LA CALLE

Por estas callejuelas del viejo Madrid se respiraba entonces un vaho

espeso de pueblo bajo, de manolería violenta, desgarrada, desvergonzada.

En aquellos tiempos, la Puerta de Moros y la plaza del Alamillo eran tan

peligrosas como las cañadas de Sierra Morena. En estas callejuelas

madrileñas privaba la majeza, el desplante, la frase dura, el chiste

burlón y agresivo. Allí se le daba una puñalada a uno en menos que canta

un gallo, y se le pintaba un jabeque al lucero del alba. Entonces, la

gente pobre de Madrid era completamente salvaje, y se vivía en las casas

de los barrios bajos como en las cuevas de los gitanos.

Madrid era una gran Corte de los Milagros.

Por todas partes se veían mendigos, tullidos que mostraban sus

deformidades y sus llagas; ciegos que entonaban una cantilena

lamentable; procesiones y rosarios. Hasta los más metafísicos misterios

del catolicismo servían para ser cantados al son de la vihuela; y los

romances de los bandidos alternaban con la vida de los santos y las

relaciones de los milagros más despampanantes.

No había esquinazo que no se empapelara con noticias de novenas,

vísperas y trisagios; ni calle en donde faltara un momento la agradable

perspectiva del cogote de un fraile.

Hoy no se puede tener idea de lo que era aquel Madrid; habría que dar

muchos detalles para poder formarse un concepto aproximado a la

realidad.

Entre las solemnidades ceremoniosas de mi casa y la abigarrada majeza

del arroyo estaba yo como el alma de Garibay, más cerca por mis gustos

de la chulapería callejera que de la majestuosa severidad de mi hogar.

El aprendiz de conspirador · 第 130 / 204 题