La prohibición de las

capeas quita á la fiesta su mayor atractivo. Como que no suele haber

otro; de modo que suprimir la capea es suprimir la fiesta, esperada con

ilusión, que no pueden comprender los habitantes de grandes ciudades,

durante todo el año.

Las capeas eran una barbaridad. ¿Quién lo duda? Pero no causa, sino

efecto de otras barbaridades. Cuando se cultiva con ensañamiento la

incultura de un pueblo; ¿á qué pedirle cultura en un día determinado?

Buena esta la incultura para que no piensen, para que labren la tierra

sin protestar al sol y al frío, para que paguen su contribución á un

Estado al que nada deben ni para nada se preocupa por ellos; para que

voten á quien los cuatro caciques mangoneadores ordenan, y ¡ay del que

se resista! Buena para sufrir, buena para el servicio de las armas y

los embargos del fisco, buena para ser rebaño dócil, conducido á gusto

y provecho de cucos pastores ... Para todo eso bien están la ignorancia

y la incultura: cuanto más brutos mejor. ¿No es eso?... ¡Pero una

capea! ¡Ah! Ese espectáculo inculto, esa diversión bárbara no puede

permitirse. Que tengan educación siquiera un día. En las elecciones

pueden desquitarse capeando al candidato de oposición, presididos por

la autoridad competente.

La fiesta de los pobres lugares y aldeas será triste este año. La capea

importará poco, ¡pero es toda la fiesta! Los pueblos son humildes,

son resignados, pero su fiesta es toda su alegría del año. ¿Sería tan

difícil alegrarles la fiesta y compensar con ventaja la prohibición

de las capeas enviando á los pueblos por cuenta del poder central—el

odioso poder central—alguna culta diversión; una compañía de actores

modestos, un cinematógrafo; poca cosa? ¡La alegría de los pueblos, como

la de los niños, es tan barata!

¡Prohibir! ¡Suprimir! ¡Castigar! ¡Pedir! ¿No han de ser otras las

palabras del Estado para esos pobres lugares y esas pobres gentes?

¿Sería indecoroso para el Estado tener comediantes y titiriteros

á sueldo para alegrar un día la vida, cuando paga tantos para

entristecerla en todos los días del año?

Ya se que es demasiado pedir. El socialismo del Estado no puede llegar

á tanto. Por ahora se contenta con llevárselo todo y no repartir nada.

Quedan prohibidas las capeas. Quedan suprimidas las fiestas. El Estado

no esta para divertir á nadie.

* * * * *

La alta política de los estados europeos es incomprensible para las

inteligencias vulgares. Un día cualquiera, cuando creemos que no hay

mayores motivos para una conflagración internacional que en la víspera

de ese día y que en todos los días del año, resulta que sin saber como

ni cuando, ni porqué la situación es gravísima; que el conflicto de los

Dardanelos se ha complicado; que la supremacía sobre el mar Báltico

ha de dirimirse; que Alemania no ve con buenos ojos—los ojos del

kaiser—el _flirt_ de Inglaterra con Rusia y con Francia; que Austria é

Italia se despegan de la triple alianza; que en vista de la pequeñez de

los mares, hay nación que desea arrendar el Mediterráneo ó el

Atlántico ó el Pacífico, para uso particular de sus barcos, como si

se tratara del estanque del Retiro; problemas terribles todos ellos

que, no preocupando ni poco ni mucho á nadie en particular, en cuanto

ciudadano inglés, alemán, francés, etc., tienen la virtud de preocupar

á Inglaterra, Alemania, Francia, etc., en cuanto naciones y estados.

Váyase por los muchos problemas que preocupan cada día á los ciudadanos

de esos estados, sin que el Estado se preocupe de ellos para nada.

De un lado va la historia grande, la que se escribe á cañonazos. De

otro la historia chica, la que no se escribe nunca, pero vive siempre.

El divorcio entre una y otra es mayor cada día; de tal modo, que bien

puede arriesgarse la siguiente definición. ¿Qué se entiende por grandes

cuestiones de política internacional?—Las que no le importan á nadie

en el mundo.

