LXXI. Volviendo a Leotíquidas, hijo de Ménares, que ocupó el trono de

que había sido depuesto Demarato, tuvo un hijo por nombre Zeuxidamo,

a quien algunos espartanos suelen llamar Cinisco, el cual por haber

muerto primero que su padre no llegó a reinar en Esparta, dejando al

morir un hijo llamado Arquidamo. Muerto Zeuxidamo, casó Leotíquidas, su

padre, en segundas nupcias con Eurídama, hija de Diactóridas y hermana

de Menio. En ella no tuvo hijo alguno varón, pero si una hija con el

nombre de Lampito, la que el mismo Leotíquidas dio por esposa a su

nieto Arquidamo, el hijo de Zeuxidamo.

LXXII. Leotíquidas, en castigo sin duda de la injuria cometida centra

Demarato, no logró la fortuna de tener en Esparta una dichosa vejez.

Su desventura procedió de que, capitaneando las tropas lacedemonias

contra Tesalia, aunque tuvo en su mano subyugar todo el país, se dejó

corromper con una gran suma de plata. Cogido, pues, en sus mismos

reales con el hurto en las manos, pues le habían hallado sentado encima

de una gran valija llena de dinero, fue por ello acusado en Esparta y,

citado a comparecer allí en juicio, huyose a Tegea,[137] donde acabó

sus días, habiendo sido arruinada su casa en Esparta por sentencia

del tribunal: sucesos que, por más que los note aquí, acaecieron algún

tiempo después.

LXXIII. Pasemos a Cleómenes, quien al ver que le había salido bien

su intriga contra Demarato, tomando consigo a Leotíquidas, su nuevo

colega y partidario, encaminose luego contra Egina, poseído del enojo

y del ardiente deseo de vengar el desacato que allí se le había hecho.

No osaron los de Egina, viendo venir contra ellos a los dos reyes,

hacerles resistencia, con lo cual los reyes entresacaron a su salvo

diez sujetos de Egina, los de mayor consideración, ya por lo rico,

ya por lo noble de sus familias, e incluidos en este número Crío, el

hijo de Polícrito, y Casambo, hijo de Aristócrates, los dos sujetos

de mayor crédito y poder en la isla, se llevaren presos a los diez, y

pasando con ellos al Ática, los confiaron en depósito y custodia a los

atenienses, los mayores enemigos que tuviesen los eginetas.

LXXIV. Pero Cleómenes, después de lo que llevo referido, temiendo

mucho el resentimiento de los espartanos, entre quienes se había ya

divulgado la calumnia y negra trama de que se había valido para la

ruina de Demarato, se retiró a Tesalia. De allí pasando a la Arcadia

y sublevados los arcadios por su medio e influjo, empezó a maquinar

novedades contra Esparta, a la cual queriendo hacerla guerra, no solo

obligaba a jurar a los arcadios que le seguirían donde quiera que les

condujese como general, sino que además tenía resuelto llevar consigo

los magistrados de Arcadia a la ciudad de Nonacris, donde quería

tomarles el juramento de fidelidad por la laguna Estigia, a lo cual le

movería la opinión de los mismos arcadios de que en dicha ciudad se

halla el agua de la Estigia. Es cierto en realidad que se ve allí cómo

va goteando de una peña una poca agua que de allí se encamina hacia un

valle circuido con una pared seca: Nonacris, donde se encuentra esta

fuente, es una de las ciudades de Arcadia vecina a Feneo.[138]

LXXV. Informados en tanto los lacedemonios del manejo de Cleómenes y

temerosos de lo que de allí podría resultarles, llamáronle a Esparta

con la promesa de mantenerle en la posesión de sus antiguos derechos a

la corona. Apenas volvió allá Cleómenes, cuando se apoderó de él, algo

propenso de antes a la demencia, una locura declarada, pues apenas se

encontraba entonces con algún espartano, dábale luego en la cara con

el cetro; de suerte que sus mismos parientes, viendo que se propasaba

a tales extremos de locura, le ataron a un cepo. Preso allí, cuando

vio que un hombre solo le estaba guardando, pidiole que le diese su

sable, y si bien el guardia se lo negó al principio, oídos con todo

los castigos con que le amenazaba para algún día, dióselo al cabo de

puro miedo; ni es de admirar que temiera siendo uno de los ilotas. El

furioso Cleómenes, al verse con la cuchilla en la mano, empezó por

sus piernas una horrorosa carnicería, haciendo desde el tobillo hasta

los muslos unas largas incisiones; continuolas después del mismo modo

desde los muslos hasta las ijadas y lomos, ni paró hasta acabar consigo

llevando su destrozo sobre el vientre. Así murió Cleómenes con fin tan

desastrado, bien fuese aquel un castigo del soborno con que cohechó a

la Pitia en la causa de Demarato, como dicen muchos griegos; bien fuese

en pena de haber talado el bosque sacro de las diosas, cuando acometió

contra Eleusis, como aseguran solos los atenienses; bien fuese aquella

la paga de la violación del templo de Argos, de donde sacó a los

argivos refugiados después de la rota del ejército y los hizo pedazos,

incendiando al mismo tiempo el bosque sagrado sin el menor escrúpulo

ni reparo, como pretenden los mismos argivos, cuyo hecho pasó en los

términos siguientes:

LXXVI. Consultando Cleómenes en cierta ocasión al oráculo en Delfos,

fuele respondido que lograría rendir a Argos; condujo, pues, contra

Argos a sus espartanos, y llegando al frente de ellos al río Erasino,

el cual, según se dice, tiene su origen en la laguna Estinfálide, pues

sumiéndose esta en una abertura oculta y subterránea, aparece otra

vez en Argos, desde donde lleva ya aquella corriente el nombre de río

Erasino que le dan los argivos; llegado, repito, Cleómenes a aquel río,

hízole sacrificios como para pedirle paso. En ninguna de sus víctimas

se presentaba al lacedemonio algún agüero propicio en prueba de que

Erasino le diera paso por su corriente. Dijo Cleómenes que le parecía

muy bien que no quisiera el Erasino ser traidor a sus vecinos, pero

que no por eso se felicitarían mucho por tal fidelidad los argivos. En

efecto, partiose de allí con sus tropas hacia Tirea,[139] donde, hechos

al mar sus sacrificios, pasó en naves con su gente a los confines de

Tirinto y de Nauplia.

LXXVII. Sabido esto por los argivos, salieron armados hacia las costas

a la defensa del país, y llegados cerca de Tirinto, plantaron sus

trincheras enfrente de las de los lacedemonios, en un lugar llamado

Sepea, dejando un corto espacio ente los dos reales. Los argivos,

muy alentados y animosos para entrar en batalla campal, solo se

recelaban de alguna sorpresa insidiosa, pues a algunas asechanzas

aludía un oráculo que contra ellos y contra los milesios juntamente

había proferido antes la Pitia en estos términos: «_Cuando la mujer

victoriosa repela en Argos al hombre y lleve la gloria de valiente,

hará que corran las lágrimas a muchas argivas, hará que alguno pasada

tal época diga: horrible yace la triple serpiente, domada por la

lanza_».[140] Como viesen, pues, los argivos que todo lo del oráculo

se les había puntualmente cumplido, les ponía esto mismo en grandes

temores; así que para su mayor seguridad les pareció seguir en su campo

las órdenes que diese en el de los enemigos el pregonero de estos,

y lo practicaron tan puntualmente, que lo mismo era hacer la señal

el pregonero espartano, que poner por obra los argivos lo mismo que

intimaba aquel a los suyos.

LXXVIII. Cuando Cleómenes estuvo ya bien seguro de que los argivos iban

ejecutando lo que su pregonero indicaba a sus tropas, dio orden a los

suyos de que, cuando el pregonero les toque a comer, al punto tomando

las armas embistan a los argivos. Con aquella orden los lacedemonios

se dejaron caer de repente sobre los argivos en el momento que estaban

comiendo según la voz del pregonero enemigo, y llevaron a cabo con tal

éxito su artificio, que muchos de los contrarios quedaron tendidos en

el campo, y muchos más se refugiaron al bosque sagrado de Argos, donde

luego se los sitió cerrándoles el paso para la salida.

LXXIX. Entonces fue cuando Cleómenes echó mano del ardid más alevoso,

pues informado por ciertos fugitivos que consigo tenía del nombre de

los retraídos, mandó a su pregonero que se acercase al bosque y llamase

afuera por su propio nombre a algunos de los refugiados, diciendo que

les daba libertad como a prisioneros cuyo rescate ya tenía, pues sabido

es que entre los peloponesios el rescate está tasado y convenido en

dos minas por prisionero. Llamando, pues, Cleómenes a los argivos uno

a uno, había ya hecho morir a 50 de ellos, sin que los refugiados del

bosque hubiesen imaginado lo que pasaba por afuera con los que salían,

pues por lo espeso de la arboleda no alcanzaban a verlo los de dentro.

