Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción
les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando
al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era
Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento,
éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su
persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y
de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos
en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En
cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría
general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de
haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho
que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo
menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria
Alexandrovna le miraba con inquietud.
--¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven,
acercándose a su hermano.
--¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
Raskolnikoff levantó la cabeza.
--Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi
presencia.
--¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a
ofrecerle dinero?
Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con
Svidrigailoff.
A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de
Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa.
--Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando.
Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.
--Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana.
--Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo
descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite.
El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente
usted, Advocia Romanovna?
Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada.
Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto
que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto
de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque
silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz
cantante la llevaba Razumikin.
--¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--.
¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay
que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se
han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos,
quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y
como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio.
Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se
me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí
de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un
viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de
mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión
que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme
esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio
de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de
dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para
decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más
y ya está formada la asociación.
--¿Qué negocio vamos a emprender?
Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la
mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios
porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar
dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas
librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres
lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff,
que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir
a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía
proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por
aquella mentira.
--¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos
uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó,
animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho;
pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia
Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente
excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer
lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y
profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace
dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las
triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra
de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por
qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya
publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros
editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos;
pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles
de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión,
papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos
modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso,
seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.
A Dunia le brillaban los ojos.
--Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.
--Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria
Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer
aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff.
--¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia.
--Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que
no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o
seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para
comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además,
podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo
que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.
--¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en
esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente
del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y
está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo
alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes
vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas,
hombre?
--¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.
--¿En un momento como éste?--gritó Razumikin.
Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la
gorra en la mano, y se preparaba a salir.
--Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con
aire extraño.
Sonreía; ¡pero con qué risa!
--Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos
vemos--añadió de repente.
Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.
--Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas,
Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular.
--Tengo que irme--respondió el joven.
Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme
resolución.
--Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti,
Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien;
tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me
sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme
solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable...
Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme
completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías...
cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se
arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a
verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!
--¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna.
De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto
terrible.
--¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre
fuiste!--gritaba la pobre madre.
Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a
ella se le acercó Dunia.
--¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró
la joven, cuya mirada llameaba de indignación.
Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.
--No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo
que dice, y salió de la sala.
--¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia.
--¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está
loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no
tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de
la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a
Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del
cuarto.
Raskolnikoff le esperaba en el corredor.
--Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no
las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré
quizá... si hay medio... Adiós.
Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.
--¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes?
¿Cómo procedes de ese modo?
Raskolnikoff se detuvo de nuevo.
--Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte.
No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a
ellas... _no las dejes_. ¿Me comprendes?
El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de
una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se
acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de
Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma.
De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver.
Acababa de comprender la horrible verdad.
--¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se
alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso
rápido salió de la casa.
Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de
Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende
fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos
señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de
reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos
los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no
irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un
buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los
príncipes de la ciencia...
En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un
hijo y un hermano.