VARIAS veces después fuí a ver a Etchepare, que me llamaba a Bidart para
hablar conmigo.
El viejo republicano atizaba el fuego que comenzaba a arder en mi alma
con sus recuerdos del período revolucionario, y trataba de infundirme la
idea de que los jóvenes de mi edad debíamos hacer en España lo que los
Vergniaud, los Petion y los Robespierre habían hecho en Francia.
Esta idea, como era natural, halagaba mi orgullo; me daba sueños de
gloria; me hacía creerme hombre capaz de dirigir multitudes. Al mismo
tiempo comenzaba a tener una sospecha de predestinación, como todos los
ambiciosos.
Etchepare era mi confidente: le explicaba los trabajos que hacíamos en
Irún; la marcha de nuestro Aventino, y le hablaba de la gente afiliada a
la sociedad.
Varias veces, al citar a Lazcano, vi a Etchepare hacer un gesto de
molestia. Como este gesto se repetía, tuve curiosidad de saber qué
relación había habido entre los dos, y un día se lo pregunté
francamente:
--Ha conocido usted a Lazcano y Eguía, ¿verdad?
--Sí.
--¿Qué clase de hombre es?
--No creo que sea buena persona.
--Yo tampoco.
--Yo, al menos, no le recomendaría a nadie--añadió Etchepare.
--¿Qué sabe usted de él?
--Vendió y traicionó a un hombre que fué su protector y su amigo.
--Es feo delito.
--Pues él no tuvo inconveniente en cometerlo.
--¡Cuente usted! Con una persona que se presenta como amigo y
correligionario hay que saber hasta qué punto hay que llevar la
desconfianza.