Pero al cabo, subiendo uno de ellos encima de un árbol, observó lo que

allá sucedía a los llamados, y desde entonces llamaba Cleómenes y nadie

más salía.

LXXX. Visto lo cual por Cleómenes, dio orden a los ilotas que rodeasen

el bosque de fagina, unos por una parte y otros por otra, y hecho

esto, le mandó dar fuego. Ardía ya todo en llamas, cuando preguntando

Cleómenes a uno de los desertores de qué dios era el bosque sagrado,

y oyendo responder que era del dios de Argos, con un gran gemido:

«Cruelmente, dijo, me has burlado, adivino Apolo, al decirme que

rendiría a Argos; concluido está todo, a lo que veo, y cumplido tu

oráculo».

LXXXI. Desde aquel punto da licencia Cleómenes al grueso del ejército

para que se vuelva a Esparta, y tomando en su compañía mil soldados

de la tropa más escogida, va a sacrificar con ellos en el Hereo.[141]

Luego que el sacerdote de Hera le ve ir a sacrificar en aquella ara,

se le opone, alegando no ser lícito tal sacrificio a ningún forastero;

mas Cleómenes, mandando a sus ilotas que aparten del ara y azoten al

sacerdote, lleva adelante su sacrificio, el cual concluido, da la

vuelta hacia Esparta.

LXXXII. Vuelto allí de su expedición, citáronle sus enemigos a

comparecer delante de los éforos, acusándole de soborno por no haber

tomado la ciudad de Argos, pudiendo con toda seguridad hacerlo; a

quienes respondió así Cleómenes, no sé si mintiendo o si diciendo

verdad: que una vez apoderado del templo de Argos, habíale parecido

quedar ya verificado el oráculo de Apolo, y que por tanto había juzgado

no deber hacer la tentativa de rendir la misma ciudad de Argos, hasta

que de nuevo hiciera la prueba si el dios permitiría que la tomase, o

si antes bien se opondría a ello; que como a este fin sacrificase en

el Hereo con agüeros propicios, vio que del pecho del ídolo de Hera

salía una llama, prodigio que le hizo pensar no estaba reservada para

él la toma de la plaza de Argos, porque si la llama de fuego, en vez de

salir del pecho de la estatua, le hubiera salido de la cabeza, hubiera

creído en tal caso poder rendir a fuerza la ciudad; pero saliendo del

pecho, entendió que estaba ya hecho allí cuanto Dios quería que se

hiciera. Lo cierto es que esta apología pareció a los espartanos tan

justa y razonable, que en fuerza de ella la mayor parte de votos dio

por absuelto a Cleómenes.

LXXXIII. Quedó Argos de resultas de aquella guerra tan huérfana

de ciudadanos, que los esclavos que en ella había, apoderados del

estado, se mantuvieron en los empleos públicos hasta que los hijos de

los argivos allí muertos llegaron a la edad varonil, pues entonces

recobraron el dominio, quitando a los esclavos el mando y echándolos

de la ciudad, si bien los expulsos lograron con las armas en la mano

hacerse dueños de Tirinto. Por algún tiempo quedaron así los negocios

en paz y sosiego, hasta tanto que quiso la desventura que cierto

adivino Cleandro, natural de Figalia,[142] pueblo de la Arcadia,

juntándose con los esclavos dominantes en Tirinto, lograse alarmarles

con sus razones contra los de Argos, sus señores. Encendiose con esto

una guerra entre señores y esclavos que duró bastante tiempo, y de que

a duras penas salieron al cabo vencedores los argivos.

LXXXIV. En pena de tan funestas violencias, pretenden los argivos,

como decía, que acabó furioso Cleómenes, cuya desastrada muerte niegan

los espartanos que haya sido castigo ni venganza de ningún dios, antes

aseguran que por el trato que tuvo Cleómenes con los escitas se hizo

un gran bebedor, y de bebedor y borracho vino a parar en loco furioso.

Cuentan que los escitas nómadas, después que Darío invadió sus tierras,

concibieron un vehemente deseo de tomar venganza del persa, y con esta

mira por medio de sus embajadores formaron con los espartanos una liga

concertada en estos términos: que los escitas, siguiendo el río Fasis,

debiesen invadir la Media, y que los espartanos, acometiendo desde

Éfeso al enemigo, hubiesen de subir tierra adentro hasta juntarse con

los escitas. Con esto pretenden los lacedemonios que por el sobrado

trato que tuvo Cleómenes con los embajadores venidos con el fin

mencionado, aprendió a darse al vino y a la bebida, de manera que de

allí le nació después su furiosa manía. Añaden aún más, en prueba de lo

dicho: que de esta venida de los escitas tomó principio la frase que

usan los espartanos al querer beber larga y copiosamente: _Vaya a la

escítica_. Pero, por más que así piensen y hablen los espartanos, creo

que el fin de Cleómenes no fue sino castigo del cielo por lo que hizo

contra Demarato.

LXXXV. Apenas los de Egina supieron la muerte de Cleómenes, cuando por

medio de sus diputados en Esparta resolvieron afear a Leotíquidas la

prisión de los suyos, detenidos como rehenes en Atenas. En la primera

audiencia pública que delante del tribunal se dio a los diputados,

decretaron los lacedemonios ser un atentado lo que Leotíquidas había

ejecutado con los eginetas, condenándole a que, en recompensa del

agravio padecido por los que en Atenas quedaban prisioneros, fuese

llevado preso a Egina. En efecto, estaban ya los eginetas a punto de

llevarse preso a Leotíquidas, cuando un personaje de mucho crédito

en Esparta, por nombre Teásides, hijo de Leóprepes, les reconvino con

estas palabras: «¿Qué es lo que tratáis de hacer ahora, oh eginetas?

¿Al rey mismo de los espartanos, que ellos entregan a vuestro arbitrio,

pretendéis llevar prisionero? Creedme, y pensadlo bien antes; pues

aunque llevados del enojo y resentimiento presente así acabáis de

resolverlo, si vosotros lo ejecutáis, corre mucho peligro de que,

arrepentidos los espartanos y corridos de lo hecho, maquinen después

vuestra total ruina en alguna expedición». Palabras fueron estas

que, haciendo desistir a los eginetas de la prisión ya resuelta de

Leotíquidas, les persuadieron a la reconciliación con tal que él les

acompañase a Atenas y les hiciese restituir sus rehenes.

LXXXVI. Pasando, en efecto, Leotíquidas a Atenas, pedía su antiguo

depósito; pero los atenienses, obstinados en no restituirlo, no hacían

sino buscar excusas y pretextos, saliéndose con decir que, puesto que

los dos reyes de Esparta les habían a una confiado aquellos rehenes,

no les parecía justo ni conveniente restituirlos a uno de ellos y no a

los dos juntos.[143] Oídas estas razones y viendo Leotíquidas que no

querían volverlos, les habló de este modo: «Ahora bien, atenienses,

allá os avengáis; escoged el partido que mejor os parezca: solo os

diré que en volver ese depósito haréis una obra justa y buena, y en

no volverlo no haréis sino todo lo contrario. A este propósito quiero

contaros lo que acerca de un depósito sucedió en Esparta. Cuéntase,

pues, entre nosotros los espartanos que vivía en Lacedemonia, hará tres

generaciones, un varón llamado Glauco, hijo de Epicides, el cual es

fama que, a más de ser en las demás prendas el sujeto más excelente de

todos, muy particularmente en punto a justicia y entereza, era reputado

por el más cabal y cumplido de cuantos tenía Lacedemonia. En cierta

ocasión, pues, sucedió a este, como solemos contar los espartanos, un

caso muy singular, y fue que desde Mileto vino a Esparta un forastero

jonio, solo con ánimo de tratarle y de hacer prueba de su entereza,

y llegado, le habló en esta conformidad: “Quiero que sepas, amigo

Glauco, como yo, siendo un ciudadano de Mileto, vengo muy de propósito

a valerme de tu equidad y hombría de bien; porque viendo yo que en toda

la Grecia y mayormente en la Jonia tenías la fama de ser un hombre

justo y concienzudo, empecé a pensar y ponderar dentro de mí cuán

expuestas están a perderse allá en Jonia las riquezas y cuán seguras

quedan aquí en el Peloponeso, pues jamás los bienes se mantienen allá

largo tiempo en las manos y poder de unos mismos dueños.[144] Hechos,

pues, tales discursos y sacadas conmigo estas cuentas, me resolví a

vender la mitad de todos mis haberes y a depositar en su poder la suma

que de ellos sacase, bien persuadido de que en tus manos estaría todo

salvo y seguro. Ahí tienes, pues, ese dinero; tómalo juntamente con el

símbolo que aquí ves; guárdalo, y al que te lo pida presentándote esa

contraseña, harasme el gusto de entregárselo”. Estas razones pasaron

con el forastero de Mileto, y Glauco, en consecuencia, se encargó del

depósito bajo la palabra de volverlo. Pasado mucho tiempo, los hijos

del milesio que había hecho el depósito, venidos a Esparta y avistados

con Glauco, pedían su dinero presentándole la consabida contraseña.

