Las señoras de Nueva York andan alborotadas porque recientes ordenanzas
las prohiben fumar en lugares públicos. Creo que las autoridades más
han pretendido favorecerlas que molestarlas.
Nunca he comprendido ese furor que siente mucha gente por obtener una
consagración oficial y pública para una porción de cosas que tiene su
mayor encanto en no trascender del dominio privado.
El cigarrito femenino es una de estas. En la mujer no se comprende el
uso del cigarro por el cigarro. Ha de ser un detalle más de una «mise
en scene» muy cuidada en un cuadro muy íntimo. Decoración muy moderna
de tonos muy armonizados, tono sobre tono, la escala de los verdes ó
de los rosas ó de los grises. Aconsejaos de un buen pintor ... muerto.
En el Museo del Prado hallaréis excelentes motivos de inspiración.
Después, uno de esos divanes, que una señora amiga mía, llamaba con
gráfica expresión, revolcaderos, pero que yo no me atreveré á nombrar
de ese modo; un diván cama, poco levantado del suelo, cubierto con
una auténtica piel; camello, oso blanco, cabra de Angora, zorros
azules con sus cabecitas. Esto último no se recomienda tanto, porque
los amigos harían chistes. La piel puede sustituirse por un rico paño
de terciopelo, bien entonado con nuestra carnación. Hay que ponerse
en todo. Profusión de almohadones, no esos almohadones vulgares de
telas estampadas; almohadones muy personales. Cerca, lo necesario y lo
superfluo «pour en griller une». Todo como de juguete y todo ejemplar
único, á ser posible.
En estas condiciones el cigarrillo, el mismo cigarro puro, parecen tan
propiamente femeninos, que son los hombres los que piensan entonces que
acaso el fumar sea más propio vicio femenino y no tarden en arrojar su
cigarro, como avergonzados.
Para mí no hay duda de que el cigarro pasará en fecha no muy lejana
á ser de uso exclusivo de las mujeres, como el abanico, el manguito,
que en un principio usaban por igual hombres y mujeres; como será con
tantas otras cosas á todas luces más apropiadas al carácter femenino,
por ejemplo, el arte, la política, todo aquello en que sea elemento
primordial la seducción. Porque vamos á ver. ¿A ustedes les parece
propia de hombres la actitud de un artista pensando siempre como
agradará al público? ¿Y la de Maura, pensando siempre como agradará á
Cambó?
* * * * *
Es la hora del te. La hora que en los largos anocheceres de invierno
sería para las mujeres la hora de los aburrimientos peligrosos, si la
moda no hubiera inventado esta costumbre.
En torno á la hervidera de plata, que es con su llama azul temblorosa,
como ara encendida en culto á la diosa Frivolidad, es un charlotear
incesante, apenas interrumpido por el picoteo en bocadillos y
golosinas. De un tema á otro, mariposea la charla femenina con frases
que son unas veces, batalla de flores; flores de trapo; otras, como
cruzar de floretes en juego de esgrima, todo galantería; alguna vez,
aquel alfilerazo que busca y acierta con el defecto de la armadura.
Allí murmuran, como en parte alguna, los mil arroyuelos por donde van
las pequeñas historias á formar el mar de la historia grande de una
época.
¿Qué es la murmuración sino la historia de un día? ¿Qué es la historia
sino la gran murmuración de los siglos?
—¡Como canta el Werther ese hombre! ¿Le habéis oído?
—Pero la ópera es una tontería.
—Hay que oirla más de una vez.
—Eso dicen de todas las tonterías. ¿Será ese el secreto del matrimonio?
—¿Has estado en estos bailes?
—En todos. No te he visto en ninguno.
—¿Olvidas mi luto?
—Por una tía ...
—Pero era de mi marido. Tengo que guardar más las apariencias.
—¿Habéis visto la obra del Español?
—No quiere mamá. Creo que es una soltera que tiene relaciones con un
casado, lo mismo que dicen de ...
—¡Calla, que esta ahí su mujer!
—No, si iba á decir la de ...
—¡Calla! ¡Que esta ahí su hermana!
