LXXXI. En efecto, fue a darles Arístides la noticia, diciendo cómo

acababa de llegar de Egina, y que apenas había podido pasar sin ser

visto de las naves del enemigo, que iban apostándose de manera que ya

toda la armada griega se hallaba circuida por la de Jerjes; que lo que

él les aconsejaba era que se preparasen a una vigorosa resistencia.

Acabado de decir esto, saliose Arístides,[321] y ellos volvieron de

nuevo a embravecerse en sus disputas, siendo creído el aviso de la

mayor parte de aquellos jefes supremos.

LXXXII. En tanto que no acababan de dar fe a Arístides, llegan con su

galera unos desertores naturales de Tenos, cuyo capitán era Panecio,

hijo de Sosímenes, quienes los sacaron totalmente de duda, contándoles

puntualmente lo que pasaba. Diré aquí de paso, que en atención a

la deserción de dicha galera lograron después los tenios que fuese

grabado su nombre entre el de los pueblos que derrotaron al bárbaro,

en la trípode que en memoria de tanta hazaña fue consagrada en Delfos.

Con esta galera que vino desertando a Salamina, y con la otra de los

lemnios que antes se les había pasado en Artemisio, llenaron los

griegos el número de su armada, hasta completar el de 380 naves, para

el cual eran dos las que antes les faltaban.

LXXXIII. Luego que los griegos tuvieron por verdad lo que los tenios

les decían, aprestáronse al punto para la función. Al rayar del alba

llamaron a junta a las tropas de la escuadra: entre todos, el que mejor

arengó la suya fue Temístocles, cuyo discurso se redujo a un paralelo

entre los bienes y conveniencias de primer orden que caben en la

naturaleza y condición humana, y las de segunda clase inferiores a las

primeras; discurso que concluyó exhortándoles a escoger para ellos las

mejores.[322] Acabada la arenga, les mandó pasar a bordo. Embarcados

ya, vino de Egina aquella galera que había ido por los Eácidas, y sin

más esperar, adelantose toda la armada griega.

LXXXIV. Al verlos mover los bárbaros, encaminaron al punto la proa

hacia ellos; pero los griegos, suspendiendo los remos o remando

hacia atrás, huían el abordaje e iban retirándose de popa hacia la

playa, cuando Aminias Paleneo,[323] uno de los capitanes atenienses,

esforzando los remos embistió contra una nave enemiga, y clavando en

ella el espolón, como no pudiese desprenderlo, acudieron a socorrerle

los otros griegos y cerraron con los enemigos. Tal quieren los

atenienses que fuese el principio del combate, si bien pretenden los de

Egina que la galera que cerró ante todas con otra enemiga fue la que

había ido a Egina en busca de los Eácidas. Corre aún otra voz; que se

les apareció una fantasma en forma de mujer, la cual les animó de modo

que la vio toda la armada griega, dándoles primero en cara con esta

reprensión: «¿Qué es lo que hacéis retirándoos así de popa sin cerrar

con el enemigo?».

LXXXV. Ahora, pues, enfrente de los atenienses estaban los fenicios,

colocados en el lado de poniente por la parte que miraba a Eleusis; y

enfrente de los lacedemonios correspondían los jonios, en el lado de la

armada que estaba hacia levante, vecina al Pireo. De estos no faltaron

unos pocos que, conforme a la insinuación de Temístocles, adrede lo

hicieron mal; pero los más de ellos peleaban muy de veras. Y bien

pudiera yo hacer aquí un catálogo de los capitanes de galera dichos que

rindieron entonces algunas naves griegas, pero los pasaré a todos en

silencio, nombrando solamente a dos de ellos, entrambos samios, el uno

Teoméstor, hijo de Androdamante, y el otro Fílaco. De estos únicamente

hago aquí mención, porque en premio de esta hazaña llegó Teoméstor a

ser señor de Samos, nombrado por los persas, y Fílaco fue puesto en la

clase de los bienhechores de la corona, y como a tal se le dieron en

premio muchas tierras: llámanse estos bienhechores del rey, en idioma

persa, los _orosangas_. De este modo se premió a los dos.

LXXXVI. Muchas fueron las naves que en Salamina quedaron destrozadas,

unas por los atenienses y otras por los de Egina. Ni podía suceder otra

cosa peleando con orden los griegos cada uno en su puesto y lugar,

y habiendo al contrario entrado en el choque los bárbaros, no bien

formados todavía, y sin hacer después cosa con arreglo ni concierto.

Menester es, con todo, confesar que sacaron estos en la función

de aquel día toda su fuerza y habilidad, y se mostraron de mucho

superiores a sí mismos y más valientes que en las batallas dadas cerca

de Eubea, queriendo cada uno distinguirse particularmente, temiendo lo

que diría Jerjes, e imaginándose que tenían allí presente al rey que

les estaba mirando.

LXXXVII. No estoy en realidad tan informado de los acontecimientos que

pueda decir puntualmente de algunos particulares capitanes, ya sean

de los bárbaros, ya de los griegos, cuánto se esforzó cada uno en la

contienda. Sé tan solo que Artemisia ejecutó una acción que la hizo

aún más recomendable[324] de lo que era ya para con el soberano, pues

cuando la armada de este se hallaba en mucho desorden y confusión,

hallose la galera de Artemisia muy perseguida por otra ateniense que

le iba a los alcances. Viéndose ella en una apretura tal que no podía

ya salvarse con la fuga, por cuanto su galera, hallándose puntualmente

delante de los enemigos y la más próxima a ellos, encontraba a su

frente con otras galeras amigas, determinose a aventurar una acción

que le salió oportuna y ventajosamente. Sucedió que al huir de la

galera ática que le daba caza, topó con otra amiga de los calindios,

en que iba embarcado su rey Damasitimo, con quien, estando aún en el

Helesponto, había tenido no sé qué pendencia. No me atrevo a definir

si por esto la embistió entonces de propósito, o si fue una mera

casualidad que se pusiese delante la dicha nave de los calindios. Lo

cierto es que con haberla acometido y echado a fondo, fueron dos las

ventajas que para sí felizmente obtuvo: la una que como el capitán de

la galera ática la viese arremeter contra otra nave de los bárbaros,

persuadido de que o era una de las griegas la nave de Artemisia, o que

desertando de la escuadra bárbara peleaba a favor de los griegos,

volviendo la proa se echó sobre las otras galeras enemigas.

LXXXVIII. Logró Artemisia con esto una doble ventaja, escaparse del

enemigo y no perecer en aquel encuentro; y la otra, que aun su mismo

indigno proceder con la nave amiga le acarrease para con el propio

Jerjes mucho crédito y estima, porque, según se dice, quiso la fortuna,

que mirando el rey aquel combate, advirtiese que aquella nave embestía

contra otra, y que al mismo tiempo uno de los que tenía presentes le

dijese: «¿No veis, señor, cómo Artemisia combate y echa a fondo una

galera enemiga?». Preguntó entonces el rey si era en efecto Artemisia

la que acababa de hacer aquella proeza, y respondiéronle que no había

duda en ello, pues conocían muy bien la insignia de su nave,[325]

y estaban por otra parte en la inteligencia que la que fue a pique

era una de las enemigas. Y entre otras cosas que le procuró su buena

suerte, como tengo ya dicho, no fue la menor el que de la nave calindia

ni un hombre solo se salvara que pudiese acusarla ante el rey. Añaden

que además de lo dicho, exclamó Jerjes: «A mí los hombres se me vuelven

mujeres, y las mujeres hoy se me hacen hombres». Así cuentan por lo

menos que habló el monarca.

LXXXIX. En aquella tan reñida función murió el general Ariabignes,

hijo de Darío y hermano de Jerjes: murieron igualmente otros muchos

oficiales de nombradía, así de los persas como de los medos y demás

aliados; pero en ella perecieron muy pocos de los griegos, porque

como estos sabían nadar, si alguna nave se les iba a fondo, los que

no habían perecido en la misma acción aportaban a Salamina nadando,

al paso que muchos bárbaros por no saber nadar morían anegados. A

más de esto, después que empezaban a huir las naves más avanzadas,

entonces era cuando perecían muchísimas de la escuadra, porque los

que se hallaban en la retaguardia procuraban entonces adelantarse con

sus galeras, queriendo también que los viese el rey maniobrar, y por

lo mismo sucedía que topaban con las otras de su armada que ya se

retiraban huyendo.

XC. Otra cosa singular sucedió en aquel desorden de la derrota; que

algunos fenicios, cuyas naves habían sido destrozadas, venidos a la

presencia del rey acusaban de traidores a los jonios, pues por su

perfidia iban perdiéndose las galeras; y no obstante la acusación,

quiso la suerte, por un raro accidente, que no fuesen condenados a

muerte los jefes jonios, y que en pago de su acusación muriesen los

fenicios. Porque al tiempo mismo de dicha acriminación, una galera de

Samotracia embistió a otra de Atenas y esta quedó allí sumergida; pero

ved ahí otra nave de Egina que haciendo fuerza de remos dio contra la

de Samotracia y la echó a pique. ¡Extraño suceso! Los samotracios, como

bravos tiradores, a fuerza de dardos lograron exterminar y limpiar

de tropa la galera que les había echado a fondo, y subidos a bordo

apoderáronse de ella. Esta hazaña libró de peligro a los jonios, pues

viéndoles obrar Jerjes aquella acción gloriosa, volviose a los fenicios

lleno de pesadumbre y reprendioles a todos; mandó que a los presentes

se les cortase la cabeza, para que aprendiesen a no calumniar, siendo

unos cobardes, a hombres de más valor que ellos. En efecto, Jerjes,

estando sentado al pie de un monte que cae enfrente de Salamina y se

llama Egaleo,[326] todas las veces que veía hacer a uno de los suyos

algún hecho famoso en la batalla naval, informábase de quién era su

autor, y sus secretarios iban notando el nombre del _trierarco_ o

capitán de galera, apuntando asimismo el nombre de su padre y de su

ciudad. Añadiose a lo dicho que el persa Ariaramnes, que se hallaba

allí presente y era amigo de los jonios, ayudó por su parte a la

desgracia de aquellos fenicios.