Sobrecogido el hombre con aquella visita, les despacha brusca y

descomedidamente. “Yo, les decía, ni me acuerdo de tal cosa, ni me

queda la menor idea que haga venirme ahora en conocimiento de eso que

decís. Con todo, os afirmo que si al cabo hago memoria de ello, estoy

aquí pronto para hacer con vosotros cuanto fuere razón. Si lo recibí,

quiero volvéroslo sin defraudaros en un óbolo; pero si hallo que nunca

toqué tal dinero, tened entendido que con vosotros haré lo que hubiere

lugar en justicia, según las leyes de Grecia. A este fin me tomo, pues,

cuatro meses de tiempo para salir de duda”. Con tal respuesta, llenos

de pesadumbre los milesios, como quienes creían no ver más su dinero,

dieron la vuelta a su casa. Entretanto, nuestro Glauco para consultar

el punto hace a Delfos su peregrinación, y preguntando allí al oráculo

si haría bien en apropiarse la presa jurando no haber recibido tal

depósito, recibió la respuesta de la Pitia en estos versos: “Glauco,

hijo de Epicides, por de pronto hará tu fortuna el perjurar y robar

el oro pérfidamente: júralo; un hombre de fe llega al término en su

muerte. Mas al juramento queda un hijo anónimo[145] que, sin mover pies

ni manos, llega velocísimo y acaba con el nombre y con la familia toda

del perjuro, al paso que mejora la prole póstuma del hombre leal”. Por

más que Glauco al oír tales documentos pidiese perdón al dios de sus

intenciones, oyose con todo de boca de la Pitia que lo mismo era ante

Dios tentarle para que aprobase una ruindad, que cometerla realmente.

La cosa paró en que Glauco, llamados los milesios, les restituyó su

dinero. Ahora voy a deciros, atenienses, a qué fin os he contado esta

historia. Sabed, pues, que en el día no queda rastro de aquel Glauco;

no hay descendiente ninguno, ni casa ni hogar que se sepa ser de

Glauco, tan de raíz pereció en Esparta su raza; y tanto como veis

importa el dejarse de supercherías en punto a depósitos, volviéndolos

fiel y puntualmente a sus dueños cuando los exijan». Habiendo hablado

así Leotíquidas, como viese que no le daban oídos los atenienses,

regresó de nuevo.

LXXXVII. Era mucho el encono entre los de Atenas y los eginetas,

quienes antes de satisfacer a las injurias que declarados a favor de

los tebanos habían hecho a los primeros, les hicieron un nuevo insulto;

pues llevados de cólera y furor contra los atenienses, de quienes se

daban por ofendidos, preparándose a la venganza, tomaron la siguiente

resolución: Tenían los atenienses en Sunio una nave capitana de cinco

remos, que era la famosa _Teórida_,[146] y estando llena de los

personajes principales de la ciudad, apresáronla los eginetas apostados

en una celada, y tomada la nave, retuvieron en prisión a todos aquellos

ilustres pasajeros. Los atenienses, recibida tan insigne injuria,

pensaron que no convenía dilatar la venganza de ella, procurándola

tomar por todos los medios posibles.

LXXXVIII. En aquella sazón vivía en Egina un sujeto principal, por

nombre Nicódromo, hijo de Eneto, el cual resentido de sus conciudadanos

por haberle antes desterrado de su patria, al ver entonces a los

atenienses deseosos de venganza y prontos a invadir su país, entendiose

con ellos, ajustando el día en que él acometería la empresa y ellos

vendrían a su socorro. Concertadas así las cosas, apoderose ante todo

Nicódromo, según antes se convino con los atenienses, de la ciudad

vieja, que así la llamaban en Egina.

LXXXIX. Quiso la desgracia que los atenienses, por no haber tenido a

punto una armada que pudieran oponer a la de los eginetas, no acudieron

al plazo señalado; de suerte que entretanto que negociaban con los de

Corinto para que les dieran sus buques, pasada la ocasión, se malogró

la empresa. En efecto, aunque los corintios, que eran a la sazón los

mayores amigos de Atenas, dieron a los atenienses veinte naves que les

pedían so color de vendérselas a cinco dracmas por nave, y esto por no

faltar a la ley que les prohibía dárselas regaladas, los atenienses con

todo, formando con estas naves cedidas y con las suyas bien armadas una

escuadra de setenta naves y navegando hacia Egina, no pudieron llegar a

ella sino un día después del término convenido.

XC. Cuando vio, pues, Nicódromo que al tiempo prefijado no parecían los

atenienses, tomó entonces un barco y escapose de Egina en compañía de

los paisanos que seguirle quisieron. A todos estos desertores dieron

los atenienses casa y acogida en Sunio, lugar de donde solían ellos

salir a talar y saquear la isla de Egina; bien que esto sucedió algún

tiempo después.

XCI. Los aristócratas de Egina, vencido en ella el vulgo que en

compañía de Nicódromo se les había levantado, tomaron la resolución

de hacer morir a todos aquellos de quienes acababan de apoderarse, y

entonces puntualmente fue cuando cometieron aquella acción tan impía

y sacrílega, que jamás pudieron expiar por más recursos y medios que

a este fin practicaron, en tanto grado, que antes se vieron arrojados

de su isla, que no aplacado y propicio el numen de Deméter profanado.

He aquí el caso: llevaban de una vez al suplicio a 700 de sus paisanos

cogidos prisioneros de guerra, cuando uno de ellos, rompiendo sus

prisiones y refugiándose al atrio de Deméter la Legisladora, asió

con las dos manos las aldabas de la puerta. Procuran a viva fuerza

arrancarle de las aldabas, y no pudiendo conseguirlo, cortan al

infeliz los puños, y quedando las dos manos asidas de la puerta de

Deméter, llévanle así arrastrando al matadero. Tan inhumana fue la

impiedad que por su daño cometieron los eginetas.

XCII. Entran después en un combate naval con los atenienses, los cuales

con 70 naves se habían acercado a la isla. Vencidos los de Egina,

por más que llamaron después en su socorro a los argivos, antes sus

aliados, nunca quisieron estos venir en su ayuda; y el motivo de queja

de su parte era porque la tripulación de las naves eginetas, a las que

Cleómenes obligó a seguirle al ir a acometer las costas de Argólida,

había allí desembarcado en compañía de los lacedemonios, ocasión en que

asimismo saltó a tierra la gente que venía en las naves sicionias; y de

aquí resultó después que los argivos impusieron a las dos naciones 1000

talentos de multa, 500 a cada una. Los sicionios, confesando su culpa

en el desembarco, ajustaron la enmienda en 100 talentos, pago con que

redimieron la multa por su parte. Los eginetas, al contrario, altivos y

presumidos, ni reconocieron la injuria, ni excusaron la culpa; motivo

por el cual, cuando pedían ser socorridos, ninguno de orden del común

de los argivos les dio asistencia ni favor; bien es verdad que mil

sujetos particulares de su propia voluntad les socorrieron. Un luchador

famoso en el _pentatlo_, por nombre Euríbates, condujo a Egina estos

aventureros en calidad de general; pero los más de ellos, muertos a

manos de los atenienses, no vieron más a Argos, y aun el valiente

Euríbates, por más que en tres duelos mató a tres competidores, en el

cuarto quedó vencido y muerto por Sófanes, de Decelia.

XCIII. Durante la guerra, como lograsen los eginetas en un lance hallar

la armada de Atenas desordenada, cogiendo cuatro naves con toda la

tripulación, alcanzaron una victoria naval. De este modo los atenienses

continuaban la guerra con los de Egina.