* * * * *

Y va de pintura. Con motivo del triunfo obtenido por Zuloaga en el

Salón de París, hemos lamentado una vez más la ingratitud de España, en

donde es menos conocido y estimado el nombre del insigne pintor, que en

el extranjero. No es decir que no seamos aquí capaces de algún desvío y

de alguna injusticia, pero en este caso no sería nuestra toda la culpa.

El pintor—¡felices los pintores que por hablar en su arte un lenguaje

en todas partes comprendido pueden elegir ambiente para su arte y

mercado para sus obras!—no se ha dignado nunca presentar sus cuadros

en España; harto hacemos en admirarlos por la fe de fotograbados y de

la admiración que en todas partes los proclama por obras maestras. En

cambio, cuando llega la hora del entusiasmo no nos detenemos por nada.

Para algunos los últimos cuadros de Zuloaga son nada menos que símbolo

de España. Esto ya me parece simplificar el simbolismo como en las

revistas teatrales, donde basta que salga una tiple vestida con más ó

menos fantasía y nos diga: yo soy esto ó lo otro, para que lo demos

por bueno. Pero francamente, un enano con un ojo verde, y al fondo

unas casucas verduzcas y un cielo verdinegro también, de una parte, y

de otra dos brujas, de nariz, barba y dedos retorcidos como de aves de

rapiña, podrán ser todo lo admirables que se quiera como pintura, ¡pero

decir que eso es toda España!

Bien esta que lo digan los franceses, tan aficionados siempre á las

grandes síntesis: el sintetizar ahorra de discurrir, pero nosotros,

¿por qué hemos de decirlo? cuando el mismo pintor al triunfar con sus

cuadros de la más legítima escuela española es el primero en demostrar

que en España hay algo más que enanos y brujas.

* * * * *

Zaragoza triunfa con su Exposición. Saludemos á la noble ciudad, entre

todas las de España, hermana predilecta de Madrid. Entre todos los

cantos regionales, la jota, el verdadero himno nacional, fué siempre

el preferido de los madrileños; quizás porque nunca se manchó como

otros aires regionales, al ser demasiado traídos y llevados como enseña

política más que patriótica.

Sin arrogancias, sin bambolla, Zaragoza, que para ser siempre grande,

pudo más que ninguna reposar en sus gloriosas tradiciones, ha sabido

agrandarse y prosperar y engrandecerse sin molestar y sin presumir.

Con sano equilibrio, no atendió solo á los progresos materiales, y

su Facultad de Medicina es gloria de una ciencia, que es quizás hoy

la mayor gloria de España, que ninguna sigue tan de cerca, cuando

no adelanta á la ciencia extranjera. Como en tiempos se dijo de

los Argensolas que habían venido de Aragón á Castilla á enseñar el

castellano, muchos son hoy los escritores aragoneses de que puede

decirse lo mismo, y entre todos ellos no es preciso nombrar en estas

columnas al que todos tenemos por maestro.

En la fe religiosa no hay asomos de clericalismo ni de beatería. Ante

tu Virgen del Pilar—su inicial es la de Patria,—rinde armas toda

impiedad y todo volterianismo. En días tristes, supiste decir que no

querías ser francesa, pero con estar tu pilar tan asentado en tierra

aragonesa, nadie te preguntó nunca si no querías ser española.

Por todo esto, noble Zaragoza, entre todas las ciudades de España,

hermana predilecta de Madrid: ¡Salud y gloria!

* * * * *

A estas horas, si el tiempo ó cualquier otro accidente imprevisto no lo

ha impedido, para el público madrileño habrá pasado á la historia del

toreo, acaso la más interesante en la historia de España, uno de los

toreros más aplaudidos y celebrados en los modernos tiempos.

Inteligente, elegante; de una elegancia un poco afectada, poco vario en

su repertorio, fué el torero de las cuatro cosas, pero en esas cuatro,

maestro. Tuvo las bastantes tardes felices para ser admirado, y las

bastantes tardes desdichadas para no llegar á ser odioso al público y á

sus compañeros. No llegó á fatigar la admiración como el Guerra.

