URANIA.

Reseña de la armada griega reunida en Artemisio, donde es atacada por

la de Jerjes, y después de dos combates se retira hacia Salamina. —

Conducen los tesalios a los persas contra la Fócide: origen de las

reyertas entre los tesalios y focidios. — Avanza Jerjes dividiendo su

ejército, pero la columna que debía saquear a Delfos huye a vista de

los prodigios que le suceden. — Los atenienses abandonan su ciudad,

embarcándose para Salamina: aumento de la escuadra griega. — Jerjes

se apodera de Atenas y su ciudadela, incendiándola. — Temístocles

persuade a los griegos a dar la batalla en Salamina. — Convoca Jerjes

a los jefes de marina para oír su dictamen, y Artemisia se opone a

que se ataque a los griegos. — Las tropas coligadas del Peloponeso

fortifican el Istmo contra el cual se dirige el ejército persa, y

los de la escuadra se empeñan en abandonar a Salamina: proyecto que

combate Temístocles. Astucia de este para obligar a los griegos a

pelear en Salamina: descripción de aquella batalla naval. — Temor de

Jerjes y su retirada a Persia, dejando a Mardonio con trescientos

mil hombres. — Política de Temístocles. — Alejandro de Macedonia es

enviado por Mardonio de embajador a los atenienses para atraerlos a

su alianza, que rehúsan ellos.

I. De este modo, pues, dicen que pasaron los acontecimientos; por lo

que mira a la armada de los griegos, iban en ella los siguientes: los

atenienses suministraban 127 naves,[275] a cuyo armamento concurrían

con ellos los de Platea, quienes, bien que rudos e ignorantes en la

náutica, por su valor y brío se mostraban prontos a embarcarse. Los

corintios daban 40 naves; los megarenses 20, y los de Calcis armaban

otras 20, que los atenienses les habían prestado; contribuían con

18 los eginetas; con 12 los sicionios; con 10 los lacedemonios; con

ocho los epidaurios; los de Eretria con siete; los de Trecén con

cinco; con dos los de Estira, y los de Ceos[276] con dos naves y dos

pentecónteros; los locros opuntios habían venido con otros siete

pentecónteros o galeotas de socorro.

II. Estos eran los que militaban en la armada que se hallaba en

Artemisio. Dije ya con cuántas naves había allí concurrido cada una

de las ciudades en particular; añado ahora que el número total de

galeras recogidas en Artemisio, sin contar las galeotas, subía a 271.

El almirante general, a quien todos obedecían, era Euribíades, hijo de

Euriclides, nombrado por los espartanos; y la causa de nombrarle había

sido porque los confederados habían protestado que si un laconio no les

mandaba, antes que militar a las órdenes de los generales atenienses,

se desharía la armada que estaba a punto de reunirse.

III. Nació dicha protesta del rumor que corría ya al principio, aun

antes de que pasasen a Sicilia los embajadores encargados de atraerla

a la común alianza, de que sería menester confiar el mando de la

marina a los atenienses. Viendo estos la oposición declarada de los

confederados, cedieron de su pretensión, por el gran deseo que tenían

de que quedase salva la Grecia, persuadidos de que iba sin duda a

perecer si se dividía en bandos sobre el mando: justa reflexión, siendo

una sedición doméstica tanto peor que una guerra concorde, cuanto es

peor la guerra que la paz. Gobernados, pues, por este principio, no

quisieron porfiar por el mando, antes prefirieron cederlo por sí

mismos hasta tanto que viesen que los aliados necesitaban mucho de sus

fuerzas; designio de que dieron buenas muestras más adelante, porque

echado y rebatido el persa, cuando se trataba ya de volverle la guerra

allá en su misma casa, valiéndose de las violentas insolencias de

Pausanias como de pretexto, despojaron del imperio a los lacedemonios,

cosa que pasó después de las que aquí referimos.

IV. Sucedió entonces a los griegos de la armada que se habían apostado

en Artemisio, que como viesen tantas naves juntas en Áfetas, y que

todo hervía en tropas, cosa que les sorprendió por parecerles que

las fuerzas de los bárbaros subían de punto mucho más de lo que se

habían imaginado, poseídos de miedo trataban de huir del cabo, e irse

a refugiar en lo más interior de la Grecia. Penetrado este designio

por los naturales de Eubea, suplicaron a Euribíades tuviese a bien de

quedarse allí un poco, hasta que ellos tuviesen tiempo para poner en

salvo a sus hijos y domésticos; y como no viniese en ello Euribíades,

pasaron a negociar con el comandante de Atenas Temístocles, con quien

pactaron darle 30 talentos, con tal que apostados los griegos delante

de Eubea diesen allí la batalla naval.

V. He aquí el artificio de que se valió Temístocles para retener allí

a los griegos. De los 30 talentos mencionados dio cinco a Euribíades,

como que se los regalaba de su bolsillo. Ganado ya y persuadido el

general con estas dádivas, quedaba aún por conquistar Adimanto, hijo

de Ocito y jefe de los corintios, que era el único que le resistía,

empeñado en querer hacerse a la vela y desamparar a Artemisio. Encarose

Temístocles con él, y echando un juramento, hablole así: «Por los

dioses, que tú no has de dejarnos; yo te prometo darte tanto dinero

y aun más del que te diera el mismo rey de los medos a fin de que

desamparases a tus aliados». Y no bien acabó de decir esto, cuando

envió a la nave de Adimanto tres talentos de plata. Quebrantados,

pues, estos con aquellas dádivas, mudaron de resolución, y él satisfizo

el deseo de los de Eubea, granjeando para sí, sin que nadie lo notase,

lo restante del dinero, con tal disimulo, que los mismos con quienes

había repartido aquella cantidad estaban creídos de que le había venido

de Atenas, destinada para aquel efecto.

VI. Logrose por este medio que se quedasen en Eubea y entrasen en

combate las naves griegas, lo que se verificó del siguiente modo:

Después que los bárbaros llegados a Áfetas vieron por sus mismos ojos

al hacerse de día lo que ya antes habían oído, que unas pocas naves

griegas estaban apostadas cerca de Artemisio, tenían mucho deseo de dar

sobre ellas a ver si podrían apresarlas. Pero con todo no les pareció

embestirlas de frente, por el recelo de que los griegos, si les veían

ir contra ellos, no echasen a huir y la noche les librase después de

sus manos, como sin duda hubiera sucedido, y también porque, según

ellos decían, el golpe debía ser tal, que ni uno solo se les escapase

para dar noticia a los enemigos.[277]

VII. Bajo este supuesto, tomaron así las medidas. Escogieron 200 naves

de la armada, y las enviaron, a fin de que no fuesen vistas de los

enemigos, por detrás de Escíatos a dar la vuelta de Eubea, queriendo

que por delante de Cafareo[278] y por cerca de Geresto navegasen hacia

el Euripo. El designio que tenían era el coger en medio y cerrar a los

griegos, llegando por aquella parte las 200 naves que les cortasen el

paso para la retirada, y embistiendo las demás de la armada por la

parte contraria. Tomada esta resolución, hicieron partir a las naves

más ligeras destinadas a hacer aquel rodeo: las demás no tenían ánimo

de acometer aquel día a los griegos, ni de hacerlo absolutamente hasta

que las que daban la vuelta les hiciesen señal de que ya se acercaban.

Entretanto, pues, que iban a hacer su giro las 200 naves, pasaban

revista los bárbaros, y contaban las que restaban en Áfetas.

VIII. Mientras que se hacía aquella reseña de la armada, hallándose en

el campo cierto Escilias, de Escíone,[279] el mejor buzo que entonces

se conocía (como lo mostró bien en el naufragio sucedido en las costas

de Pelión, en que sacando salvas del profundo grandes riquezas para

los persas, supo para sí acumular también muchas); hallándose, repito,

resuelto de muchos días atrás a pasarse a los griegos sin haber podido

hallar modo de hacerlo, aprovechose entonces de la ocasión de la

reseña. De qué manera desde allí se pasase a los griegos, confieso

que no acabo de entenderlo, y mucho me maravillara de lo que se dice

sobre la habilidad del buen buzo, si lo tuviera por verdadero; pues

corre la voz de que echándose al mar, y partiéndose de Áfetas, no paró

hasta llegar a Artemisio, pasando bajo del agua, como si nada fuera,

80 estadios de mar. Mil maravillas más son las que se cuentan de aquel

hombre, que parte son muy parecidas a la fábula, parte quizá serán

verdaderas. Mi voto acerca de este punto no es otro sino que llegaría

en algún barco a Artemisio. Lo cierto es que, llegado allá, dio

cuenta a los generales griegos del naufragio padecido y de las naves

destinadas a dar la vuelta a Eubea.

IX. Habida la noticia, entraron en consejo los griegos sobre el caso,

y entre muchos pareceres que allí se dieron, túvose por el mejor el de

quedarse firmes en el puesto todo aquel día, pero que después de la

media noche alzasen ancla y se fuesen a encontrar con las naves dichas

que venían por aquel rodeo. Tomada esta determinación, viendo que nadie

salía por entonces a acometerles, esperando la tarde de aquel mismo

día, fuéronse hacia la escuadra de los bárbaros de Áfetas, queriendo

hacer una prueba de cómo peleaban los griegos y cómo con las naves

acometían.