XCIV. Entre tanto el persa Darío, ya porque su criado le estuviese

inculcando cada día que se acordase de los atenienses, ya porque los

Pisistrátidas que tenía cerca de su persona nunca paraban de enconarle

más y más contra Atenas, ya porque él mismo, echando mano de aquel

pretexto ambiciosamente, aspirase de suyo a rendir con la fuerza a

cuanto griego no se le sujetase de grado, entregándole al modo persa

la tierra y el agua; por todos estos motivos, repito, llevaba adelante

sus designios primeros. Viendo, pues, cuán poco adelantaba Mardonio

al frente de su armada, quitole el cargo de general y nombró de nuevo

dos jefes para ella, el uno Datis, de nación medo, el otro Artafrenes,

su sobrino, hijo del virrey Artafrenes. Destinándolos contra Eretria

y contra Atenas, dioles orden al partir de su presencia de que,

arruinadas entrambas ciudades, le presentasen a su vista esclavos y

presos a los ciudadanos de ellas.

XCV. Partidos los dos generales de la presencia del rey y llegados al

campo Aleo en Cilicia, conduciendo un grueso ejército bien apercibido

y abastecido de todo, asentaron allí sus reales en tanto que acababa

de juntarse toda la armada naval, cuyo contingente se había antes

distribuido y exigido a cada ciudad marítima, como también el convoy

de las naves destinadas al trasporte de la caballería, las que un

año antes había mandado Darío que le tuviesen a punto sus vasallos

tributarios. Luego que en las costas estuvieron aprontadas las naves,

embarcando la caballería y tomando la infantería a bordo del convoy,

hiciéronse a la vela navegando con seiscientas[147] galeras hacia la

Jonia. Desde allí no siguieron su rumbo costeando la tierra firme y

tirando en derechura hacia el Helesponto y la Tracia, sino que salidos

de Samos, tomaron la derrota por cerca de Ícaro, pasando entre aquellas

islas circunvecinas. El miedo que les causaba el promontorio Atos,

difícil de doblar, hizo, según creo, que siguieran aquel nuevo curso,

por cuanto el año anterior, siguiendo por él su rumbo, habían allí

experimentado un gran infortunio y naufragio; a lo cual les precisaba

además la isla de Naxos, no domada todavía por los persas.

XCVI. Desde las aguas del mar Icario, intentando los persas en su

expedición dar el primer golpe contra la citada Naxos, dejáronse caer

sobre ella; pero los naxios, que bien presentes tenían las muchas

hostilidades cometidas antes contra los persas, huyendo hacia los

montes, ni aun quisieron esperar la primera descarga del enemigo: así

que los persas, incendiados los templos con la ciudad toda de Naxos,

se hicieron a la vela contra las demás islas, llevándose a cuantos

prisioneros pudieron haber a las manos.

XCVII. Los delios, en tanto que los persas se ocupaban en dichas

hostilidades, desamparando por su parte a Delos, iban huyendo hacia

Tenos.[148] Llevaban la proa de las naves con dirección a Delos,

cuando el general Datis, adelantándose en su capitana a todas ellas,

no les permitió echar ancla cerca de aquella isla, sino más allá, en

Renea; aun hizo más, pues informado del lugar adonde los delios se

habían refugiado, quiso que de su parte les hablara así un heraldo a

quien hizo pasar allá: «¿Por qué, oh delios, siendo personas sagradas,

movidos de una sospecha, para mí indecorosa, vais huyendo de Delos?

Quiero que sepáis que así por mi modo mismo de pensar, como por las

órdenes que tengo del rey, estoy totalmente convencido de que no debe

ejecutarse la más mínima hostilidad ni contra el suelo en que nacieron

los dos dioses vuestros, ni menos contra vosotros, vecinos de ese

país. Ahora, pues, volveos a vuestras casas y vivid quietos en vuestra

isla». Y no comento Datis con la embajada que por su heraldo envió a

los delios, mandando él mismo acumular sobre al ara de Delos hasta 300

talentos de incienso, los quemó en honor de los dioses.

XCVIII. Dadas estas pruebas de su religión, Eretria fue la primera

ciudad contra quien partió Datis con toda la armada, en la que llevaba

a los jonios y a los eolios. Apenas había levantado ancla, cuando en

Delos se sintió un terremoto,[149] el primero que se hubiera allí

sentido, según dicen los delios, y el último hasta mis días: singular

prodigio con que significaba Dios a los mortales el trastorno y

calamidades que iban a oprimirles. Así fue en realidad que bajo los

reinados de Darío, hijo de Histaspes, de Jerjes, hijo de Darío, y de

Artajerjes, hijo de Jerjes, tuvo la Grecia más daños que sufrir por el

espacio de tres generaciones que no había sufrido antes en las veinte

edades continuas que habían precedido a Darío; daños ya causados en

ella por las armas de los persas, ya también sucedidos por la ambición

de los jefes de partido y corifeos de la nación, que con las armas se

disputaban entre sí el imperio de la patria común. Por donde no podrá

parecer inverosímil que entonces Delos, no sujeta antes al terremoto,

se pusiera por primera vez a temblar, mayormente estando ya escrito de

ella en un oráculo. «_A Delos la innoble, al último la moveré_». Los

nombres mismos de los dichos reyes parecían ominosos para los griegos,

en cuyo idioma Darío equivale al que llamamos refrenador; Jerjes, el

guerrero, y Artajerjes, el gran guerrero; de suerte que razón tendrían

los griegos para llamar así en su lengua a aquellos tres reyes el

Refrenador, el Guerrero y el Gran Guerrero.

XCIX. Los bárbaros partidos de Delos iban acometiendo las islas

circunvecinas, a cuya gente de guerra obligaban a seguir su armada,

tomando al mismo tiempo en rehenes a los hijos de aquellos isleños.

Continuando su curso, aportaron los persas a la ciudad de Caristo,[150]

donde viendo que los caristios no querían dar rehenes y que se

resistían a tomar las armas contra las ciudades sus vecinas, designando

con este nombre a la de Eretria y la de Atenas, puesto sitio a la plaza

y talando al mismo tiempo la campiña, obligáronles por fin a declararse

por su partido.

C. Informados los moradores de Eretria de que venía contra ellos la

armada de los persas, pidieron a los de Atenas les enviasen tropas

auxiliares. No se resistieron los atenienses a enviarles socorro, antes

bien les destinaron 4000 colonos suyos que habían sorteado entre sí

el país que antes había sido de los caballeros calcideos. Pero los de

Eretria, aunque llamasen en su ayuda a los atenienses, no procedían con

todo de muy buena fe en su resolución, vacilantes entre dos partidos y

aun encontrados en sus pareceres, queriendo unos desamparar la ciudad y

retirarse a los riscos y escollos de Eubea, y maquinando otros vender

su patria con la mira de sacar del persa ventajas particulares. Viendo

Esquines, hijo de Notón, uno de los principales de la ciudad, aquella

disposición de ánimo en los de entrambos partidos, dio cuenta de lo que

pasaba a los atenienses que ya se les habían juntado, pidiéndoles que

tomasen la vuelta de sus casas si no querían acompañarles en la ruina.

Por este medio lograron salvarse los atenienses, siguiendo el aviso y

pasando de allí a Oropo.

CI. Llegando los persas con su armada, abordaron en las playas de

Eretria contra su bosque sagrado,[151] contra Quereas y contra Egilia.

Aportados a estos lugares, desembarcaron desde luego sus caballos,

formándose ellos mismos en escuadrones como dispuestos a entrar en

acción con los enemigos. Habían resuelto los eretrieos no salirles al

encuentro ni cerrar con el enemigo, antes ponían todo su cuidado en

fortificar y guardar sus muros, pues había prevalecido el parecer de

los que no querían desamparar la plaza. Hacíase con la mayor actividad

el ataque de los persas y la defensa de los sitiados; de suerte que

durante seis días cayeron muchos de una y otra parte. Pero llegado el

séptimo, dos sujetos principales, Euforbo, hijo de Alcímaco, y Filagro,

hijo de Cíneas, entregaron alevosamente la ciudad a los persas,

quienes, entrando en ella, primeramente pegaron fuego a los templos,

vengando las llamas con que habían ardido los de Sardes, y después,

conforme las órdenes de Darío, redujeron al estado de cautivos a sus

moradores.

CII. Rendida ya Eretria, interpuestos unos pocos días de descanso,

navegaron hacia el Ática, donde, talando toda la campiña, pensaban

que los atenienses harían lo mismo que habían hecho los de Eretria; y

habiendo en el Ática un campo muy a propósito para que en él obrase la

caballería, al cual llamaban Maratón, lugar el más vecino a Eretria,

allí los condujo Hipias, hijo de Pisístrato.