Siempre recordaré la corrida en que éste, á lo que se supo después,

toreo por última vez, en Zaragoza. Había toreado toda la tarde con

el mismo arte, con la misma alegría de siempre; pero el público se

resistía al aplauso. A lo admirable decía: ¡Eso ya sabemos que lo hace

bien! y no aplaudía; á lo defectuoso se mostraba severo en demasía.

Aquel año empezaba á brillar el Algabeño, y el público, deseoso de

inventar un torero, se excedía en mostrarle su entusiasmo. Guerra había

dado muerte á sus dos toros; intentó ayudar en una de sus faenas al

Algabeño, y el público, creyendo que trataba de deslucirle, le obligó

con injustas protestas á retirarse. Sentado en el estribo de la

barrera, contemplaba la faena de su compañero, el astro naciente. Los

pases eran efectistas; esos pases llamados del Celeste Imperio: el

público los coreaba con olés, con ese rabioso regocijo de la multitud

cuando más que en aplaudir á uno, piensa en mortificar á otro. Gritó

una voz: ¡Aprende, Guerra! Y Guerra paseo una mirada en torno del

circo, una mirada de profunda melancolía, que era sin duda su adiós á

las glorias del triunfo, su amargura ante la ingratitud de la

muchedumbre.

¡No fué más triste el adiós de Otelo á sus victorias al dudar de la

fidelidad de su amada!

¡Oh público, público; tu nombre puede ser masculino, pero tu alma es

siempre de mujer, y más que ella eres pérfido como el mar!

Por suerte no reza contigo el refrán: «A muertos y á idos ...» que para

unos y otros guardas lo mejor de tu admiración, y una vez desaparecido

el artista, sabes depurar en tus recuerdos todo lo desagradable de su

memoria.

¡Feliz el artista que logra sobrevivir como hombre y apartado de su

arte puede oir todavía de sus contemporáneos como su nombre es parangón

constante á los que permanecen y á los que van llegando!

Antonio Fuentes ha pasado á la historia del toreo. Ya lo sabéis,

toreros del presente y del porvenir, los que más le silbaron en su

vida taurina, serán ahora los que no dejarán de deciros: ¡Como aquel

Fuentes, ninguno!

Salud á todos, el que se retira y los que quedan, para oirlo por muchos

años.

* * * * *

Más tarde ó más temprano siempre se recoge lo que se siembra. Llevamos

á América nuestro espíritu, que ella nos ha devuelto pródigamente en

admirables poetas que cantan en nuestro idioma, en inteligentes y

bellas mujeres, que son encanto de nuestra sociedad. Pero América nos

debía algo más, nos debía un torero, y si las señales no mienten llegó

el torero y llegó á su hora, cuando más necesitado estaba el arte

taurino de algo que le animara y renovara.

No debe padecer el amor patrio por eso; aquí no hay América que valga,

y un torero no puede dudarse de que es cosa bien nuestra, mejor que

cualquier otra manifestación de nuestra influencia espiritual. Ya lo

dijo Voltaire: «C’est du nord aujourd’hui qui nous vient la lumière».

Como el sol taurino no nos falte, salga por Antequera. Justo era que

de nuestros antiguos dominios, en donde el sol no se ponía nunca,

viniera siquiera algún reflejo á confortar nuestro desmayado espíritu.

¡Aplaudamos á Gaona y no olvidemos á Hernán Cortés!

* * * * *

El proceso Rull es interesante como una novela; no de las llamadas

novelescas; la intriga es poco interesante; mejor de las psicológicas ó

experimentales, y hasta si se quiere, docentes.

Su enseñanza, por no decir moralidad, es mostrarnos bien claramente

lo peligroso que ha sido siempre para toda autoridad valerse como

auxiliares de esos confidentes, delatores y espías, que antes de ser

frailes han sido cocineros y han jugado demasiado á ladrones antes de

jugar á policías, para olvidar tan pronto sus primeras mañas.

Si hay casos en que el fin justifica los medios, hay medios que no se

justifican en ningún caso.

Siempre fué achaque de la policía española servirse de esa clase de

auxiliares que obligan á más de lo que sirven. Hay remedios mucho

peores que las enfermedades. Se ha probado á perseguir el terrorismo de

todas maneras. ¿Si se probara á no perseguirlo de ninguna? Por lo menos

se conseguiría lo mismo, salvo el ridículo.