X. Cuando los soldados de Jerjes, así como los generales, les

vieron venir contra sí con tan pocas galeras, tomándoles por unos

insensatos, dispusieron por su parte las naves, confiados de que con

mucha facilidad les apresarían, y confiados no sin mucho fundamento,

viendo cuán pocas eran las galeras de los griegos, y que las suyas

propias, siendo en número superiores, les hacían también ventaja en

la velocidad. Por esto, pues, y por el desprecio que de los griegos

hacían, cerráronles en medio de su escuadra. Entonces aquellos jonios,

que en su interior favorecían a los griegos, y que a despecho suyo

militaban contra ellos, tuviéronles mucha compasión viéndoles rodeados

de naves enemigas, y dando por cierto que ni uno podría escapárseles:

tan flacas les parecían las fuerzas de la armada griega. Pero todos los

que se alegraban de verles metidos en aquel trance, iban a porfía a ver

quién sería el primero que apresase una galera ática, esperando ser por

ello del rey galardonados, pues entre las tropas del enemigo era mucha

la fama y reputación de los atenienses.

XI. Luego que se dio a los griegos la primera señal para cerrar,

dirigidas las proas contra los bárbaros, volvieron las popas hacia el

medio del círculo que formaron, y a la segunda señal que se les hizo,

emprendieron el ataque, bien que reducidos dentro de un espacio muy

corto, y embistieron de frente al enemigo. Apresaron allí 30 naves de

los bárbaros, e hicieron prisionero a Filaón, hijo de Quersis y hermano

de Gorgo, rey de los salaminios, sujeto de cuenta y reputación en la

armada enemiga. El primero entre los griegos que apresó una galera a

los contrarios y que se llevó la palma de aquella refriega fue el

ateniense Licomedes, hijo de Escreo. La noche, que sobrevino, dividió

a los que combatían en aquella batalla marítima con fortuna varia y

victoria indecisa. Los griegos dieron la vuelta a su Artemisio, y los

bárbaros a su Áfetas, habiéndoles salido el choque muy al revés de

lo que se prometían. Durante este combate no hubo otro griego de los

que servían al rey que se pasase a los griegos sino solo el lemnio

Antidoro, a quien en recompensa de este beneficio dieron los atenienses

su porción y heredad en Salamina.

XII. Venida la noche, aunque se hallaban en medio de la estación misma

del verano, levantose un temporal deshecho de lluvia que duró toda

ella, acompañado de espantosos truenos de la parte del monte Pelión.

Los cadáveres y fragmentos de las galeras que habían naufragado,

echados por las olas hacia Áfetas, y revueltos alrededor de las proas

de las naves, impedían el juego a las palmas de los remos. Las tropas

navales que esto allí oían,[280] entraron en la mayor consternación,

recelosas de que iban sin falta a perecer, según era su presente

desventura, pues no habiendo todavía respirado bien del susto y

ruina del naufragio y tormenta padecida cerca de Pelión, acababa de

asaltarles aquella fuerte refriega naval; y después de la refriega

sobreveníales entonces un recio temporal, con una tan grande avenida de

los torrentes hacia el mar y con tan furiosa tronada. Con tales sustos

pasaron aquella noche.

XIII. Pero durante ella dejose sentir tanto más terrible a los persas

que navegaban alrededor de Eubea, cuanto les cogió en medio del mar,

dando al cabo con todos ellos a pique, pues cogiéndoles aquella

tormenta y lluvia cuando se hallaban delante de Cela,[281] lugar de

Eubea, llevados del viento sin saber hacia dónde, iban a naufragar en

las peñas de la costa. No parece sino que Dios procuraba por todos los

medios igualar las fuerzas de la armada persa con las de la griega,

no queriendo que le fuese muy superior. De esta manera se perdieron

aquellos persas en Cela de la Eubea.

XIV. Los bárbaros que se hallaban en Áfetas, cuando les amaneció la

luz muy deseada del otro día, estuviéronse bien quietos en sus naves,

teniendo a mucha dicha poder descansar entonces después de tanta

fatiga y trabajo. A los griegos viniéronles de refresco 53 galeras

más de Atenas, las cuales les animaron mucho con su socorro: ni les

alentó menos la nueva que al mismo tiempo les vino de cómo todos los

bárbaros que daban la vuelta a Eubea habían naufragado en aquella

pasada tormenta. Con esto, esperando la misma hora que el día anterior,

salieron de su alojamiento, y se dejaron caer sobre las naves de la

Cilicia, y después de haberlas maltratado, llegada ya la noche dieron

vuelta hacia Artemisio.

XV. Venido el día tercero, los jefes de los bárbaros, así por

parecerles una indignidad que les parase tan mal una armada tan

corta, como por miedo de lo que diría y haría Jerjes contra ellos, no

esperaron ya que los griegos vinieran a acometerles, antes habiendo

exhortado a su gente salieron ellos con su armada cerca del medio

día. Hizo la suerte que por aquellos mismos días en que se dieron

aquellas batallas marítimas se dieran puntualmente en Termópilas los

combates por tierra. Todo el empeño de la armada naval de los griegos

se encaminaba a guardar el Euripo, no menos que el de Leónidas con su

gente a impedir la entrada por aquel paso. Así que animábanse los

griegos unos a otros para no dejar que penetrasen los bárbaros dentro

de la Grecia, y los bárbaros, por el contrario, se esforzaban a abrirse

aquel paso por encima del destrozo del ejército griego.

XVI. Entretanto que formada en batalla la escuadra de Jerjes se dirigía

hacia los griegos, estábanse quietos estos en Artemisio. Habían los

bárbaros dispuesto la escuadra en forma de media luna con ánimo de

cerrar en medio a los griegos, quienes al aproximarse ya el enemigo,

sin esperar más tiempo salieron a recibirle y a cerrar con él, y

pelearon de modo que la victoria quedó indecisa; porque si bien la

armada de Jerjes, impedida por su misma enormidad y muchedumbre, no

hacía sino dar contra sí misma, perturbado el curso de sus galeras, que

por necesidad embestían unas con otras, tenían con todo por suma mengua

el retirarse de la batalla siendo tan pocas las naves enemigas. Ni por

esto perecieron pocas naves y poca gente de los griegos, si bien mucho

mayor fue la pérdida en naves y en gente de los bárbaros. Salieron al

cabo unos y otros de la refriega con el resultado que acabo de expresar.

XVII. En esta batalla naval los que entre todos los soldados de Jerjes

mejor se portaron fueron los egipcios, quienes entre otras proezas que

hicieron lograron apresar cinco naves griegas con toda la tripulación.

De todos los griegos los que mejor hicieron aquel día su deber fueron

los atenienses, y entre estos hízolo con mucha especialidad Clinias,

hijo de Alcibíades,[282] quien con una galera propia y armada a costa

suya con 200 hombres servía en la armada.

XVIII. Después que las dos armadas se separaron con gusto de entrambas,

fuese cada cual con mucha prisa a su respectivo puesto. Separados los

griegos del choque, lo primero que procuraron fue recoger los muertos

y los fragmentos del naufragio. Pero viéndose todos muy mal parados, y

no menos que los otros los atenienses, cuyas galeras se hallaban por

mitad destrozadas, solo pensaban en irse retirando hacia lo interior de

la Grecia.

XIX. Haciendo allí Temístocles reflexión de que si podía lograr que

desamparase la armada del bárbaro la gente de la Jonia y de la Caria,

sería factible que alcanzasen los griegos la victoria sobre lo restante

de ella, al tiempo que los naturales de Eubea conducían sus ganados

hacia la playa, juntó a los generales y les dijo que le parecía haber

discurrido un medio con el cual esperaba poder alcanzar que las

mejores tropas del bárbaro se le separasen de la armada. Por entonces

no descubrió más de lo que meditaba; solo les añadió que en las

circunstancias presentes juzgaba que lo que debía hacer cada uno era

matar cuanto ganado quisiese de los rebaños de Eubea, pues valía más

que el ejército se aprovechara de él, que no los enemigos. Con esto les

avisó que cada jefe mandase a su gente encender sus fuegos para cocer

las reses; que acerca del tiempo de la retirada, a su cuenta corría el

que todos regresasen salvos a la Grecia. A todos pareció bien el aviso,

y encendidos los fuegos, se echaron sobre el ganado.

XX. Es de saber que los de Eubea, no contando con un oráculo de Bacis,

como si nada dijese, ni habían cuidado de sacar nada de su casa ni de

introducirlo, considerando que estaban en vísperas de una guerra, y con

esto habían dejado sus cosas expuestas a una total perdición y ruina. Y

decía en este punto el oráculo de Bacis:

_Cuando el bárbaro imponga al mar yugo de biblo,_

_harás que balen tus cabras lejos de Eubea._

Como los de Eubea, pues, en nada se hubiesen aprovechado de tales

versos, ni en medio de las calamidades que ya padecían, ni con el

miedo de las que les amenazaban, aguardábales sin duda la última

miseria y desastre.

XXI. Mientras que en esto se ocupaban, llegósele la atalaya que tenían

en Traquinia, pues que los griegos no solo en Artemisio habían puesto

por atalaya a Polias, natural de Anticira, con un barco pronto y

prevenido para dar aviso a los de Termópilas, en caso de que tuviese su

armada algún encuentro y fracaso con la enemiga, sino que se hallaba

del mismo modo cerca de Leónidas con una galeota de 30 remos a punto

el ateniense Abrónico, hijo de Lisicles, para informar luego a los que

estaban en Artemisio de cualquiera novedad que sucediese a las tropas

de tierra. Fue, pues, dicho Abrónico la atalaya que viniendo dio cuenta

de lo sucedido a Leónidas y a su gente. Al oír los griegos aquella

nueva, no pensaron en dilatar un punto la retirada, sino que por el

orden en que se hallaban anclados, empezaron a partirse los primeros

los de Corinto, los últimos los de Atenas.

