De Ignacio Manuel de Altuna me habló mucho su sobrino, y me leyó varios
trozos de las _Confesiones_ de Juan Jacobo Rousseau, en donde el
escritor suizo se ocupa, con gran elogio, del joven guipuzcoano, amigo
suyo.
Hoy no se puede formar idea de lo que representaba para uno de aquellos
hombres, galómanos hasta la locura, el tener un pariente alabado por
Rousseau. Era algo así como estar en vida dentro de la inmortalidad.
A mí, como nunca me entusiasmó lo que había leído de Juan Jacobo, no me
hacía mella el que este escritor dirigiera aquellos ditirambos a su
amistad con el joven guipuzcoano.
Rousseau cuenta en las _Confesiones_ cómo conoció a Altuna en Venecia:
lo describe alto y bien formado, de tez blanca, de mejillas sonrosadas,
de pelo castaño casi rubio. Añade que, a pesar de ser religioso, era muy
tolerante; que tenía distribuídas las horas del día para el estudio y
que lo comprendía todo.
Altuna, desde Azcoitia, donde vivía, invitó a Rousseau a ir a refugiarse
a Ibarluce, quinta de su propiedad, en el Ayuntamiento de Urrestilla,
cerca de Azpeitia.
El marqués de Narros, que tenía simpatía por los enciclopedistas, pidió
al Gobierno su beneplácito para que Rousseau pudiera instalarse en
España, y el Gobierno lo concedió; pero el Santo Oficio intervino y puso
como condición que el escritor se retractase de las doctrinas o
proposiciones que la Inquisición había censurado en sus libros, a lo
cual Rousseau no se avino.
Rousseau sobrevivió a Altuna, el cual murió joven. El filósofo conservó
un recuerdo muy romántico de su amigo el azcoitiano. Con esta frase
resume la idea que tenía de él: «Ignacio Emmanuel de Altuna etoit un de
ces hommes rares que l'Espagne seule produit, et qu'elle produit trop
peu pour sa gloire».
Por encima de todos estos motivos de orgullo, tenía Lazcano y Eguía el
de haber estado en Francia en la época de la Revolución y presenciado
las jornadas del Terror, en París.
Lazcano me solía hablar de aquella ebullición de la gran ciudad,
hirviente de clubs, borracha de sangre, de gloria y de retórica, cuando
montañeses y girondinos luchaban por el predominio y el Gobierno de la
_Commune_ aspiraba a la dictadura.
En las dos o tres temporadas que Lazcano y Eguía estuvo en Irún vino a
todas horas a mi casa.
Aunque no me era simpático, le oía con mucho gusto.
A mis amigos del Aventino les parecía odioso. Realmente, tenía un
carácter absorbente, de hombre vanidoso y pagado de sí mismo. Con el que
no conocía tomaba unos aires de superioridad desagradables.
Se creía, además, muy conquistador. Para él no había mujer que no fuera
abordable. Inmediatamente que veía una, casada o soltera, ya estaba como
un gallo. Esto le produjo bastantes conflictos y algunas riñas y
palizas.