Uno de los emisarios que pasó por Irún y estuvo en mi casa fué un señor
de alguna edad que se llamaba don Rafael Lazcano y Eguía.
Lazcano y Eguía llevaba, la primera vez que pasó por Irún, una carta
para el marqués de Beauharnais, entonces embajador de Francia en Madrid,
y por lo que dijo tenía la misión de visitar las nacientes logias
masónicas de España.
Lazcano blasonaba de liberal y de jacobino; pero siempre estaba luciendo
su parentesco. El marqués de Tal, que es mi primo; Fulano, que es mi
pariente...
Tan pronto se jactaba Lazcano de ser aristócrata como de revolucionario;
pero la idea que no variaba en él, la que le caracterizaba, era creer
que todo el que no conociera el París de la Revolución era un pobre
hombre.
Sólo el que hubiese presenciado las escenas revolucionarias parisienses
podía hablar y estar enterado de las cosas.
Una parecida petulancia tuvieron años después los afrancesados, que se
consideraban los únicos guardadores de las buenas ideas liberales, lo
que no fué obstáculo para que se hicieran reaccionarios al poco tiempo.
Lazcano y Eguía era por entonces, cuando yo le conocí, hombre de unos
cincuenta años, alto, de muy buen aspecto. Vestía chaleco rojo de solapa
ancha y casaca de seda lisa, larga, de color castaña, estilo Directorio.
Lazcano era sobrino de los dos enciclopedistas más notables de
Guipúzcoa: de don Joaquín de Eguía y de Ignacio Manuel de Altuna.
Lazcano había estudiado en el colegio de Vergara, y, como todos los que
cursaron en aquellas cátedras, por entonces célebres, era entusiasta de
Francia y de sus hombres.
Inmediatamente que pudo se largó a París. Allí conoció a lo más ilustre
del elemento enciclopedista y se hizo amigo de la juventud dorada.
Tenía en París a su tío Eguía y Corral, un tipo excéntrico, que en
treinta años de vida parisiense apenas salió de las galerías del Palais
Royal, donde, según él, se encontraban todas las cosas necesarias y
agradables para el cuerpo y para el espíritu, menos aquellas que no
hacen falta para nada, o sean las boticas y las iglesias.