Aprovechó Carmen aquel afortunado momento para escaparse. Tenía en el
desván un pequeño refugio donde había pasado muchas horas de miedo y de
dolor.
Era un cuartito con una tronera alzada sobre el alero del tejado; nadie
le habitaba, y ella solía subir allí a ver cómo el sol pasaba por el
valle, a mandar un beso a la torre lejana de Luzmela y una oración al
alto cementerio, donde su protector dormía ajeno a tanta desventura.
Se oía desde el alto rincón la voz recia del _Salia_, acordada en
eterno cantar glorioso.
Carmen, engolfándose allí en la exaltación de los más altos
pensamientos, no desdeñaba la amistad de un ser miserable, que solía
esperarla en el solitario lugar y acariciarla humildemente.
Era un gato, que habitaba casi siempre por aquellos andurriales huyendo
de la escoba de doña Rebeca.
Tan ruin era y tan feo, que le llamaban _Desdicha_.
Carmen le llevaba con frecuencia algo de comer, y el pobre animal le
pagaba su compasión con artísticos arqueos y amorosos ronquidos.
Muchas veces, contemplando ella los cambiantes policromos de los ojos
del gato, pensaba que eran aquellas bestiales pupilas las únicas que en
la casona la miraban sin encono; y cuando el maullido blando y lastimoso
de _Desdicha_ la llamaba con cariñosas inflexiones de gratitud, le
sonreía como a un ser racional y le hablaba dulcemente, respondiendo a
sus insinuantes confidencias....
En una de las frecuentes escapatorias al desván, Carmen había
descubierto entre inservibles trastos la imagen tallada en madera de un
Niño Jesús.
Medía un palmo de altura, estaba desnudo y era una escultura tosca. La
carita, atristada y borrosa, tenía unos ojos clementes, de los cuales
habían resbalado a las mejillas unas lágrimas de muy dudoso arte.
A Carmencita le dió mucha lástima de aquel inconsolable dolor rodando
por el rostro bendito.
Tomó la imagen y la aseó; y a escondidas, con sobresaltos y recelos, le
hizo una túnica piadosa con el traje blanco de triste membranza.
El Niño estaba sobre un mundo dorado, encima de una peana rústica.
Buscó la joven un rinconcito donde colocarle, en uno de aquellos muebles
rotos, y allí escondido le visitaba todos los días y le contaba en
plática muda y tierna sus dolores solitarios.
Aquella mañana fué a verle y le pareció que él también estaba más
afligido que nunca.
Después se asomó a contemplar la torre grave y maciza de Luzmela, la
torre amiga de su corazón.
Mirándola estaba con sus bellos ojos empañecidos de tristezas, cuando
_Desdicha_ la vino a saludar con expresivos arqueos y ronroneos
apremiantes. Ella le acarició, prometiéndole un regalo para más tarde, y
como algunas lágrimas ardientes cayesen entonces sobra la piel tigresa
del animal, volvió éste hacia la niña sus ojos mortecinos llenos de
mansedumbre y le dijo algo piadoso en su bárbaro lenguaje; después lamió
con delicia las gotas cálidas del llanto y tornó a sus arqueos y a sus
ronquidos amistosos.
Carmen se inclinó hacia el pobre _Desdicha_ hasta rozar con sus labios
rojeantes la piel hirsuta del animal; luego le colocó blandamente en el
alfeizar de la ventana, a la _raita_ del sol, y despidiéndose con pesar
de la vista del valle y del cantar del _Salia_, bajó al piso principal,
porque era medio día, y se comía allí a las doce en punto.