AVIRANETA PIDE AUXILIO

--Creo que vamos a poder dormir aquí--dijo Leguía, frotándose las manos.

Acababa de decir esto cuando se oyeron pasos en la alcoba próxima, y

después sonaron tres o cuatro puñetazos en el tabique. Alguno lo

sondeaba, sin duda, suponiendo que sería más fácil entrar por él en el

cuarto, abriendo un agujero. Aviraneta, de pronto, cogió la lámpara y se

acercó a mirar las paredes. Luego dejó la luz en el velador, y

rápidamente tomó el fusil, salió a la ventana y disparó al aire. En

aquel momento se oyó el alerta de un centinela.

El hombre de la zamarra y su gente debieron quedar sorprendidos por el

disparo.

El centinela de la muralla lanzó un grito de alarma y disparó también.

Leguía le miraba a Aviraneta, asombrado. Aquel hombre parecía haber

perdido de repente su sangre fría.

--Habrá que descolgarse--dijo varias veces.

Aviraneta esperó unos segundos; luego, sacando el cuerpo por la ventana,

comenzó a gritar:

--¡Sargento! No son más que tres o cuatro. Que rodeen la casa, y los

cogen.

Los asaltantes se creyeron presos; echaron las herramientas, bajaron las

escaleras y huyeron. Aviraneta salió del cuarto y desde el balcón del

comedor les disparó un tiro. Tardó más de media hora en llegar la

patrulla. Venía un pelotón de treinta soldados con un sargento.

Aviraneta salió a recibirlos, y volvió poco después a la sala, donde

había quedado Leguía.

--La verdad--dijo Pello, al verle--, no he comprendido esta última

maniobra.

--¿No?--preguntó Aviraneta, sonriendo y liando su cordón de seda verde

sobre la hoja afilada del puñal.

--No. ¿Para qué pedir auxilio sin necesidad? ¿No nos bastábamos nosotros

para defendernos? Creo que ha hecho usted una tontería, don Eugenio.

Aviraneta no respondió. Cogió la lámpara e invitó a Leguía a entrar en

la alcoba interior, contigua a la que habían estado ellos; luego penetró

hasta el fondo del cuarto, se acercó a la pared, dió un empujón y abrió

una puerta de escape que comunicaba las dos alcobas.

--¿Y cómo ha notado usted que había esto?--dijo Pello.

--Cuando uno de ellos comenzó a golpear el tabique, inmediatamente se me

vino la idea de si habría alguna comunicación; cogí la luz, y vi el

marco de la puerta rebozado de cal; antes de que el que golpeaba llegara

al fondo de la alcoba con su sondeo y notara la puerta, disparé. Me

pareció mejor que descolgarse y andar por el campo cogiendo el relente.

--Retiro lo de la tontería, don Eugenio. Es usted un hombre de recursos.

Aviraneta sonrió, satisfecho.

El aprendiz de conspirador · 第 93 / 204 题