XCI. De esta suerte, el rey volvía contra los fenicios su enojo.

Entretanto, los eginetas, viendo que los bárbaros se iban huyendo

vueltas las proas hacia el Falero, hacían prodigios de valor apostados

en aquel estrecho, pues en tanto que los atenienses en lo más fuerte

del choque y derrota destrozaban así las naves que se resistían como

las que procuraban huir, hacían los eginetas lo mismo con las que,

escapándose de los atenienses, iban huyendo a dar en sus manos.

XCII. Entonces fue cuando vinieron a hallarse casualmente dos naves

griegas, la una de Temístocles, que daba caza a una persa, y la otra la

del egineta Polícrito, hijo de Crío, que había aferrado con otra galera

sidonia. Era esta cabalmente la misma que había tomado la nave de Egina

antes apostada de guardia en Escíatos, en la que iba aquel Píteas,

hijo de Isquénoo, a quien estando hecho una criba de heridas mantenían

todavía los persas, pasmados de su valor, a bordo de su galera; pero

esta fue tomada con toda su tripulación cuando llevaba a Píteas, con lo

cual recobró este la libertad vuelto a Egina. Como decía, pues, luego

que vio Polícrito la nave ática y conoció por su insignia que era la

capitana, llamando en voz alta a Temístocles le zumbó con la sospecha

que de los eginetas había corrido, como si ellos siguieran el partido

de los medos.[327] Hizo Polícrito esta zumba de Temístocles en el

momento mismo de embestir con la galera sidonia.

XCIII. Los bárbaros que pudieron escapar huyendo, aportaron a

Falero para ampararse del ejército de tierra. En esta batalla naval

fueron tenidos los eginetas por los que mejor pelearon de todos los

griegos,[328] y después de ellos los atenienses. De los comandantes,

los que se llevaron la palma fueron Polícrito el de Egina y los dos

atenienses Eumenes de Anagirunte, y Aminias de Palene, quien fue el que

dio caza a Artemisia, y si él hubiera caído en la cuenta de que iba en

aquella nave Artemisia, a fe mía que no la dejara antes de apresarla

o de ser por ella apresado, según la orden que se había dado a los

capitanes de Atenas, a quienes aun se les prometía el premio de diez

mil dracmas si alguno la cogía viva, no pudiendo sufrir que una mujer

militase contra Atenas. Pero ella se les escapó del modo dicho, como

otros que también hubo cuyas naves se salvaron en Falero.

XCIV. Por lo que mira al general de los corintios, Adimanto, dicen de

él los atenienses que, al empezar las naves griegas a cerrar con las

enemigas, sobresaltado de miedo y de terror se hizo a la vela y se

entregó a la huida, y que viendo los otros corintios huir a su capitán,

todos del mismo modo se partieron;[329] que habiendo huido tanto hasta

hallarse ya delante del templo de Atenea la Escírade,[330] se les hizo

encontradiza una chalupa por maravillosa providencia, sin dejarse ver

quién la guiaba, la cual se fue acercando a los corintios, que nada

sabían de lo que pasaba en la armada naval; circunstancias por donde

conjeturan que fue portentoso el suceso. Dicen, pues, que llegándose

a las naves les habló así: «Bien haces, Adimanto; tú virando de bordo

aprietas a huir, escapando con tu escuadra y vendiendo a los demás

griegos. Sábete, pues, que ellos están ganando de sus enemigos una

completa victoria, tal cual no pudieran acertarla a desear». Y como

Adimanto no diese crédito a lo que decían, añadieron de nuevo los de

la chalupa «estar allí prontos a ser tomados en rehenes, no rehusando

morir, si no era del todo cierto que venciesen los griegos»; que con

esto, vuelta atrás la proa de la nave, llegó con los de su escuadra a

la armada de los griegos, después de concluida la acción. Esta historia

corre entre los de Atenas acerca de los corintios; pero estos no lo

cuentan así por cierto, antes pretenden haberse hallado los primeros en

la batalla naval, y a favor de ellos lo atestigua lo demás de la Grecia.

XCV. En medio de la confusión y trastorno que pasaba en Salamina, no

dejó de obrar como quien era el ateniense Arístides, hijo de Lisímaco,

aquel ilustre varón cuyo elogio poco antes hice como del mejor hombre

del mundo; porque tomando consigo mucha parte de la infantería

ateniense que estaba apostada en las costas de la isla de Salamina, y

desembarcándola en la de Psitalea pasó a cuchillo cuanto persa había en

dicha islita.[331]

XCVI. Desocupados ya los griegos de la batalla y retirados los

destrozos y fragmentos todos de las naves, cuantos iban compareciendo

hacia Salamina preparábanse para un segundo combate, persuadidos de que

el rey se valdría de las naves que le quedaban para entrar otra vez en

batalla. Por lo que mira a los restos del naufragio, impelió y sacó el

viento céfiro una gran parte de ellos a la orilla del Ática, llamada

Colíade.[332] No parece sino que todo conspiraba a que se cumpliesen

los oráculos, así los de Bacis y de Museo acerca de esta batalla

naval, como muy particularmente el que había proferido Lisístrato,

grande adivino y natural de Atenas, acerca de que serían llevados

los fragmentos de las naves adonde lo fueron tantos años después de

su predicción, cuyo oráculo de ninguno de los griegos había sido

entendido, y decía: «_El remo aturdirá a la hembra de Colíade_». Suceso

que debía acaecer después de la expedición del rey.

XCVII. Al ver Jerjes aquella pérdida y destrozo padecido, entró en

mucho recelo de que alguno de los jonios no sugiriese a los griegos,

o que estos mismos no diesen de suyo en el pensamiento de pasar

al Helesponto y cortarle allí su puente. De miedo, pues, que tuvo

de no verse a peligro de perecer cogido así en Europa, resolvió

la huida. Pero no queriendo que nadie ni de los griegos ni de sus

mismos vasallos penetrase su designio, empezó a formar un terraplén

hacia Salamina,[333] y junto a él mandó unir puestas en fila unas

urcas fenicias, que le sirviesen de puente y de baluarte como si se

dispusiera a llevar adelante la guerra y dar otra vez batalla naval.

Viéndole los otros ocupado en estas obras, creían todos que muy de

veras se preparaba para guerrear a pie firme. Mardonio fue el único

que, teniendo muy conocido su modo de pensar, entendió de lleno sus

designios. Al mismo tiempo que esto hacía Jerjes, envió a los persas un

correo con la noticia de la desgracia y derrota padecida.

XCVIII. Yo no sé que pueda hallarse de nubes abajo cosa más expedita

ni más veloz que esta especie de correos que han inventado los

persas,[334] pues se dice que cuantas son en todo el viaje las

jornadas, tantos son los caballos y hombres apostados a trechos para

correr cada cual una jornada, así hombre como caballo, a cuyas postas

de caballería ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor del sol, ni la

noche las detiene, para que dejen de hacer con toda brevedad el camino

que les está señalado. El primero de dichos correos pasa las órdenes o

recados al segundo, el segundo al tercero, y así por su orden de correo

en correo, de un modo semejante al que en las fiestas de Hefesto usan

los griegos en la corrida de sus lámparas. El nombre que dan los persas

a esta corrida de postas de a caballo es el de _angareyo_.

XCIX. Llegado a Susa aquel primer aviso de que Jerjes había ya tomado a

Atenas, causó tanta alegría en los persas que se habían allí quedado,

que en señal de ella no solo enramaron de arrayán todas las calles

y las perfumaron con preciosos aromas, sino que la celebraron con

sacrificios y regocijos particulares. Pero cuando les llegó el segundo

aviso, fue tanta la perturbación, que rasgando todos sus vestidos,

reventaban en un grito y llanto deshecho, echando la culpa de todo a

Mardonio, no tanto por la pena que les causase la pérdida de la armada

naval, cuanto por el miedo que tenían de perder a Jerjes; ni paró entre

los persas este temor y público desconsuelo en todo el tiempo que

corrió desde la mala noticia hasta el día mismo en que, vuelto Jerjes a

su corte, les consoló con su presencia.

C. Viendo entonces Mardonio lo mucho que a Jerjes le dolía la pérdida

sufrida en la batalla naval, sospechó que el rey meditaba huir de

Atenas, y pensando dentro de sí mismo que siendo él quien le había

inducido a la jornada contra la Grecia, no dejaría por ello de llevar

su merecido, halló convenirle mejor el arriesgarse a todo con la mira

o bien de llevar a cabo la conquista, o si no de perder gloriosamente

la vida en aquella empresa, especialmente cuando, llevado de sus altos

pensamientos, tenía por más probable poder salir con la victoria

sujetando a la Grecia. Sacadas así sus cuentas, habló en estos

términos: «No tenéis, señor, por qué apesadumbraros por la desgracia

que acaba de sucedernos, ni darlo todo ya por perdido, como si fuera

esta una derrota decisiva; que no depende todo del fracaso de cuatro

maderos, sino del valor de los infantes y caballos. Es esto en tanto

grado verdad, que de todos esos que se lisonjean de haberos dado un

golpe mortal, ni uno solo habrá que saltando de sus buques se atreva a

haceros frente, ni os la hará nadie de todo ese continente ya que los

que tal nos intentaron, pagaron bien su temeridad. Digo, pues, que si

a bien lo tenéis, nos echemos desde luego contra el Peloponeso; y si

tenéis por mejor el dejarlo de hacer, en vuestra mano está dejarlo. Lo

que importa es el no caer de ánimo; pues claro está que no les queda

a los griegos escape alguno para no venir a ser esclavos vuestros,

pagándoos con eso el castigo de lo que acaban de hacer ahora y de lo

que antes hicieron: soy, pues, de opinión que así lo verifiquéis. Si

estáis con todo resuelto a retiraros con el ejército, otra idea se me

ofrece en este caso. Soy de parecer que no lo hagáis con nosotros

de manera que esos griegos se burlen y rían de los persas. Nada se

ha malogrado, señor, por parte de los persas, ni podéis decir en qué

acción no hayan cumplido todo su deber, pues en verdad no tienen

ellos la culpa de tal desventura. Esos fenicios, esos egipcios, esos

chipriotas, esos cilicios, son y han mostrado ser unos cobardes.