CIII. Sabido el desembarco por los atenienses, movieron las armas para

oponerse al persa, conducidos por diez generales. Tenía entre estos

el décimo lugar Milcíades, cuyo padre Cimón, hijo de Esteságoras, se

había visto precisado a huir de Atenas en el gobierno de Pisístrato,

hijo de Hipócrates. En el tiempo que Cimón se hallaba desterrado de

Atenas tuvo la dicha de alcanzar la palma en Olimpia con su carroza, y

quiso ceder la gloria de aquel primer premio a Milcíades, su hermano

uterino; y habiendo salido él mismo vencedor con las mismas yeguas

en los juegos olímpicos inmediatos, concedió a Pisístrato que fuese

aclamado por vencedor a voz pública de pregonero, cuya victoria le

reconcilió con él e hizo restituirle a su patria. Pero habiendo tercera

vez logrado el premio en Olimpia con el mismo tiro de yeguas, tuvo la

desgracia de que los hijos de Pisístrato, que ya no vivía por entonces,

le maquinasen la ruina; y en efecto, acabaron con él haciendo que de

noche le acometiesen unos asesinos en el pritaneo. Cimón fue sepultado

en los arrabales de la ciudad, más allá del camino que llaman de Cela,

y enfrente de su sepulcro fueron enterradas sus yeguas, tres veces

vencedoras en los juegos olímpicos; proeza que si bien habían hecho ya

las yeguas de Evágoras el laconio, ningunas otras hallaron que en ello

les igualasen. Siendo Esteságoras, de quien hablé, el hijo primogénito

de Cimón, a la sazón se hallaba en casa de su tío Milcíades, que le

tenía consigo en el Quersoneso; el menor estaba en Atenas en casa de

Cimón, y en atención a Milcíades el poblador de Quersoneso, se llamaba

con el mismo nombre.

CIV. Era entonces general de los atenienses este mismo Milcíades

llegado del Quersoneso y dos veces librado de la muerte; pues una vez

los fenicios le dieron caza hasta Imbros, muy deseosos de haberle a

las manos y poderle llevar prisionero a la corte del rey; y otra vez,

escapado de ellas y llegado ya a su casa, cuando se tenía por salvo

y seguro, tomándole sus émulos por su cuenta, le llamaron a juicio

acusándole de haberse alzado con la tiranía o dominio del Quersoneso.

Pero habiendo sido absuelto, fue nombrado entonces por elección del

pueblo general de los atenienses.

CV. Lo primero que hicieron dichos generales, aun antes de salir de

la ciudad, fue despachar a Esparta por heraldo a Filípides, natural

de Atenas, _hemerodromo_ (o correo de profesión). Hallándose este,

según él mismo decía y lo refirió a los atenienses, cerca del monte

Partenio, que cae cerca de Tegea, apareciósele el dios Pan, el cual,

habiéndole llamado con su propio nombre de Filípides, le mandó dar

quejas a los atenienses, pues en nada contaban con él, siéndoles al

presente propicio, habiéndoles sido antes muchas veces favorable y

estando en ánimo de serles amigo en el porvenir.[152] Tuvieron los de

Atenas por tan verdadero este aviso, que estando ya sus cosas en buen

estado, levantaron en honor de Pan un templo debajo de la fortaleza, y

continuaron todos los años en hacerle sacrificios desde que les envió

aquella embajada, honrándole con lámparas y luminarias.

CVI. Despachado, pues, Filípides por los generales, y haciendo el viaje

en que dijo habérsele aparecido el dios Pan, llegó a Esparta el segundo

día de su partida,[153] y presentándose luego a los magistrados,

habloles de esta suerte: «Sabed, lacedemonios, que los atenienses

os piden que los socorráis, no permitiendo que su ciudad, la más

antigua entre las griegas, sea por unos hombres bárbaros reducida a

la esclavitud; tanto más, cuando Eretria ha sido tomada al presente

y la Grecia cuenta ya de menos una de sus primeras ciudades». Así

dio Filípides el recado que traía: los lacedemonios querían de veras

enviar socorro a los de Atenas, pero les era por de pronto imposible

si no querían faltar a sus leyes; pues siendo aquel el día nono del

mes, dijeron no poder salir a la empresa, por no estar todavía en el

plenilunio, y con esto dilataron hasta él la salida.

CVII. El que conducía a los bárbaros a Maratón era aquel Hipias,

hijo de Pisístrato, que la noche antes tuvo entre sueños una visión

en que le parecía dormir con su misma madre, de cuyo sueño sacaba

por conjetura que, vuelto a Atenas y recobrado el mando de ella,

moriría después allí en edad avanzada: tal era la interpretación

que daba al sueño. Este, pues, sirviendo de guía a los persas, hizo

primeramente pasar luego los esclavos de Eretria a la isla de los

estireos[154] llamada Egilia; lo segundo señalar a las naves aportadas

a Maratón el lugar donde anclasen; lo tercero colocar en tierra a los

bárbaros salidos de sus naves. Al tiempo, pues, que andaba en estas

providencias, vínole la gana de estornudar y toser con más fuerza de lo

que tosía el anciano; y fue tal la tos, que los más de los dientes mal

acondicionados se le movieron, y aun hubo uno que le saltó de la boca.

Todo fue luego buscar el diente que le había caído en la arena, y como

este no pareciese, dio un gran suspiro, diciendo a los que cerca de sí

tenía: «Adiós, amigos; ya rehúsa ser nuestra esta tierra; no podremos,

no, otra vez poseerla; lo poco que de ella para mí quedaba, de eso mi

diente tomó ya posesión».

CVIII. En esto, como Hipias infería, había venido a parar todo su

sueño. Estaban los atenienses formados en escuadrones en el templo

de Heracles, cuando vinieron a juntarse en su socorro todos los de

Platea[155] que podían tomar las armas, como hombres que se habían

entregado los atenienses, y por quienes los atenienses, puestos a

peligro repetidas veces, mucho habían sufrido. La ocasión de entregarse

a Atenas fue la siguiente: hallábanse los plateos acosados por los

tebanos, y desde luego quisieron ponerse bajo el imperio de Cleómenes,

hijo de Anaxándridas, dándose a los lacedemonios que casualmente

se les habían presentado, pero no queriendo estos admitirles, les

dijeron: «Nosotros vivimos muy lejos; sería nuestro socorro un triste

consuelo para vosotros: muchas veces os veríais presos antes que

nosotros pudiéramos saber lo que pasase. El consejo que os damos

es que os entreguéis a los atenienses; son vuestros vecinos, y no

desaventajados para protectores». Este consejo de los lacedemonios no

tanto nacía de afecto que tuviesen a los de Platea, cuanto del deseo

de inquietar a los atenienses, enemistándoles con los beocios. No fue

vano el aviso de los lacedemonios, porque gobernados por él los de

Platea, esperando el día en que los atenienses sacrificaban a los doce

dioses, presentáronseles en traje de suplicantes a las mismas aras, e

hiciéronles donación de sus haciendas y personas. Habida esta noticia,

movieron los tebanos sus armas contra los de Platea, y los atenienses

acudieron a su defensa. Estando ya a punto de acometerse los ejércitos,

impidiéronselo los corintios, quienes interponiéndose por medianeros, y

comprometiéndose a su arbitrio los dos partidos, señalaron los límites

de la región de manera que los de Tebas no pudieran obligar a ser

alistados o incorporados en los dominios de Beocia a los beocios que

no quisiesen serlo: así lo determinaron los corintios, y se volvieron.

Al tiempo que los atenienses retiraban sus tropas, dejáronse caer

sobre ellas los beocios; pero fueron vencidos en la refriega: de donde

resultó que los atenienses, pasando más allá de los términos que los

corintios habían señalado a los de Platea, quisieron que el mismo río

Asopo sirviese de límites a los tebanos por la parte que mira a Hisias

y a Platea. Tal fue la manera como los plateos se alistaron entre los

vasallos de los atenienses, a cuyo socorro vinieron entonces a Maratón.

CIX. No convenían en sus pareceres los generales atenienses: decían

unos que no era a propósito entrar en batalla, siendo pocos para

combatir con el ejército de los medos; los otros, con quienes asentía

Milcíades, exhortaban el combate. Viendo los votos encontrados, y que

iba a prevalecer el partido peor, entonces Milcíades tomó el expediente

de hablar aparte al polemarco. Era el polemarco (o general de armas) un

magistrado que había sido nombrado en Atenas a pluralidad de votos[156]

para que diese su parecer en el undécimo lugar después de los diez

generales, y al cual daban antiguamente los atenienses la misma voz en

las decisiones que a los _estrategos_ o generales: ocupaba entonces

aquella dignidad Calímaco de Afidnas, a quien habló así Milcíades: «En

tu mano está ahora, Calímaco, o el reducir a Atenas a servidumbre,

o conservarla independiente y libre, dejando con esto a toda la

posteridad un monumento igual al que dejaron Harmodio y Aristogitón.

