IV

Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.

La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El

joven encontró, no sin trabajo, al _dvornik_, y obtuvo de él vagas

indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber

descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha

y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente

al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se

podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a

tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento

maquinal.

--¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer.

--Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una

antesalita.

Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado

candelero de cobre.

--¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener

fuerzas para moverse de su sitio.

--¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala,

haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.

Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante

de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la

turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y

se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia,

con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con

un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En

un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la

estancia.

Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada

por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que

comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared

de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro

alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy

irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con

tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando

así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía,

a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo

era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en

el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una

silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino,

una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de

ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo,

había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en

el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento

y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de

la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni

siquiera había cortinas en la cama.

Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan

atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar,

como si se hallase delante del árbitro de su destino.

--Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff

como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la

joven--. Quizás no nos volveremos a ver.

--¿Va usted a marcharse?

--No sé... mañana, todo...

--¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo

Sonia con voz temblorosa.

--No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido

para decirle dos palabras.

Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado

mientras que ella permanecía derecha.

--¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y

acariciadora.

La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con

ojos benévolos y casi enternecidos.

--¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través

de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!

Le tomó la mano.

Sonia se sonrió débilmente.

--Siempre he sido así--dijo.

--¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?

--Sí.

--Es claro--dijo bruscamente.

Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en

el sonido de su voz.

Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.

--¿Vive usted en casa de Kapernumoff?

--Sí.

--¿Viven ahí, detrás de esa puerta?

--Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.

--¿No tienen más que una sala para todos?

--Nada más.

--Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó

el joven con aire sombrío.

--Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que

parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el

mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo

a verme; los pobrecitos son tartamudos.

--¿Son tartamudos?

--Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es

precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una

mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos.

El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan

claro.

--Lo sabía.

--¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida.

--Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la

historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que

volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de

rodillas delante de la cama de usted.

Sonia se turbó.

--Creo haberle visto hoy--dijo titubeando.

--¿A quién?

--A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre

nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él.

Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...

--¿Paseaba usted?

--Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.

--¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su

padre?

--¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a

Raskolnikoff con cierto espanto.

--¿De modo que usted la quiere?

--¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó

bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...!

¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio

extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y

generosa! ¡Ah, si usted supiera!

Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación

era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas

se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento.

Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos

de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en

todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo

así, insaciable.

--¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun

cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada,

y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que

en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría

usted, y ella no haría nada de injusto.

--Y usted, ¿qué va a hacer?

Sonia le interrogó con la mirada.

--Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el

que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la

taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?

--No sé--respondió la joven tristemente.

--¿Van a quedarse donde están?

--No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que

quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha

de permanecer un momento más en aquella casa.

--¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?

--¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo;

nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya

irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un

pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose

cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio,

¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo

que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo

demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea,

desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone

su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir

dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal

conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y

me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente

nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome.

Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras!

¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de

hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que

echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar

calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles.

Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y

había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted

no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero,

porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!

--Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo

Raskolnikoff con amarga sonrisa.

--Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo

sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo,

no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas

veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más

lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha

hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!

Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.

--¿Ha sido usted dura con ella?

--Sí; yo, yo. Fuí a verla--continuó llorando--y mi padre me dijo:

«Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.»

Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el

cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme»,

le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para

enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel,

la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos,

con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna

le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró

preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba

para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices

de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos

ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a

nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin

embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo

dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le

hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que

daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía,

no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora

retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran

sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no

le interesa.

--¿Conocía usted a la revendedora Isabel?

--Sí... ¿La conocía usted también?--preguntó Sonia un poco asombrada.

--Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto--dijo

Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.

--¡Oh, no, no!

Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven,

como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.

--Sería mejor que se muriese.

--No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!

--¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede

tenerlos a su lado?

--¡Oh, no sé!--exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la

cabeza con las manos.

Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.

--Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero

puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué

sucederá entonces?--prosiguió implacablemente Raskolnikoff.

--¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?

El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.

--¿Cree usted que es imposible?--repuso él con sonrisa sarcástica--.

Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será

entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre

pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como

hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle,

la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños

quedarán sin amparo.

--¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!--exclamó Sonia con voz

ahogada.

Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en

Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la

desgracia que el joven predecía.

Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un

minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja

presa de atroz sufrimiento.

--¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando

lleguen los días tristes?--preguntó deteniéndose delante de ella.

--No--murmuró Sonia.

--No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?--añadió con cierta

ironía.

--Sí.

--¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es

preguntarlo.

Y volvió a pasearse por la habitación.

--Y... ¿no gana usted dinero todos los días?--preguntó al cabo de otro

minuto de silencio.

Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.

--No--respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.

--La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted--dijo

el joven bruscamente.

--No, no; ¡eso es imposible!--exclamó Sonia, herida en el corazón por

aquellas palabras como por una puñalada--. Dios... Dios no permitirá

semejante abominación.

--Otras permite.

--No, Dios la protegerá--repitió enfáticamente Sonia.

--¿Y si no hay Dios?--replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se

echó a reír mirando a la muchacha.

La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le

contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada

de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en

sollozos, tapándose la cara con las manos.

--¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de

usted lo está también--dijo Raskolnikoff después de una pausa.

Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia

sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos

brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los

hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose,

de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si

estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel

momento parecía, en efecto, la de un demente.

--¿Qué hace usted? ¡A mí!--balbució Sonia palideciendo y con el corazón

dolorosamente oprimido.

El joven se levantó en seguida.

--No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el

sufrimiento humano--dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos

en la ventana--. Escucha--prosiguió, acercándose a ella un momento

después--; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu

dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a

tu lado.

--¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!--exclamó

Sonia asombrada--. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una

mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!

--Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas,

sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continuó diciendo

Raskolnikoff con emoción creciente--; pero lo eres, sobre todo, por

haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy

desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo

(puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu

sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero

dime--añadió exaltándose cada vez más--, ¿cómo con las delicadezas de

tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua

y acabar de una vez!

--¿Y qué sería de ellos?--preguntó débilmente Sonia, levantando hasta

él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno

asombrada del consejo que se le daba.

Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se

lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el

suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación,

había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se

preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna

sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad

que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los

reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista

desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y

esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba

la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido

impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era

el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna,

la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra

las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su

carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía

claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional;

pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la

hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla

todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual,

relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era

inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a

aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía

Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.

«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el

manicomio o el embrutecimiento.»

Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su

escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.

«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta

criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse

deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta

el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella

el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible»,

exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta

este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer

un pecado y el interés que tiene por _ellos_. Si aun no se ha vuelto

loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus

facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se

puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar

oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin

duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»

Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva

le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se

puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:

--¿De modo que ruegas mucho a Dios?

Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.

--¿Qué sería de mí sin Dios?--dijo en voz baja, pero enérgica, y

dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le

estrechó la mano con fuerza.

«Vamos», pensó él, «no me engañaba».

--Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?--preguntó, deseoso de

esclarecer por completo sus dudas.

Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le

dilataba el pecho con la emoción.

--¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!--exclamó,

mirándole con cólera.

«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.

--El lo hace todo--murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.

«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff

y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación

nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida,

angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que

podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y

aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello

le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está

loca!», repetía para sí.

Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él

varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo

tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.

--¿Quién te ha dado esto?--preguntó a Sonia desde el otro lado de la

habitación.

La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:

--Me lo han prestado.

--¿Quién?

--Isabel; se lo pedí yo.

«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.

Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario.

Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.

--¿En qué parte habla de Lázaro?--preguntó bruscamente.

Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio.

Se había separado un poco de la mesa.

--¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.

La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.

--No está ahí... Está en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin

moverse de su sitio.

--Busca ese pasaje y léemelo--dijo, y después se sentó, apoyó los

codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire

sombrío, se dispuso a escuchar.

Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo

manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó

el libro.

--¿Acaso no lo ha leído usted nunca?--preguntó, mirando al joven de

soslayo.

--Sí... en mi niñez.

--¿No lo ha oído usted en la iglesia?

--Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?

--No--balbució Sonia.