Supuesto, pues, que no son culpables los persas, si no queréis quedaros

aquí, volveos en hora buena a vuestra casa y corte, llevando en vuestra

compañía el grueso del ejército; que a mi cuenta quedará el sujetar la

Grecia entera a vuestro dominio, escogiendo para ello 300.000 hombres

de vuestro ejército».

CI. Oído este discurso, que no dejó de sentarle muy bien a Jerjes,

alegrose del expediente, atendido el mal estado de sus cosas, y dijo

a Mardonio que después de consultado el asunto le respondería cuál de

los dos partidos quería escoger. Habiendo, pues, entrado en consulta

con los persas sus ordinarios asesores, pareciole llamar a la junta

a Artemisia, por cuanto ella había sido la única que antes acertó

en lo que debía hacerse tocante al combate naval. Apenas Artemisia

vino, mandando Jerjes retirar a los otros consejeros persas, lo mismo

que a sus alabarderos, hablole en esta forma: «Quiero que sepas cómo

me exhorta Mardonio a qué yo me quede aquí y embista el Peloponeso,

dándome por razón que mi ejército de tierra no ha tenido parte alguna

en esta pérdida, y que desea todo más bien con ansia que haga yo prueba

de su valor. Exhórtame, pues, a que, o lo haga yo así por mí mismo,

o en el caso contrario él por sí se ofrece a poner la Grecia entera

debajo de mi dominio, escogiendo para la empresa 300.000 combatientes,

aconsejándome que yo con lo demás de mis tropas me retire a mi corte

y palacio. Ahora quiero, pues, que me aconsejes en cuál de estos dos

partidos acertaré más en caso de elegirlo, ya que tú sola me diste

un buen consejo acerca de la batalla naval, no conviniendo en que se

verificara».

CII. Respondiole Artemisia en estos términos: «Bien difícil es, oh rey,

que acierte yo con lo mejor, respondiendo a vuestra consulta; pero, con

todo, mi parecer sería que en la presente situación de los negocios os

volvieseis a vuestros estados, y que dejaseis aquí a Mardonio, ya que

él así lo desea, ofreciéndose a salir con la empresa juntamente con las

tropas que pide; porque si logra por una parte la conquista que promete

y le sale bien la empresa que piensa acometer, vos, señor, vais a ganar

mucho en añadir a vuestros dominios esos vasallos; por otra parte, si

el negocio sale a Mardonio al contrario de lo que piensa, en ello no

será la pérdida considerable para el estado, quedando vos salvo, y

bien constituidos los demás intereses de vuestra casa e imperio; pues

como quedéis vos vivo y salvo, y vuestra casa y familia se mantengan

en su primer estado, mala suerte les auguro a esos griegos; que no les

faltarán por cierto ocasiones en que salir armados a la defensa de sus

casas. Y si Mardonio sufriere alguna derrota, los griegos victoriosos

no tendrán con toda su victoria motivo de quedar muy ufanos por la

muerte de uno de vuestros vasallos. Por lo demás, vos habéis logrado el

fin de la jornada, habiendo entregado a las llamas la ciudad de Atenas».

CIII. Cayó en gracia a Jerjes el consejo, pues acertó Artemisia con

lo mismo que él pensaba ejecutar, tan resuelto a ello, que no se

quedara allí, según imagino, por más que todos los del mundo, hombres y

mujeres, se lo aconsejaran. Así que alabó mucho a Artemisia, y la envió

a Éfeso, encargada de conducir allá unos hijos suyos naturales, pues

algunos de estos le habían seguido en su jornada.

CIV. Envió con ella por ayo de sus hijos a Hermótimo, natural de

Pédasa, quien podía tanto como el que más entre los eunucos de

palacio. Y ya que hablé de él, no dejaré de mentar un fenómeno que

dicen suele acontecer entre los pedaseos situados más arriba de

Halicarnaso; es a saber: que siempre que amenaza en breve a los vecinos

que moran en la comarca de la ciudad mencionada algún desastre general,

en tal caso nácele una grandísima barba a la sacerdotisa que allí

tienen de Minerva, lo que ya por dos veces les ha sucedido.[335]

CV. De Pédaso, como decía, era, pues, natural Hermótimo, al cual,

para vengarse de la injuria que con hacerle eunuco había padecido,

presentósele una ocasión que no sé que se haya dado nunca otra igual:

he aquí cómo sucedió: Hiciéronle esclavo los enemigos, y como a tal le

compró un hombre natural de Quíos, llamado Panionio, el cual andaba

en una granjería la más infame y malvada del mundo, pues logrando

algún gallardo mancebo, lo que hacía era castrarle y llevarle después

a Sardes o a Éfeso y venderle bien caro; pues sabido es que entre los

bárbaros se aprecian en más los eunucos que los que no lo son, por la

total confianza que puede haber en ellos. Entre otros muchos que castró

Panionio, como quien vivía de la ganancia hecha en esa industria, uno

fue nuestro Hermótimo. Pero no queriendo la fortuna que nuestro eunuco

fuese en todo lo demás desgraciado, hizo que entre otros regalos que de

Sardes se enviaban al rey, le fuese presentado Hermótimo, quien vino a

ser con el tiempo el eunuco más honrado y favorecido de Jerjes.

CVI. En la ocasión en que el rey conducía contra Atenas sus tropas

persas, vino Hermótimo a Sardes, de donde habiendo bajado por algún

encargo o negocio a la comarca de la Misia llamada Atarneo, en que

habitan los de Quíos, topó en ella con Panionio. Conociole, y le habló

largamente y con mucha expresión de cariño, dándole primero cuenta de

cómo por medio de él había llegado a poseer tanto que no sabía los

tesoros que tenía, y ofreciéndole al mismo tiempo que le daría en

recompensa montes de oro, con tal que con toda su casa y familia pasase

a vivir donde él estaba.[336] Súpole dorar la respuesta de modo que

aceptando Panionio el partido con mucho gusto, pasó allá con sus hijos

y mujer. Una vez que Hermótimo le tuvo en la red con toda su familia,

hablole de esta suerte: «Ahora quiero, oh negociante, el más ruin y

abominable de cuantos vio el sol hasta aquí, que me digas qué mal yo

mismo o alguno de los míos, a ti o alguno de los tuyos habíamos hecho,

para que me parases tal, que de hombre que era, viniese a ser menos que

nada. ¿Creías tú, infame, que no llegarían tus malas trazas a noticia

de los dioses? Mucho te engallabas, pues ellos han sido los que por

su justa providencia te han traído a mis manos, para que haga en ti

un ejemplar, y no tengas tú razón de quejarte ni de ellos ni de mí

tampoco». Apenas acabó de darle en cara con su sórdida crueldad, cuando

hizo comparecer en su presencia a los hijos de Panionio, y primero

obligó allí mismo al padre a castrar a sus hijos, que eran cuatro,

y después que forzado acabó de ejecutar aquel ministerio, fueron

constreñidos los hijos castrados a practicar lo mismo con su padre.

Tal fue la venganza que así rodando se le vino a las manos a Hermótimo

contra Panionio.

CVII. Pero volviendo a Jerjes, después de entregar sus hijos a

Artemisia para que los condujese a Éfeso, mandó llamar a Mardonio,

y le ordenó que escogiese las tropas de su ejército que prefiriera,

encargándole al mismo tiempo que procurase muy de veras que los efectos

correspondiesen a las promesas. Empleose en esto aquel día; pero venida

la noche, los generales de mar, salidos con sus escuadras de Falero

por orden del rey, hiciéronse a la vela en dirección al Helesponto,

poniendo cada uno la más viva diligencia para llegar cuanto antes allá,

y guardar el puente de barcas para el paso del soberano. Sucedió que

como hubiesen llegado los bárbaros cerca de Zoster, en cuya costa se

dejan ver entrados hacia el mar unos delgados picos, creyendo serían

unas naves diéronse a la fuga un buen trecho, ni volvieron otra vez a

unirse para continuar su rumbo, hasta que supieron que eran unos picos

de roca y no galeras enemigas.

CVIII. Al llegar el día, viendo los griegos en el mismo campo el

ejército de tierra, daban por supuesto que la armada debía hallarse

en el puerto de Falero. Con esto, pues, persuadidos a que el enemigo

volvería a combatir por mar, se preparaban, por su parte, a rechazarle.

