II

El caballero de Luzmela miraba a la chiquilla, aquella tarde, con una

extraña expresión de vaguedad, como si al través de ella viese otras

imágenes lejanas y tentadoras.

Acaso delante de aquellas pupilas extasiadas e inmóviles, la ilusión

rehacía una historia de amor toda hechizo y misterio; tal vez, por el

contrario, era una tragedia dolorosa. ¿Quién sabe?... ¡Don Manuel había

rodado tanto por el mundo, y había sido tan galán y aventurero!

De pronto se le apagó al soñador su visión misteriosa encendida en el

muro blanco del salón, sobre la cabeza rizosa de la niña.

Exhaló un suspiro amargo, y bajó los ojos para mirar sus manos

exangües, extendidas sobre las rodillas. Era cierto que estaba muy

enfermo; ¿iría a morirse ya?...

Carmencita, en este momento mecía a su muñeca regaladamente, sentada en

un taburete en el hueco profundo de una ventana.

Llamaron a la puerta del salón, y al mismo tiempo anunciaron:

--El señorito Salvador.

--Que pase--dijo don Manuel, y la niña, levantándose, corrió a recibir

la visita con sonrisa plácida.

Entró un joven mediano. Era mediano en todo lo aparente: en belleza, en

elegancia, en estatura; mediano era también en ingenio; sólo en lealtad

y en nobleza era grande aquel mozo.

Tendría acaso veinticinco años, y encontramos muy natural que el

caballero de Luzmela le dijese:

--¡Hola, médico!

No podía ser otra cosa sino médico este hombre que se presentaba de

visita calzando espuelas y botas de montar y llevando en la mano unos

guantes viejos.

Don Manuel se había enderezado en el sillón de nogal y la niña enlazaba

su bracito al del mozo recién llegado.

--No sabes lo oportunamente que llegas, hijo--exclamó el enfermo.

--Qué, ¿se siente usted peor, acaso?

--Me siento mal siempre, muy mal; la hipocondría me consume, y tengo la

preocupación constante de que voy a vivir ya contados días.

--Precisamente esa es la única enfermedad de usted: la monomanía de la

muerte. Es una de las formas más penosas de la psicosis.

--Sí, sí, sácame a colación nombres modernos para despistarme. Lo que yo

tengo es algún eje roto aquí--y señaló su corazón--, y creo que aquí

también--añadió tocando su cabeza, prematuramente blanca.

Salvador se echó a reir con una impetuosa carcajada jovial, que rodó por

la sala con escándalo. La niña, muy seria y cuidadosa, escuchaba

atentamente.

Observándola don Manuel, le dijo:

--Vete, querida mía, a jugar abajo, ¿quieres?

Ella, un poco premiosa para obedecer, objetó:

--¿Pero de verdad tienes rota una cosa en el pecho y otra en la frente?

--No, preciosa, no te apures; son bromas que yo le digo a tu hermano.

Salvador la atrajo a sus rodillas y la acarició tiernamente.

--Son bromas del padrino, Carmen; anda, corre a jugar.

Se fué con su paso majestuoso y su aire noble de madona.

Desde el umbral de la puerta se volvió a sonreirles, segura de que ellos

estaban mirándola, en espera de aquella gracia suya.

Reinó en el salón un breve silencio, y, con otro suspiro doliente,

murmuró don Manuel:

--Por ella, por ella lo siento, sobre todo.

--Por Dios, deseche usted esa idea....

Pero él, obediente a su pensamiento, concluyó:

--Y por ti también, Salvador.

El mozo tragó la saliva con alguna dificultad, y balbució unas,

entrecortadas frases de consuelo; estaba emocionado y torpe.

Le miró el enfermo con cariño, y tomándole las manos cordialmente, le

dijo:

--Vamos, hay que ser hombres de veras; yo he andado, hijo mío,

temerosos caminos sin temblar, y es preciso que no me acobarde en el

anhelo de este último que voy a emprender. Tú debes ayudarme, y en ti

confío; te necesito, Salvador; ¿estás pronto, hijo, a valerme?

--¿Yo, señor?... Yo siempre estoy pronto a lo que usted mande. ¿Acaso mi

vida no le pertenece a usted?

--¡Oh, muchacho, qué cosas dices! Tu vida le pertenece a la humanidad, a

la ciencia; le pertenece a la juventud, a la dicha.... Tú vienes ahora,

Salvador, yo me voy; me voy temprano.... ¡he vivido tan de prisa! He

amado mucho, he sufrido mucho, y también he gozado, que no es esta hora

de mentir, ni siquiera de disimular.... Y mira, no creas que yo he sido

tan malo como dicen.... Anduve por el mundo locamente y pequé y caí

veces innumerables; pero otras veces, ¡también muchas!, levanté a los

caídos en mis brazos, prodigué a los tristes mi corazón y mi fortuna...,

fuí piadoso y noble....

