VIII

Aprovechó Carmen aquel afortunado momento para escaparse. Tenía en el

desván un pequeño refugio donde había pasado muchas horas de miedo y de

dolor.

Era un cuartito con una tronera alzada sobre el alero del tejado; nadie

le habitaba, y ella solía subir allí a ver cómo el sol pasaba por el

valle, a mandar un beso a la torre lejana de Luzmela y una oración al

alto cementerio, donde su protector dormía ajeno a tanta desventura.

Se oía desde el alto rincón la voz recia del _Salia_, acordada en

eterno cantar glorioso.

Carmen, engolfándose allí en la exaltación de los más altos

pensamientos, no desdeñaba la amistad de un ser miserable, que solía

esperarla en el solitario lugar y acariciarla humildemente.

Era un gato, que habitaba casi siempre por aquellos andurriales huyendo

de la escoba de doña Rebeca.

Tan ruin era y tan feo, que le llamaban _Desdicha_.

Carmen le llevaba con frecuencia algo de comer, y el pobre animal le

pagaba su compasión con artísticos arqueos y amorosos ronquidos.

Muchas veces, contemplando ella los cambiantes policromos de los ojos

del gato, pensaba que eran aquellas bestiales pupilas las únicas que en

la casona la miraban sin encono; y cuando el maullido blando y lastimoso

de _Desdicha_ la llamaba con cariñosas inflexiones de gratitud, le

sonreía como a un ser racional y le hablaba dulcemente, respondiendo a

sus insinuantes confidencias....

En una de las frecuentes escapatorias al desván, Carmen había

descubierto entre inservibles trastos la imagen tallada en madera de un

Niño Jesús.

Medía un palmo de altura, estaba desnudo y era una escultura tosca. La

carita, atristada y borrosa, tenía unos ojos clementes, de los cuales

habían resbalado a las mejillas unas lágrimas de muy dudoso arte.

A Carmencita le dió mucha lástima de aquel inconsolable dolor rodando

por el rostro bendito.

Tomó la imagen y la aseó; y a escondidas, con sobresaltos y recelos, le

hizo una túnica piadosa con el traje blanco de triste membranza.

El Niño estaba sobre un mundo dorado, encima de una peana rústica.

Buscó la joven un rinconcito donde colocarle, en uno de aquellos muebles

rotos, y allí escondido le visitaba todos los días y le contaba en

plática muda y tierna sus dolores solitarios.

Aquella mañana fué a verle y le pareció que él también estaba más

afligido que nunca.

Después se asomó a contemplar la torre grave y maciza de Luzmela, la

torre amiga de su corazón.

Mirándola estaba con sus bellos ojos empañecidos de tristezas, cuando

_Desdicha_ la vino a saludar con expresivos arqueos y ronroneos

apremiantes. Ella le acarició, prometiéndole un regalo para más tarde, y

como algunas lágrimas ardientes cayesen entonces sobra la piel tigresa

del animal, volvió éste hacia la niña sus ojos mortecinos llenos de

mansedumbre y le dijo algo piadoso en su bárbaro lenguaje; después lamió

con delicia las gotas cálidas del llanto y tornó a sus arqueos y a sus

ronquidos amistosos.

Carmen se inclinó hacia el pobre _Desdicha_ hasta rozar con sus labios

rojeantes la piel hirsuta del animal; luego le colocó blandamente en el

alfeizar de la ventana, a la _raita_ del sol, y despidiéndose con pesar

de la vista del valle y del cantar del _Salia_, bajó al piso principal,

porque era medio día, y se comía allí a las doce en punto.

La Niña de Luzmela · 第 14 / 40 题