Pero informados después de que se habían hecho las naves a la vela,

parecioles ir en seguimiento de ellas sin más dilación. Siguieron,

en efecto, su rumbo hasta llegar a Andros, pero sin poder descubrir

la armada de Jerjes. En Andros, consultando sobre el asunto, fue de

parecer Temístocles que, echando por en medio de aquellas islas y

persiguiendo a las naves, se encaminasen en derechura al Helesponto con

ánimo de cortarles el puente.[337] Dio Euribíades un parecer totalmente

contrario, diciendo que no podían los griegos irrogar a la Grecia mayor

daño que cortar el puente al enemigo; porque si el persa, sorprendido,

se veía precisado a quedarse en la Europa, no querría, sin duda,

estarse tranquilo y ocioso, viendo que con la inacción le sería

imposible llevar adelante sus intereses, pues así no se le abriría

camino alguno para la retirada y perecería de hambre su ejército;

que por el contrario, si se animaba y ponía manos a la obra, todo le

podría salir muy bien en las ciudades y naciones de la Europa, o bien

tomándolas a viva fuerza, o capitulando con ellas antes de apelar a las

armas; que tampoco les faltarían víveres echando mano de la cosecha

anual de los griegos; que él discurría que vencido el persa en la

batalla naval, no pensaría en quedarse en Europa; que lo mejor era

dejarle huir cuanto quisiese hasta parar en sus dominios; pero que una

vez vuelto a ellos, entonces sí les exhortaba a que allí le hiciesen

guerra.

CIX. A este parecer se atenían también los otros jefes del Peloponeso.

Cuando vio Temístocles que no lograría persuadir a los más a navegar

hacia el Helesponto, mudando de dictamen, y volviéndose a los

atenienses, quienes se daban a las furias al ver que así se les huía la

presa de entre las uñas, tan empeñados en navegar al Helesponto que, en

caso de rehusarlo los demás, querían por sí solos encargarse de aquella

empresa, habloles en esta conformidad: «Yo mismo, amigos, llevo ya en

muchos lances observado, y tengo oído que en muchos otros distintos

pasó lo mismo, que los hombres reducidos al último trance y apuro, por

más que hayan sido vencidos, vuelven a pelear desesperados, y procuran

borrar la primera nota de cobardes en que habían incurrido. De parecer

sería que nosotros, que apenas sin saber cómo nos hallamos con nuestra

salvación y con el bien de la Grecia en las manos, nos contentáramos

por ahora con haber ojeado esa bandada espesa de enemigos, sin darles

caza en su huida, pues no tanto hemos sido nosotros los que a tal

hazaña hemos dado cabo, como los dioses y los héroes, quienes no han

podido ver que un hombre solo, impío por demás y desalmado, viniese

a ser señor del Asia y de Europa. Hablo de ese sacrílego, que todo,

sagrado y profano, lo llevaba por igual; de ese ateo que quemaba y

echaba por el suelo las estatuas de los dioses; de ese insensato que al

mar mismo mandó azotar y le arrojó unos grillos. Demos gracias a los

dioses por el bien que acaban de hacernos; quedemos por ahora en la

Grecia, cuidemos de nuestros intereses y del bien de nuestras familias,

vuelva cada cual a levantar su casa y cuide de hacer su sementera, ya

que hemos logrado arrojar al bárbaro del todo. Al apuntar la primavera,

entonces sí que será oportuno ir con una buena armada a volverle la

visita en el Helesponto y en la Jonia». Así se explicaba a fin de

prepararse albergue en los dominios del persa, donde pudiera recogerse

en caso de caer en la desgracia de sus atenienses, como quien adivinaba

lo que había de sucederle.

CX. Por más que en esto obrase Temístocles con doble intención,

dejáronse con todo llevar de su discurso los atenienses, prontos a

deferir en todo a su dictamen, habiéndole tenido desde el principio

por hombre entendido, y experimentádole después por político hábil y

cuerdo en sus consejos. Disuadidos ya los suyos, sin pérdida de tiempo

envió en un batel a ciertos hombres, de quienes se prometía que sabrían

callar en medio de los mayores tormentos, para que de su parte fuesen a

decir al rey lo que les encargaba, uno de los cuales era por la segunda

vez aquel su doméstico Sicino.[338] Llegados al Ática, quedáronse los

otros en su barco, y saltando a tierra Sicino, dijo así hablando con

el rey: «Vengo enviado de Temístocles, hijo de Neocles, general de

los atenienses, y sujeto el más cumplido y cuerdo que se halla entre

los de aquella liga, para daros una embajada en estos términos: “El

ateniense Temístocles, con la mira de haceros un buen servicio, ha

logrado detener a los griegos para que no persigan a vuestras escuadras

como intentaban hacerlo, ni os corten el puente de barcas en el

Helesponto. Ahora vos podréis ya retiraros sin precipitación alguna”».

Dado este recado, volviéronse por el mismo camino.

CXI. Los griegos de la armada naval, después de resolverse a no pasar

más adelante en seguimiento de la de los bárbaros, ni a avanzar con sus

naves hasta el Helesponto para cortar a Jerjes la retirada, quedáronse

sitiando la ciudad de Andros con ánimo de arruinarla. El motivo era por

haber los andrios sido los primeros de todos los isleños que se habían

negado a la contribución que Temístocles les pedía; mas como este les

previniese que los atenienses les harían una visita llevando consigo

dos grandes divinidades, la una _Pitos_ y la otra _Anankea_, por cuyo

medio se verían en la precisión de desembolsar su dinero, diéronle los

andrios por respuesta: «que con razón era Atenas una ciudad grande,

rica y dichosa, teniendo de su parte la protección de aquellas buenas

diosas, al paso que los pobres andrios eran hombres de tan cortos

alcances y tan desgraciados que no podían echar de su isla a dos diosas

que les irrogaban mucho daño, la _Penía_ y la _Amecanía_,[339] las

cuales obstinadamente se empeñaban en vivir en su país; que habiendo

cabido a los andrios por su mala suerte aquellas dos harto menguadas

diosas, no pagarían contribución alguna, pues no llegaría a ser

tan grande el poder de los atenienses que no fuese mayor su misma

imposibilidad». Por esta respuesta que dieron, no queriendo pagar ni un

dinero, veíanse sitiados.

CXII. Entretanto, Temístocles, no cesando de buscar arbitrios cómo

hacer dinero, despachaba a las otras islas sus órdenes y amenazas

pidiéndoles se lo enviasen, valiéndose de los mismos mensajeros y de

las mismas razones de que se había valido antes con los de Andros, y

añadiendo que si no le daban lo que pedía, conduciría contra ellas la

armada de los griegos. Por este medio logró sacar grandes cantidades

de los caristios y de los parios, quienes informados así del asedio

en que Andros se hallaba por haber seguido el partido medo, como

de la ilustrísima fama y reputación que entre los generales tenía

Temístocles, le contribuían con grandes sumas. Si hubo algunos otros

más que también se las diesen, no puedo decirlo de positivo, si bien

me inclino a creer que otros más habría, y que no serían los únicos

los referidos. Diré, sí, que no por eso lograron los caristios que no

les alcanzase el rayo, si bien los parios, aplacando a Temístocles con

dádivas y dineros, se libraron del sitio en que el ejército les tenía.

Con esto, Temístocles, salido de Andros, iba recogiendo dinero de los

isleños a hurto de los demás generales.

CXIII. Las tropas que cerca de sí tenía Jerjes, dejando pasar unos

pocos días después de la batalla naval, dirigiéronse la vuelta de

Beocia por el mismo camino por donde habían venido. Así se hizo la

marcha, por parecerle a Mardonio que, además de deber con ellas

escoltar al rey, no era ya por otra parte tiempo de continuar la

campaña, sino que lo mejor sería invernar en la Tesalia, y a la

primavera siguiente invadir el Peloponeso. Llegados a la Tesalia, las

primeras tropas que para sí escogió Mardonio fueron todos aquellos

persas que llamaban los Inmortales, a excepción de su general

Hidarnes, que se negó a dejar al rey. De entre los otros persas escogió

asimismo a los coraceros y aquel regimiento de los mil caballos. Tomó

asimismo para sí a los medos, los sacas, los bactrios y los indios,

tanto los de a pie como los de a caballo. Habiéndose quedado con todas

estas naciones, iba entresacando de entre los demás aliados unos

pocos, los mejor plantados que veía, y aquellos también de quienes

sabía haberse portado bien en alguna función. En esta gente escogida,

el cuerpo más considerable era el de aquellos persas que llevaban su

collar y brazalete de oro; después el de los medos, no porque fuesen

menos que los persas, sino porque no les igualaban en el valor. En fin,

la suma de las tropas subía a 300.000 entre peones y jinetes.

CXIV. Durante el tiempo en que iba Mardonio escogiendo la tropa más

gallarda del ejército, manteniéndose todavía Jerjes en la Tesalia,

llegoles a los lacedemonios un oráculo de Delfos, que les mandaba

pidiesen a Jerjes satisfacción por la muerte de Leónidas, y recibiesen

la que él les diera. Los espartanos, sin más dilación, destinaron un

rey de armas,[340] quien habiendo hallado todo el ejército parado

todavía en Tesalia, se presentó al rey, y le dio la embajada: «A vos,

rey de los medos, piden los lacedemonios en común, y los Heráclidas de

Esparta en particular, que les deis la satisfacción correspondiente

por haberles vos muerto a su rey que defendía a la Grecia». Dio Jerjes

una gran carcajada, y después de un buen rato, apuntando con el dedo a

Mardonio, que estaba allí a su lado: «Mardonio, le dijo, les dará sin

duda alguna la satisfacción que les corresponda». Encargose el enviado

de dar aquella respuesta, y se volvió luego.