Callaba Salvador entristecido y confuso. Don Manuel miraba vagamente una

nubecilla blanca que se deshacía en jirones leves, sobre el fondo gris

de un cielo huraño.

Volvióse hacia el joven, y le dijo de pronto:--¿Sabes que ayer estuvo

aquí el notario de Villazón?

El muchacho interrogó perplejo:

--¿Estuvo?

--Sí; yo le había mandado decir que deseaba verle. Hablamos un largo

rato y convinimos en que mañana volvería para recibir mis últimas

disposiciones.

Salvador se agitó en su silla protestando:

--Pero, Dios mío, acabará usted por matarse con esa ansiedad.

--Al contrario; estos preparativos me tranquilizan; hallaré reposo y

bienestar en arreglar todas mis cuentas, y para que, después de realizar

estos propósitos, tenga descanso mi corazón, es preciso que tú me hagas

una solemne promesa.

--Por hecha la puede usted contar.

--Tú quieres mucho a Carmen, ¿no es cierto?

--Cierto es que la quiero mucho.

Se enderezó el de Luzmela conmovido y le blanqueó intensamente la faz

cetrina.

--Oye bien, Salvador...: voy a dejar sola en el mundo a Carmen, y Carmen

es mi hija; tiene apenas trece años la inocente, y quedará en la vida

sin sombra y sin nombre....

Se apagó tremulante la voz del solariego; Salvador, inmutado por la

gravedad de aquella revelación que tal vez esperaba, se atrevió a decir,

después de meditar:

--Si usted la reconoce....

Otra vez se alzó, como en sollozo contenido, la voz temblorosa.

--Pero estoy fatalmente condenado a no poder hacerlo.... Esta única flor

de mi existencia es el fruto de mi mayor pecado...: no hablemos de él,

que es irremediable; hablemos de ella, de la pobre flor sin sombra.

--¿No estoy aquí yo? ¿De nada podré servirle cuando tanto la quiero?

--Sí; sí que la servirás de mucho: esa es mi esperanza....

--Pues ordene usted, señor.

--Si tú fueras también mi hijo, yo te la confiaría descansadamente.

Estaba Salvador anhelante, mirando al enfermo, que continuó con su voz

grave y triste:

--Pero no lo eres, no; yo te lo juro.... Por ahí se ha dicho que sí...;

¡se dicen tantas cosas! Yo he oído el rumor de esta calumnia rondando

en torno mío, y la he dejado crecer a intento, porque si esta mentira

ponía una mancha más en mi reputación, ponía en cambio un poco de

prestigio en tu juventud abandonada. Si eras hijo del señor de Luzmela

tenías porvenir, y tenías un puesto en la vida...; pero no lo eres,

no....

Estaba Salvador trémulo; tenía el semblante demudado y una expresión

desolada en los ojos. Veía quebrarse en pedazos su más cara ilusión. Era

bueno; pero era hombre y había sentido siempre atenuada la ignominia de

su madre, creyendo culpable de ella al noble señor del valle, don Manuel

de la Torre y Roldán. He aquí que don Manuel era inocente de la deshonra

que le hizo nacer, y que Salvador, herido en su orgullo, veía el nombre

de su madre hundirse en la infamia, como si hasta aquel momento hubiera

estado solamente empañado de un leve rubor.

--Entonces, mi padre... murmuró temblando.

--Piensa sólo en tu madre--respondió el caballero; los padres de ocasión

somos siempre unos cobardes..., unos viles; ¡ellas, las madres sí que

son valientes en casi todas las ocasiones! La tuya lo fué; por verla

yo, tan desgraciada y tan sufrida, cargar contigo denodadamente, dile

apoyo y la cobré afecto. No me recaté para ampararla, ni ella tuvo

reparo en apoyarse en mí, honradamente. Cuando la pobre se alzaba sobre

su dolor, confortada por mi amistad y purificada por tu inocencia, vino

la muerte y se la llevó.... ¡Que no te sonroje su recuerdo; guárdale con

respeto y con amor!

Salvador interrogó otra vez con amargura.

--Pero, ¿y mi padre..., mi padre?

--¿Qué te importa de él? ¿Le debes gratitud por el ser que fortuitamente

te dió, en la inconsciencia de su brutalidad?... ¿Acaso podemos

considerarnos padres siempre que afrentamos a una mujer?

--Quisiera, sin embargo, saber su nombre.

