Fermín Leguía estaba convencido de que podía contar con sus amigos para
toda empresa liberal, y como era inquieto y audaz, cuando los
constitucionales españoles, presididos por Espoz y Mina, se reunieron en
Bayona en 1830 y acordaron invadir España por cuatro o cinco puntos y
restaurar la Constitución, Fermín se ofreció a Mina para entrar el
primero con sus amigos, por el boquete de Vera.
Mina aceptó, y Fermín Leguía fué formando sus huestes. Anduvo de caserío
en caserío, sacando mozos y llevándolos a Francia. La gente decía que el
dinero con que contaba se lo prestaban los judíos liberales de Bayona.
Leguía llegó a reunir cincuenta o sesenta hombres, armados con
escopetas. Entre ellos había diez o doce vasco-franceses; los demás eran
campesinos de la montaña de Navarra y de Guipúzcoa.
En Vera se sabía quiénes estaban con él, y se citaba a Pedro Mari, el
padre de Pello; a Zugarramurdi, el contrabandista; a Martín Belarra; a
Erauste, a Landáburu; a Landachipia y a otros, entre ellos el leñador de
Antula, hombre éste atrevido y valiente, gran cazador de jabalíes, de
quien la canción popular dijo, después de la intentona fracasada de
Fermín:
Antula dutelaric
guizón fierrá
iñoiz ez du bildurric
joateco anciñá
(Contaban con Antula, hombre fuerte, que nunca tuvo miedo para ir
adelante.)
Leguía citó a sus hombres en Oleta, y al día siguiente, al compás de un
tambor destemplado, marcharon hacia España. Era una tropa de un aspecto
y de una indumentaria poco común. Algunos vestían como ciudadanos, de
negro y sombrero de copa; otros, de campesinos, con pantalón corto,
abarcas y boína; no faltaban dos o tres con anguarinas pardas, y otros,
con esa prenda céltica, especie de dalmática con capucha, que los
pastores vascos llaman _capusay_.
Los expedicionarios, al llegar a la frontera, tomaron por la regata de
Inzola, un arroyo que baja a Francia, cubierto de árboles espesos, cerca
del cual había antes una vieja ferrería. De la regata de Inzola salieron
a una abertura del monte, conocida en vascuence por Usateguieta, y en
castellano por el Portillo de Napoleón. Esta abertura se encuentra entre
dos altos, uno denominado Ardizaco y el otro Artziña o pico del Águila.
En el Portillo de Napoleón comienza una calzada de piedra, que parece
que es una calzada romana, pero que, según tradición popular, fué hecha
por los franceses durante la guerra de la Independencia para pasar los
cañones de los ejércitos imperiales.
Por esta calzada bajaron Leguía y su gente hasta un arroyo que se llama
Shantellerreca, y al divisar el caserío de Truquenecoborda, mientras los
unos seguían el camino, los otros se desplegaron en guerrilla hacia
Ezpondecoborda. En vista de que no había enemigos se reunieron todos
delante de la primera casa de Alzate, un caserón antiguo, denominado
Itzea, colocado a la izquierda del camino.
Leguía mandó formar a sus hombres en la plazoleta que hay delante de
este caserón.
Era día de fiesta. Hacía un tiempo brumoso y obscuro; no se veía a
cuatro pasos; por entre la bruma llegaban tristes las campanadas de la
iglesia de Vera. Algunos hombres y mujeres, que volvían de misa,
quedaron asombrados al ver aquella tropa formada.
Leguía mandó a veinte hombres que fueran por un maizal hasta la calle de
Alzate, a ver si había gente apostada en el fortín. Los veinte hombres,
pasando un puentecillo, se alejaron entre la bruma, metiéndose por en
medio de los maíces secos.
Estaban los hombres de Leguía en la plazoleta de Itzea cuando la dueña
de esta casa, doña Josefa Antonia de Sanjuanena abrió el portal y llamó
a Fermín.
Doña Josefa Antonia era una viejecita soltera, que vivía sola en aquella
antigua casa, y que se dedicaba por entretenimiento a enseñar labores a
las muchachas de los caseríos.
--¿Qué haces, chico, con estos hombres?--le preguntó doña Pepita a
Fermín, a quien conocía desde niño.
--Aquí estamos, a ver si de una vez establecemos la Constitución en
España.
--Pero estáis locos. ¡Con tan poca gente! ¿Queréis algo? ¿Vino? ¿Queréis
almorzar?
--Luego, luego. Ahora retírese usted, doña Pepita--dijo Fermín.
Poco después se vió a los hombres que habían ido hacia el puente que
volvían perseguidos. Los carabineros del resguardo se acercaron a Itzea
y dispararon algunos tiros, y Leguía, imprudentemente, mandó contestar a
su tropa. Con esto desobedecía las órdenes de Mina, que esperaba atraer
a los carabineros a su bando.
Leguía, por la tarde, entró en Vera, y desde allí esperó a que llegaran
Mina y Jáuregui; pasaron los dos, con sus tropas, hacia Irún; el coronel
Valdés y López Baños quedaron en Vera, donde se batieron heroicamente
con los realistas. Al cuarto día se supo que la expedición había
fracasado por completo; Fermín y sus amigos, viendo la empresa perdida,
disolvieron sus huestes, y unos cuantos, entre ellos el padre de Pello,
se escondieron en el caserío Urrola, sin entrar en Francia, porque las
tropas del general Llauder habían avanzado hasta cerrar todos los pasos
de la frontera.