CXV. Marchó después Jerjes con mucha prisa la vuelta del Helesponto,

habiendo dejado a Mardonio en la Tesalia, y llegó al paso de las barcas

al cabo de cuarenta y cinco días, llevando consigo de su ejército un

puñado de gente tan solo, por decirlo así. Durante el viaje entero,

manteníase la tropa de los frutos que robaba a los moradores del país

sin distinción de naciones, y cuando no hallaban víveres algunos,

contentábanse con la hierba que la tierra naturalmente les daba, con

las cortezas quitadas a los árboles, y con las hojas que iban cogiendo,

ya fuesen ellos frutales, ya silvestres; que a todo les obligaba el

hambre, sin que dejasen de comer cosa que comerse pudiera. De resultas

de esto, iban acabando con el ejército la peste y la disentería que

le sobrevino. A los que caían enfermos dejábanlos en las ciudades

por donde pasaban, mandándolas que tuviesen cuidado de curarlos y

alimentarlos, habiendo asimismo dejado algunos en Tesalia, otros en

Siris de la Peonia, y otros en Macedonia finalmente. Antes en su paso

hacia la Grecia había dejado el rey en Macedonia la carroza sagrada de

Zeus, y entonces de vuelta no la recobró: habíanla los peonios dado a

los de Tracia, y respondieron a Jerjes que por ella pedía, que aquellos

tiros, estando paciendo, habían sido robados por los tracios, que moran

vecinos a las fuentes del río Estrimón.

CXVI. Con esta ocasión diré en breve un hecho inhumano que el rey de

los bisaltas, de nación tracio,[341] ejecutó en la comarca Crestonia.

No solo este se había negado a prestar a Jerjes la obediencia,

retirándose por esta razón a lo más fragoso del monte Ródope, sino que

había prohibido a sus hijos que le sirvieran en aquella jornada contra

la Grecia. Pero ellos, o teniendo en poco la prohibición, o quizá por

curiosidad y deseo de hacer alguna campaña, fuéronse siguiendo las

banderas del persa. Vueltos después buenos y salvos, a todos ellos, que

eran hasta seis, hízoles el padre sacar los ojos por este motivo: tal

paga sacaron los infelices de su expedición.

CXVII. Después que los persas, dejada la Tracia, llegaron al paso del

Helesponto, embarcados a toda prisa lo atravesaron hacia Abido, no

pudiendo pasar por el puente de barcas, que ya no hallaron unidas y

firmes, sino sueltas y separadas por algún contratiempo. En los días de

descanso que allí tuvieron, como la copia de víveres que lograban fuese

mayor que la que en el camino habían tenido, comieron sin regla ni

moderación alguna, de cuyo desorden, y de la mudanza de aguas, resultó

que muriera mucha gente del ejército que había quedado. Los pocos que

restaron, en compañía de Jerjes al cabo llegaron a Sardes.

CXVIII. Cuéntase también de otro modo esta retirada, a saber: que

después que Jerjes, salido de Atenas, llegó a la ciudad de Eyón,

situada sobre el Estrimón, no continuó desde allí por tierra su

marcha, sino que encargando a Hidarnes la conducción del ejército al

Helesponto, partió para el Asia embarcado en una nave fenicia. Estando,

pues, en medio de su viaje, levantósele vehemente y tempestuoso el

viento llamado Estrimonio,[342] y fue tanto mayor el peligro de la

tormenta, cuanto más cargada y llena iba la nave, sobre cuya cubierta

venían muchos persas acompañando a Jerjes. Entonces, entrando el rey en

gran miedo, llamando en alta voz al piloto, preguntole si les quedaba

alguna esperanza de vida. «Una sola queda, señor, díjole el piloto; el

ver cómo podremos deshacernos de tanto pasajero como aquí viene». Oído

esto, pretenden que dijese Jerjes: «Persas míos, esta es la ocasión en

que alguno de vosotros muestre si se interesa o no por su rey; que en

vuestra mano, según parece, está mi salud y vida». Apenas hubo hablado,

cuando los persas, hecha al soberano una profunda inclinación, saltaron

por sí mismos al agua, con lo que, aligerada la nave, pudo llegar al

Asia a salvamento. Allí, saltando Jerjes en tierra, dicen que ejecutó

al punto una de sus justicias, pues premió con una corona de oro al

piloto por haber salvado la vida del rey, y le mandó cortar la cabeza

por haber perdido a tanto persa.

CXIX. Pero a mí por lo menos no se me hace digna de fe esta otra

narración de la vuelta de Jerjes, prescindiendo de otros motivos, por

lo que se dice en ella acerca de la desventura de los persas; porque

dado caso que el piloto hubiera dicho aquello a Jerjes, me atrevo a

apostar que entre diez mil hombres no habrá uno solo que conmigo no

convenga en que el rey en tal caso hubiera dicho que aquellos pasajeros

que estaban sobre la cubierta, mayormente siendo persas, y primeros

personajes entre los persas, se bajasen a la parte cóncava del buque,

y que los remeros fenicios, tantos en número cuantos eran los persas,

fuesen arrojados al mar. Lo cierto es que el rey volvió al Asia,

marchando por tierra con lo demás del ejército, como llevo referido.

CXX. Otra prueba vehemente hay de lo que digo; pues consta que en su

retirada pasó Jerjes por Abdera, y asentó con los de aquella ciudad un

concierto de hospedaje, y les hizo el regalo de un alfanje de oro y de

una tiara bordada en oro. Algo más añaden los abderitas, aunque yo no

los crea en ello de ningún modo, que allí fue donde la vez primera se

desciñó Jerjes la espada después de la huida de Atenas, como quien no

tenía ya que temer. Lo cierto es que Abdera está situada más cerca del

Helesponto que el Estrimón y Eyón, de donde pretenden los autores de la

otra narración que saliese el rey de su galera.

CXXI. Los griegos de la armada, viendo que no podían rendir a Andros,

pasaron a Caristo, y talada la campiña, partiéronse para Salamina. Lo

primero que aquí hicieron fue entresacar del botín así varias ofrendas

que como primicias destinaban a los dioses, como particularmente tres

galeras fenicias, una para dedicarla en el Istmo, la que hasta mis

días se mantenía en el mismo punto, otra para Sunio, y la tercera para

Áyax en la misma Salamina. En segundo lugar, repartiéronse el botín,

enviando a Delfos las primicias de los despojos, de cuyo precio se hizo

una gran estatua de doce codos, que tiene en la mano un espolón de

galera, y está levantada cerca del lugar donde se halla la de Alejandro

el Macedonio, que es de oro.

CXXII. Al tiempo mismo que enviaron los griegos aquellas primicias a

Delfos, hicieron preguntar a Apolo en nombre de todos si le parecían

bien cumplidas aquellas primicias y si eran de su agrado, a lo cual

el dios respondió que lo eran en verdad por lo que miraba a los demás

griegos, mas no así respecto de los eginetas, de quienes él pedía

y echaba menos un don en acción de gracias por haberse llevado la

palma en Salamina. Con dicha respuesta ofreciéronle los eginetas unas

estrellas de oro, que son aquellas tres que sobre un mástil de bronce

se ven cerca de la copa de Creso.

CXXIII. Hecha la repartición de la presa, tomaron los griegos su rumbo

hacia el Istmo para dar la palma de la victoria al griego que más se

hubiese señalado en aquella guerra.[343] Llegados allá los generales de

la armada naval, fueron dejando sus votos por escrito encima del ara de

Poseidón, en los cuales declaraban su parecer sobre quién merecía el

primero y quién el segundo premio. Cada uno de los generales dábase

allí el voto a sí mismo, como al que mejor se había portado en la

batalla; pero muchos concordaban en que a Temístocles se le debía en

segundo lugar aquella victoria; de suerte que no llevando nadie sino un

solo voto, y este el propio suyo, para el primer premio, Temístocles

para el segundo era en la votación superior en mucho a los demás.

CXXIV. De aquí nació que no queriendo los griegos, por espíritu de

partido y de envidia, definir aquella contienda, antes marchando

todos a sus respectivas ciudades sin decidir la causa, el nombre de

Temístocles, sin embargo, iba en boca de todos, glorioso y celebrado en

toda la nación por el varón más sabio de los griegos. Mas viendo que no

había sido declarado vencedor por los generales que dieron la batalla

en Salamina, fuese sin perder tiempo a Lacedemonia, pretendiendo aquel

honor.[344] Hiciéronle los lacedemonios muy buen recibimiento, y le

honraron con mucha particularidad. Dieron a Euribíades la prerrogativa

en el valor con una corona de olivo, y a Temístocles asimismo con otra

corona igual la prerrogativa y destreza política. Regaláronle una

carroza la más bella de Esparta, colmándole de elogios, e hicieron

que al irse le acompañasen hasta los confines de Tegea 300 espartanos

escogidos, que son los llamados allí caballeros; habiendo sido

Temístocles el único, al menos que yo sepa, a quien en señal de estima

hayan acompañado hasta ahora los espartanos con escolta.

CXXV. Vuelto Temístocles de Lacedemonia a Atenas, un tal Timodemo

Afidneo, uno de sus enemigos, hombre por otra parte de ninguna fama

y lustre, muerto de envidia, dábale allí en rostro con el viaje a

Lacedemonia, achacándole que en atención a Atenas y no a su persona

había llevado aquella honra y premio. Viendo Temístocles que siempre

Timodemo le acosaba con aquella injuria, díjole al cabo: «Oye,

detractor, ni yo siendo belbinita[345] como tú hubiera sido honrado así

por los espartanos, ni tú, amigo, lo serías, por más que fueras como yo

ateniense. Pero basta ya de ello».