Don Manuel guardó silencio.

--Saber--añadió el mozo--su clase social.

El de Luzmela vió cómo se agitaba en este anhelo la vanidad del joven;

vaciló un momento, y luego dijo con firmeza:

--Ya sabes que ésta no es hora de mentir. Salvador: tu padre era un

campesino de origen humilde lo mismo que tu madre.

--Y, ¿vive?

--Emigró, y ya no se supo más de él.

--¿Era soltero?

--Lo era.

--¿Y jamás consintió...?

--¿En reparar su delito?... ¡Nunca!... ¿No te digo que nada le debes?

Eres hombre, y hombre cabal. Deja que esa humillación pase por debajo de

tu orgullo, y no le fundes en hechos de que no eres responsable.

Pero estaba profundamente abatido Salvador. En vano trataba de luchar

contra la pesadumbre de aquella sorpresa que casi destruía su

personalidad de un solo golpe inesperado.

Compadecido don Manuel, ablandó su voz para decirle efusivamente:

--Todavía estoy aquí yo, hijo. En la negra hora de su agonía le juré a

tu madre ampararte, y he tratado de cumplir mi juramento. Te eduqué y te

hice un hombre; dócil ha sido tu condición para que yo haya podido

formar de ti un mozo tan noble y amable como para hijo le hubiera

deseado. Si por creerte mío has tenido tesón y firmeza para llegar a lo

que eres... ¿tan ajeno a mí te juzgas ya, que así te amilanas y

vacilas?... Aunque no te di el ser, ¿no soy algo más padre tuyo que

aquel que te le dió?... ¡Y si te acobardas ahora que yo te necesito!...

No acabó don Manuel este sentido discurso sin que el joven hubiera

levantado la cabeza, brillantes los ojos zarcos y sinceros, toda

iluminada de una grata expresión su simpática fisonomía.

Se quiso arrodillar con un movimiento espontáneo y devoto para suplicar.

--Perdón, señor, perdón.... He dejado arruinar todo mi valor

indignamente, pero ha sido un momento; ya pasó; estoy tranquilo, estoy

contento si le puedo servir a usted de algo, yo, pobre de mí, que tanto

le debo....

--Cállate.... ¡Si me lo vas a pagar todo! Bien sabe Dios que no tuve

nunca intención de cobrártelo; pero ahora--añadió implorante--es

preciso, hijo mío, que me devuelvas en Carmen todo el bien que te hice.

--Cuanto yo pueda y valga se lo ofrezco a usted dichoso.

--Pues oye.

Se recogió un momento a meditar, y dijo luego:

--¿Qué juicio has formado tú de mi hermana?

--¿Juicio?... Ninguno; ¡la he tratado tan poco!

--Pero, ¿qué impresión te causa?

--Me parece buena señora.

--¿Y qué has oído de ella por ahí, como voz general?

--Dicen que es un poco rara; algo histérica.

--Sí, tiene que serlo; era epiléptica nuestra madre, y nuestro padre el

hidalgo de Luzmela ¡bebía tanto ron!... Pero, en fin, ¿la creen buena?

--Buena sí.

--Te extrañarán estas preguntas; pero yo te voy a decir una cosa: apenas

conozco a mi hermana. Aquí, jugamos un poco de pequeños, ¡ya no me

acuerdo de aquellos años! En seguida me llevaron al colegio, desde allí

a la Universidad; cuando acabé la carrera ella estaba ya casada en

Rucanto. Estuve aquí con mi padre corto tiempo, y partí a visitar la

Europa, ansioso de ver mundo y correr aventuras. Ya te he contado cuánto

mi padre me prefería y con cuánta liberalidad satisfacía todos mis

caprichos. Derroché el dinero y la salud hasta que él me llamó para

darme el último abrazo, y entonces me encontré mejorado en su

testamento todo cuanto la ley permitía. El marido de mi hermana era un

calavera, y mi padre les mermó la herencia todo lo posible. Sin embargo,

yo era tan calavera como él; pero era su ídolo, y en mí no veía más que

la hidalguía exterior, conservada hasta en los tiempos más tormentosos

de mi vida. Siempre mi cuñado me miró con animosidad, tal vez por mi

superior linaje, tal vez por las muchas preferencias que en vida y en

muerte me prodigó mi padre. Estas diferencias me separaron mucho de mi

hermana. Vino entonces mi casamiento, tan lleno de esperanzas para mí.

Me creí reconciliado con el amor del terruño y con la paz de mi valle;

restauré esta casa, soñando vivir siempre en ella en idílicos goces;

evoqué la visión de unos hijos robustos y de una patriarcal vejez...:

¡sueño fué todo! Desperté de él con la esposa muerta entre los brazos.

