XIII

Estaba Salvador muy asombrado de los renglones de Carmen. Pensó en ir a

Rucanto al día siguiente con pretexto de saludar a Fernando, y le

parecieron largas las horas hasta que llegase la de ver a su amiga.

Se recibió su visita en la casona con mucho agasajo.

Doña Rebeca hízose toda un puro caramelo, y Narcisa, que tardó en

presentarse un buen rato, llegó emperejilada y grave. Era delgadísima y

componía mañosamente el desgarbo de sus formas mediante postizos

fementidos. Vestía con lujo, y llevaba en la cara vulgar una expresión

dura, y muchos polvos de color de rosa.

Fernando y Salvador se abrazaron cordialmente; contaban una misma edad y

habían hecho juntos algunas memorables jornadas infantiles.

Cuando entró Narcisa en la sala, Salvador no pudo remediar cierto

azoramiento mortificante, que ella interpretó a su antojo.

Llevaba el médico en la solapa una blanca margarita del jardín de

Luzmela.

La señorita de la casa admiró con insinuante ponderación la gracia de la

florecilla, y el joven, por no saber qué hacer ni qué decir, se la quitó

del ojal, ofreciéndosela.

Fué aquel un momento incomparable para Narcisa; tomó en triunfo la flor,

y se la prendió en el pecho, rebosante de gozo....

Fernando convidó al médico a comer, y las señoras asintieron a la

invitación con tan buena voluntad, que Salvador no pudo evadirse de

aceptarla, aunque estuviese muy disgustado allí. No era experto en artes

de coquetería femenil, y los manejos astutos de Narcisa le ponían

nervioso.

Además, se hallaba impaciente por que Carmen le revelase el motivo de

su extraña súplica, mientras ella parecía completamente olvidada de dar

a su amigo esta explicación. Tenía en aquella hora una actitud singular

y extraña que acrecentaba su belleza dulcísima. Abstraída y silenciosa,

mostrábase ajena a todo lo que no fuera oculto embeleso de su alma.

Salvador la observaba lleno de incertidumbre; y sólo pudo averiguar, al

cabo, que de tarde en tarde la muchacha alzaba el vuelo de sus pestañas

sedeñas hacia los ojos fulgurantes de Fernando....

Cuando, a media tarde, volvía Salvador en su caballo hacia Luzmela, una

pena asordada y mordiente lastimaba su corazón, y la gloria del valle y

la canción del río, caían sin encantos en la sombra de su espíritu.

La Niña de Luzmela · 第 18 / 40 题