CXXVI. Iba escoltando al rey hasta el paso del Helesponto el hijo de

Farnaces, Artabazo, quien siendo antes ya entre los persas un general

de fama, vino a tenerla mayor después de la batalla de Platea al frente

de un cuerpo de 60.000 hombres tomados del ejército que Mardonio

había escogido. Mas como el rey estuviese ya en el Asia, y Artabazo

de vuelta se hallase en Palene,[346] no corriendo prisa alguna el ir

a incorporarse con el grueso del ejército, por invernar las tropas

de Mardonio en Tesalia y en Macedonia, pareciole que no era razón

dejar de rendir y esclavizar a los de Potidea, a quienes halló que se

habían rebelado contra el rey. Y en efecto, los potideos se habían

alzado declaradamente contra los bárbaros, luego que el rey, huyendo

de Salamina, acabó de pasar por su ciudad, y a su ejemplo muchos otros

pueblos de Palene habían hecho lo mismo. Con esto Artabazo puso sitio a

Potidea.

CXXVII. Y sospechando al mismo tiempo que también los olintios se

apartaban de la obediencia del persa, vino sobre aquella ciudad, cuyos

moradores eran entonces los botieos,[347] quienes habían sido echados

por los macedonios del golfo Termaico. A estos olintios, después que

apretando el sitio logró rendir la plaza, Farnabazo, sacándolos fuera

de ella, los degolló sobre una laguna. Entregó la ciudad a Critobulo

de Torone para que la gobernase, y a los de Calcídica[348] para que la

poblasen, y con esto vino a ser Olinto una colonia de calcideos.

CXXVIII. Artabazo, dueño ya de Olinto, pensó en apretar con más ahínco

a Potidea, y andando el sitio con más viveza, Timoxeno, comandante de

los escioneos,[349] concertó entregársela a traición. De qué medios

se valiese al principio de esta inteligencia no puedo decirlo, porque

nadie veo que lo diga: el éxito de ella fue el siguiente: Siempre que

querían darse por escrito algún aviso, o Timoxeno a Artabazo, o bien

este a Timoxeno, lo que hacían era envolver la carta en la cola de la

saeta junto a su muesca, pero de manera que viniese a formar como las

alas de la misma, y así la disparaban al puesto entre ellos convenido.

Pero por este medio mismo se descubrió que andaba Timoxeno en la

traición de Potidea; porque como disparase Artabazo su saeta hacia el

sitio consabido, y no acertase a ponerla en él, hirió en el hombro a

un ciudadano de Potidea. Apenas estuvo herido, cuando corrieron muchos

hacia él y le rodearon, como suele suceder en la guerra, los cuales,

cogida la saeta, como reparasen en la carta envuelta, fueron luego

a presentarla a los comandantes. Hallábanse en la plaza las tropas

auxiliares de los demás paleneos, y cuando aquellos jefes, leída

la carta, vieron quién era el autor de la traición, parecioles, en

atención a la ciudad de los escioneos, que no convenía públicamente

complicar a Timoxeno en aquella perfidia, para que en lo venidero no

quedase a los escioneos la mancha perpetua de traidores. Tal fue el

extraño modo de averiguar al traidor.

CXXIX. Al cabo de tres meses del sitio puesto por Artabazo, hizo el

mar una retirada extraordinaria, que duró bastante tiempo. Entonces

los bárbaros, viendo que lo que antes era mar se les había hecho un

lugar pantanoso, marcharon por él hacia Palene; pero apenas hubieron

andado dos partes de trecho, de las cinco que pasar debían para meterse

dentro de dicha ciudad, sobrecogioles una avenida tan grande de mar,

cual nunca antes, a lo que decían los naturales, había allí sucedido,

por más frecuentes que suelan ser tales mareas. Sucedió en ella que se

anegaron los persas que no sabían nadar, y los que sabían perecieron a

manos de los de Potidea, que en sus barcas les acometieron. Pretenden

los potideos haber sido la causa de la retirada y avenida del mar

y de la desventura de los persas la impiedad de todos los que en

él perecieron, quienes habían profanado el templo y la estatua de

Poseidón, que estaba en los arrabales de su ciudad. Paréceme que

tienen aquellos mucha razón en decir que esta fue la culpa para un tal

castigo. Partió Artabazo a la Tesalia con los persas que le quedaron

para unirse con Mardonio. Tal fue en compendio la suerte de los persas

que escoltaron a su rey.

CXXX. La armada naval, que salva había quedado al rey después de haber

pasado desde el Quersoneso hacia Abido a Jerjes, recién llegado al Asia

y fugitivo de Salamina, y juntamente con él a lo demás del ejército,

fuese a invernar en Cime.[350] En los principios mismos de la próxima

primavera reuniose de nuevo en Samos, donde algunas naves de ella

habían pasado aquel invierno. La tropa de mar que en dicha armada

servía era por lo común compuesta de persas y de medos, de cuyo mando

fueron de nuevo encargados los generales Mardontes, hijo de Bageo,

y Artaíntes, hijo de Artaqueas, en cuya compañía mandaba también

Itamitres, a quien Artaíntes, siendo su primo, se había asociado en

el empleo. Hallándose muy amedrentada la armada dicha, no se pensó en

que se alargase más hacia poniente, mayormente no habiendo cosa que

a ello le obligase, sino que por entonces los bárbaros apostados en

Samos se contentaban con cubrir a la Jonia, impidiendo con las 300

naves que allí tenían, incluidas en este número las jonias, que se les

rebelase aquella provincia; ni pensaban, por otra parte, que hubiesen

los griegos de pretender venir hasta la Jonia misma, sino que contentos

y satisfechos con poderse quedar en sus aguas, se mantendrían en ellas

para la defensa y resguardo de su patria. Confirmábales en esta opinión

el reflexionar que, al huir de Salamina, no les habían seguido los

alcances, antes bien, de su propia voluntad se habían vuelto atrás

desde su camino. En realidad, caídos de ánimo sobremanera los bárbaros,

dábanse por vencidos en la mar, pero tenían por seguro que su Mardonio

por tierra sería muy superior a los griegos. Con esto a los persas en

Samos todo se les iba, parte en meditar cómo podrían hacer algún daño

al enemigo, parte en procurar noticias sobre el éxito de las empresas

de Mardonio.

CXXXI. Mas los griegos, a quienes tenía muy agitados así el ver que

se acercaba ya la primavera, como el saber que Mardonio se hallaba

en Tesalia, antes de congregar su ejército de tierra tenían reunida

ya en Egina la armada naval, compuesta de 110 galeras. Iba en esta

por almirante y general de las tropas Leotíquidas, hijo de Ménares,

cuyos ascendientes eran Hegesilao, Hipocrátidas, Leotíquidas,

Anaxilao, Arquidamo, Anaxándridas, Teopompo, Nicandro, Carilao,

Éunomo, Polidectas, Prítanis, Eurifonte, Procles, Aristodemo,

Aristómaco, Cleodeo, Hilo, Heracles. Era, pues, dicho almirante de

una de las dos casas reales cuyos antepasados, a excepción de los dos

nombrados inmediatamente después de Leotíquidas, habían sido reyes

en Esparta.[351] De los atenienses iba por general Jantipo, hijo de

Arifrón.

CXXXII. Juntas ya en Egina las naves todas, llegaron a dicha armada

griega unos mensajeros de la Jonia, los mismos que poco antes, idos

a Esparta, habían suplicado a los lacedemonios que pusiesen a los

jonios en libertad: entre estos embajadores venía uno llamado Heródoto,

que era hijo de Basileides. Eran estos unos hombres que, conjurados

en número de siete contra Estratis, señor de Quíos, le habían antes

maquinado la muerte; pero como uno de los siete cómplices hubiese

dado parte al tirano de sus intentos, los seis, ya descubiertos,

escapándose secretamente de Quíos, habían pasado en derechura a

Esparta y de allí a Egina, con la mira de pedir a los griegos que con

sus naves desembarcasen en la Jonia, bien que con mucha dificultad

pudieron lograr de ellos que avanzasen hasta Delos. En efecto, de Delos

adelante todo se les hacía un caos de dificultades, así por no ser los

griegos prácticos en aquellos parajes, como por parecerles que hervían

todos ellos en gentes de armas, y lo que es más, por estar en la

inteligencia de que tan lejos se hallaban de Samos como de las columnas

de Heracles:[352] de suerte que concurrían en ello dos obstáculos; el

uno de parte de los bárbaros, quienes por el horror que a los griegos

habían cobrado no se atrevían a navegar hacia poniente; el otro de

parte de los griegos, que ni a instancias de los de Quíos osaban de

puro miedo bajar de Delos hacia levante. Así que puesto de por medio el

mutuo temor, a entrambos servía de pertrecho.

CXXXIII. Habían ya los griegos, como decía, pasado hasta Delos, cuando

todavía Mardonio se mantenía en Tesalia en sus cuarteles de invierno.

Durante el tiempo que en ellos estuvo este, hizo que un hombre natural

de Europo,[353] por nombre Mis, partiese a visitar los oráculos,

dándole orden de que no dejase lugar donde pudiese consultarles y que

observase lo que le respondieran. Qué secreto fuese el que Mardonio con

tales diligencias pretendía penetrar, yo ciertamente, no hallando quien

me lo declare, no sabré decirlo; únicamente formo el concepto de que

no tendría otra mira sino el buen éxito de su empresa, sin cuidarse de

averiguar otras curiosidades.

CXXXIV. De este Mis se tiene por cosa sabida que, habiendo ido a

Lebadea[354] y sobornado a uno del país, logró bajar al oráculo de

Trofonio, como también que llegó a Abas, santuario de los focidios,

para hacer allí su consulta. El mismo, habiendo pasado a Tebas en su

primera romería, practicó dos diligencias, pues por una parte había

consultado a Apolo Ismenio, el cual por medio de las víctimas suele ser

consultado del mismo modo que se usa en Olimpia, y por otra con sus

dádivas había obtenido, no de algún tebano, pero sí de un extranjero,

el que quisiera dormir en el templo de Anfiarao,[355] pues sabido

es que generalmente a ninguno de los tebanos le es lícito el pedir

oráculo alguno en dicho templo. La causa procede de haberles hecho

saber Anfiarao por medio de sus oráculos, que daba opción a los tebanos

para que escogieran, o valerse de él como de adivino, o de aliado y

protector solamente: prefirieron ellos, pues, tenerle por aliado que

por profeta, de donde está prohibido a todo tebano el irse a dormir en

aquel santuario para recibir entre sueños algún oráculo de Anfiarao.