Era la más rica heredera de Villazón, y, tan abundante en bondad como en

dineros, quiso dejarme en prenda de su cariño toda la fortuna que tenía.

Doblemente rico, perdida la ilusión de la dulce vida quieta y santa que

acaricié apenas, de nuevo me lancé a los placeres locos del mundo, lejos

de mi solar. Peregriné mucho; derramé el corazón y la vida a manos

llenas; pero no fuí tan insensato que llegara a empobrecerme. Algunas

veces volvía yo a Luzmela con una vaga esperanza de poder quedarme por

aquí, bien avenido con esta melancólica vida de memorias y ensueños;

pero nunca lograba que de mi corazón voltario se adueñase la paz. En uno

de estos viajes vine muy cambiado; me blanqueaba el cabello y traía en

los brazos una niña. Me estuve entonces aquí un año entero; un año que

fué para mi alma ocasión de intensas revelaciones; la niña, tan pequeña,

tan impotente, iba poseyendo todo mi albedrío. En rendirla yo mi

voluntad sentía un extraño goce lleno de encantos nuevos. Su inocencia

me cautivaba en dulcísima cadena, y yo, que la salvé a esta niña del

abandono, más por deber de conciencia que por amor de padre, me sometí a

su hechizo con una dejación de mí mismo absoluta y feliz. Ya, desde

entonces, sólo salí de Luzmela por precisión y muy pocas veces. Mi vida

tenía un objeto, y yo sentía santificarse mis sentimientos y levantarse

mi corazón al suave contacto de aquella pequeña existencia pendiente de

la mía. Continuaba viendo a mi hermana contadas veces: mi cuñado me

mostraba cada día mayor hostilidad; y yo, indiferente y orgulloso, no

ponía jamás los pies en Rucanto. Pero no me era grato saber que mi

hermana pasaba apuros y estrecheces, casi totalmente arruinada por su

marido, y a menudo le mandaba reservadamente algunas cantidades como

regalo para mis sobrinos, a quienes apenas conozco....

Calló don Manuel y se quedó abstraído breve rato.

Luego dijo:

--Y hemos llegado, querido Salvador, al caso que me preocupa y desvela.

¿Merecerá mi hermana que yo le confíe mi hija?... Tú, ¿qué crees?...

--Yo creo--respondió el joven--que no es muy fácil acertar con la

respuesta, ya que ni usted ni yo la conocemos bien.

--Por eso vacilo....

--¿Y ha pensado usted en qué condiciones le confiaría la tutela de

Carmen?

--Sí; lo he pensado: le dejaría a mi hermana la mitad de mi fortuna con

la condición de que fuese una buena madre para la niña.

Salvador escuchaba con asombro a don Manuel.

--Pero eso--dijo--sería caso de una comprobación delicada y difícil.

--Tengo previstas todas las dificultades: de todo ello hablaremos.... Yo

quisiera dejarle a mi hija un constante testimonio de mi ternura, sin

perturbar su alma con la trágica historia de su nacimiento. Puesto que a

la cara del mundo no le puedo decir que soy su padre, ¿a qué inquietar

su inocencia con el descubrimiento de una pérfida acción que cometí?...

Quiero que mi memoria le acompañe dulce y serena, como la vida que ha

disfrutado junto a mí. Quiero ser su providencia y su amparo más allá de

la muerte, sin que mi nombre caiga de su corazón, ennegrecido por la

sombra de mis culpas.... Para ella quiero ser siempre bueno... ¡siempre!

Quedóse el de Luzmela ensimismado; ardía en sus ojos la luz de la

esperanza con radiante expresión.

Y mientras Salvador le contemplaba con recogida actitud, continuó don

Manuel:

--Al enviudar mi hermana hace poco, se ha apresurado a mostrárseme

afectuosa, lo que me prueba que antes no tenía libertad para hacerlo.

Parece que la niña le es muy simpática. Si ella además le lleva el

bienestar y la holgura, ¿no ha de quererla bien?

--Yo creo que sí.

--¿Verdad que sí?

--Es verdad....

--Pero supongamos que me equivoco; que cometo un gran desatino, y que

ella no trate bastante bien a la niña. En ese caso dejaré a Carmen el

derecho de reclamarle mi herencia, y todavía te quedas tú con otra parte

igual a la de mi hermana.

--¿Yo, dice usted?

--Tú, que eres mi segundo heredero, a quien lego la mitad de mis

caudales.

--Pero... ¿usted ha pensado?...