XXII. Escogiendo Temístocles entonces de la escuadra de Atenas las

naves más ligeras, fue siguiendo con ellas los lugares de la aguada,

dejando grabadas en las piedras vecinas a la misma unas letras, que

llegados el día después a Artemisio pudieran leer los jonios. Decían

así las letras: «Varones jonios, no obráis bien en hacer guerra a

vuestros padres y mayores, ni en reducir la Grecia a servidumbre. La

razón quiere que os pongáis de parte nuestra. Y si no tenéis ya en

vuestra mano hacerlo así, por lo menos podéis aún ahora retiraros

vosotros mismos de la armada que nos persigue, y pedir a los carios

que hagan lo que os vieren hacer; y si ni lo uno ni lo otro pudiereis

ejecutar por hallaros tan agobiados con ese yugo, y tan estrechamente

atados que no podáis levantaros contra el persa, lo que sin falta

podréis hacer es, que entrando en algún combate, os lo estéis

mirando con vigilante descuido, teniendo presente que sois nuestros

descendientes y sois aun la causa del odio que desde el principio

nos cobró ese bárbaro». A decir lo que sospecho, esto lo escribía

Temístocles con estilo doble y con un rasgo de política finísima, o

para lograr que los jonios, desertando del persa, se pasasen a su

armada, si no llegaban las letras a oídos del rey, o para que este

tuviese por sospechosos a los jonios y les impidiese entrar en batalla

naval, si le contaban lo acaecido y ponían mal a sus ojos la fe de los

jonios.

XXIII. Apenas acababa Temístocles de escribir esto en la aguada, cuando

un hombre natural de Histiea llegó en un barco a dar la noticia a los

bárbaros de que los griegos huían de Artemisio. Ellos, por no fiarse

del espía, aseguráronse de su persona, poniéndole preso entretanto que

despachaban unas naves ligeras que fuesen a ver lo que había. Vueltas

estas con la noticia de lo que realmente pasaba, al salir el sol, toda

la armada junta púsose en viaje en dirección de Artemisio, en donde,

haciendo alto hasta el medio día, encaminose después para Histiea.

Llegados allá los bárbaros, apoderáronse de la ciudad de los histieos

y de una parte de la Elopia, y fueron corriendo y talando todas las

aldeas marítimas de la Histieótide.

XXIV. Estando así las cosas, despachó Jerjes un pregonero a su armada,

después de dar sus providencias acerca de los muertos de los suyos, y

mandando recoger todos los demás cadáveres que de su ejército habían

perecido (y no bajaban de 20.000 los que en Termópilas murieron)

hizo enterrarles en unas fosas abiertas a este fin, y cubiertas otra

vez con tierra, y disimuladas con hojarasca allí tendida para que no

lo echase de ver la gente de su marina. Luego que vino a Histiea el

pregonero, mandando juntar toda la gente de la armada, publicoles este

bando: «Gente de guerra, el rey Jerjes da licencia al que de vosotros

la quiera, para que dejando este puesto, y viniendo al campo, vea

cómo peleó el monarca con estos griegos insensatos y temerarios, que

esperaban poder más que su ejército».

XXV. Publicado el bando, de nada hubo luego en la escuadra tanta

falta como de barcos en que pasar a Termópilas: tantos eran los que

querían concurrir al espectáculo. Pasados allá, miraban los cadáveres

discurriendo por medio de ellos, bien asegurados todos de que eran

dichos muertos lacedemonios y tespieos, pues veían en otro traje a

los ilotas, tendidos allí mismo. Pero a nadie se le pasó por alto el

artificio y disimulo que usó Jerjes con sus muertos; parecioles antes

a todos una cosa ridícula que se dejasen ver 1000 de sus soldados

tendidos, y que los enemigos, en número de 4000, estuviesen allí juntos

y recogidos en un mismo sitio. Este día entero lo gastaron en aquel

espectáculo, pero el día después dieron unos la vuelta para sus naves a

Histiea, y los del ejército de Jerjes se dispusieron para la marcha.

XXVI. Entretanto, ciertos aventureros naturales de Arcadia, pocos

en número, faltos de medios y deseosos de tener a quien servir para

ganarse la vida, se pasaron a los persas. Conducidos a la presencia del

rey, preguntáronles los persas, llevando uno la voz en nombre de todos,

qué era lo que entonces estaban haciendo los griegos. Respondieron

ellos que celebraban los juegos olímpicos, habiendo concurrido a los

certámenes gímnicos y corridas de caballos. Preguntó el persa cuál era

el premio propuesto por cuyo goce contendían, a lo que respondieron que

la presea consistía en una corona de olivo que allí se daba. Entonces

fue cuando oyendo esto Tritantecmes, hijo de Artabano, prorrumpió en

un dicho finísimo, si bien le costó ser tenido del rey por traidor y

cobarde; pues informado de que el premio, en vez de ser de dinero, era

una guirnalda, no pudo contenerse sin decir delante de todos: «Bravo,

Mardonio, ¿contra qué especie de hombres nos sacas a campaña, que no se

las apuestan sobre quién será más rico, sino más virtuoso?».

XXVII. En el intermedio del tiempo que pasó después del choque y

estrago de Termópilas, los tesalios, sin esperar más, enviaron un

mensajero a los focidios, movidos de la aversión y odio que siempre

les tenían, y mucho más después de su último destrozo, de manos de

ellos recibido; pues en una expedición que los tesalios con sus

aliados habían hecho no muchos años antes que el rey se dirigiese

contra la Grecia, juntando todas sus fuerzas habían sido vencidos de

los focidios y pésimamente tratados. He aquí cómo pasó: obligados los

focidios a refugiarse en el Parnaso, tenían en su compañía al adivino

Telias, natural de Élide, quien halló una estratagema oportuna para

la venganza. Embarnizó con yeso a 600 focidios, los más valientes del

ejército, cubriéndolos de pies a cabeza con aquella capa, no menos que

sus armas todas: dándoles después la orden de que matasen a cualquiera

que no viesen blanquear, acometió de noche a los de Tesalia. Los

centinelas avanzados de los tesalios, los primeros que los vieron,

quedaron cogidos de pasmo, pensando que eran fantasmas blancas o

apariciones. Tras este terror de los guardias, espantose de tal modo

todo el ejército que los focidios lograron dar muerte a 4000 tesalios,

y apoderarse de sus escudos, de los cuales consagraron una mitad en

Abas y la otra segunda en Delfos. El diezmo del botín que en aquella

recogieron, parte se empleó en hacer unas grandes estatuas que están

colocadas delante del camarín de Delfos alrededor de la trípode, parte

en alzar en Abas[283] otras tantas como las de Delfos.

XXVIII. Así maltrataron los focidios la infantería de los tesalios que

les tenía bloqueados, y dieron un golpe mortal a la caballería, que iba

a hacer sus correrías por la tierra; porque allá cerca de Hiámpolis,

en la entrada misma del país, abriendo una gran zanja, metieron dentro

unos cántaros vacíos, y echando tierra por encima hasta igualar la

superficie de ella con lo demás del terreno, recibieron allí a los

jinetes tesalios que les acometían, los cuales, llevados a rienda

suelta como quienes iban ya a coger a los focidios, dieron en los

cántaros, con que su caballería quedó manca y estropeada.

XXIX. Ahora, pues, movidos los tesalios del rencor que mantenían contra

los focidios, nacido de estas dos pérdidas, por medio de su mensajero

les hablaron en estos términos: «Al cabo, oh focidios, vueltos ya de

vuestro error, confesaréis que no sois tan grandes como nosotros. Ya

antes entre los griegos, cuando nos placía seguir su partido, éramos

siempre tenidos en más que vosotros, y al presente podemos tanto con

el bárbaro, que en nuestra mano está no solo el privaros de vuestras

posesiones, pero aun el haceros a todos esclavos. Pero no quiera Dios

que, pudiendo tanto, empleemos todo nuestro poder en vengarnos de

vosotros. Contentámonos con que en recompensa de vuestras injurias nos

deis 50 talentos de plata, y salimos garantes de que no se os hará el

daño que amenaza a vuestra tierra».

XXX. Esto fue lo que los tesalios enviaron a decirles. En aquellos

contornos los focidios eran los únicos que no seguían el partido de

los medos;[284] y esto, a lo que por buenas razones alcanzo, no por

otro motivo sino por la enemistad con los tesalios, tanto que si los

tesalios estuvieran por los griegos, hubieran los focidios estado por

los medos, a lo que conceptúo. A la propuesta hecha por los de Tesalia

respondieron los focidios: que no tenían ni un óbolo que esperar de

ellos; que si ellos propios quisieran, en su mano tenían el ser tan

medos como los tesalios mismos; pero que no pensaban en ser, sin más

ni más, solo por su gusto, traidores a la Grecia.

XXXI. Recibida tal respuesta e irritados por ella los tesalios contra

los focidios, resolviéronse a servir de guía al bárbaro en su camino.