Raskolnikoff sonrió.

--Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?

--Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de

_Requiem_.

--¿Por quién?

--Por Isabel; la mataron a hachazos.

Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza

se le iba.

--¿Tratabas a Isabel?

--Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era

libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.

Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas

confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?

«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la

locura»--pensó--. ¡Lee!--gritó de repente con acento irritado.

Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que

le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la

pobre «loca».

--¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?--murmuró con voz

ahogada.

--Quiero que leas--insistió él--; bien le leías a Isabel...

Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las

palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de

leer y no pudo articular la primera sílaba.

«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al

fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su

voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa.

Faltaba el aliento a su pecho oprimido.

Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia

para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más

imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven

descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía,

sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los

sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que

fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y

una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos,

no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero

veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer,

sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven

y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff...

Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que

le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del

evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.

«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la

muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió

a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús--:

Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé

ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»

La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía

temblar de nuevo su voz...

«Dícele Jesús--: Tu hermano resucitará. Marta dijo--: Yo sé que

resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: _Yo

soy la resurrección y la vida_; el que crea en Mí, aunque esté muerto,

vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente.

¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»

(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer

las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)

«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has

venido al mundo.»

Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en

seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear,

apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó

leyendo hasta el versículo 32.

«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus

pies y le dijo--: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto

mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos

que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y

turbóse y dijo--: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Señor,

ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces--: Mirad cómo

le amaba; y algunos dijeron--: ¿No podía éste, que abrió los ojos al

ciego, hacer que éste no muriese?»

Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era,

efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y

acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se

aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento

de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades

metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía

de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que

abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la

duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto

después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y

creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también,

dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora

mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.

«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una

cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús--: Quitad la piedra.

Marta, hermana del muerto, le dice--: Señor, hiede ya, que es de cuatro

días.»

Sonia subrayó la palabra cuatro.

«Jesús la respondió--: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de

Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto,

y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: ¡Padre mío,

gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas

por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que

me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz--:

¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas

Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos

atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús--:

Desatadle y dejadle ir.

»_Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían

visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El._»

La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se

levantó.

--Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro--dijo en

voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.

Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba

todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba

vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública

acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se

levantó y se acercó a Sonia.

--He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el

entrecejo.

La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza

particular, expresaba una resolución feroz.

--Hoy--prosiguió--, he renunciado a todo género de relaciones con mi

madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre

los míos y yo está ya consumada.

--¿Por qué?--preguntó asombrada Sonia.

Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había

dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al

oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una

especie de terror.

--Ahora no tengo en el mundo más que a ti--respondió él--. Partamos

juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos

juntos.

Le relampagueaban los ojos.

«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.

--¿A dónde iremos?--preguntó espantada, e involuntariamente se

interrumpió.

--¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son

los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.

Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente

para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente

desgraciado.

--Nadie te comprenderá si tú le hablas--prosiguió él--; pero yo te he

comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.

--No comprendo...--balbució Sonia.

--Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú

también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has

alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras

podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado

del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la

razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso,

pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.

--¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?--repuso Sonia extrañamente turbada

por tal lenguaje.

--¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar

seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar

como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo

ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi

loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de

Poletchka, ¿no es cosa segura?

--¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?--repitió llorando Sonia y retorciéndose

las manos.

--¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante,

ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La

libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las

criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto.

Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por

última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de

lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia

de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo

mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.

--Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?--preguntó la joven

helada de espanto.

--Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a

pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te

he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún

Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.

Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco;

pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le

iba la cabeza.

--Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus

palabras? ¡Qué extraño es!

Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.

--¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su

madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son

sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie

diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin

mí... ¡Oh Señor!

Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una

habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la

casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como

lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande

y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia

sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente,

el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido

sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el

inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió

a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza

desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo

que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que

llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida

para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante

una hora por lo menos.

V

Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó

en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer

antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele

recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver

a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero,

varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la

habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban

algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos

sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.

El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún

esbirro, algún _Argos_ misterioso encargado de vigilarle, y en el caso

oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes

estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor

caso de él. El visitante se iba tranquilizando.

--Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro

salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo,

¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de

esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese

hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no

sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver?

Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió

no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma.

Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes

se le había ocurrido cuando más inquieto estaba.

Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha,

Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se

indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo

de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible

para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le

odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se

apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo

menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su

temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el

despacho de Porfirio Petrovitch.

Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas

dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado

de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias

sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera

amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía

suponer que había otras habitaciones detrás del tabique.

En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su

gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el

joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción

dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo

risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff

ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado;

parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina.

--¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros

dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas

manos--. Vamos, siéntese usted, _batuchka_. Pero quizá no le guste a

usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo _batuchka_,

_tout court_. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad

excesiva... Siéntese... aquí, en el diván.

Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción.

«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su

familiaridad, la expresión francesa _tout court_... ¿qué quiere decir

todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado

a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza.

Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban

el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago.

--He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted.

¿Está bien así, o hay que escribir otro?

--¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está

bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas

palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo

echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien;

basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el

papel sobre la mesa.

Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa.

--Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en

debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima.

«Vamos, ¿para qué habré dicho yo _me parece_?», pensó de repente

Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo

por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo.

Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien

apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes

proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era

demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban

en aumento.

«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.»

--Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró

Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por

la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para

acercarse en seguida a la mesa.

Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se

detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.

Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento

aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota

lanzada de una pared a otra.

--No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó

ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?;

pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado

quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay

muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o

poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a

uno casa? ¿No le parece a usted?

--Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón.

--Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--.

¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante,

deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente.

La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación

suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su

vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba

ahora en su visitante.

La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción

un desafío burlón y bastante imprudente.

--¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y

complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un

principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de

cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión,

a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de

distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de

improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa

pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en

la profesión de usted?

--¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la

casa que me da el Estado, ha sido para...?

Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara,

por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron

las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía

más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando

fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y

prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también,

aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio

Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción

se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto

que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo,

y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella

alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas

de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de

Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven;

creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al

juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que

había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna

emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a

reventar de un momento a otro.

Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.

--Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que

se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el

deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra

_interrogatorio_.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene

preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me

retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He

de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por

un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se

arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera

creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo

que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una

palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que

la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--,

en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora

mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida

por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y

hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer

juntos.

--¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de

interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó

instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico.

Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de

un lado a otro de la habitación.

--Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia.

Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a

nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese

maldito reír, _batuchka_ Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy

muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación

de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de

goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento

me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en

pie?... Se lo ruego, _batuchka_, de lo contrario creeré que está usted

enfadado.

Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y

observaba; sin embargo, se sentó.

--Por lo que a mí toca, _batuchka_ Rodión Romanovitch, diré a usted

una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio

Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y

seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo,

¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que

estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión

Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en

nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres

inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se

estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden

decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados,

el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las

señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos

estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la

clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede

esto, _batuchka_? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que

somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos

a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que

desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo

tanto gusto...

Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas

fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.

«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»

--No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero,

¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una

distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas

son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, _batuchka_,

porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle;

¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es

para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos...

padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la

gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros

del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días,

la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a

los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este

formalismo, usted mismo, _batuchka_, hablaba hace poco... ¿Sabe usted,

en efecto, _batuchka_ Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios

despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar

hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no

había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo.

En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo

con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso

_mujik_, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas

extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de

asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla

(sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha

pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es

usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama

a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba

usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la

forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación

amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no

desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en

el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que

la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su

género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!

Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba

sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en

medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las

cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la

habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez

con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida

en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente

ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff

advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el

juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar

un instante... «Sin duda espera algo.»

--Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio,

mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva

desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las

burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados,

según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y

aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que

yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo

saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la

carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?

--Sí; la estudiaba.

--Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más

adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con

usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que

trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo

solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo,

pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había

de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso

a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida;

pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad?

¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más

claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión

contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así,

un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no

pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente

mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace,

porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el

procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene

usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones?

