HUBO un momento de silencio.
--Creo que te engañas, Zurbano--dijo Aviraneta, secamente.
--El que se engaña eres tú, Aviraneta--replicó Zurbano.
--Suponer que la mala fe está sólo en los políticos es un absurdo.
--¿Piensas tú que los políticos españoles son buenos?
--No. ¡Cómo voy a pensar eso! Sé que son malos; pero sé que tienen
muchos de ellos tanta buena fe como los de los demás países.
--Entonces no comprendo por qué lo hacen mal.
--Lo hacen mal porque en España es imposible hacerlo bien. Los políticos
son malos cuando el país es malo.
--No, no. España no es peor que otra nación.
--No será peor individualmente; lo es colectivamente.
--No entiendo eso. Me parece lo que dices una de esas frases de político
que no quieren decir nada.
--Un hombre puede ser buen hombre y mal ciudadano.
--Cuando se es mal ciudadano se es mal hombre--contestó Zurbano, dando
un puñetazo en la mesa.
--No. Un Cristo que viviera entre nosotros, sería un buen hombre, sería
un mal ciudadano.
--Argucias.
--Razones.
--Di lo que quieras. Yo estoy convencido de que son los políticos los
que nos matan. ¿Por qué no se acaba la guerra civil? Por ellos.
--Por ellos y por los generales, que se odian--replicó Aviraneta--. Hace
unos meses estaba yo en Arcos de la Frontera, y veía cómo dos generales
del ejército liberal, Alaix y Narváez, no sólo no se ayudaban nunca,
sino que hacían lo posible para que los carlistas de Gómez derrotasen a
las tropas de su compañero y rival. Y esto de las rivalidades es lo más
digno que pasa entre ellos. No hablemos de lo más indigno.
--Y ¿por qué no se habla claro en ese Congreso?--preguntó Zurbano--.
¿Por qué no se dice la verdad? Eso no es un Congreso; es un charco de
ranas.
--Aunque fuera un estanque de cisnes sería lo mismo.
--Aquí se necesita un hombre, Aviraneta.
--Aquí se necesita un pueblo, Zurbano.
--Yo estoy convencido de que en España, hoy, lo mejor sería una
dictadura militar, una dictadura de un hombre justo, valiente, que
supiese sentar las costillas a todo el que quisiera salirse de la ley.
--No, Martín--contestó Aviraneta--; no estoy conforme. España no
necesita más que una dictadura: la de la justicia, la de la
inteligencia, la de la libertad. Nada de fuerza, nada de soldados que
quieran imitar a Napoleón. El Poder civil debe estar siempre por encima
del Poder militar. El Ejército no debe ser más que el brazo de la
nación, nunca la cabeza.