—No comprendo que haya quien no quiera recibir á las que tienen
historia, porque es no poder hablar de nadie en sociedad ...
Y así pasan dulcemente esas horas de los largos anocheceres de
invierno, que son tan peligrosas para las mujeres distinguidas que no
toman te en sociedad con sus mejores amigas.
* * * * *
Distinguidas señoras que preparaban bailes de trajes, minués y otras
fantasías propias de Carnaval, han tenido que desistir de sus proyectos
por no hallar suficiente personal masculino propicio á la inocente
diversión y al insignificante gasto que supone presentarse trasformado
por una noche, con propiedad de ópera, en mosquetero, marqués, Luis XIV
ó XV, petimetre del XIX, etc.
El _sport_ lo absorbe todo, energías físicas y pecuniarias. El
automóvil, el polo, el golph, el tiro, el _lawn-tennis_, con la
apropiada indumentaria y los precisos accesorios, no dejan tiempo, ni
dinero, ni fuerzas á la juventud masculina.
Para el ligero _flirt_ que ha de preceder á un matrimonio convenido
en familia, tan bueno es el automóvil con sus expediciones, como un
salón de baile. Un moderno torneo de polo, mejor que un cotillón con
sus figuras grotescas. Dejemos á las cotorronas llorar por las pérdidas
costumbres de los pasados tiempos ... Sus hijas no parecen mal avenidas
con los alardes de fuerza, agilidad y destreza. Cierto que un valsador
infatigable era una garantía; pero en el baile, á la luz artificial de
los salones, es más bien fuerza nerviosa la que se gasta, y la fuerza
nerviosa es traicionera y puede faltar en el mejor momento, como todo
lo que es inspiración.
¡Fuerza, fuerza! Aunque el amor se despoetice. Esta generación no es de
novios; pero quien sabe si, por lo mismo, no nos prepara una brillante
generación de padres.
* * * * *
D. Prudencio—nuestro Mr. Prudhomme,—ha tenido en estos días ocasión
de manifestarse. D. Prudencio abomina de las exageraciones, y en su
concepto—D. Prudencio no tiene opiniones, tiene siempre conceptos,—en
su concepto, los sucesos de Portugal han sido una lamentable y funesta
serie de exageraciones. Exagerado el dictador, exagerados sus enemigos
políticos, exagerada, ¿y como no? la prensa, exagerados los regicidas,
estos sobre todo. Los únicos que no le han parecido exagerados, son
los republicanos de allá, lavándose y aún perfumándose las manos, como
Pilatos, abominando del crimen y dejándolo todo para mejor ocasión,
y los ingleses enviando á modo de amistosa advertencia, unos cuántos
barcos á la vista de Lisboa.
No hay que decir si á D. Prudencio le habrá parecido también exagerada
la actitud de esa gente que se ha pasado las horas en acecho y acoso
del caído dictador, durante su estancia en Madrid.
D. Prudencio, en cambio, ante estas grandes tragedias de los grandes,
siente como nunca el efecto que, según retóricos preceptistas, ha de
producir la tragedia en el ánimo del espectador, el de purgar nuestras
pasiones. D. Prudencio se purga, de toda ambición en primer término,
de toda envidia y de toda codicia. ¡Oh su apacible medianía! ¿Quién
quiere ser rey ni dictador después de esto? Y D. Prudencio cree tener
asegurada la material inmortalidad solo con sentirse insignificante.
También han sido gloriosos días estos para los exaltados, para quienes
todo es síntoma y anuncio precursor de trastornos mundiales, para los
que todo lo tenían previsto, porque la historia enseña ...
Y aquí un curso de filosofía de la historia ... Y la historia no debe
enseñar gran cosa cuando todavía no han aprendido algunos gobernantes
que se puede hasta tiranizar en pleno siglo XX, y lo que no se puede es
dejar sin voz á los pueblos para quejarse siquiera de la tiranía.