¡Ah, Dios mío! _Batuchka_, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres

cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y,

yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a

error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto

de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen

tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que

si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando

bien convencido de que es _él_, me privo de los medios ulteriores de

establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto

modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo,

le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me

escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si

por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si

no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado

de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche,

de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo

que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá

acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará

buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las

conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática

que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados

eficaces con un _mujik_ inculto, es también muy eficaz cuando se

trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo

distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué

sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno

inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que

son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué

papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se

lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me

importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un

poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a

dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero

él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas

mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan _mujiks_

groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre

ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je!

Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el

lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría

dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente.

¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de

una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la

mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas

en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no

tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más

trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su

culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre,

siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez

más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la

boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece

a usted?

Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando

el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.

«La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato

jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por

placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe

de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para

asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas

sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran

golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo

y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas

con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá

lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora

veremos qué lazo me tiendes.»

Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que

preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y

de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del

juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su

cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los

labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse

comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica.

De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que

quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra

imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.

--No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me

burlo--prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar

su risita, y había reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga

usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me

ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de

un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud,

y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia

humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la

razón le seducen. Volviendo al _caso particular_ del que veníamos

hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la

naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces

de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión

Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente

tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido

de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una

repentina metamorfosis--. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece

a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío

a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je!

Pues bien--continuó--: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una

cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el

consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la

zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele

ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas,

es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es

en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia,

la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo

usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el _caso particular_

de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera

asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su

habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente

ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar

su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la

sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera

asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza.

Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por

su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha,

y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía;

pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su

fingida comedia con _demasiada naturalidad_, y éste será otro indicio.

De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si

este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro

hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo

donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se

extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je,

je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je!

Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un

literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta

con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión

Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la

ventana?

--No se moleste usted, se lo ruego--contestó Raskolnikoff, echándose a

reír.

El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente,

soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase

calmado súbitamente, se levantó.

--Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con

dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda:

usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel.

Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree

que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame

usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí,

ni de que se me martirice.

De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron

llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más

elevado.

--¡No lo permito!--gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre

la mesa--. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!

--¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?--dijo el juez de

instrucción en apariencia muy inquieto--. ¡_Batuchka_! Rodión

Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?

--¡No lo permito!--repitió Raskolnikoff.

--¡_Batuchka_, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces,

¿qué diremos? Piense usted un poco en ello--murmuró como asustado

Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.

--¡No lo permito! ¡No lo permito!--prosiguió maquinalmente

Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser

oído por Porfirio.

Este corrió a abrir la ventana.

--Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua,

querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.

Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en

un rincón una jarra de agua.

--¡Beba usted, _batuchka_!--murmuró, aproximándose vivamente al joven

con una jarra--. Esto le sentará a usted muy bien.

El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan

poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con

tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.

--¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a

volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un

sorbo.

Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente,

Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de

parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa.

--Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted,

mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo--observó con tono

afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado--. Señor,

¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con

Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo

el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué

significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de

la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me

contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo

envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; _batuchka_; siéntese usted, por el

amor de Cristo!

--No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué

hacía esa visita--respondió sarcásticamente Raskolnikoff.

--¿Usted lo sabía?

--Sí. ¿Qué deduce usted de eso?

--Deduzco, _batuchka_, que conozco, además, otros muchos hechos y

excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de

la tarde fué usted a alquilar el _cuarto_; que se puso a tirar del

cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y

que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los _dvorniks_. ¡Oh!

comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero

no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle

loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted

motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo,

de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto

modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas

chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar

con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos

a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con

devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre

Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen

muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir

el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme,

_batuchka_, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se

lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.

Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo.

Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba

demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras

del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a

creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su

visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta

él mismo?», pensaba el joven.

--Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico

casi análogo, un caso morboso--continuó Porfirio--. Un hombre se acusó

de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa,

una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan

verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda

contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él,

este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando

supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de

tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero

criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió

que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido

de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, _batuchka_. Puede

uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los

cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En

el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta

psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa

a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted

está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su

enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de

hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted

el efecto del delirio...

Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos

daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en

este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea,

presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle.

--Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón--gritó,

en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de

Porfirio--. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted?

--Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba,

e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que

puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su

juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese

usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le

pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no

delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría

usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba

prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo

la influencia del delirio; ¿no es así?

El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo.

Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia

Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la

cara a su interlocutor.

--Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted

fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su

propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación

de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted

quien lo mandó.

Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un

escalofrío en la espina dorsal.

--Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y débil, esbozando una

sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de

antemano todas las respuestas--continuó, comprendiendo que ya no pesaba

sus palabras como debía--; usted quiere meterme miedo... o simplemente

burlarse de mí.

Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente

al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos

relámpagos de cólera violenta.

--No hace usted más que mentir--gritó--. Sabe usted perfectamente que

la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible

tener oculto. Yo no le creo a usted.

--¡Qué listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonriéndose--.

Pero en este asunto, _batuchka_, está engañado; es el efecto de la

monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea

un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo;

porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular

interés.

Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.

--Sí; yo le quiero a usted--prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el

brazo del joven por algo más arriba del codo--; vuelvo a repetírselo a

usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra

ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer

la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea

inquietudes.

--Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla

en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice?

--Pero, _batuchka_. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No

advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus

asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas

particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que,

a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas,

a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente

del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho

inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted

cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los

ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte?

En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera

debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro

punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión

de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a

hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró

usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca

de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los _dvorniks_ pidiendo que le

condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido

si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido

someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación

y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de

que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y

está ciego, se lo repito.

Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio

Petrovitch.

--Sigue usted mintiendo--vociferó el joven--. No sé cuáles son sus

intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba

usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.

--¿Que miento?--replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo

demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía

no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener

de él--. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle?

Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos

que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos

del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de

policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso,

que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido;

son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si

usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía,

no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien,

_batuchka_, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el

mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je,

je, je!

Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo:

--En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted

o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin

ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.

--¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna--replicó

Porfirio siempre con su tono zumbón--. ¿Qué necesidad tiene usted de

saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se

altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama?

¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je!

--Le repito--gritó Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible

soportar...

--¿Qué? ¿La incertidumbre?--interrumpió el juez de instrucción.

--No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no

quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?--gritó con voz de trueno

Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.

--Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente.

Tenga cuidado--murmuró Porfirio.

El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que

comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como

amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no

duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un

arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes,

aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de

bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este

pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.

--No me dejaré martirizar--murmuró--; deténgame usted, regístreme, haga

cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y

no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...

--No se inquiete usted por la forma--interrumpió Porfirio con su acento

sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo--; es

familiarmente, _batuchka_, como amigo, como he invitado a usted a que

viniera a verme.

--No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora

tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.

En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le

asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.

--¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?--dijo, riendo, el

juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de

poner a Raskolnikoff fuera de sí.

--¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?--preguntó el joven,

deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.

--Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!--y

mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación,

situada detrás del tabique--. Yo mismo la he cerrado con llave para que

no se vaya.

--¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?

Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.

--Está cerrada. He aquí la llave--y diciendo esto, el juez de

instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven.

--¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!--aulló éste, que ya no era dueño de

sí--. ¡Mientes, maldito pulchinela!

Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se

retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor.

--¡Lo comprendo todo!--vociferó Raskolnikoff--. ¡Mientes, mientes para

que yo me venda!...

--Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra,

Rodión Romanovitch! No grite, o llamo.

--¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y

has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una

confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido.

No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de

Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de

hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados.

Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar.

--¿Qué habla usted de delegados, _batuchka_? ¡Vaya unas ideas! La misma

forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de

este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero

será observada la forma, usted lo verá--murmuró Porfirio, que se había

puesto a escuchar junto a la puerta.

Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.

--¡Ah! ¿Vienen?--gritó Raskolnikoff--. ¿Los has enviado a buscar?

Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y

testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.

Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso

ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio

Petrovitch hubieran podido preverlo.

El crimen y el castigo · 第 26 / 41 题