A pesar de que su tío le propuso ir a vivir con él, Pello no aceptó;
deseaba desde el principio gozar de alguna independencia, y se fué de
pupilo a una casa de huéspedes, donde solían alojarse varios oficiales
de la guarnición.
El tío José Juan era una excelente persona; la prima Anita se
manifestaba muy amable con Pello; pero éste se guardó muy bien en los
días sucesivos de galantearla; sus pensamientos íntegros estaban
dedicados a Corito.
Pello hizo efecto en Laguardia. Corito le presentó a las personas de más
viso de la ciudad. Conocía, a poco de llegar, a toda la aristocracia
laguardiense. Iba a la tertulia de las señoras de la Piscina, a casa de
los Ribavellosa y Manso de Zúñiga. Era el _dandy_ de la Laguardia.
Durante el día, Pello trabajaba, y por las tardes, al anochecer, tenía
tiempo de pasear. Con mucha frecuencia daba la vuelta al pueblo,
alrededor de las amarillentas murallas.
El contemplar aquella gran explanada desde el cerro donde se levanta la
ciudad le producía a Pello una impresión de vida andariega y aventurera
que le encantaba. Recorrer tierras y tierras a caballo, cambiar de
paisajes constantemente, comer aquí, dormir allá, no volver nunca la
mirada atrás, éste hubiera sido su ideal.
Muchas veces, abandonando el libro Mayor y tomando las riendas, en el
cochecito de su tío iba a Logroño, a El Ciego, a La Bastida, a Viana,
para los negocios de vinos de la casa, y con frecuencia tenía que verse
con los jefes del ejército.
Los domingos, por la tarde, Pello acompañaba a Corito y a sus amigas a
dar la vuelta al pueblo, alrededor de las murallas; paseo que no dejaba
de tener sus inconvenientes, porque a veces disparaban los carlistas al
bulto, desde lejos, y llegaba alguna bala perdida.