El capitán comenzó a interrogar al hombre de la zamarra; pero éste, por
exceso de astucia, quiso hacerse el tonto. El capitán se picó al ver que
el mendigo se le escabullía por entre los dedos, y fué acorralándole a
preguntas. A veces, las contestaciones maliciosas y los subterfugios del
viejo hicieron arrancar una carcajada a los oficiales.
En esto, abriéndose paso por entre los soldados, se presentó ante el
tribunal un hombre con facha de labriego. Ni Aviraneta ni Leguía le
reconocieron; era uno de los que habían estado la noche anterior en el
parador del Vizcaíno, el compañero del asesinado por la banda del hombre
de la zamarra.
--¿Quién es usted y qué quiere?--preguntó Zurbano, al verle.
--Vengo a declarar--dijo el labriego--. Ayer noche, un compañero mío,
tratante en granos, y yo fuimos al parador del Vizcaíno, de Laguardia.
Nos pusieron a los dos a dormir en el mismo cuarto. A media noche me
desperté sobresaltado, y me encontré con cinco hombres que me ataron y
me amenazaron con las navajas si daba un grito. Aquellos hombres
acababan de matar en la cama a mi compañero; entre los asesinos estaban
estos dos.
--¡Miente!--gritó el hombre de la zamarra--. Ese día yo no estaba en
Laguardia.
--Digo la verdad--afirmó el labriego.
--¿Los reconoce usted a los dos? ¿Tiene usted la seguridad de que son
ellos?--preguntó Zurbano, señalando al de la zamarra y al Raposo.
--Sí, señor; la seguridad absoluta.
--Está bien. No hay más que hablar. Retírese usted, buen hombre. Se hará
justicia. La señora y el caballero, que vayan escoltados al depósito de
Logroño. A estos dos granujas pegarles cuatro tiros delante de esa
tapia.
El hombre de la zamarra, al oir esto, dió un salto y se echó para atrás;
derribó a tres o cuatro soldados; pero no pudo salir y cayó al suelo.
Allí se defendió como una fiera, pateando, mordiendo, hasta que le
sujetaron y le ataron los brazos. El Raposo, sin que nadie se diera
cuenta, se escabulló como una rata y comenzó a correr a campo traviesa.
Los soldados le dispararon una descarga y cayó a cuarenta o cincuenta
metros; pero poco después se levantó y echó a correr.
El hombre de la zamarra presenció la fuga de su compañero. Cuando le
mandaron avanzar por la carretera, para fusilarle, estaba transfigurado.
Se veía vencido; pero esto le daba una gran energía.
--¡Canallas! ¡Cobardes! Por mucho que me matéis yo he matado más de los
vuestros--gritaba.
--¡Anda! ¡Anda! Que te vamos a dar para vino--le decía un soldado joven,
riendo.
Al pasar por delante de Aviraneta, el hombre de la zamarra le miró
fijamente y exclamó:
--Señor de Aviraneta. Cada cual trabaja por sus ideas, a su manera,
¿verdad?
Aviraneta no dijo nada.
La patrulla que llevaba al que iban a fusilar se alejó.
Al poco rato se oyó una descarga; poco después un tiro suelto, y luego,
otro.
--Ya lo han rematado--dijo un soldado viejo a Leguía.
--En fin, un enemigo menos--murmuró Aviraneta.
Aviraneta y Leguía montaron en la silla de postas y cruzaron por entre
los soldados de Zurbano.
--¿Habrá usted presenciado muchas escenas de éstas, eh, don
Eugenio?--preguntó Leguía.
--¡Figúrate! Cuando estemos tranquilos, y si no te aburre, te contaré
algunos episodios de mi vida.
--¿Aburrirme? ¡Nada de eso! Le escucharé a usted con mucho gusto.
La silla de postas marchó a tomar la carretera de Haro, y de allí siguió
en dirección a Miranda de Ebro.