CXXXV. Pero lo que mayor maravilla en mí despierta es lo que de este

Mis europense añaden los de Tebas, de quien dicen que, andando todos

estos santuarios de los oráculos, fue también al templo de Apolo el

Ptoo. Este templo con el nombre de Ptoo está en el dominio de los

tebanos, situado sobre la laguna Copaide,[356] en un monte muy vecino

a la ciudad de Acrefia. Cuentan, pues, los tebanos que llegado al

templo nuestro peregrino Mis en compañía de tres de sus ciudadanos,

a quienes había nombrado el público a fin de que tomasen por escrito

la respuesta que el oráculo les diera, la persona que allí vaticinaba

púsose de repente a profetizar en una lengua bárbara. Al oír los

tebanos compañeros de Mis un dialecto bárbaro en vez del griego, no

sabían qué hacerse llenos de pasmo y de confusión, cuando el europense

Mis, arrebatándoles de las manos el libro de memoria que consigo

traían, fue en él escribiendo las palabras que en la lengua bárbara

iba profiriendo el profeta, la cual, según ellos dicen, era caria; y

que apenas las hubo escrito cuando a toda prisa partió hacia Mardonio.

CXXXVI. Leyó este, pues, lo que los oráculos le decían, y de resultas

envió por embajador a Atenas al rey de Macedonia Alejandro, hijo de

Amintas. Dos eran los motivos que a este nombramiento le inducían:

uno el parentesco que tenían los persas con Alejandro, con cuya

hermana Gigea, hija asimismo de Amintas, había casado un señor persa

llamado Búbares, y tenía en ella un hijo llamado Amintas, con el

nombre de su abuelo materno, quien habiendo recibido del rey el feudo

de Alabanda,[357] ciudad grande de la Frigia, poseía en Asia sus

estados: otro motivo de aquella elección había sido el saber Mardonio

que por tener Alejandro contraído con los atenienses un tratado de

amistad y hospedaje, era su buen amigo y favorecedor. Por este medio

pensó Mardonio que le sería más hacedero el atraer a su partido a los

atenienses, cosa que mucho deseaba, oyendo decir por una parte cuán

populosa era Atenas y cuán valiente en la guerra, y constándole muy

bien por otra que los atenienses habían sido los que por mar habían muy

particularmente destrozado la armada persa. Esperaba, pues, que bien

fácil le sería, como ellos se le unieran, el ser por mar superior a

la Grecia, cual sin duda en tal caso lo fuera, y no dudando, por otro

lado, de que sus fuerzas por tierra eran ya por sí solas mucho mayores;

de donde concluía Mardonio que su ejército con los nuevos aliados

vendría a superar las fuerzas de los griegos: ni me parece fuera

temerario el sospechar que esta era la prevención de los oráculos,

quienes debían de aconsejarle que procurase aliarse con Atenas, y que

por este motivo enviaba a esta ciudad su embajador.

CXXXVII. Para dar a conocer quién era Alejandro, voy a decir en este

lugar cómo llegó por un singular camino a obtener el dominio de

Macedonia un cierto Pérdicas, el séptimo entre sus ascendientes. Hubo

tres hermanos, así llamados Gavanes, Aéropo y Pérdicas, naturales de

Argos y de la familia de Témeno; los cuales, fugitivos de su patria,

pasaron primero a los ilirios, desde donde internándose en la alta

Macedonia llegaron a una ciudad por nombre Lebea.[358] Concertando allí

su salario, acomodáronse con el rey, el uno para apacentar sus yeguas,

el otro los bueyes, y el tercero el ganado menor: y como es cosa muy

sabida que en aquellos antiguos tiempos muy poco o nada reinaba el

lujo y la opulencia en las casas de los reyes, cuanto menos en las

particulares, nadie deberá extrañar que la reina misma fuese la que

allí cocía el pan en la casa del rey. Estando, pues, en su faena la

real panadera, cuantas veces cocía el pan para su criado y mozuelo

Pérdicas, levantábasele tanto el horno que venía a salir doblemente

mayor de lo que correspondía. Como observase, pues, atendiendo a ello

con más cuidado, siempre cabalmente lo mismo, fuese a dar aviso a

su marido, a quien luego pareció que se descubría en aquello algún

agüero que algo significaba de prodigioso y grande, y sin más tardanza

hace venir a sus criados y les intima que salgan de sus dominios.

Que estaban prontos, responden ellos; pero querían, como era justo,

llevar antes su salario. Al oír el rey lo del salario, fuera de sí, por

disposición particular de los dioses, y tomando ocasión del sol que

se le entraba entonces en la casa por la misma chimenea, respondioles

así: «El salario que se os debe y que pienso daros no será sino el que

ahí veis»; lo cual dijo señalando con la mano al sol de la chimenea.

Oída tal respuesta, quedaron atónitos los dos hermanos mayores Gavanes

y Aéropo, pero el menor: «Sí, le dice, aceptamos, señor, ese salario

que nos ofrecéis». Dicho esto, hizo con un cuchillo que tenía allí

casualmente una raya en el pavimento de la casa alrededor del sol, y

haciendo el ademán de coger tres puñados de aquella luz encerrada en la

raya, se los iba metiendo en el seno como quien mete el dinero en su

bolsillo, hecho lo cual se fue de allí en compañía de sus hermanos.

CXXXVIII. Uno de los presentes que estaban allí sentados con el rey le

dio cuenta de lo que acababa de hacer aquel muchacho, diciéndole cómo

el menor de los hermanos, no sin misterio y quizá con dañada intención,

había aceptado la paga que él les había prometido. Apenas lo oyó el

rey, que no lo habría antes advertido, despachó lleno de cólera unos

hombres a caballo con orden de dar la muerte a uno de sus criados. Pero

en tanto quiso Dios que cierto río que por allí corre, río al cual,

como a su dios salvador, suelen hacer sacrificios los descendientes de

los tres citados argivos, al acabar de pasarle los Teménidas comenzase

a venir tan crecido que no pudieran vadearle los que venían a caballo.

Yéndose, pues, los Teménidas a otro país de la Macedonia, fijaron su

habitación cerca de aquella huerta que se dice haber sido la de Midas,

hijo de Gordias,[359] en la que se crían ciertas rosas de sesenta

hojas cada una, de un color y fragancia superior a todas las demás, y

añaden aún los macedonios que en dicha huerta fue donde quedó cogido

y preso Sileno: sobre ella está el monte que llaman Bermio, el cual

de puro frío es inaccesible. En suma, apoderados de esta región los

tres hermanos y haciéndose fuertes en ella, desde allí lograron ir

conquistando después lo restante de la Macedonia.

CXXXIX. Del referido Pérdicas descendía, pues, nuestro embajador

Alejandro, por la siguiente sucesión de genealogía: Alejandro era hijo

de Amintas; Amintas lo fue de Alcetas, quien tuvo por padre a Aéropo;

este a Filipo, Filipo a Argeo, y Argeo a Pérdicas, fundador de la

monarquía. He aquí toda la ascendencia de Alejandro, el hijo de Amintas.

CXL. Llegado ya a Atenas el enviado de Mardonio, hízoles este discurso:

«Amigos atenienses, mandome Mardonio daros de su parte esta embajada

formal: “a mí, dice, me vino una orden de mi soberano concebida

en estos términos: ‘Vengo en perdonar a los atenienses todas las

injurias que de ellos he recibido. Lo que vos, oh Mardonio, haréis

ahora es lo siguiente: os mando lo primero que les restituyáis todas

sus propiedades; lo segundo quiero que les acrecentéis sus dominios

dándoles las provincias que quieran ellos escoger, quedándose, sin

embargo, independientes con todos sus fueros y libertad; lo tercero os

ordeno que a costa de mi erario les reedifiquéis todos los templos que

les mandé abrasar:[360] todo ello con la sola condición de que quieran

ser mis confederados’. Recibidas estas órdenes, continúa Mardonio, me

es del todo necesario procurarlas ejecutar al pie de la letra, como

vosotros no me lo estorbéis; y para conformarme con ellas, pregúntoos

ahora: ¿qué tenacidad es la vuestra, atenienses, en querer ir contra

mi soberano? ¿No veis que ni en la presente guerra podéis serle

superiores, ni en el porvenir seréis capaces de mantenérsela siempre?