Bien ves que es este el mayor peligro en que nunca se vieron hasta aquí

los atenienses: si caen bajo de los medos, conocido es lo que tendrán

que sufrir entregados a Hipias; pero si la ciudad vence, llegará con

esto a ser la primera y principal de las ciudades griegas. Voy a

decirte cómo cabe muy bien que suceda lo que dije, y cómo la suma de

todo ello viene a depender de tu arbitrio. Los votos de los generales,

que aquí somos diez, están encontrados y empatados: quieren los unos

que se dé la batalla; los otros lo resisten. Si no la damos, temo no

se levante en Atenas alguna gran sedición que pervierta los ánimos y

nos obligue a entregarnos al medo; pero si la damos antes que algunos

atenienses se dejen corromper, espero en los dioses y en la justicia

de la causa que podremos salir del combate victoriosos. Dígote, pues,

que todo al presente estriba en ti, y depende de tu voto: si votas a mi

favor, por ti queda libre tu patria, y por ti vendrá a ser la ciudad

primera y la capital de la Grecia; pero si sigues el parecer de los que

no aprueban el choque, sin duda serás el autor de tanto mal cuanto es

el bien contrario que acabo de expresarte».

CX. Con este discurso Milcíades trajo a Calímaco a su partido, con la

adición de cuyo voto quedó decretado el combate. Los generales cuyo

parecer había sido que se diese la batalla, cada cual en el día en

que les tocaba la pritanía (o mando del ejército) cedían sus veces a

Milcíades, quien, aunque lo aceptaba, no quiso con todo cerrar con el

enemigo hasta el día mismo en que por su turno le tocaba de derecho la

pritanía.

CXI. Al tocarle empero su legitimo turno, formó para la batalla las

tropas atenienses del siguiente modo: en el ala derecha mandaba

Calímaco el polemarco, pues es costumbre entre los atenienses que

su polemarco dirija esta ala; tras aquel jefe seguían las filas (o

tribus), según el orden con que vienen numeradas; y los últimos de

todos eran los plateos, colocados en el lado izquierdo. De esta batalla

se originó que siempre que los atenienses ofrecen en sus _panegires_ (o

juntas generales) los sacrificios que se celebran en cada _pentetérida_

(o quinquenio), el pregonero ateniense pida a los dioses la prosperidad

para los atenienses y juntamente para los de Platea. Ordenados así en

Maratón los escuadrones de Atenas, resultaba que constando de pocas

líneas, el centro de estos, a fin de igualar la frente de los medos

con la de los atenienses, quedaba débil, mientras las dos alas tenían

muchos de fondo.

CXII. Dispuestos en orden de batalla y con los agüeros favorables

en las víctimas sacrificadas, luego que se dio la señal, salieron

corriendo los atenienses contra los bárbaros, habiendo entre los

dos ejércitos un espacio no menor que de ocho estadios. Los persas,

que les veían embestir corriendo, se dispusieron a recibirles a pie

firme, interpretando a demencia de los atenienses y a su total ruina,

que siendo tan pocos viniesen hacia ellos tan de prisa, sin tener

caballería ni ballesteros. Tales ilusiones se formaban los bárbaros;

pero luego que de cerca cerraron con ellos los bravos atenienses,

hicieron prodigios de valor dignos de inmortal memoria, siendo entre

todos los griegos los primeros de quienes se tenga noticia que usaron

embestir de carrera para acometer al enemigo,[157] y los primeros que

osaron fijar los ojos en los uniformes del medo y contemplar de cerca

a los soldados que los vestían, pues hasta aquel tiempo solo oír el

nombre de medos espantaba a los griegos.

CXIII. Duró el ataque con vigor por muchas horas en Maratón, y en el

centro de las filas en que combatían los mismos persas, y con ellos los

sacas, llevaban los bárbaros la mejor parte, pues rompiendo vencedores

por medio de ellas, seguían tierra adentro al enemigo. Pero en las dos

alas del ejército vencieron los atenienses y los de Platea, quienes

viendo que volvía las espaldas el enemigo no le siguieron los alcances,

sino que uniéndose los dos extremos acometieron a los bárbaros del

centro, obligáronles a la fuga, y siguiéndoles hicieron en los persas

un gran destrozo, tanto que llegados al mar, gritando por fuego, iban

apoderándose de las naves enemigas.

CXIV. En lo más vivo de la acción, uno de los que perecieron fue

Calímaco el polemarco, habiéndose portado en ella como bravo guerrero:

otro de los que allí murieron fue Estesilao, uno de los generales, hijo

de Trasilao. Allí fue cuando Cinegiro, hijo de Euforión, habiéndose

asido de la proa de una galera, cayó en el agua, cortada la mano con

un golpe de segur. A más de estos, quedaron allí muertos otros muchos

atenienses de esclarecido nombre.

CXV. En efecto, los de Atenas con esta acometida se apoderaron de siete

naves. Los bárbaros, haciéndoles retirar desde las otras, y habiendo

otra tomado a bordo los esclavos de Eretria que habían dejado en una

isla, siguieron su rumbo la vuelta de Sunio, con el intento de dejarse

caer sobre la ciudad, primero que llegasen allá los atenienses. Corrió

por válido entre los atenienses, que por artificio de los Alcmeónidas

formaron los persas el designio de aquella sorpresa, fundándose en que

estando ya los persas en las naves levantaron ellos el escudo, que era

la señal que tenían concertada.

CXVI. Continuaban los persas doblando a Sunio, cuando los atenienses

marchaban ya a todo correr al socorro de la plaza, y habiendo llegado

antes que los bárbaros, atrincheráronse cerca del templo de Heracles en

Cinosarges, abandonando los reales que cerca de otro templo de Heracles

tenían en Maratón. Los bárbaros, pasando con su armada más allá de

Falero, que era entonces el arsenal de los atenienses, y mantenidos

sobre las áncoras, dieron después la vuelta hacia el Asia.

CXVII. Los bárbaros muertos en la batalla de Maratón subieron a 6400;

los atenienses no fueron sino 192;[158] y este es el número exacto

de los que murieron de una y otra parte. En aquel combate sucedió un

raro prodigio: en lo más fuerte de la acción, Epicelo, ateniense, hijo

de Cufágoras, peleando como buen soldado cegó de repente sin haber

recibido ni golpe de cerca, ni tiro de lejos en todo su cuerpo; y desde

aquel punto quedó ciego por todo el tiempo de su vida. Oí contar lo que

él mismo decía acerca de su desgracia, que le pareció que se le ponía

delante un infante elevado, cuya barba le asombró y le cubrió todo el

escudo, y que pasando de largo aquel fantasma mató al soldado que a su

lado tenía: tal era, según me contaban, la narración de Epicelo.

CXVIII. Volviéndose Datis al Asia con toda su armada, cuando estaba

ya en Miconos[159] tuvo entre sueños una visión, la que no se dice

cuál fuese, si bien el efecto de ella fue que apenas amaneció hiciese

registrar todas sus naves, y habiendo hallado en una de los fenicios

una estatua dorada de Apolo, preguntó de dónde había sido robada, y

noticioso del templo de donde procedía, fuese a Delos en persona con

su capitana. Ya entonces los delios se habían restituido a su isla.

Depositó Datis dicha estatua en aquel templo, y encargó a los delios

que volviesen aquel ídolo a Delio,[160] lugar de los tebanos que cae en

la playa enfrente de Calcis. Dada la orden, volviose Datis en su nave;

pero los delios no restituyeron la estatua, la cual 20 años después

fueron a recobrar los tebanos, avisados por un oráculo, y la volvieron

a Delio.

CXIX. Después que aportaron al Asia Datis y Artafrenes vueltos de su

expedición, hicieron pasar a Susa los esclavos hechos en Eretria.