* * * * *

Si hemos de caer alguna vez en falta, el Señor nos libre de que

esa falta pueda ser calificada de tontería. Locura y tontería son

igualmente disparates, pero según la definición de un amigo mío:

tonterías son los disparates que no producen dinero.

Ejemplos: Una joven honrada pierde su reputación por un hombre rico.

Todos dirán: ¡Qué locura la de esa muchacha!

Se casa con un pobre. Todos dirán: ¡Qué tontería!

Un hombre, en opinión de cumplidísimo caballero, se alza de la noche

á la mañana con unos fondos confiados á su honradez. Todos dicen: ¿Ha

visto usted qué locura la de ese hombre?

Se arruina por completo: ¡Qué tontería!

No hay confusión posible entre el tono de compasión del que dice: ¡Qué

tontería!, y el de admiración envidiosa del que exclama: ¡Qué locura!

A propósito de ese desfalco de trescientas mil pesetas. ¿A que no han

oído ustedes decir á nadie: Qué tontería?

* * * * *

Todo, menos moralizar. Contemos las cosas como son y la moralidad

saldrá sola, si moralidad hubiere. Dígolo, porque esto de la moralidad

y del humorismo se ha puesto tan barato, que ya no es posible leer la

más sencilla noticia del más insignificante suceso sin su comentario,

ya moral, ya jocoso. Pase por la moralidad; pero lo de hacer donaire

á costa del infeliz que se suicidó, ó del que fué robado, ó del que

sorprendió á su mujer con el amigo, ya no me parece de tan buen gusto.

Los sucesos no deben pesarse por sus causas, sino por sus efectos, y es

crueldad hacer sainete de estas pequeñas tragedias de la vida humilde.

¡Cuánto mejor empleado el humorismo á costa de las ridiculeces de los

grandes! ¿Por qué hablar en serio de los perifollos de la marquesa X

y de sus ridículos saraos y tomar el pelo, en cambio, á la infeliz

costurera que fracasa en su tentativa de suicidio? ¿Por qué tratar en

grave estilo la borrachera de vanidad del eminente imbécil Don Fulano,

y en tono ligero la simpática curda de algún alegre ciudadano?

Bien se, ¡oh apreciables humoristas! que esto del humor es lo más

subjetivo y es cualidad suya reir de lo triste y entristecerse por lo

alegre, pero haya á lo menos simpatía en nuestro humor. Bueno es reirse

de los que quieren entristecernos, pero es crueldad reir de los que

realmente están tristes. ¡Viva el humorismo sobre todo! Menos sobre el

dolor ajeno.

* * * * *

Ninguna campaña tan injusta como la emprendida contra los prestamistas;

seguramente por gente que no les debe nada. El arte de estimar á sus

acreedores es un arte de gran señor. ¡Aquel admirable Don Juan de

Molière, deshaciéndose en cortesías y en agasajos con Mr. Dimanche! El

dinero es mercancía cara y no se por qué ha de estimarse al comerciante

que gana un cincuenta por ciento vendiéndonos una corbata, y hemos

de maltratar al que vende su dinero con la misma ganancia. Mucho más

cuando la corbata no nos saca de ningún apuro, y de mejor ó peor

clase, nunca falta un amigo ó pariente que nos regale una flamante

ó de desecho, ó alguna amiga cariñosa que nos fabrique una de algún

vistoso retal de sus galas ... ¡Pero el dinero! Cuando ni amigos ni

parientes os lo faciliten, siempre hallaréis al prestamista, que sin

razones de afecto ni de simpatía, ni importarle dos cuartos de vuestras

condiciones personales, solo por la garantía de vuestro trabajo; ó de

vuestros bienes presentes y futuros, incluida vuestra tumba, si la

poseéis á perpetuidad, os ofrezca, mediante unas ligeras formalidades,

lo bastante á pagarle comisión y el primer mes de intereses. Y es tanto

su deseo de serviros eternamente, que su mayor disgusto es verse pagado

en breve plazo. A los pocos días el mismo vendrá á ofreceros su bolsa,

siempre repleta y siempre franca—salvo las pequeñas formalidades.—Su

ideal es ligaros por fin con algún contrato de carácter matrimonial,

por lo sagrado y por lo inrompible. Sólo así se considerará dichoso. Y

¡hay quien reniega de estos vínculos, que ligan á una persona á nuestra

vida por toda la suya! ¡Una persona que se inquieta como ninguna otra

por nuestra salud, por nuestra suerte, por todas nuestras vicisitudes!