¿No sabéis el número, el valor y hazañas de las tropas de Jerjes? ¿No

oís decir cuántas son las fuerzas que conmigo tengo? ¿Es posible

que no deis en la cuenta que, aun cuando en la actual contienda me

fuerais superiores, de lo que no veo cómo podáis lisonjearos a no haber

renunciado al sentido común, ha de venir con todo a acometeros otro

nuevo ejército más numeroso todavía? ¿Por qué, pues, querer hombrear

tanto en competencia del rey, que os halléis sin poder dejar un

instante las armas de las manos y con la muerte siempre delante de los

ojos, expuestos de continuo a perderos por vuestro capricho y a perder

juntamente vuestra república? Haced la paz, ya que podéis hacerla muy

ventajosa, cuando os convida con ella el rey mismo, y quedaos libres e

independientes, unidos con nosotros sin doblez ni engaño en una liga

defensiva y ofensiva.” Esto es formalmente, oh atenienses, prosiguió

diciendo Alejandro, lo que de su parte mandome deciros Mardonio: yo

de la mía ni una sola palabra quiero deciros por lo tocante al amor

y buena ley que os he profesado siempre; pues no es esta la primera

ocasión en que habréis podido conocerlo. Quiero sí únicamente añadiros

de mío una súplica, y es que viendo vosotros no ser tantas vuestras

fuerzas que podáis sostener contra Jerjes una perpetua guerra,

condescendáis ahora con las proposiciones de Mardonio. Esto os lo

suplico, protestando al mismo tiempo que si viera yo en mis atenienses

tanto poderío como indicaba necesario, nunca me encargara de embajada

semejante. Pero, amigos, el poder del rey parece más que humano, tanto

que no veo a donde no alcance su brazo. Si vosotros, por otra parte,

mayormente ahora cuando se os presentan partidos tan ventajosos, no

hacéis las paces con quien tan de veras os las propone, me lleno de

horror, atenienses, solo con imaginar el desastre que os aguarda,

viendo que vosotros sois los que entre todos los confederados estáis

más al alcance del enemigo, y más a tiro de su furor, expuestos siempre

a sufrir solos sus primeras descargas para ser las primeras víctimas de

su venganza, viviendo en un país que parece criado para ser el teatro

de Ares. No más guerra, atenienses; creedme a mí, ciertos de que no es

sino un honor muy particular el que el rey os hace, no solo en querer

perdonaros los agravios, mas aun en escogeros a vosotros entre los

demás griegos para ser sus amigos y aliados». Así habló Alejandro.

CXLI. Apenas supieron los lacedemonios que iba a Atenas el rey

Alejandro encargado de atraer a los atenienses a la paz y alianza con

el bárbaro, acordáronse con esta ocasión de lo que ciertos oráculos

les habían avisado ser cosa decretada por los hados, que ellos con

los demás dóricos fuesen arrojados algún día del Peloponeso por los

medos y los atenienses;[361] recuerdo que les hizo entrar luego en

grandísimo recelo acerca de la unión de los de Atenas con el persa,

y enviar allá con toda diligencia sus embajadores para que viesen de

estorbar la liga. Llegaron estos, en efecto, tan a tiempo y sazón, que

una misma fue la asamblea que se les dio públicamente, y la que se dio

a Alejandro para la declaración de la embajada. Verdad es que muy de

propósito diferían los atenienses la audiencia pública de Alejandro,

creídos y seguros de que llegaría a oídos de los lacedemonios la venida

de un embajador a solicitarles de parte del bárbaro para la alianza,

y que oída tal nueva habían de enviarlos a toda prisa mensajeros que

procurasen impedirlo. Dispusiéronlo adrede los atenienses, queriendo

hacer alarde en presencia de los enviados de su manera de obrar en el

asunto.

CXLII. Luego, pues, que Alejandro dio fin a su discurso, tomando la

palabra los embajadores de Esparta dieron principio al suyo. «También

venimos nosotros, oh atenienses, a haceros nuestra petición de

parte de los lacedemonios: redúcese a suplicaros que ni deis oído a

las proposiciones del bárbaro, ni queráis hacer la menor novedad en

el sistema de la Grecia. Esto de ningún modo lo sufre la justicia

misma; esto el honor de los griegos no os lo permite; esto con mucha

particularidad vuestro mismo decoro os lo prohíbe. Muchos son los

motivos que para no hacerlo tenéis: el haber vosotros mismos sin

nuestro consentimiento ocasionado la presente guerra; el haber sido

desde el principio vuestra ciudad el blanco de toda ella; el serlo

ahora ya por vuestra causa la Grecia toda. Y dejados aparte todos estos

motivos, fuera sin duda cosa insufrible que vosotros, atenienses,

habiéndoos preciado siempre de ser los mayores defensores de la ajena

independencia y libertad, fuerais al presente los principales autores

de la dependencia y esclavitud de los griegos. A nosotros, amigos

atenienses, nos tiene penetrados de compasión esa vuestra desventura,

cuando os vemos ya por la segunda vez privados de vuestra cosechas

y por tanto tiempo fuera de vuestras casas despojadas, abrasadas y

arruinadas por el bárbaro que os halaga. Pero os hacemos saber ahora

que para alivio de tanta calamidad los lacedemonios con los otros

griegos aliados suyos se ofrecen gustosos a la manutención, así de

vuestras mujeres, como de la demás familia que no sirva para la guerra,

y esto os lo prometen por todo el tiempo que continuare la actual. Por

los cielos, atenienses, no os dejéis engañar de las buenas palabras

de Alejandro, que tanto os halaga y lisonjea de parte de Mardonio, en

lo cual obra como quien es: un tirano patrocina a otro tirano amigo

suyo. Pero vosotros no obraríais como quienes sois, si hiciereis lo

que pretenden de vosotros, pues bien claro podéis ver, si no queréis

de propósito cegaros, que nadie debe dar fe a la palabra, ni menos

fiarse de la promesa de un bárbaro». Así fue como dichos embajadores se

explicaron.

CXLIII. La respuesta que luego dieron a Alejandro los atenienses fue

concebida en estas palabras: «En verdad, Alejandro, que no se nos caía

en olvido cuáles sean, según decíais, las fuerzas del medo, y cuánto

doblemente superiores a las nuestras; ¿por qué a nuestra faz hacernos

ese alarde?, ¿por qué echarnos en cara nuestra mengua y falta de poder?

Nosotros os repetimos que defendiendo la libertad sacaremos esfuerzo

de la debilidad nuestra, hasta tanto que más no podamos. En suma, no

os canséis en balde procurando que nos unamos con el bárbaro, cosa que

otra vez no os la sufriremos. La respuesta, por tanto, que deberéis dar

a Mardonio será que le hacemos saber, nosotros los atenienses, que en

tanto que girare el sol por donde al presente gira,[362] nunca jamás

hemos de confederarnos con Jerjes, a quien eternamente perseguiremos,

confiados en la protección de los dioses y en la asistencia de los

héroes nuestros patronos, cuyos templos y estatuas religiosas tuvo el

bárbaro, como ateo que es, la insolente impiedad de profanar con el

incendio. A vos os prevenimos que nunca más os presentéis ante los

atenienses con semejantes discursos, ni, so color de mirar por nuestros

intereses, volváis segunda vez a exhortarnos a la mayor de todas las

maldades. Vos sois nuestro buen amigo, sois huésped público de los

atenienses; mucho nos pesaría el vernos precisados a daros el menor

disgusto».

CXLIV. Tal fue la respuesta dada a Alejandro: después de ella

diose estotra a los enviados de Esparta: «El que allá temieran los

lacedemonios no nos coligáramos con el bárbaro, puede perdonárseles

esta flaqueza natural entre hombres; el que vosotros sus embajadores,

testigos de nuestro brío y denuedo, temáis lo mismo, no es sino una

infamia y vergüenza de Esparta. Entended, pues, espartanos, que ni

encierra tanto oro en todas sus minas el globo entero de la tierra,

ni cuenta entre todas sus regiones alguna ni tan bella, ni tan

feraz, ni tan preciosa, a trueque de cuyo tesoro y de cuya provincia

quisiéramos los atenienses pasarnos al medo con la infame condición

de la esclavitud de la Grecia; que muy muchos son y muy poderosos

los motivos que nos lo impidieran, aun cuando a ello nos sintiéramos

tentados. El primero y principal es la vista de los mismos dioses aquí

presentes, cuyos simulacros aquí mismo vemos abrasados, cuyos templos

con dolor extremo miramos tendidos por el suelo, y hechos no más unos

montones de tierra y piedra. ¡Ah!, que nuestra piedad y religión en

vez de dar lugar a la reconciliación y alianza con el mismo ejecutor

de tanto sacrilegio y profanación, nos pone en una total necesidad de

vengar con todas nuestras fuerzas el numen de tanto dios ultrajado.

El segundo motivo nos lo da el nombre mismo de griegos, inspirando

en nosotros el más tierno amor y piedad hacia los que son de nuestra

sangre, hacia los que hablan la misma lengua, hacia los que tienen la

misma religión, la comunidad de templos y de edificios, la uniformidad

en las costumbres y la semejanza en el modo de pensar y de vivir. En

fuerza de tales vínculos y de nuestro honor, miramos por cosa tan

indigna de los atenienses el ser traidores a nuestra patria y nación,

que os aseguramos de nuevo ahora, si no lo teníais antes bien creído,

que mientras quede vivo un solo ateniense, nadie tiene que temer que se

una Atenas con Jerjes en confederación. Ese vuestro cuidado y empeño

que mostráis para con nosotros, que nos vemos sin casa en que morar,

tomando tan a pecho nuestro alivio, hasta el punto de ofreceros a la

manutención de nuestras familias, con toda el alma os lo agradecemos,

amigos lacedemonios, viendo que no puede subir de punto vuestra bondad

para con nosotros. Con todo, en medio de la estrechez y miseria en

que nos hallamos, procuraremos, armados de sufrimiento, ingeniarnos

de tal manera, que, sin seros molestos en cosa alguna, pasemos como

mejor podamos nuestras cuitas. Ahora, sí, lo que os pedimos es, que nos

enviéis cuanto antes vuestras tropas, pues a lo que imaginamos no ha de

pasar mucho tiempo sin dejársenos ver el bárbaro en nuestros confines,

pues claro está que lo mismo será oír que nada le otorgamos de cuanto

en su embajada pedía, que dirigirse contra nosotros. De suyo os pide,

pues, la ocasión presente que salgáis con nosotros armados hasta la

Beocia para recibir allí al enemigo, antes de que se nos entre por el

Ática».

Los nueve libros de la Historia (2 de 2) · 第 15 / 21 题