El papelito azul decía:
«_Llego en el expreso.--Fernando_».
Y toda la casa se había revuelto.
La comida no estaba pronta. Había un trajín impaciente de muebles en
habitaciones, y cada vez que la madre y la hija se encontraban en medio
de tal jaleo, reñían y se increpaban, porque Narcisa, celosa siempre del
hermano buen mozo y seductor, opinaba que aquellos eran demasiados
preparativos para recibirle, y protestaba con satíricas frases de
aquella revolución inusitada.
En esto llegó Andrés. Traía hambre y estaba de muy mal humor.
El retraso de la comida le soliviantó, y al enterarse del motivo de
aquellas alteraciones preguntó irritado:
--Y ¿a qué viene _ese_?
Doña Rebeca le contestó con autoritario tono:
--Viene a casa de su madre; hace seis años que no le veo, tiene tanto
derecho como tú a vivir conmigo.
--¿Derecho?... El tiene carrera...; tú le prefieres porque es guapo, le
consientes todos sus caprichos y le das dinero....
Descargó un puñetazo sobre la mesa, con toda la reciedumbre de sus puños
potentes, y platos y copas saltaron con estruendo y destrozo.
--¡Está borracho!--dijo Narcisa con desprecio.
El se revolvió como una fiera, y le tiró a la cabeza su bastón de
cachiporra.
Se dió a gritos doña Rebeca; Narcisa, ilesa, inventó un desmayo, y Julio
iluminó con un destello de feroz alegría su vidriosa mirada.
Andrés, creyendo que había herido a su hermana, improvisó un segundo
acto melodramático, y aprovechando una iracunda mirada de su madre,
fingió querer clavarse en el pecho un inofensivo cuchillo de postre.
La cándida niña de Luzmela, con un espontáneo movimiento de humanidad,
corrió a estorbarle el «suicidio», y aquella fué la primera vez que él
miró a la muchacha con detención y de cerca.
La encontró muy hermosa; toda su materia se estremeció, y al entregarle
el cuchillo sin la menor resistencia le sobó las manos groseramente.
Quedó aplacado el guijarreño mozo por la magia de aquella sorpresa, y
como Narcisa creyese prudente recobrarse «del síncope», porque la sopa
se estaba enfriando, se hizo la paz en un minuto, Julio dejó de sonreir,
y todos se sentaron a la mesa, provista de otros platos y de otras
copas.
Comieron de prisa y comieron mucho; allí siempre se comía mucho. Con las
bocas llenas de insultos, en discordia, en pelea, los guisos y las
botellas se despachaban lindamente....
Doña Rebeca, muy amable con Carmen, la llamó _sobrinita_ varias veces y
la instó a repetir de algunos platos.
La niña, incapaz de acostumbrarse a tales mudanzas estupendas, no sabía
si temer o alegrarse en aquella ocasión, y sintiéndose al fin contagiada
por la extraña tranquilidad general, esperó curiosa la hora del tren
expreso, que era la de las cuatro de la tarde.
X
Creyó doña Rebeca oportuno dar dinero a su hijo Andrés, con más largueza
que de costumbre, para que se fuera contento por muchos días; pero él
apuñando el pago de la ausencia, no se alejó sin rezongar y sin echar
sobre Carmen una mirada licenciosa.
Afortunadamente, la muchacha, distraída por los extraordinarios sucesos
de aquel día, no había notado la brutal impresión que estaba causando en
Andrés.
A la hora oportuna bajaron las señoras a la estación, y Carmen se quedó
sola. Ella nunca salía sino a la huerta o al campo.... ¿Qué iba a hacer
en lugares de pública reunión una chiquilla recogida de caridad y
siempre enlutada y triste? La niña había llegado a creer que doña Rebeca
tenía razón en disponer así de sus florecientes diez y siete años, y no
intentaba nunca quebrantar este decreto, martirial y absurdo, que la
recluía siempre en grave soledad.
Apenas salieron la madre y la hija, Carmen oyó que Julio aullaba en su
dormitorio, y temiendo que saliera a asustarla desde algún rincón con
sus ojos crueles, bajó al zaguán y se puso a escuchar el silencio de la
tarde.
Sintióse a poco, por el jardín adelante, un rumor de palabras.
Sobre la dura voz de Narcisa y la chillona de su madre, otra, sonora y
firme, se alzaba risueña.
Carmen se asomó a mirar.
Allí estaba Fernando, esbelto, seductor, con su cara pálida y fina, su
bigote negro, sus ojos endrinos y soñadores.
Tenía despejada la frente, rizo el cabello obscuro, y sensual la boca,
sonreidora y correcta.
Entró el viajero en el zaguán, y quedóse la muchacha fascinada, dudando
si en efecto sería aquel Fernando Alvarez de la Torre hijo de doña
Rebeca.