--Yo he pensado mucho, hijo mío; tú, si no quieres contrariar mi postrer

deseo, serás un buen administrador de mi media fortuna; gastarás las

rentas, como tuyas que serán, y el capital lo conservarás para cuando

Carmen lo necesite. Figúrate que por amor se casa pobre...; tú la dotas;

o que se casa contigo...; la dotas también; o que se muere...; la

heredas, quedándote tranquilamente con mi legado, que legalmente será

tuyo.

--¿Y si muriese yo?

--Se lo dejas a ella. Y si nada necesita, tuya será entonces, sin

condiciones, la herencia.

--Por Dios, señor, yo creo que jamás un testamento se ha hecho así, de

tan extraña manera....

--No se habrá hecho; pero se va a hacer ahora; mejor dicho, ya se está

haciendo.

--¿Ya?...

--Sí; le estamos haciendo tú y yo; un testamento moral entre dos hombres

honrados.... Testo yo, y tú asientes; recibes mi legado y juras cumplir

mi voluntad.... ¿Te figuras que estas condiciones que te impongo iban a

constar en papeles? No, hijo, no; se confirmaría entonces la opinión

general de que estoy un poco «tocado»...; ya sabes que se dice por

ahí....

--Sin embargo, señor, medite usted bien que es demasiado absoluta la

confianza con que usted me honra. Puedo extraviarme; puedo

pervertirme..., volverme loco; hágalo usted en otra forma, limitándome

la acción; ajustándome el camino...; nómbreme usted, si quiere, tutor de

Carmen.

--Te nombro su hermano, su protector, acaso su esposo, dentro de mi

corazón; ante la ley te nombro mi heredero sin condición alguna.

Salvador se paseaba por la sala agitado; mortificaba su barba rubia con

una mano implacable, y sus espuelas levantaban en la estancia silenciosa

un belicoso acento metálico.

Moría la tarde en la cerrazón sombría del cielo, y don Manuel tendía

hacia el joven una mirada ansiosa.

Viéndole tan dudoso y alterado, díjole, al fin, con tono de dolido

reproche:

--¡Si no quieres, Salvador, yo no te obligo!...

Él se volvió hacia el enfermo; estaba pálido y tenía la voz angustiosa.

--¿No querer yo servirle a usted? Es que me aterra el temor de no saber

hacerlo; de no poder, de no ser digno de esta ciega confianza con que

usted me abruma.

--Si no es más que eso....

Y don Manuel, alzándose del sillón, estrechó al muchacho en un abrazo

ardiente, y teniéndole así, preso y acariciado, dijo con solemnidad:

--Doy por recibido tu juramento, y le pongo este sello de nuestro

cariño.

Quiso salvador confirmar: _yo juro_; pero el de Luzmela le tapó la boca

con su descarnada mano.

--Está jurado, hijo mío; ven y siéntate otra vez a mi lado; no me

sostienen las piernas.

Se sentaron.

Comenzó don Manuel a hablar animadamente con la voz impregnada de

emoción y de dulzura.

Salvador le atendía en silencio, sin dejar de mesarse la barba

febrilmente; y en esto se oyeron en el pasillo unas palabras recias y

unos pasos sonoros.

--Son el cura y el maestro--dijo don Manuel contrariado.

--Entonces me voy, con su permiso; aun no hice hoy la visita en Luzmela,

y está cayendo la noche. ¿Cuándo quiere usted que vuelva?

Ya habían anunciado a don Juan y a don Pedro, cuando don Manuel

respondió:

--Ven mañana temprano; te espero en mi despacho a las nueve, y te

quedarás a comer.

Los dos hombres se estrecharon las manos fervorosamente, y Salvador hizo

un breve saludo a los recién llegados.

Salió. En la meseta amplia de la monumental escalera encontró a

Carmencita: estaba apoyada en la maciza reja del ventanal, y miraba al

cielo o al campo ensimismada.

Al sentir las espuelas de Salvador en la escalera, se volvió hacia él

sonriendo, y observándole muy atenta, preguntó:

--¿Le mandaste al padrino alguna medicina?

Bajaba el mozo embargado de emociones. La dulce voz de la niña le hizo

estremecer. Contemplóla con un respeto y una sumisión que no le había

inspirado jamás, y apremiado por su mirada interrogadora, replicó:

--Está muy bien el padrino, querida.

Ella le tendió la frente esperando un beso, y el pobre muchacho se

inclinó y le besó la mano con noble acatamiento.

Quedóse algo asombrada Carmencita de la actitud turbada del que llamaba

su hermano; apoyándose en la reja oía cómo se alejaba el caballo de

Salvador y pensaba:

--¡Es que está malo, de verdad, el padrino!

La Niña de Luzmela · 第 5 / 40 题