Desde la comarca traquinia entráronse por la Dóride,[285] pasando por

aquella punta estrecha de la misma que de ancho no tiene más de 30

estadios, y viene a caer entre los límites de la Mélide y de la Fócide.

Llamábase antiguamente la Driópide, cuya región es madre patria de los

dorios que habitan el Peloponeso. Los bárbaros, pasando por ella, no

hicieron allí hostilidad ninguna, así por ser amiga de los medos, como

por no parecerles bien a los tesalios el que la hicieran.

XXXII. Pero dejada ya la Dóride y entrados en la Fócide, no pudieron

haber a las manos a los focidios; pues una parte de estos se habían

subido a las eminencias del Parnaso, cuya cima, puesta enfrente de

la ciudad de Neón, es tan capaz que parece hecha de propósito para

dar acogida a mucha gente. A esta cima, llamada Titorea, donde antes

ya habían puesto en seguridad sus cosas, habíase, como digo, subido

y refugiado una parte de los focidios; pero otra más crecida de los

mismos, habiendo pasado hacia los locros ozolas, se acogió a la ciudad

de Anfisa,[286] que está situada sobre la llanura Crisea. No pudiendo,

pues, los bárbaros dar con los focidios, hicieron correrías por toda

la tierra de Fócide, guiando los tesalios el ejército, y cuanto a las

manos les venía todo lo incendiaban y talaban, pegando fuego a las

ciudades y a los templos.

XXXIII. Y en efecto, marchando por las orillas del río Cefiso, todo

lo arruinaban, abrasando las ciudades de Drimo, de Caradra, de Eroco,

de Tetronio, de Anficea, de Neón, la de los pedieos, la de los triteos

juntamente con la de Elatea, la de Hiámpolis, la de Parapotamio y la

de Abas.[287] En esta última había un rico templo de Apolo adornado

de muchos tesoros y donativos, y en él también había ya entonces su

oráculo como lo hay al presente, todo lo cual no impidió que después

de saqueado el santuario no fuese entregado a las llamas. Prendieron

a algunos focidios persiguiéndolos por los montes, y de algunas

prisioneras abusaron tanto los bárbaros, tantos en número, que acabaron

con la vida de las infelices.

XXXIV. Dejada atrás Parapotamios, llegaron los bárbaros a Panopea.

Desde allí, dividido el ejército, separose en varios trozos: el mayor y

más poderoso cuerpo de tropas, que llevando al frente a Jerjes marchaba

hacia Atenas, se entró por la región de los beocios, la vuelta de

la ciudad de Orcómeno.[288] La nación toda de los beocios era de la

devoción de los medos: en todas las ciudades de la Beocia presidían

ciertos hombres de Macedonia que había distribuido en ellas Alejandro

para su resguardo,[289] queriendo dar a Jerjes una prueba palpable

de que todos los beocios seguían su parcialidad. Por dicho camino

marchaban, pues, los bárbaros del mencionado cuerpo.

XXXV. Otro cuerpo de ellos, llevando sus guías, marchaba hacia el

templo de Delfos, costeando el Parnaso, que tenían a la derecha; y

estos asimismo entregaban a sangre y fuego cuanto delante se les ponía;

tanto, que incendiaron tres ciudades, la de los panopeos, la de los

daulios y la de los eólidas.[290] El motivo por que dicha división de

tropa hacia esta jornada, era el intento de saquear el templo de Delfos

y presentar al rey Jerjes aquellos ricos despojos. En efecto, Jerjes,

a lo que tengo entendido, sabía mejor los tesoros que había allí

dignos de estima y consideración, que no los que dejaba él mismo en su

palacio, siendo muchos los que de ellos le avisaban, y en especial de

las ofrendas que hizo allí Creso, el hijo de Aliates.

XXXVI. Los naturales de Delfos, informados de lo que pasaba, se

llenaron de pasmo y horror, y poseídos de la pasión, consultaban a su

oráculo lo que debían hacer de aquellos bienes y muebles sagrados, si

sería acaso mejor esconderlos bajo tierra, o pasarlos a otra región.

Pero aquel su dios no permitió que los tocasen de su lugar, diciendo

que él por sí solo era bastante a cubrir y defender sus cosas sin

auxilio ajeno. Con tal respuesta aplicáronse los de Delfos a mirar por

sus vidas y personas; y habiendo hecho pasar a sus hijos y mujeres a la

Acaya, subiéronse casi todos a las cumbres del Parnaso y se refugiaron

en la cueva Coricia, si bien algunos se escaparon a Anfisa, la de los

locros. Todos los de Delfos, en suma, desampararon su ciudad, fuera de

60 varones que con el adivino[291] allí se quedaron.

XXXVII. Al estar tan cerca los bárbaros invasores que ya alcanzaban a

ver el templo, entonces el adivino Acerato, que así se llamaba, observa

y ve delante del templo mismo unas armas sagradas, que de lo interior

del santuario habían sido allí transferidas, armas que sin horrendo

sacrilegio de mano de ningún hombre podían ser tocadas. Vase el adivino

a dar noticia del prodigio a los delfios que allí quedaban, cuando en

este intermedio de tiempo, acercándose los bárbaros a toda prisa y

estando ya delante del santuario de Atenea la Pronea, sobrecógenles

nuevos portentos mucho mayores que el que llevo notado.[292] No digo

que no fuese un prodigio estupendo el que se dejasen ver allí delante

del templo unas armas de guerra salidas fuera de él por sí mismas;

repito, sí, que los portentos que a este primero se siguieron son los

más maravillosos que jamás en el mundo hayan sucedido; porque al ir a

acometer ya a la capilla los bárbaros vecinos de Atenea Pronea, caen

sobre ellos unos rayos vibrados del cielo, dos riscos desgajados con

furia de la cumbre del Parnaso bajan precipitados hacia ellos con un

ruido y fracaso espantosos, cogen y aplastan a no pocos, y dentro del

templo mismo de la Pronea se levanta grande algazara y gritería.

XXXVIII. Con tanto prodigio junto en un mismo tiempo y lugar, apoderose

de los bárbaros el asombro y pavor, y avisados los delfios de que

tomaban la fuga, bajaron del monte e hicieron en ellos gran destrozo y

matanza. Los que de ella se libraron íbanse en derechura escapando a

la Beocia, diciendo, ya restituidos a ella, según he oído referir, que

otros prodigios habían visto todavía, pues dos hóplitas o infantes,

cuyo talle y gallardía eran cosa menos humana que divina, les iban

persiguiendo en la fuga.

XXXIX. Pretenden los delfios que eran estos infantes los dos héroes

paisanos suyos, Fílaco y Autónoo, cuyas capillas están cerca del

templo; la de Fílaco, al lado mismo del camino sobre el santuario de

Pronea; la de Autónoo, cerca de Castalia, bajo la cumbre Hiampea. Los

peñascos caídos del Parnaso se conservan aún en mis días echados en la

capilla de Atenea Pronea, a la cual fueron a parar pasando por medio de

los bárbaros. Tal fue la retirada del destacamento enviado al templo.

XL. La armada naval de los griegos, salida de Artemisio, fuese a ruego

de los atenienses a dar fondo en Salamina.[293] La mira que obligó

a los atenienses a pedirles que se apostasen cerca de Salamina con

sus naves fue para ganar tiempo en que sacar del Ática a sus hijos

y mujeres, y asimismo para deliberar lo que mejor les convendría

en aquellas circunstancias, viéndose precisados a tomar una nueva

resolución, puesto que no les había salido la cosa como pensaban,

porque estando creídos de que hallarían las tropas del Peloponeso

atrincheradas en la Beocia para recibir allí al enemigo, hallaron que

nada de esto se hacía, antes bien entendieron que se estaban aquellas

fortificando en el Istmo por la parte del Peloponeso, y que puesto todo

su cuidado en salvarse a sí mismas, tenían empleadas sus guarniciones

en la guarda de su país, dejando correr lo demás al arbitrio del

enemigo. Con estas noticias resolviéronse a suplicar a los griegos que

mantuviesen la armada cerca de Salamina.

XLI. Así que, retiradas las otras escuadras a Salamina y vueltos a su

patria los atenienses, luego de llegados mandaron publicar un bando,

para que «cada ciudadano salvase como pudiese a sus hijos y familia»,

en fuerza del cual los más enviaron los suyos a Trecén,[294] otros a

Egina y algunos a Salamina: y en esto de pasar y poner en seguridad

a sus gentes, dábanse mucha prisa por dos motivos: el uno por deseo

de obedecer al oráculo recibido, y el otro, nada inferior, por lo que

voy a decir. Cuéntase entre los atenienses que una gran serpiente

tiene su morada en el templo de Atenea como guarda de su ciudadela;

y no solamente se cuenta así, sino que mensualmente le ponen allí su

comida, como si en realidad existiera, y consiste su ración mensual en

una torta con miel. Sucedió, pues, que dicha torta, que siempre en los

tiempos atrás se hallaba comida, entonces apareció intacta; y como la

sacerdotisa de Atenea diese de ello aviso, este fue un motivo más para

que los atenienses con mayor empeño y prontitud dejasen su ciudad, como

si la diosa tutelar la hubiese ya desamparado. Transportadas, pues,

todas sus cosas, hiciéronse a la vela para ir a juntarse con la otra

armada en sus reales.