El rey Darío, aunque gravemente enojado contra los eretrieos antes

de tenerlos prisioneros, por haber sido los primeros en cometer las

hostilidades, con todo, después que los tuvo en su presencia y los vio

hechos sus esclavos, no tomó contra ellos resolución alguna violenta;

antes bien les dio habitación en un albergue suyo, situado en la región

de Cisia, que tiene por nombre Arderica,[161] distante de Susa 210

estadios y 40 solamente de aquel pozo que produce tres especies de

cosas bien diferentes, pues de él se saca betún, sal y también aceite,

del modo que expresaré. Sírvense para sacar el agua de una pértiga,

en cuya punta en vez de cubo atan la mitad de un odre partido por

medio. Métenlo de golpe, y luego derraman lo que viene dentro en una

pila, de la cual lo pasan a otra, en donde derramado, se convierte

en las tres especies dichas: el betún y la sal al punto quedan allí

cuajados, el aceite lo van recogiendo en unas vasijas, y le dan los

persas el nombre de radinace, siendo un licor negro que despide un olor

ingrato. Allí fueron colocados los eretrieos por orden del rey Darío,

cuya habitación, juntamente con su idioma antiguo, conservan hasta el

presente, y a esto se reduce la historia de sus sucesos.

CXX. Los lacedemonios en número de 2000 llegaron al Ática después del

plenilunio, y tan grande era el deseo de hallarse con el enemigo, que

al tercer día después de salidos de Esparta se pusieron en el Ática.

Habiendo llegado después de la batalla,[162] y no queriendo dejar de

ver de cerca a los medos, fuéronse a Maratón para contemplarlos allí

muertos. Colmaron de alabanzas a los atenienses por aquellas hazañas, y

se despidieron para volverse a su patria.

CXXI. Volviendo a los Alcmeónidas, mucha admiración me causa, y no

tengo por verdadero lo que de ellos se cuenta, que de concierto con

los persas les mostrasen el escudo en señal de querer que Atenas fuese

presa de los bárbaros y entregada al dominio de Hipias; pues ellos

se mostraron más enemigos de los tiranos, o tanto por lo menos, como

Calias, hijo de Fenipo y padre de Hipónico, quien fue el único entre

todos los atenienses que después de echado Pisístrato de Atenas se

atrevió a comprar sus bienes confiscados y vendidos a voz de pregonero,

fuera de que en otras mil cosas más dio un público testimonio del odio

que le tenía.

CXXII. De este Calias[163] es mucha razón que todos a menudo se

acuerden no sin elogio, ya por haber sido, como llevo dicho, un hombre

señalado particularmente en libertar a su patria; ya por la gloria que

adquirió en Olimpia, donde logró como vencedor el primer premio en la

corrida de un caballo singular, y el segundo en la de la cuadriga,

ya porque en los juegos pitios, habiendo sido declarado vencedor, se

mostró muy magnífico en el banquete que dio a los griegos; ya por lo

bien que se portó con sus hijas, que fueron tres, con las cuales,

luego que tuvieron edad proporcionada al matrimonio, usó la bizarría y

generosidad de que cada cual escogiese entre los ciudadanos el marido

que mejor le pareciese, y las casó, en efecto, con quien quiso cada

cual.

CXXIII. Ahora pues, habiendo sido los Alcmeónidas igualmente o nada

menos enemigos de los tiranos que Calias, paréceme un error monstruoso

y una calumnia indigna de fe el que para llamar a los persas levantasen

sus escudos unos hombres que vivieron desterrados por todo el tiempo

del gobierno de los tiranos, y que no cesaron con sus intrigas hasta

obligar a los hijos de Pisístrato a desamparar su dominio, con lo cual,

a mi entender, lograron tener más parte en la libertad de Atenas que

Harmodio y Aristogitón, pues estos con dar la muerte a Hiparco nada

adelantaron contra los otros que tiranizaban a la patria, antes bien

irritaron más contra ella a los demás hijos de Pisístrato. Pero los

Alcmeónidas sin la menor disputa fueron los libertadores de Atenas, si

fueron ellos realmente los que ganaron a la Pitia para que diese a los

lacedemonios el oráculo que les decidió a libertarla, según tengo antes

declarado.

CXXIV. Podrá decirse que quizá por algún disgusto y ofensa recibida

del gobierno popular de Atenas quisieron entregar la patria; pero esto

no lleva camino, porque no hubo en Atenas hombres más aplaudidos ni

más honrados por el pueblo. Así que contra toda buena crítica es el

decir que levantasen el escudo con esta mira. Es cierto que hubo quien

lo levantó, ni otra cosa puede decirse, porque así es la verdad; pero

quién fuese el que lo verificó lo ignoro, ni tengo más que añadir sobre

ello de lo que llevo dicho.

CXXV. La familia de los Alcmeónidas, si bien desde mucho tiempo atrás

era ya distinguida en Atenas, se hizo notablemente más ilustre en

la persona de Alcmeón, no menos que en la de Megacles. El caso fue

que cuando los lidios de parte de Creso fueron enviados de Sardes a

Delfos para consultar aquel oráculo, no solo les sirvió en cuanto

pudo Alcmeón, hijo de Megacles, sino que se esmeró particularmente en

agasajarles. Informado Creso por los lidios que habían hecho aquella

romería de cuán bien por su respeto había obrado con ellos Alcmeón,

convidole a que viniera a Sardes, y llegado, le ofreció de regalo

tanto oro cuanto de una vez pudiese cargar y llevar encima. Para

poderse aprovechar mejor de lo grandioso de la oferta, fue Alcmeón a

disfrutarla en este traje: púsose una gran túnica, cuyo seno hizo que

prestase mucho dejándolo bien ancho, calzose unos coturnos los más

holgados y capaces que hallar pudo, y así vestido fuese al tesoro real

adonde se le conducía. Lo primero que hizo allí fue dejarse caer encima

de un montón de oro en polvo, y henchir hasta las pantorrillas aquellos

sus borceguíes de cuanto oro en ellos cupo. Llenó después de oro todo

el seno; empolvose con oro a maravilla todo el cabello de su cabeza;

llenose de oro asimismo toda la boca: cargado así de oro iba saliendo

del erario, pudiendo apenas arrastrar los coturnos, pareciéndose a

cualquier otra cosa menos a un hombre, hinchados extremadamente los

mofletes y hecho todo él un cubo. Al verle así Creso no pudo contener

la risa, y no solo le dio todo el oro que consigo llevaba, sino que le

hizo otros presentes de no menor cuantía, con lo cual quedó muy rica

aquella casa, y el mismo Alcmeón, pudiendo criar sus tiros para las

cuadrigas, fue vencedor con ellos en los juegos olímpicos.[164]

CXXVI. En la edad inmediata a esta, Clístenes, señor de Sición, subió

hasta tal punto el nombre de la misma familia, que la hizo mucho más

célebre todavía. Este Clístenes, hijo de Aristónimo, nieto de Mirón,

y biznieto de Andreas, tuvo una hija llamada Agarista a quien quiso

casar con el griego que hallase más sobresaliente de todos; y así, en

el tiempo en que se celebraban las fiestas olímpicas, en las cuales

alcanzó la palma con su cuadriga el mismo Clístenes, hizo pregonar que

cualquiera de los griegos que se tuviese por digno de ser yerno de

Clístenes, pasados sesenta días o bien antes, se presentase al concurso

en Sición; pues que él había determinado celebrar las bodas de su hija

dentro del término de un año, que se empezaría a contar desde allí a

sesenta días. Entonces todos los griegos que se picaban de notables, ya

por sus prendas y linaje, ya por la nobleza de su patria, concurrieron

allá como pretendientes, a quienes estuvo Clístenes entreteniendo para

ver quién era el más digno pretendiente en la carrera y en la palestra.

CXXVII. De la Italia concurrió el sibarita Esmindírides,[165] hijo de

Hipócrates, que había llegado a ser el hombre más sobresaliente de

todos en las delicias del lujo, en un tiempo en que Síbaris florecía

sobremanera; concurrió asimismo Dámaso de Siris, hijo de Amiris, el que

llamaban el sabio: ambos vinieron de la Italia. Del golfo Adriático,

es decir, del seno Jonio, se presentó Anfimnesto, hijo de Epístrofo,

natural de Epidamno.[166] Vino también un etolio, por nombre Males,

hermano del famoso Titormo, que superó en valentía a todos los griegos,

y vivió retirado en un rincón de la Etolia,[167] huyendo del comercio

de los hombres. Del Peloponeso llegó Leocedes, hijo de Fidón, tirano

de los argivos, quien descendía de aquel Fidón[168] ordenador de los

pesos y medidas de los peloponesios, hombre el más violento e inicuo de

todos los griegos, que habiendo quitado a los eleos la presidencia en

los juegos olímpicos, se alzó con el empleo de _Agonoteta_ (o prefecto

de aquel certamen). Vino de Trapezunte[169] el arcadio Amianto, hijo

de Licurgo; vino asimismo Láfanes el azanio, natural de la ciudad de

Peos, hijo de aquel Euforión de quien es fama en la Arcadia que recibió

en su casa a los Dioscuros Cástor y Pólux, y desde aquel tiempo solía

hospedar a todo hombre que se le presentase: vino por fin el eleo

Onomasto, hijo de Ageo; todos los cuales vinieron del mismo Peloponeso.

