AL AZAR

Pello dió unos cuantos pasos y pensó si uno de los senos profundos de la

casualidad se encontraría siguiendo a aquella muchacha tan bonita que

tanta impresión le había causado.

De pronto se decidió, y sin vacilar entró en el despacho del

consignatario.

--¿A qué hora sale el barco?--preguntó, con aire de indiferencia.

--¿Qué barco?--dijo uno que escribía detrás de la ventanilla, en tono

brusco.

--El barco que han tomado esta señora y esta señorita.

--¿Va usted con ellas?

--Sí; soy de la familia.

--¿A Santander?

--Sí. A Santander.

--¿Un pasaje de primera?

--Eso es.

El de la oficina escribió algo en unos papeles; Leguía sacó el dinero

que le pidieron, lo dejó en la ventanilla y se fué a la calle.

--Cualquiera diría que acabo de hacer un disparate--murmuró Pello--, y

¿quién sabe?; quizá sea lo único prudente que he hecho hasta ahora.

Además, que lo mismo da vivir aquí que en otra parte.

Leguía fué a su casa; comió, escribió una carta al principal y comenzó a

hacer su maleta.

--Realmente--se dijo--, todas estas cosas son inútiles. Dejemos la

maleta, dejemos la carta y vamos a tomar el barco.

Pello se presentó en el muelle, entró en el vapor y se sentó a tomar

café. Poco después llegaban las viajeras.

El vapor, de ruedas, empezó a echar bocanadas de humo por su alta

chimenea; funcionaron las paletas y el barco salió del puerto y comenzó

a dirigirse por entre las puntas.

Al dejar la bahía, como la mar estaba gruesa, algunos de los pasajeros,

entre ellos la vieja que acompañaba a la niña, se marearon. Pello se

mostró servicial e impasible. La muchachita se rió al ver a este joven

alto, flemático y atento que la miraba sin pestañear. Creía haberle

visto en San Sebastián; pero no estaba muy segura.

A las dos horas de estar en el barco cambiaron algunas palabras.

--¿Van ustedes a Santander?--les preguntó Leguía.

--Sí; de allí vamos a ir a Laguardia--contestó ella.

--¿A Laguardia de Alava?

--Sí.

--¡Cosa extraña!

--¿Por qué?

--Porque yo también voy allí.

--Nosotras vamos a quedarnos unos días en Vitoria.

--¿En Vitoria?

--Sí; ¿tiene usted algún pariente también en Vitoria?

--No; pero si a ustedes no les molesta, me quedaré unos días

acompañándolas--contestó Pello, atrevidamente.

La muchacha se rió y no dijo nada. Pello recordó que tenía un tío

segundo, cosechero, en Laguardia, a quien había escrito, por orden de su

principal, desde San Sebastián, pidiéndole vinos, y mentalmente murmuró:

--Mi calaverada va a parecer el viaje de un comisionista. La verdad es

que las personas serias como yo no pueden hacer disparates.

Llegaron a Santander. La niña y la vieja fueron a una de las mejores

fondas del pueblo y Leguía hizo lo mismo.

A pesar de que se veían en la mesa, la muchacha decidió no hablar

mientras estuviese en Santander con Pello. Este supo que la niña se

llamaba Corito Arteaga, y, a pesar de la filosofía del joven enamorado,

el descubrimiento le pareció importantísimo.

Al día siguiente, la vieja y la niña, y Pello de edecán, salieron en

coche para Vitoria. Allí, Corito tenía algunas amigas; Pello ganó

terreno, y la acompañó, con la vieja criada, por las calles y paseos de

la ciudad alavesa.

Cuando decidió Corito ir a Laguardia, las personas conocidas le

advirtieron que no intentara marchar por el camino recto, porque estaba

ocupado por los carlistas; pero ella dijo que iba a casa de su pariente

Ramírez de la Piscina, hombre de gran influencia en el partido de Don

Carlos, y que no le asustaba pasar por en medio de las balas.

--¿Usted vendrá?--le preguntó Corito a Leguía.

--Naturalmente.

En el camino, Corito y Pello se hicieron muy amigos.

Corito contó que su padre había muerto en el mar, al volver de Méjico, y

su madre en Francia; y dijo que no tenía más parientes que Ramírez de la

Piscina, y un amigo íntimo de su padre, a quien ella llamaba su padrino,

y que vivía en Madrid.

Pello dijo quién era y lo que hacía. Después hablaron de la gente de San

Sebastián, de los teatros, de las personas que conocían uno y otro;

luego, de los libros que habían leído, y Corito contó su vida en el

colegio de Angulema. De pronto, Pello preguntó:

--¿Y va usted a estar mucho tiempo en Laguardia?

--Sí; creo que sí--contestó Corito--. ¿Y usted?

--Yo, probablemente, también.

En este momento fué cuando el coche se rompió, y tuvieron que quedarse

los viajeros a pie, en Peñacerrada.

V

El aprendiz de conspirador · 第 32 / 204 题