XLII. Habiéndose tenido la nueva de que la armada de Artemisio

había pasado a Salamina, todas las demás escuadras de los griegos,

saliendo de Trecén, en cuyo puerto, llamado el Pogón, se les había

dado la orden de juntarse, fuéronse a incorporar con ella. Con esto

el número de naves que allí recogieron fue muy superior al de las que

habían combatido en Artemisio, siendo más ahora las ciudades que con

ellas concurrían. El almirante, con todo, era Euribíades, el hijo de

Euriclides, natural de Esparta, pero no de familia real, el mismo que

lo había sido en Artemisio. Los atenienses eran los que daban el mayor

número de naves y las más ligeras.

XLIII. He aquí el catálogo de los que militaban: del Peloponeso

concurrían los lacedemonios con dieciséis galeras; los corintios

llenaban el número mismo de naves que tenían en Artemisio; los

sicionios[295] venían con quince; los epidaurios con diez; los

trecenios con cinco, y los hermioneos con tres. Todos estos pueblos,

excepto los últimos, son dóricos y macedonios por su origen, venidos de

Erineo y de Pindo, y últimamente de la Driópide; pero los hermioneos

son aquellos dríopes a quienes echaron de la región llamada Dóride

Heracles y los melieos. Estas eran, repito, las tropas navales de los

peloponesios.

XLIV. Los que concurrían del continente que está fuera del Peloponeso

eran atenienses, que por sí solos daban 180 naves, número superior al

de todos los demás. En Salamina ya no concurrían en la escuadra de

Atenas los plateos, porque al retirarse las naves de Artemisio, luego

que llegaron delante de Calcis, desembarcados en la parte frontera

de Beocia, fuéronse a poner los suyos en seguridad; con tan honesto

motivo como era el de salvar a sus domésticos, habíanse separado de

sus atenienses. Para decir algo de los atenienses, cuando los pelasgos

dominaban en la que ahora se llama Grecia, eran aquellos también

pelasgos con el nombre de cránaos; los mismos en el reinado de Cécrope

se llamaban cecrópidas; y después que Erecteo le sucedió en el mando

mudaron su nombre en el de atenienses, y cuando Ion, el hijo de Juto,

fue hecho general de los atenienses, estos se llamaron jonios.

XLV. Los megarenses daban en Salamina tantas naves como en Artemisio.

Los ambraciotas asistían con siete a la armada, y los leucadios con

tres,[296] siendo estas gentes de origen dórico y colonias de Corinto.

XLVI. Entre los isleños venían con treinta galeras los eginetas,

quienes si bien tenían armadas algunas otras, habiendo de defender con

ellas a su isla, halláronse solo en la batalla de Salamina con las

treinta dichas, que eran muy fuertes y veleras. Son los eginetas un

pueblo dórico pasado de Epidauro a aquella isla, que primero llevaba

el nombre de Enone. Después de estos presentáronse con las veinte

naves que ya tenían en Artemisio los calcideos y con sus siete los

de Eretria, pueblos entrambos jonios. Los de Ceos, que asimismo son

gente jonia venida de Atenas, asistieron con los mismos buques que

antes. Vinieron los de Naxos con cuatro galeras: habíanles enviado

sus ciudadanos a juntarse con los medos, como habían hecho los otros

isleños; pero ellos, sin atenerse a tales órdenes por el cuidado y

solicitud de Demócrito, hombre muy principal entre los suyos y capitán

entonces de una de las naves, viniéronse a juntar con los griegos. Los

de Estira daban las mismas naves que en Artemisio, y los de Citnos[297]

daban también la suya con su galeota, cuyos dos pueblos son dríopes

en su origen. Seguían asimismo en la armada los de Serifos, los de

Sifnos,[298] los de Milos, siendo estos los únicos isleños que no

habían reconocido al bárbaro por soberano con la entrega de la tierra y

del agua.

XLVII. Había sido levantada toda la referida tropa en las naciones

que moran más acá de los confines de los tesprotos y del río

Aqueronte;[299] siendo los que confinan con los ambraciotas y con

los leucadios, que fueron los guerreros venidos de las regiones más

remotas. De los pueblos situados más allá de los dichos términos solo

asistían a la Grecia puesta en tanto peligro los crotoniatas, y estos

con una sola nave, cuyo comandante era Failo, el cual había tres veces

obtenido el primer premio de los juegos pitios: son los crotoniatas

oriundos de Acaya.

XLVIII. Generalmente las ciudades dichas servían en la armada con sus

galeras; solo los melios, sifnios y serifios venían en sus galeotas

o pentecónteros: dos daban los melios, oriundos de Lacedemonia; los

sifnios y serifios, ambos de origen jonios, colonos de Atenas, daban la

suya respectiva. El número total de las naves sin contar las galeotas

subía a 378.[300]

XLIX. Juntos ya en Salamina todos los generales de las ciudades

mencionadas, entraron en consejo, donde les propuso Euribíades que cada

cual con entera libertad dijese qué lugar, entre todos los que estaban

bajo del poder y dominio griego, le parecía ser el más oportuno para

la batalla naval. No contaba con Atenas, desamparada ya, y solamente

les consultaba acerca de las demás ciudades. El mayor número de los

votos concordaba en que pasasen al Istmo y diesen la batalla en el

Peloponeso. La razón que daban era que en caso de ser vencidos por mar

cerca de Salamina, se verían después sitiados en aquella isla, donde

ningún socorro les podría llegar; pero que si se hallaban cerca del

Istmo, podrían, en caso de ser vencidos, irse a juntar con los suyos.

L. Defendiendo así su parecer los generales del Peloponeso, llegó un

ateniense con la nueva de que el bárbaro se entraba ya por el Ática, y

que en ella lo pasaba todo a sangre y fuego. En efecto, el ejército en

que venía Jerjes marchando por la Beocia, después de haber puesto fuego

a la ciudad de los tespieos,[301] a la cual habían todos desamparado

retirándose al Peloponeso, como también a la de los plateos; había

llegado a Atenas, donde todo lo destruía y talaba; y la razón que le

indujo a abrasar las ciudades de Tespias y de Platea era por haber oído

de los tebanos que no eran de su devoción.

LI. Al cabo de tres meses, contando desde el tránsito del Helesponto

de donde emprendieron los bárbaros sus marchas hacia Europa, en cuyo

tránsito emplearon otro mes,[302] halláronse por fin en el Ática el

año en que fue Calíades arconte en Atenas. Apoderáronse de la ciudad

desierta, encontrando con todo unos pocos atenienses en el templo

de Atenea, y con ellos a los encargados de las rentas y bienes del

mismo, y otros desvalidos. Eran estos o tan pobres que por faltarles

los medios no habían podido retirarse a Salamina, o del número de los

que pensaban haber penetrado mejor el oráculo de la Pitia, en que les

anunciaba que la muralla de madera sería inexpugnable, persuadidos de

que, conforme al oráculo, la ciudadela y no las naves era un asilo

seguro. Los tales, pues, cerrada la puerta del alcázar y atrancada con

unos gruesos palos, resistían a los que procuraban acometerles.

LII. Los persas, fortificándose en un collado que está enfrente de la

fortaleza, al cual llaman los de Atenas el cerro de Ares,[303] les

pusieron sitio, y desde allí disparaban contra las estacadas de la

ciudadela unas saetas incendiarias, alrededor de las cuales ataban

estopa inflamada. Los atenienses sitiados, por más que viesen fallarles

ya la estacada, se defendían tan obstinadamente que ni aun quisieron

oír las capitulaciones que los Pisistrátidas les proponían. Entre otros

medios de que se valían para su defensa, uno era el impeler hacia los

bárbaros que acometían contra la puerta peñascos del tamaño de unas

ruedas de molino. Llegó la cosa a punto que Jerjes, no pudiéndoles

rendir, estuvo harto tiempo sin saber qué partido podría tomar.

LIII. Al cabo, como era cosa fatal y decretada ya, según el oráculo,

que toda la tierra firme del Ática fuese domada por los persas, a los

bárbaros apurados se les descubrió cierto paso por donde entrasen

en la ciudadela, porque por aquella fachada de la fortaleza que cae

a las espaldas de su puerta y de la subida, lienzo de muralla tal

que no parecía que hombre nacido pudiese subir por él, y dejado por

eso sin guarda ninguna; por allá, digo, subieron algunos enemigos,

pasando por cerca del templo de Aglauro, hija de Cécrope, a pesar de

lo escarpado de aquel precipicio. Cuando vieron los atenienses a los

bárbaros subidos a la plaza, echándose los unos cabeza abajo desde los

muros, perecieron despeñados, y los otros se refugiaron al templo de

Atenea. La primera diligencia de los persas al acabar de subir, fue

encaminarse hacia la puerta del templo, y abierta pasar a cuchillo a

todos aquellos refugiados. Degollados todos y tendidos, saquearon el

templo y entregaron a las llamas la ciudadela entera.

LIV. Luego que se vio Jerjes dueño de toda la ciudad de Atenas,

despachó un correo a caballo que fuese a Susa para dar parte a Artabano

del feliz suceso de sus armas. El día después de despachado el

nuncio, convocó a los desterrados de Atenas que traía en su comitiva,

y les ordenó que subiesen al alcázar, hiciesen en él sus sacrificios

conforme el rito patrio y ceremonias del país, ora lo mandase así por

alguna visión que entre sueños hubiese tenido, o bien por escrúpulo o

remordimiento de haber quemado el templo. Los desterrados de Atenas

cumplieron por su parte con las órdenes dadas.

