La discusión siguió así, en el mismo tono extremado y agresivo. Los
demás oían y callaban, presenciando el duelo. Estaban frente a frente el
torero y el toro, el cazador y la fiera, la violencia impulsiva de
Zurbano ante la energía serena de Aviraneta.
No era posible dar una idea de la actitud y de las palabras de Zurbano;
acostumbrado a mandar, la resistencia le irritaba; hablaba, accionaba,
daba puñetazos en la mesa, se revolvía furioso; quería oir y, al mismo
tiempo, acogotar al contrincante.
Aquel hombre era un admirable ejemplar de la violencia ibérica; su alma
inquieta, tumultuosa, tenía algo de volcán en perpetua erupción.
Era el fiero cántabro, violento, exaltado, con un valor que llegaba a la
temeridad, a la tendencia suicida, con una confianza grande en su
estrella.
Esta confianza le hacía emprender aventuras absurdas. Una de ellas se la
contó Mecolalde a Leguía en un alto de la discusión.
Unos meses antes, en Noviembre del año anterior, habían salido de noche
unos doscientos hombres del batallón de Zurbano, desde Vitoria.
Al llegar cerca de Salvatierra, Zurbano dejó el grueso principal de la
fuerza en una altura, viendo que el terreno que se presentaba ante ellos
era pantanoso, y con veinte jinetes y doce infantes se metió
sigilosamente en Zalduendo, ocupado por los carlistas. Zurbano sabía
dónde estaba alojado el general Iturralde, y solo, envuelto en el
capote, se dirigió hacia la casa. «Buenas noches», le dijo el centinela.
«Buenas noches», le contestó el soldado.
Zurbano entró en el portal, subió la escalera, recorrió un pasillo y
llegó a un cuarto donde unos veinte hombres, la mayoría oficiales
carlistas, estaban jugando al monte.
El banquero tenía suerte: iba acumulando delante de sí una gran cantidad
de plata y de billetes. Dió las cartas, y viendo que Zurbano no
apuntaba, le dijo:
--¿Y usted no juega, compañero?
--Yo copo--dijo Zurbano; y se levantó y extendió la mano sobre la mesa.
--¿Quién es este hombre?--gritó Iturralde.
--¡Soy Martín Zurbano! Todo el mundo queda preso. Y sacó un trabuco que
llevaba escondido debajo del capote.
Los jugadores quedaron sorprendidos; Martín, valiéndose de su sorpresa,
se asomó al balcón y dijo a Mecolalde: «¡Eh, vosotros, venid arriba!»
Así prendió Zurbano al mariscal de campo del ejército carlista don
Francisco Iturralde, a su mujer, a su hijo, a cinco oficiales y a
cincuenta y cuatro personas más.
Estas gatadas eran frecuentes en el guerrillero riojano, que vivía sólo
para la guerra, para la emboscada, para la sorpresa.
Aquel hombre, por lo que dijo Mecolalde, era insensible a los placeres
materiales; no comía ni dormía. Era de una austeridad furiosa y salvaje.
Para que su genio fuera más irascible, padecía del estómago, y la
enfermedad daba a su rostro, largo y fino, unas arrugas de melancolía;
sus ojos, grises y azulados, brillaban con furor; la boca, de labios
pálidos y rectos, denotaban un carácter de crueldad y de energía.
Siempre vibrante, siempre amenazador, Zurbano hablaba con un fuego
extraordinario, con una elocuencia incorrecta, y a veces incoherente.
En aquel duelo de palabras entablado en el comedor de la fonda,
Aviraneta se batía a la defensiva; parecía un aguilucho resistiendo las
embestidas de un jabalí.
De pronto, los dos contrincantes se pusieron de acuerdo, pensando en la
patria futura. Zurbano entreveía en el porvenir un mundo de justicia y
de bondad, sin guerras, sin enemigos, sin violencias; Aviraneta estaba
conforme; pero, para acercarse a aquel ideal, los dos consideraban que
había de seguirse distinto camino. El uno creía que era indispensable
marchar de frente, aniquilando las torpezas y las mentiras dejadas por
el pasado; el otro pensaba que había que tomar por el atajo y atacar al
enemigo de soslayo, cuando no se pudiese cara a cara.