Mi padre, que, como he dicho, era de Vergara, no podía aceptar la
supremacía de ninguna otra ciudad sobre la suya; pero no tenía más
remedio que reconocer que Azcoitia había sido la primera en comenzar el
movimiento filosófico en las Vascongadas y aun en España.
Realmente, el seminario de Vergara era un centro científico
importantísimo. Después de la expulsión de los jesuítas, los
enciclopedistas y afrancesados de Azcoitia se apoderaron del colegio de
Vergara, e hicieron de él el foco de las nuevas ideas. Mientras los
frailes en Salamanca explicaban una Física y una Química con
procedimientos teológicos, en Vergara se empleaban aparatos, se hacían
experiencias.
En Filosofía y en Derecho natural se profesaban ideas modernísimas.
Vergara había discutido con Beasain acerca del nacimiento de San Martín
de Aguirre, a quien los unos tenían por vergarés y los otros por natural
de Loynaz, y el Papa, elegido como árbitro, dió en una bula la razón al
seminario guipuzcoano.
Parecerá absurdo que a un chico que vivía en Madrid se le pusiesen como
modelos de centros de cultura dos pueblos pequeños como Azcoitia y
Vergara; pero hay que tener en cuenta que entonces Madrid era uno de los
lugares más atrasados y más bárbaros de España.
Tanto me hablaban mi padre y mi padrino de estos dos pueblos, que yo me
los figuraba como un sitio en donde los hombres más viejos, con sus
barbas blancas, iban a la escuela.
Muchas veces las ideas nuevas, en vez de destruir las viejas, les sirven
como de cuña. Así pasaba en mi casa. Parecía que el liberalismo de mi
padre había llegado a dar a mi familia un carácter más tradicional.
Aquella casa tenía aire de santuario; todas las pequeñas prácticas de la
vida tomaban allí un tinte religioso. Conversar, escribir una carta, dar
los días, eran actos solemnes. El rezar el rosario por las noches y el
ir a misa los domingos, eran ya ceremonias llenas de unción y de
santidad.
Al lado de este ambiente de respetabilidad que respiraba en mi casa,
tenía el aire de la calle madrileña un cierzo de las Vistillas y de
Puerta de Moros, de la Cuesta de la Vega y de Lavapiés, que cortaba como
una navaja de afeitar.