LV. Ahora quiero yo decir lo que me ha movido a referir esta

particularidad. Hay en la ciudadela un templo de Erecteo, de cuyo

héroe se dice que fue hijo de la tierra,[304] y en el templo hay un

olivo y un mar o pozo de agua marina, los que son monumentos de la

contienda que entre sí tuvieron Poseidón y Atenea sobre la tutela del

país, según lo cuentan los atenienses. Sucedió, pues, que dicho olivo

quedó abrasado juntamente con los demás del templo en el incendio de

los bárbaros. ¡Cosa singular! Un día después del incendio, cuando

los atenienses por orden del rey subieron al templo para hacer los

sacrificios, vieron que del tronco del olivo había ya retoñado un

vástago largo de un codo. Así al menos lo dijeron.

LVI. Lo mismo fue oír los griegos que se hallaban en Salamina juntos

en consejo lo que pasaba en la ciudadela de Atenas, que moverse entre

los mismos un gran alboroto y confusión, tal que algunos de los jefes

principales, sin esperar que se viniese a la votación y último acuerdo

de lo que se deliberaba, saltaron de repente a sus galeras e iban

desplegando las velas para partir luego, y los demás que se quedaron en

la junta acordaron que se diese la batalla delante del Istmo. Vino en

fin la noche, y disuelto el congreso, retiráronse a las naves.

LVII. Al volver entonces Temístocles a la suya, preguntole cierto

paisano de él, llamado Mnesífilo, qué era lo que se había acordado; y

oyendo de él que la resolución última había sido que pasadas las naves

al Istmo, se diese la batalla naval delante del Peloponeso: «Si así es,

le dijo, que esos una vez se partan de Salamina con sus naves, adiós,

amigo, no habrá más patria por cuya defensa podrás tú pelear. ¿Sabes

lo que harán? Volverase cada cual a su ciudad; ni Euribíades ni otro

alguno podrá tanto que llegue a estorbar que no se disuelva y disipe

la armada; y con esto irá pereciendo la Grecia por falta de consejo y

acierto. No, amigo; mira si tiene remedio el asunto; ve allá y procura

desconcertar lo acordado, si es que puedes hallar el modo de hacer que

Euribíades mude de parecer y quiera no moverse de este puesto».

LVIII. Penetrose mucho Temístocles del aviso, y cuadrole la idea de

suerte que, sin contestarle ni una sola palabra, vase a la nave de

Euribíades, y dícele desde su esquife que tenía un negocio público

que tratar con él. Euribíades, mandándole subir a bordo, convídale a

que diga lo que quiera comunicar. Temístocles, sentándose a su lado,

le propone cuanto había oído de boca de Mnesífilo, apropiándose la

idea[305] y añadiendo muchas otras cosas y razones, ni paró hasta

tanto que, haciéndole mudar de parecer, le redujo con sus ruegos a que

saltase a tierra y llamase a los generales a congreso.

LIX. Júntanse, pues, estos, y antes que les propusiera Euribíades

el asunto para cuya deliberación les había convocado, el hábil

Temístocles, como hombre muy empeñado en salir con su intento, hacíase

lenguas pidiendo a todos que no dejasen el puesto. Oyéndole el general

de los corintios, Adimanto, hijo de Ocito: «Temístocles, le dijo,

en los juegos públicos lleva azotes el que se mueve antes de la

señal».[306] Rebatiole Temístocles con decirle: «Los que en ellos se

quedan atrás no se llevan la palma».

LX. Devuelta con gracia la réplica al corintio, volviose Temístocles

para hablar con Euribíades, y sin hacer mención de lo que antes a solas

le había dicho, a saber, que si una vez alzaban ancla los generales

en Salamina apretarían a huir, pues bien veía él que no era cortesía

acusar a nadie de cobarde en presencia de los confederados, echó mano

de esotro discurso diciendo: «En tu mano, Euribíades, tienes ahora la

salud pública de la Grecia; con tal que te conformes con mi parecer,

que es el de dar en estas aguas la batalla, y no con el de los que

quieren que leves ancla y vuelvas a las del Istmo con la armada. Óyeme,

pues, y pesa luego las razones de entrambos pareceres. Dando la batalla

cerca del Istmo, pelearás lo primero en alta mar, en mar abierta y

patente, cosa que de ningún modo nos conviene, siendo nuestras galeras

más pesadas y menores en número que las del enemigo. Además de esto,

perderás a Salamina, Mégara y Egina, aun cuando lo demás nos salga

felizmente. Con esto, finalmente, harás que el ejército de tierra

siga y acompañe las escuadras del enemigo, y con ese motivo tú mismo

la conducirás al Peloponeso y pondrás en peligro a la Grecia toda. Si

por el contrario, siguieses mi parecer, mira cuántas son las ventajas

que a lograr vamos. En primer lugar, siendo estrecho ese paso, con

pocas naves podremos cerrar con muchas; y si fuere tal la fortuna

de la guerra cual es verosímil que sea, saldremos de la refriega

muy superiores, puesto que a nosotros, para vencer, nos conviene lo

angosto del lugar, al paso que la anchura al enemigo. A más de esto,

nos quedará salva Salamina, donde hemos dado asilo y guarida a nuestros

hijos y mujeres. Añado aunque de hacerlo así depende lo que tanto

desean estos guerreros, pues quedándote aquí cubrirás y defenderás

con la armada al Peloponeso del mismo modo que si dieras la batalla

cerca del Istmo, y no cometerás el error de conducir los enemigos al

Peloponeso. Y si el éxito nos favorece, como lo espero, quedando ya

victoriosos en el mar, lograremos sin duda que no se adelanten los

bárbaros hacia el Istmo, ni pasen aún más allá del Ática, antes bien

los veremos huir sin orden ninguno y con la ventaja de que nos queden

libres e intactas las ciudades de Mégara, de Egina y de Salamina, en

donde los atenienses, según la promesa de los oráculos, debemos ser

superiores a nuestros enemigos. No digo más, sino que por lo común el

buen éxito es fruto de un buen consejo, mientras que ni Dios mismo

quiere prosperar las humanas empresas que no nacen de una prudente

deliberación».

LXI. Al tiempo que esto decía Temístocles, interrumpiole otra vez

Adimanto el corintio, mandando que callase el fanfarrón expatriado y

aún sin patria, y volviéndose a Euribíades le dijo no permitiese a

nadie votar[307] sobre el dictamen de quien ni casa ni hogar tenía ya;

que primero les dijese Temístocles cuál era su ciudad, y que se votase

después sobre su parecer; desvergüenza con que daba a Temístocles en

rostro por hallarse ya su patria, Atenas, en poder del persa. Entonces

Temístocles cubriole de oprobio a él y a sus corintios, diciéndole de

ellos mil infamias, añadiendo que los atenienses con las 200 naves

armadas que conservaban, tenían mejor ciudad y mayor estado que ellos;

no habiendo ninguno entre los griegos que pudiese resistir si los

atenienses le acometían.

LXII. Después que de paso hubo soltado estas razones, encarose con

Euribíades, y con mayor ahínco y resolución le dijo: «Atiende bien

a ello: si esperares aquí al enemigo y esperándole te portares como

corresponde según eres de valiente y honrado, serás la salud de la

Grecia; de otro modo, su ruina. Nuestras fuerzas en esta guerra no

son otras que las de esta armada unida: no te dejes deslumbrar, sino

créeme a mí. Voy a echar el resto: si no haces lo que te digo, sin

aguardar más nosotros los atenienses vamos en derechura a cargar con

nuestras familias y partimos con ellas para Siris[308] de Italia, pues

ella es nuestra ya de tiempo inmemorial, y nos predicen los oráculos

que debemos poblarla nosotros. Cuando os viereis desamparados de una

alianza como la nuestra, os acordaréis de lo que ahora os digo».

LXIII. Con estas razones de Temístocles iba desimpresionándose

Euribíades; y lo que a mi juicio le hacía mudar de dictamen, era

particularmente el miedo de que les dejarían los atenienses si retiraba

la armada hacia el Istmo; tanto más cuanto, dejándoles ellos, no

tendrían los demás fuerzas bastantes para entrar en batalla con el

enemigo. Su dictamen, en suma, fue que se diese allí la batalla.

LXIV. Después que se hubieron encontrado de pareceres en esta reyerta

sobre quedarse o no en Salamina, cuando vieron la resolución de

Euribíades, empezaron a prepararse para entrar allí mismo en combate.

