PRIMERA PARTE

I

Habíase convertido don Manuel en un soñador quejoso. Hacía tiempo que

parecían extinguidas en él aquellas ráfagas de alegría loca que, de

tarde en tarde, solían sacudirle, agitando toda la casa.

En tales ocasiones, parecía don Manuel un delirante. Todo su cuerpo se

conmovía con el huracán de aquel extraño gozo que le hacía cantar,

correr, tocar el piano y reirse a carcajadas. Mirábanle entonces,

compadecidos, los criados, y la vieja Rita, haciéndose cruces en un

rincón, desgranaba su rosario a toda prisa, murmurando:

--Son _los malos_..., _los malos_...; siempre estuvo el mi pobre

poseído....

Carmencita seguía los pasos acelerados de su padrino, pálida y

silenciosa, prestando un dulce asentimiento a aquella alegría

disparatada y sonriendo con mucha tristeza.

En algunas de estas extrañas crisis don Manuel tomaba entre sus manos

ardientes la cabeza gentil de la niña y, mirando en éxtasis sus ojos

garzos y profundos, le había dicho con fervor:

--Llámame padre..., ¿oyes?... llámame padre.

La niña, trémula, decía que sí.

Y pasado el frenesí de aquellas horas, cuando el caballero, deprimido y

amustiado, se hundía en su sillón patriarcal a la vera de la ventana,

llamaba a Carmencita, y acariciándole lentamente los cabellos, le decía

«a escucho»:

--Llámame padrino, como siempre, ¿sabes?

También la niña respondía que sí.

* * * * *

Aquel día don Manuel sentía en el pecho un dolor agudo y persistente, un

zumbido penoso en la cabeza.... ¿Iría a morirse ya?

El hidalgo de Luzmela aseguraba que no tenía miedo a la muerte, que

habiendo meditado en ella durante muchas horas sombrías de sus jornadas,

no había salido de sus fúnebres cavilaciones con horror, sino con la

mansa resignación que deben inspirar las tragedias inevitables.

Sin embargo, don Manuel estaba muy triste en aquella tarde oscura de

septiembre.

Miraba a Carmen jugar en el amplio salón, con aquel apacible sosiego que

era encanto peregrino de la criatura. Todos sus movimientos, todos sus

ademanes, eran tan serenos, tan suaves y reposados, que placía en

extremo contemplarla y figurarse que aquellas innatas maneras señoriles

respondían a un alto destino, tal vez a un elevado origen.

Podía fantasearse mucho sobre este particular, porque Carmencita era un

misterio.

En uno de sus viajes frecuentes y desconocidos, trajo don Manuel aquella

niña de la mano. Tenía entonces tres años y venía vestida de luto.

El caballero se la entregó a su antigua sirviente, Rita, convertida ya

en ama de llaves y administradora de Luzmela, y le dijo:

--Es una huérfana que yo he adoptado, y quiero que se la trate como si

fuera mi hija.

La buena Rita miró a don Manuel con asombro, y viendo tan cerrado su

semblante y tan resuelta su actitud, tomó a la pequeña en sus brazos con

blandura, y comenzó a cuidarla con sumisión y esmero.

La niña no se mostró ingrata a esta solicitud, y desde el día de su

llegada se hizo un puesto de amor en el palacio de Luzmela.

--¿Cómo te llamas?--le había preguntado Rita con mucha curiosidad.

Y ella balbució con su vocecilla de plata:

--Carmen....

--¿Y tu mamá?...

--Mamá....

--¿Y tu papá?...

--Padrino....

--¿De dónde vienes?

--De allí--y señaló con un dedito torneado, del lado del jardín.

--¡Claro, como las flores!--dijo Rita encantada de la docilidad graciosa

de la niña.

Rita deletreaba las facciones de la pequeña con avidez, como quien busca

la solución de un enigma.

Mirándola detenidamente, movía la cabeza.

--En nada, en nada se parece.... El señor es moreno y flaco, tiene

narizona y le hacen cuenca los ojos; esta chiquilla es blanca como los

nácares, tiene placenteros los ojos castaños y lozano el personal...; en

nada se le parece.

Y la buena mujer se quedó sumida en sus perplejidades y enamorada de la

niña.

Con una facilidad asombrosa acomodóse Carmencita a la vida sedante y

fría de Luzmela. Su naturaleza robusta y bien equilibrada no sufrió

alteración ninguna en aquel ambiente de letal quietud que se respiraba

en el palacio; ella lo observaba todo con sus garzos ojos profundos, y

se identificaba suavemente con aquella paz y aquellas tristezas de la

vieja casa señorial.

El encanto de su persona puso en el palacio una nota de belleza y de

dulzura, sin agitar el manso oleaje de aquella existencia tranquila y

silenciosa, en medio de la cual Carmencita se sentía amada, con esa

aguda intuición que nunca engaña a los niños.

Parecía ella nacida para andar, con su pasito sosegado y firme, por

aquellos vastos salones, para jugar apaciblemente detrás del recio

balconaje apoyado en el escudo y para abismarse en el jardín

penumbroso, entre arbustos centenarios y divinas flores pálidas de

sombra.

Jamás la voz argentina de la pequeña se rompía en un llanto descompuesto

o en un acedo grito; jamás sus magníficos ojos de gacela se empañecían

con iracundas nubes, ni su cuerpo gallardo se estremecía con el espasmo

de una mala rabieta. Su carácter sumiso y reposado y la nobleza de sus

inclinaciones tenían embelesados a cuantos la trataban, y la buena Rita,

convertida en guardiana de la criatura, no podía mencionarla sin decir

con íntima devoción:

--Es una santa, una santa.... Sólo una vez se recordaba que Carmencita

hubiese alzado en el silencio de la casa su voz armoniosa deshecha en

sollozos.

Fué un día en que doña Rebeca, la única hermana de don Manuel, residente

en un pueblo próximo, llegó a Luzmela de visita.

Atravesaba la niña por el corral con su bella actitud tranquila cuando

la dama se apeó de un coche en la portalada.

Era doña Rebeca menuda y nerviosa, de voz estridente y semblante

anguloso; fuese hacia Carmencita a pasitos cortos y saltarines, la tomó

por ambas manos, y de tal manera la miró, y con tales demasías le apretó

en las muñecas finas y redondas, que la pobrecilla rompió en amargo

llanto, toda llena de miedo.

Se revolvió la servidumbre asombrada, y el mismo don Manuel corrió

inquieto hacia la niña, a quien doña Rebeca cubría ya de besos chillones

y babosos, diciendo a guisa de explicación:

--Como no me conoce, se asusta un poco.

Carmencita tendió ansiosa los brazos a su padrino, y poco después se

refugiaba en los de Rita hasta que doña Rebeca se hubo despedido.

La Niña de Luzmela · 第 4 / 40 题