Una vez, algunos burlones, probablemente carlistas, soltaron de noche
dos perros con una lata vacía de petróleo atada a la cola; al estrépito,
las cornetas tocaron alarma, y se alborotó la ciudad y la guarnición.
Se sospechó del criado de una taberna y de algunos amigos suyos; y como
el coronel del regimiento había mandado a un capitán hacer indagaciones
para averiguar a los autores de la broma, tres o cuatro mozos, sobre los
cuales recaían sospechas, tuvieron a bien largarse.
En general, por la noche solamente quedaba habilitada para entrar y
salir en la ciudad la puerta de San Juan. Como no había caseríos lejos
ni gran seguridad en las afueras, pasada la hora de la queda nadie salía
de Laguardia, y únicamente, en casos raros, era indispensable abrir la
puerta a los paisanos.