Vino el día, y en el punto de salir el sol sintiose un terremoto de mar

y tierra. Parecioles a los griegos que no solo sería bien acudir a los

dioses con sus oraciones y votos, sino también llamar a los Eácidas en

asistencia y compañía suya, y así lo ejecutaron; porque habiendo hecho

sus ruegos a todos los dioses, tomaron de Salamina misma a Áyax y a

Telamón, y enviaron a Egina una nave para traer a Éaco y a los demás

Eácidas.[309]

LXV. Más es todavía lo que contaba Diceo, hijo de Teocides, natural de

Atenas e ilustre desterrado entre los persas: que en el tiempo en que

la infantería de Jerjes iba talando el Ática, desierta de ciudadanos,

hallábase él casualmente en el campo triasio[310] en compañía del

lacedemonio Demarato; que vieron allí una polvareda que salía de

Eleusis, cual suele levantar un cuerpo de treinta mil hombres; y como

ellos, maravillados, no entendiesen qué gente podría ser la que tanto

polvo levantaba, oyeron de repente una voz que a él le pareció ser

aquella oda solemne y mística llamada _Yaco_. Preguntole Demarato,

que no tenía experiencia de las ceremonias que se usan en Eleusis,

qué venía a ser aquella vocería; a lo que Diceo respondió: «No es

posible, Demarato, sino que una gran maldición del cielo o del abismo

va a descargar sobre el ejército del rey, pues bien claro está que

hallándose el Ática desamparada y vacía, son esas voces de algún dios

que de Eleusis va al socorro de los atenienses y de sus aliados. Si se

echa sobre el Peloponeso ese socorro divino, en mucho peligro se verá

el rey con el ejército de tierra firme, y si va hacia las naves que

están en Salamina, peligra mucho que el rey pierda su armada naval. Esa

es una fiesta que celebran todos los años los atenienses en honra de

la _Madre_ (Deméter) y de la _Niña_ (Perséfone), en la cual cualquiera

de ellos, y aun de los otros griegos, puede alistarse por cofrade, y

esta algazara que aquí oyes es la misma que mueven en la fiesta con

su cantar de _Yaco_». Díjole a esto Demarato: «Calla, amigo; te ruego

que no digas a nadie palabra de esto; que si cuanto aquí manifiestas

llega a oídos del rey, perderás tú la cabeza, sin que yo ni otro alguno

podamos librarte. Silencio, y no mover ruido; que de nuestro ejército

cuidarán los dioses». Esto fue lo que previno a Diceo su compañero;

pero después de vista la polvareda y oída la gritería, formose allí una

nube que, llevada por el aire, se encaminó hacia Salamina al ejército

de los griegos, con lo cual acabaron de entender que había de perderse

la armada naval de Jerjes. He aquí lo que contaba Diceo, hijo de

Teocides, citando por testigos a Demarato y a otros muchos.

LXVI. Volviendo a las tropas que servían en la armada de Jerjes,

después que desde Traquinia, donde habían contemplado el destrozo y

carnicería hecha en los lacedemonios, pasaron a Histiea, detuviéronse

en ella tres días, después de los cuales navegaron por el Euripo, y

al cabo de otros tres se hallaron en Falero,[311] puerto que era de

Atenas: y a lo que creo, no fue menor el número de las tropas que

vino contra Atenas, así de las de tierra como de las de mar, de lo que

había sido aquel con que habían antes llegado a Sepíade y a Termópilas;

porque debo aquí sustituir al número de las que en la tormenta se

perdieron, de las que perecieron en Termópilas y de las que murieron

en los combates navales cerca de Artemisio, los melieos, los dorios,

los locros y los beocios, pueblos que con todas sus milicias venían

incorporados en el grueso del ejército, sacados solamente los de

Tespias y los de Platea. Debo añadir también los caristios,[312] los

andrios, los tenios y todos los demás isleños, fuera de aquellas cinco

ciudades de quienes hice antes mención, llamándolas por su nombre. Y lo

cierto es que cuanto más iba internándose el persa dentro de la Grecia,

tantas más eran las naciones que le iban acompañando.

LXVII. Llegados, pues, a Atenas todos los que llevo referidos, sacando

solamente a los parios, pues estos, habiéndose quedado en Citnos,

se mantuvieron neutrales esperando a ver en qué pararía la empresa;

llegados, repito, todos los demás a Falero, bajó el mismo Jerjes en

persona hacia las naves con el intento de conferenciar con su marina

y a fin de explorar de qué sentir eran los de sus escuadras. Acercado

a la playa, y sentado en un lugar eminente, íbansele presentando los

señores de sus respectivas naciones y los oficiales llamados de sus

naves, y tomaban asiento según el lugar y preferencia que el rey a cada

uno de ellos había señalado, siendo entre todos el primero el rey de

Sidón, el segundo el de Tiro y así de los demás. Sentados ya todos por

su orden, Mardonio, pasando por medio de ellos de orden de Jerjes, iba

tomando los pareceres de cada uno en particular sobre si sería del

caso dar la batalla naval.

LXVIII. Iba, pues, Mardonio preguntando a todos, empezando su giro

desde el rey de Sidón, y recogiendo de cada uno de ellos un mismo voto

y sentimiento, a saber, que sin duda debía darse la batalla, cuando

Artemisia se explicó en tales términos: «Harasme, oh Mardonio, la

merced de decir al rey de mi parte, que yo, que no me porté enteramente

mal en las refriegas pasadas, aquí cerca de Eubea, ni dejé de dar

pruebas bastantes de mi valor, háblole ahora por tu boca en estos

términos: Señor, mi fidelidad en todo rigor de justicia me obliga

a que os descubra ingenuamente lo que juzgue por más conveniente a

vuestro servicio: hágolo, pues, diciéndoos que guardéis vuestras naves

y no entréis con ellas en batalla, pues esos enemigos son una tropa

tan superior en el mar a la vuestra, cuanto lo son los hombres en

valor a las mujeres. Y ¿qué necesidad tenéis vos, ni poca ni mucha,

de exponeros a una batalla naval? ¿No os veis dueño de Atenas, cuya

venganza y conquista os movió a esta expedición? ¿No sois señor de

la Grecia toda, no habiendo ya quien salga a detener el curso de la

victoria? Los que hasta aquí se os han puesto delante, han llevado,

y llevado bien, su merecido. Aun más, señor: quiero representaros el

paradero que a mi juicio tendrán los asuntos del enemigo. Si no os

apresuráis a dar la batalla por mar, antes bien continuáis en tener la

armada en estas costas o la mandáis avanzar hacia el Peloponeso, no

dudéis, señor, que veréis cumplidos los designios que os han traído a

la Grecia; porque no se hallarán los griegos en estado de resistiros

largo tiempo, sino que les obligaréis en breve a dividir sus fuerzas

partiéndose hacia sus respectivas ciudades. Hablo así, porque, según

llevo dicho, ni tienen ellos víveres provenidos en esa isla, ni es

de creer que dirigiéndoos vos con el ejército de tierra hacia el

Peloponeso, se estén aquí inmóviles los que allá han concurrido. No

se cuidarán ellos sin duda de pelear en defensa o venganza de los

atenienses. Al contrario, tengo mucho que temer que si con tanta

precipitación dais la batalla naval, vuestras tropas de mar, rotas y

deshechas, han de desconcertar a las de tierra. A más de esto, quisiera

yo, señor, que hicieseis la siguiente reflexión: que un buen amo, por

lo común, se ve servido de un criado malo, y un mal amo de un criado

bueno. De esta desgracia os toca también a vos una buena parte, que

siendo el mejor soberano del mundo tenéis unos pésimos criados; pues

esos que pasan por aliados vuestros, quiero decir, los egipcios, los

chipriotas, los cilicios, los panfilios, no son hombres para nada».

LXIX. Al oír a Artemisia diciendo esto a Mardonio, cuantos la querían

bien recibían mucha pena de que así se explicase, persuadidos de que

había de costarle caro su libertad de parte del soberano, como que se

oponía a que se diese la batalla. Pero los que la miraban con malos

ojos y le envidiaban la honra con que el rey la distinguía entre los

demás confederados, recibían gran placer en su voto particular, como si

por él se fabricase ella misma su ruina. Pero no fue así, antes bien,

cuando se hizo relación a Jerjes de aquellos pareceres, mostró mucho

gusto y satisfacción con el de Artemisia; de suerte que, si antes la

tenía por mujer de prendas, la celebró entonces mucho más de ingeniosa

y prudente. Ordenó, no obstante, que se estuviese a la pluralidad de

los votos, dándose a entender que sus tropas antes no habían hecho su

deber en los encuentros cerca de Eubea, llevando blanda la mano por no

hallarse él presente, pero que no sucedería lo mismo entonces, cuando

estaba resuelto a ver las batallas por sus mismos ojos.

LXX. Dada la orden de hacerse a la vela, partieron hacia las aguas de

Salamina, y se formaron en batalla a su gusto y placer, tan despacio,

que no les quedó tiempo para darla aquel día. Sobrevino la noche y la

pasaron ordenándose para pelear al día siguiente. Pero los griegos, y

muy particularmente los venidos del Peloponeso, estaban sobrecogidos de

pasmo y horror, viendo estos últimos que, confinados allí en Salamina,

iban a dar a favor de los atenienses una batalla, de la cual, si salían

vencidos, veríanse cogidos y bloqueados en una isla, dejando a su

patria indefensa.

LXXI. Aquella misma noche empezó a marchar por tierra hacia el

Peloponeso el ejército de los persas, por más que se hubiesen

tomado todas las medidas y precauciones posibles a fin de impedir

a los bárbaros el paso de tierra firme; porque apenas supieron los

peloponesios la muerte de las tropas de Leónidas en Termópilas,

concurriendo a toda prisa los guerreros de las ciudades, sentaron

sus reales en el Istmo, teniendo al frente por general a Cleómbroto,

hijo de Anaxándridas y hermano de Leónidas. Plantados en el Istmo

sus reales, cortaron ante todo con trincheras y terraplenaron la vía

Escirónida,[313] y después tomado entre ellos acuerdo, determinaron

levantar una muralla en las fauces del Istmo, y como eran muchos

millares de hombres los que allí estaban, y no había ni uno solo que no

pusiese mano al trabajo, estaba ya entonces acabada la obra, mayormente

cuando sin cesar ni de día ni de noche, iban afanándose aquellas

tropas, acarreando unos ladrillo, otros fagina y otros cargas de arena.