Pero lo era, porque viéndola él replegada contra el muro, preguntó a su
madre:
--¿Esta es la hija del tío Manuel?
Y sin esperar respuesta, la abrazó con efusión, la miró con entusiasmo y
declaró al fin:
--¡Es muy bonita..., muy bonita!
Carmen estaba encantada, Narcisa furiosa, y doña Rebeca parecía
abstraída en perplejidades y temores, con un aire lánguido de víctima,
muy mal avenido con su figurilla inquieta y alocada. Sentía un enfermizo
reblandecimiento de amor maternal hacia el marino, y veía avecindarse en
torno suyo los iracundos celos de Narcisa.
Esta perspectiva, ¿la entristecía o la alegraba?... Era difícil
averiguarlo, porque su aspecto, adolecido, parecía poco sincero. ¿Acaso
no estaba ella en su elemento cuando más fuertes se desencadenaban en la
casona las tempestades familiares?...
Se habían quedado todos sumidos en un silencio molesto, durante el cual
la galante sonrisa de Fernando siguió fija en el turbado rostro de la
niña de Luzmela, y entonces la señora instó a su hijo a subir,
ponderando con entrecortada voz, muy fingida y lacrimosa, los anhelos
que sentía de verle a su lado y recrearse con su presencia.
Tan pronto como ellos desaparecieron, Narcisa empezó a trastear con
bruscos ademanes; quitaba y ponía sillas de un lado a otro, empujaba a
puntapiés el equipaje de su hermano, y silbaba unas amargas
murmuraciones.
--Ya tenemos en casa el viril; ya está aquí el oráculo; se completó la
sección de estorbos.... Entre chiquillas de la calle y señoritos guapos
vamos a estar divertidos....
Carmen, sin atender a Narcisa, estaba sintiendo todavía cómo la
acariciaba dulcemente la sonrisa serena del marino.
En pocas horas cambió Fernando el semblante sombrío de la casa.
Cantó, abrió los balcones con estrépito, y una brisa otoñal, odorante y
pura, refrescó las habitaciones lóbregas, cerradas por el desuso mucho
tiempo.
No quiso la que le habían preparado, sino otra mayor, con mejores vistas
y peores muebles.
La casona, inmensa, tenía amplios aposentos desmantelados y medio
ruinosos.
Todas aquellas ventanas carcomidas y gimientes las abrió el marino de
par en par, y el sol se tendió perezoso en las estancias, y entraron con
él en la casa los rumores soberbios del río y el garganteo melódico de
los malvises.
Estaba la mies en derrota; los ganados, libres, sesteaban soñolientos,
se refocilaban en bárbaras persecuciones, o pacían en lentas cabezadas
los brotes _sirueños_.
Tintineaban las esquilas en la mansa levedad del ambiente, y todo el
valle se hermoseaba con traje de alegría en la paz geórgica de la tarde.
Fernando prodigaba sus admiraciones a los encantos de aquel panorama
delicioso, y saciando sus ojos de hermosura, rememoraba los años
infantiles, pródigos en aventuras y promesas.
Mientras tanto, doña Rebeca había dejado de reñir a voces; Julio apenas
salía de sus escondites, y Andrés no había vuelto a aparecer por la
casona.
Narcisa, más convencida que nunca de la importancia de su persona y de
la sublimidad de su talento, se engolfaba en lamentaciones augurales,
presagiando que el regreso tan festejado del marino había de traer
graves perjuicios al esclarecido solar de Rucanto....
Con el reciente trasiego de muebles, Narcisa tomó pretextos para lanzar
de su cuarto la camita de Carmen, y la niña, muy contenta, eligió para
colocarla un retirado gabinete desalhajado y achacoso, pero con recia
llave en la cerradura y ancha ventana abierta al campo, sobre el camino
de Luzmela.
Entonces, aprovechando los favorables vientos de paz que reinaban en la
casa, se atrevió a bajar del sobrado la abandonada imagen del Niño
Jesús. La puso encima de una rinconera adherida al muro espeso del
dormitorio, y se complació en su compañía y en su devoción con místicos
arrobos.
Parecióle que el vestidito de la imagen estaba un poco sucio y se lo
lavó, para volvérselo a poner muy bien alisado y pomposo.
Buscaba todos los días algunas flores que ofrecerle y cada noche, antes
de acostarse, le besaba con fervor en las divinas lágrimas.
Una mañana de aquellas estaba peinando la acrespada peluca del Niño con
su mano alba y tersa, cuando sintió una inquietud medrosa que le hizo
volver la cara.
Por la puerta entornada, los ojos felinos de Julio la perseguían,
apostados en la oscuridad como una maldición.