Que será la primera en aconsejarnos y en recomendarnos específicos y

doctores; la primera en evitarnos toda clase de disgustos y lances

desagradables en que podamos arriesgar nuestra vida ... ¡Qué horrible

soledad la del que vive sin este calor afectuoso que nunca falta,

cuando acaso falta el de otras personas á quienes nada debemos y todo

nos lo deben! Esto nunca se paga bastante, no se paga con nada ...

¡Contar con una lealtad á prueba, á cambio de dinero! ¡Cuando todos

nos engañan, saber que alguien no nos engaña nunca! ¡El prestamista! Y

si alguna vez nos engaña, ¡qué sublime engaño! Es que nos rebaja los

intereses ó nos perdona parte de la deuda ... No comprendo como haya

quien hable mal de los prestamistas. El que no haya tenido acreedores,

se morirá sin saber lo que es un verdadero afecto. Y el que antes de

morir haya pagado todas sus deudas, ¿como podrá tener la seguridad de

que alguien llora su muerte sinceramente.

* * * * *

La respetable señora que paró el sol de sus elegancias en las modas del

segundo imperio, ve entrar á su nieta, moldeada en un vestido tanagra y

no puede contener su espanto.

—¡Jesús!

—¿Qué te pasa, abuelita?

—Nada. ¡Ese vestido, estas modas! ¡No puedo acostumbrarme!

Una atrevida postura de la joven al sentarse, redobla el espanto de la

abuela.

—¡Si eso es como ir desnudas! Con estos trajes no podrán decir los

hombres que se casen, que fueron engañados al matrimonio, respecto á lo

físico ...

—Es verdad; el miriñaque y el polisón eran más graciosos y más

artísticos. No hay más que ver estos retratos ... ¡Como teníais valor

para vestiros de ese modo!

—¡Calla, calla! Esos trajes tenían un aire señorial que marcaban con

solo el modo de llevarlos la diferencia de clases, de educación ... Eran

imposibles las falsificaciones ... Pero ¡con estos! El aire «cocotte»

predomina. ¡Cualquiera distingue á una señorita de ... las que no lo

son! Esos trajes lo nivelan todo.

—No lo creas,—responde la joven, dándose unos golpecitos en las

caderas.

—Y ¡eso de haber suprimido la ropa interior, para abultar lo menos

posible! Eso ni es decente ni puede ser sano ...

—¿Sientes la nostalgia del refajo, abuelita?...

—¡No cruces las piernas de ese modo! ¡Jesús, Jesús! Pero, ¿no te ves

en el espejo?

—No veo nada de particular. Tu me has contado que muchas veces se os

levantaba el miriñaque al ir á sentaros y dabais un espectáculo ...

El abuelito contaba con mucha gracia que tía Vicenta en un baile de

Palacio ... Gracias á que el abuelito era general, hablaba en un grupo

cerca con sus ayudantes y muchos oficiales y mando formar el cuadro,

mientras se reparaba el desperfecto ...

—No se vió nada. Y, sin embargo, á tu pobre tía le costó una

enfermedad. ¡No quiero pensar si con un traje de estos os ocurriera

algo en la calle!

—Pues nada, abuelita. Lo que sorprende es lo imprevisto ...

—Pues eso es lo que debiérais tener en cuenta para no aceptar esa

moda ... ¡Lo imprevisto! Ese es el secreto de la felicidad y del amor,

por lo tanto. ¡Como habéis de inspirar amor si dejáis de inspirar

curiosidad!

—Queda el reino espiritual, abuelita ... En ese terreno todavía impera

el miriñaque ... No hay vestido tanagra que moldee el corazón como el

cuerpo de las mujeres ... Ahora, siquiera, no engañamos en cuestión de

forma ...

—No, de seguro ... ¡Jesús, Jesús! ¡Si eso es como ir desnudas!

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 25 / 30 题