LXXII. Los pueblos que a la guarnición y defensa del Istmo concurrían

con toda su gente eran los griegos siguientes: los lacedemonios,

los arcadios todos, los eleos, los corintios, los sicionios, los

epidaurios, los fliasios, los trecenios y los hermioneos; y estos se

desvelaban tanto en acudir con sus tropas al Istmo, porque no podían

ver sin horror reducida la Grecia al último trance y peligro de perder

la libertad, mientras que los otros peloponesios lo miraban todo con

mucha indiferencia, sin cuidarse nada de lo que pasaba.

LXXIII. Habíase ya dado fin a los juegos olímpicos y las Carneas.

Para hablar con más particularidad, es de saber que son siete las

naciones que moran en el Peloponeso, dos de las cuales, los arcadios

y los cinurios, no solo son originarios de aquella provincia, sino

que al presente ocupan la misma región que desde el principio la

ocupaban. Una nación de las siete, es decir, la aquea, si bien nunca

desamparó el Peloponeso, salida con todo de su misma tierra habita en

otra extraña:[314] las otras cuatro que restan, la de los dorios, de

los etolios, de los dríopes y de los lemnios, son advenedizas. Tienen

allá los dorios muchas y muy buenas ciudades; los etolios solamente

una, que es Élide; los dríopes tienen a Hermíone y Ásine,[315] que

está confinante con Cardámila, ciudad de la Laconia; a los lemnios

pertenecen todos los pareoratas. Los cinurios, siendo originarios del

país (o _autóctonos_), han parecido a algunos los únicos jonios del

país, solo que se han vuelto dóricos al parecer, así por haber sido

vasallos de los argivos, como por haberse hecho _ornéatas_ con el

tiempo por razón de su vecindario. Digo, pues, que las demás ciudades

de estas siete naciones, exceptuando las que llevo expresadas,

saliéronse fuera de la liga, o si ha de hablarse con libertad,

saliéndose de la liga, se declararon por los medos.

LXXIV. Los que se hallaban en el Istmo no perdonaban trabajo ni

fatiga alguna, como hombres que veían que en aquello se libraba su

suerte, mayormente no esperando que sus naves les acudiesen mucho

en la batalla; y los que estaban en Salamina, por más que supiesen

los preparativos del Istmo, estaban amedrentados, no tanto por su

causa propia como respecto al Peloponeso. Por algún corto tiempo,

hablando los unos al oído de quien a su lado tenían, admirábanse de

la imprudencia y falta de acierto en Euribíades; pero al fin reventó

y salió al público la murmuración. Juntose la gente a consejo, y todo

era altercar sobre el asunto. Porfiaban los unos ser preciso hacerse

a la vela para el Peloponeso, exponerse allí a una batalla para su

defensa; pero no quedarse en donde estaban para pelear a favor de una

región tomada ya por el enemigo. Empeñábanse, por el contrario, los

atenienses, los eginetas y los megarenses en que era menester rebatir

al adversario en aquel puesto mismo.

LXXV. Entonces, como viese Temístocles que perdía la causa por los

votos de los jefes del Peloponeso, saliose ocultamente del congreso, y

luego de salido despacha un hombre que vaya en un barco a la armada de

los medos, bien instruido de lo que debía decirles. Llamábase Sicino

este enviado,[316] y era siervo y ayo de los hijos de Temístocles,

quien, después de sosegadas ya las cosas, hízole inscribir entre los

ciudadanos de Tespias, en la ocasión en que estos admitían nuevos

vecinos, colmándole de bienes y de riquezas. Llegado allá Sicino en su

barco, habló en esta conformidad a los jefes de los bárbaros: «Aquí

vengo a hurto de los demás griegos, enviado por el general de los

atenienses, quien, apasionado por los intereses del rey y deseoso de

que sea superior vuestro partido al de los griegos, me manda deciros

que ellos han determinado huir de puro miedo. Ahora se os presenta

oportunidad para una acción la más gallarda del mundo si no les dais

lugar ni permitís que se os escapen huyendo. Discordes ellos entre sí

mismos, no acertarán a resistiros, antes les veréis trabados entre sí

los unos contra los otros, peleando los de vuestro partido contra los

que no lo son».

LXXVI. Decir esto Sicino y volverles las espaldas, marchándose, fue

uno mismo. Los bárbaros, dando luego crédito a lo que acababa de

avisarles, tomaron dos medidas: la una hacer pasar muchos persas a la

isleta Psitalea,[317] situada entre Salamina y el continente; la otra

dar orden, luego de llegada la media noche, que el ala de su armada

por el lado de poniente se alargase hasta rodear a Salamina, y que las

naves apostadas cerca de Ceos y de Cinosura[318] avanzasen tanto, que

ocupasen todo el estrecho hasta la misma Muniquia. Con esta disposición

de la armada pretendían que no pudiesen huírseles los griegos, sino que

cogidos en Salamina pagasen la pena de los males y daños que les habían

causado en las refriegas de Artemisio. Pero la razón que tuvieron en

poner la guarnición de persas en la pequeña isla de Psitalea, fue

porque, hallándose esta en medio de aquel estrecho en que había de

darse la batalla naval, era preciso que de sus resultas fueran a dar

en aquella islita los náufragos y los destrozos de las naves. Querían,

pues, tener allí tropa apostada, que salvase a los suyos y perdiese

a los enemigos arrojados. Hacían con gran silencio estas prevenciones

para no ser sentidos de sus contrarios, y en ellas trabajaron toda la

noche sin tomar algún reposo.

LXXVII. Aquí no puedo ahora, viendo y pesando atentamente el

negocio, declararme contra los oráculos, y decir de ellos que no

son predicciones verídicas, sin incurrir en la nota de ir contra la

evidencia conocida: «_Cuando junte la playa consagrada a Artemisa, de

dorada cabellera, a la marina Cinosura, con su puente de barcas, el

que taló a Atenas con furiosa lisonja, allí se verá extinguido de mano

de la santa Temis, tanto arrojo hijo de tanta soberbia, insultante,

rapaz como el de todo poder supremo. Cosido el acero con el acero

cubrirá Ares el mar de roja sangre, entonces Zeus y la diosa Victoria

felicitarán a la Grecia libre_». Siendo, pues, tales y dichas con

tanta claridad por Bacis estas profecías, ni me atrevo yo a oponerme

a la verdad de los oráculos, ni puedo sufrir que otro ninguno la

contradiga.[319]

LXXVIII. Por lo que mira a los jefes griegos en Salamina, llevaban

adelante sus porfías y altercados, pues no sabían aún que se hallasen

ya cercados de las naves de los bárbaros, antes creían que se mantenían

estos en los puestos mismos en donde aquel día los habían visto

formados.

LXXIX. Estando dichos jefes en su junta, vino desde Egina el ateniense

Arístides, hijo de Lisímaco, a quien con su ostracismo había el

pueblo desterrado de la patria, hombre, según oigo hablar de su

porte y conducta, el mejor y el más justo de cuantos hubo jamás en

Atenas.[320] Este, pues, llegándose al congreso, llamó a Temístocles,

quien, lejos de ser amigo suyo, se le había profesado siempre su mayor

enemigo. Pero en aquel estado fatal de cosas, procurando él olvidarse

de todo y con la mira de conferenciar sobre ellas, llamole fuera, por

cuanto había ya oído decir que la gente del Peloponeso quería a toda

prisa irse con sus naves hacia el Istmo. Sale llamado Temístocles, y le

habla Arístides de esta suerte: «Sabes muy bien, oh Temístocles, que

nuestras contiendas y porfías en toda ocasión, y mayormente en esta del

día, crítica y perentoria, deben reducirse a cuál de los dos servirá

mejor al bien de la patria. Hágote saber, pues, que tanto servirá a los

peloponesios el altercar mucho como no altercar acerca de retirar sus

naves de este puesto; pues yo te aseguro, como testigo de vista de lo

que digo, que por más que lo quieran los corintios, y aun diré más, por

más que lo ordene el mismo Euribíades, no podrán apartarse ya, porque

nos hallamos cerrados por las escuadras enemigas. Entra, pues, tú y

dales esta noticia».

LXXX. Respondió a esto Temístocles: «Importante es ese aviso, y haces

bien en darme parte de lo que pasa. Gracias a los dioses que lo que yo

tanto deseaba, tú, como testigo ocular, me aseguras haberlo visto ya

ejecutado. Sábete que de mi procedió lo que han hecho los persas, pues

veía yo ser preciso que los griegos, los cuales de su buena voluntad no

querían entrar en combate, entrasen en él, mal que les pesara. Tú mismo

ahora, que con tan buena noticia vienes, bien puedes entrar a dársela;

que si yo lo hago dirán que me la finjo, y no les persuadiré de que así

lo estén efectuando los bárbaros. Ve tú mismo en persona, y diles claro

lo que pasa. Si ellos dan crédito a tu aviso, estamos bien; y si no lo

toman por digno de fe, lo mismo que antes nos tenemos, pues no hay que

temer se nos vayan de aquí huyendo, si es cierto, como dices, que nos

hallamos cogidos por todas partes».

Los nueve libros de la Historia (2 de 2) · 第 14 / 21 题