Carlyle, tan enamorado del silencio, consideraba, no obstante, como
pueblos muertos á los que, según el, no tenían voz, es decir, á los
que no habían expresado en forma artística sus sentimientos, sus
aspiraciones, sus esperanzas ó sus recuerdos. Fuera del arte existen
en la vida moderna otras muchas voces que son señales de vida, el
Parlamento, la prensa, la opinión pública en todas sus manifestaciones;
gobernar sin ellos es gobernar en silencio, el silencio del vacío es
remedar al avestruz en lo de esconder la cabeza bajo el ala, para no
ver al cazador, porque lo que no se ve ni se oye, es por un momento
como si no existiera ... No, la historia no enseña nada, ni siquiera la
Natural; hay gobernantes que no aprenderán nunca que dejar á un pueblo
sin voz es obligarle á que la acción sea más violenta, y que la postura
del avestruz no es postura airosa para hombres de gobierno.
* * * * *
La rueca y la pluma. Apólogo.
Dijo la sartén al cazo, etc. Dijo el orador al escritor: Quita de ahí,
hablador.
Ya lo véis, escritores; con un poco de imaginación, podéis pareceros,
al escribir, á la mismísima Margarita del «Fausto» al surgir, evocada
por Mefistófeles, ante los ojos del viejo doctor, dándole á la rueca y
al huso.
¿Con que el ejercicio de la pluma supone cierta timidez y debilidad de
carácter? Pruebe, pruebe el Sr. Maura por una vez á estrenar, siquiera
una piececita del género chico, sin mayoría, es decir, sin _claque_, y
verá lo que es bueno.
Y aún insisten los escritores en acudir al gobierno en demanda de
indultos para Nakens y Morato. Ya véis en lo que se nos estima, y bien
podemos suponer en lo que han de estimarse nuestras peticiones. ¡Gente
de pluma! De rueca como si dijéramos.
¡Si lo dijeran Hernán Cortés y el Gran Capitán!
Pero créanos el Sr. Maura: oradores y escritores, todos somos unos.
Plumas y lenguas, todas son ruecas.
Aparte de que la rueca no es tan despreciable por ser su ejercicio
ocupación de mujeres. Los ingleses tienen un proverbio que dice: La
mano que mece la cuna, mueve el mundo. Y esa mano es la de la mujer, la
misma que mueve la rueca.
Yo, por mi parte, prefiero figurarme al mover la pluma que muevo una
rueca y estoy hilando, que no una espada que corte los hilos de algunas
vidas. Pero es un modo de pensar, de sentir, mejor dicho.
* * * * *
Por ser la primera vez que se ha tomado en consideración el voto de las
mujeres, el Congreso ha estado muy consecuente, como dicen los chulos.
Principio quieren las cosas.
Si los hombres fuéramos agradecidos, la votación favorable hubiera sido
más nutrida. ¡Habrá tantos que deban su carrera política á las faldas y
habrán votado en contra ó se habrán abstenido! Cuando en los bastidores
de la política, tan importante papel juegan las mujeres, ¿por qué
impedirles mostrarse en el escenario? ¿Qué se teme? ¿Sus tendencias
reaccionarias? ¡Ay! En otros tiempos no lejanos sí era la mujer la que
extremaba esas tendencias; pero ahora ¡hay tantos matrimonios en que
es la señora la que tiene que retrasar la hora del almuerzo porque
el marido esta en el sermón ó en la junta de cofradía! Será dichosa
casualidad, pero yo conozco muchas más liberalas que liberales. Cierto
que cuando se trato la cuestión de las asociaciones, las señoras
dieron una acentuada nota reaccionaria; pero es que esa cuestión no
las importaba mucho. Pero que se votara la ley del divorcio y ellas
hubieran de decidir con sus votos: reforma implantada; bastaría con
que la votación fuera secreta. Y si había de ser pública, todas se
disculparían con sus amigas.—Yo por mí no hubiera votado ¡qué horror!,
he votado por Fulanita (aquí el nombre de alguna amiga). ¡Para verla
vivir como vive con su marido, más vale que se divorcie!—¿Y qué mujer
no tiene una amiga á quien favorecer en ese caso?
[Ilustración]