UN PUEBLO TRISTE

Leguía se acercó a la tapia; dejó el caballo atado a una rama, y saltó

por encima de un obstáculo formado por palos y piedras. Salió a un

callejón estrecho, cerrado entre dos casas por una pared de poca altura.

Escaló ésta, y se encontró en una calleja en cuesta, sucia y desierta.

No había un alma; sólo un campesino apareció, a medias, a la puerta de

la casa; Leguía se acercó a él; pero el campesino, asustado, cerró la

puerta.

Leguía llamó.

--¿Qué quiere usted?--dijeron de adentro.

--¿Dónde está la posada?

--¡La posada!--preguntó la voz con asombro.

--Sí; la posada.

--Ahí, en la plaza estaba.

Siguió Leguía por la callejuela a una plaza triste, mísera y llena de

charcos. Los balcones y ventanas de las casas estaban cerradas con

tablas y con paja; dominaba un silencio angustioso, sólo interrumpido

por las ráfagas de viento, que hacían golpear la puerta de la iglesia en

la apolillada jamba.

Leguía encontró la posada, o lo que había sido posada, y entró en ella.

Pasó a un zaguán, obscuro y húmedo, que comunicaba con un patio pequeño,

cubierto de estiércol. Una escalera, estrecha y negra, subía al piso

principal. Leguía llamó, dió palmadas; no apareció nadie. Sólo un gato

maullaba, desesperado.

De pronto, en el aire estalló el sonido estridente de una corneta.

Leguía bajó al portal y vió un pelotón de soldados que desembocaba en la

plaza.

Era una gente sucia, desarrapada, de malísimo aspecto; aquellos tipos no

eran para inspirar confianza, ni mucho menos; Leguía, instintivamente,

se retiró del portal. Vió cómo los soldados entraban en la iglesia, en

donde debían tener su alojamiento.

Cuando la plaza quedó de nuevo desierta, Leguía salió de la posada,

recorrió la callejuela y entró por el pasadizo entre dos casas por donde

había venido, saltó por encima de la tapia y se encontró con el de

Oyarzum.

--¿Qué, encontró usted posada?--le preguntó el paisano.

--No; me marcho.

Leguía dió al de Oyarzum la única peseta que tenía en el bolsillo, cogió

el caballo, montó en él, y por el fangal del camino salió de nuevo a la

carretera, tan elegante y tan pulcro como había entrado.

--¿Podemos ir?--preguntaron la muchacha y la vieja, al mismo tiempo, al

ver a Leguía.

--No, no. Imposible. Es un lugar infecto, sucio, negro, con carlistas

desarrapados. Creo que lo mejor es largarse de aquí cuanto antes.

--Nada, vamos a Laguardia--dijo la muchacha.

--Nos vamos a perder en el monte, ¡Dios mío!--exclamó la vieja.

--Creo que no hay más que seguir la carretera--repuso Leguía--. ¡Si el

cochero nos dejase los tres caballos!

--Está ahí dormido; no hay manera de despertarlo--dijo la muchacha.

--¿No? Pues mejor. Nos llevaremos los caballos sin decirle nada. Al fin

y al cabo, él tiene la culpa de todo. Lo que necesitaríamos sería algo

para comer en el camino.

--Pues compre usted aquí en la venta lo que haya.

--El caso es...

--¿Qué?

--Que creo que no tengo un cuarto.

--La muchacha tendió el portamonedas al joven, que entró en la venta, y

salió poco después con un gran trozo de pan, queso y una bota de vino.

--¿Sabe usted montar, Corito?--dijo Leguía.

--No; pero creo que no me caeré.

--Yo iré a su lado. ¿Y la señora Magdalena?

--Esa está acostumbrada a andar a caballo.

Leguía improvisó unas monturas con la manta del cochero y ayudó a subir

a Corito y a la vieja sobre los jacos; luego montó él, y comenzaron los

tres a subir, al paso, la cuesta que escala la sierra de Toloño.

Los caballos, cansados, marchaban muy despacio. El tiempo, aunque de

invierno, estaba muy hermoso; en el cielo azul pasaban algunas nubes

grandes, blancas como el mármol.

Al comenzar la tarde, Corito y la vieja decidieron tomar un bocado,

porque estaban desmayadas. Leguía les ayudó a desmontar, y se sentaron

los tres al borde de la carretera, cerca de un arroyo de agua muy pura

que bajaba espumante por entre las peñas.

Corito estaba encantada y alegre; el aire del campo daba un tono de

carmín a sus mejillas, y en sus labios jugueteaba la risa. El ver a

Leguía con su corbatín y su sombrero de copa en medio de aquellos

breñales le producía una alegría loca. La vieja refunfuñó, porque entre

las provisiones no había más que pan y queso.

Leguía miraba impasible a Corito y sentía interiormente un entusiasmo

insólito en él.

El aprendiz de conspirador · 第 18 / 204 题