De Atenas fueron a la pretensión Megacles, hijo de aquel Alcmeón que

había hecho la visita a Creso, y otro llamado Hipoclides, hijo de

Tisandro, el sujeto más rico y gallardo de todos los atenienses. De

Eretria, ciudad entonces floreciente, concurrió Lisanias, el único que

se presentó venido de Eubea. De Tesalia acudió Diactóridas el Craconio,

de la familia de los Escópadas; y de los molosos, vino Alcón: estos

fueron los aspirantes a la boda.

CXXVIII. Habiéndose, pues, presentado los amantes al día señalado,

desde luego se iba Clístenes informando de qué patria y de qué familia

era cada uno. Después, por espacio de un año, los fue entreteniendo a

su lado, haciendo pruebas de la bizarría, del valor, de la educación

y de las costumbres de todos, ya tratando con cada uno en particular,

ya con todos ellos en común; y aun a los más jóvenes los conducía a

los gimnasios, donde ejercitasen desnudos sus fuerzas y habilidades.

Pero con especialidad procuraba observarles en la mesa, pues todo el

tiempo que los tuvo cerca de su persona, era quien llevaba el coste

y el que les daba un magnífico hospedaje. Hecha la prueba, los que

más le satisfacían eran los pretendientes venidos de Atenas, y entre

estos nadie le placía tanto como Hipoclides, el hijo de Tisandro,

gobernándose en este aprecio tanto por el valor que en él veía, como

por ser de una familia emparentada con la de los Cipsélidas que

antiguamente hubo en Corinto.

CXXIX. Cuando llegó el día aplazado así para el festín de la boda, como

para la publicación del yerno que Clístenes hubiese escogido entre

todos, mató este cien bueyes y dio un magnífico convite, no solo a los

pretendientes, sino también a los moradores de Sición. Allí sobre mesa

apostábanselas los pretendientes en la música, y a quién descifraría

algún acertijo o enigma propuesto. Iban adelante los brindis después de

la comida, cuando Hipoclides, que era el héroe y bufón de la fiesta,

mandó al flautero que le tocase la _emmelia_,[170] y empezada esta, la

bailó con mucha gracia y mayor satisfacción propia; si bien Clístenes,

observando todas aquellas fruslerías, le miraba ya de mal ojo. No paró

aquí Hipoclides: descansó un poco, e hizo que le trajesen una mesa,

la cual puesta allí, bailó primero sobre ella a la lacónica, después

danzó a la ática con gestos muy ajustados; finalmente dio sus tumbos

encima de la mesa, la cabeza abajo y los pies en alto, haciendo manos

de las piernas para los gestos. Clístenes, si bien viéndole bailar la

primera y segunda danza se desdeñaba ya en su interior de tomar por

yerno a Hipoclides, a un bailarín tal y sin vergüenza, reprimíase con

todo no queriendo desconcertarse contra él; pero al cabo cuando le

vio dar tumbos y vueltas y zapatetas en el aire, no pudiendo ya más

consigo, lanzole estas palabras: «Ahora sí, hijo de Tisandro, que como

saltimbanquis acabas de escamotearte la novia». Y replicole el mozo:

«¿Qué se le da a Hipoclides de la novia?», cuyo dicho quedó desde

entonces en proverbio.

CXXX. Clístenes, haciendo que todos en silencio le oyesen, habloles

así: «Pretendientes de mi hija, muy pagado estoy de las prendas de

todos vosotros, y si posible me fuera, a cada uno de vosotros daría

con gusto la novia sin elegir en particular a ninguno y sin desechar

a los demás. Pero bien veis que tratándose de una doncella sola, no

cabe contentaros a todos: mi ánimo es regalar a cada uno de los que

no alcancéis la novia un talento de plata en prueba de lo mucho que

me honro con haberla todos pretendido, como también en atención a la

ausencia que habéis hecho de vuestras casas. Por lo demás, doy por

mujer mi hija Agarista a Megacles, hijo de Alcmeón, al uso de los

atenienses». Aceptola por tal Megacles, y quedó contraído solemnemente

el matrimonio.

CXXXI. Así se terminó la competencia de los pretendientes, y de ella

dimanó la gran fama y celebridad de los Alcmeónidas por toda la Grecia.

De este matrimonio nació aquel Clístenes que ordenó las filas y la

democracia en Atenas, llamado así en memoria de su abuelo materno

Clístenes el sicionio. Nacioles también Hipócrates, quien tuvo por

hijos otro Megacles y otra Agarista, llevando esta el nombre de la

Agarista hija de Clístenes. La segunda Agarista habiendo casado con

Jantipo, hijo de Arifrón, tuvo un sueño estando encinta, en que le

pareció que había parido un león; y poco después parió a Pericles, hijo

de Jantipo.

CXXXII. Volviendo a Milcíades, después de la derrota de los persas

en Maratón creció mucho su crédito entre los atenienses, de quienes

era antes ya muy estimado. Entonces, pues, pidió Milcíades a sus

conciudadanos que le confiasen 70 naves con la tropa y estipendios

correspondientes, sin declararles contra quiénes meditaba aquella

expedición, asegurándoles solamente que si querían seguirle, iba a

enriquecerles, pues pensaba conducirles a cierta provincia, de donde

sin el menor daño ni peligro podrían volver cargados de oro. En estos

términos pidió la armada, y los atenienses, confiados en lo que les

prometía, se la cedieron.

CXXXIII. Teniendo aquella tropa embarcada ya a su mando, partió

Milcíades contra Paros, dando por razón que iba a castigar a los parios

por haber antes hecho la guerra con sus galeras asistiendo al persa en

Maratón. Pero este era un mero pretexto, y lo que en realidad le movía

era el encono contra los parios, nacido de que Liságoras, hijo de

Tisias y natural de Paros, le había acusado y puesto mal con el persa

Hidarnes. Llegado allá Milcíades con su armada, puso sitio a la ciudad

en que se habían encerrado los parios, a quienes envió un pregonero

pidiéndoles le diesen 100 talentos, con la amenaza de que en caso de

negarlos no levantaría el sitio antes de rendir la plaza. Los parios,

lejos de discurrir cómo darían a Milcíades aquella suma, solo pensaban

en el modo de defender bien su ciudad, fortificándola más y más y

alzando de noche otro tanto aquella parte de los muros por donde la

plaza estaba más expuesta a ser combatida.

CXXXIV. Hasta aquí concuerdan en la narración del hecho todos los

griegos: lo que después sucedió lo cuentan los parios del siguiente

modo: Dicen que Milcíades, falto de consejo, consultó con una

prisionera natural de la misma Paros, que se llamaba Timo y era la

sacerdotisa de las diosas infernales Deméter y Perséfone. Habiéndose

esta presentado a Milcíades, aconsejole que si tanto empeño tenía

en tomar a Paros, hiciera lo que ella misma dijese; y en efecto,

habiéndole confiado el expediente, subió Milcíades a un cerro que está

enfrente de la ciudad, y no pudiendo abrir las puertas del templo de

Deméter Legisladora, quiso saltar la pared de aquel cercado; y saltada

ya, íbase, ignoro con qué mira, dentro del santuario de la diosa, ya

fuese con ánimo de quitar algo de las cosas que no es lícito quitar,

ya con algún otro designio. Al ir a pasar aquel umbral, sobrevínole un

terror religioso que le obligó a volver atrás por el mismo camino; y al

pasar otra vez la cerca, se dislocó un muslo, o, como quieren otros,

hirió malamente en tierra con una rodilla.

CXXXV. Mal parado, pues, Milcíades por la caída, determinó volverse

de allí sin haber conquistado a Paros, a la cual había tenido sitiada

26 días, talando durante ellos toda la isla. Llegó a noticia de los

parios que Timo, la sacerdotisa de la diosa, había dado a Milcíades los

medios para la toma de la plaza, y queriendo tomar venganza de ella

por la traición, apenas se vieron libres del asedio enviaron a Delfos

consultores encargados de preguntar si harían bien en castigar a la

sacerdotisa de las diosas, así por haber ella declarado cómo podría ser

tomada su patria, como también por haber mostrado a Milcíades aquellos

sagrados misterios que a ningún varón era lícito ver ni saber. No se

lo permitió la Pitia, diciendo que la culpa no era de Timo, sino que

siendo el destino fatal de Milcíades que tuviese un mal éxito, ella le

había servido de guía para la ruina: tal fue el oráculo que la Pitia

dio en respuesta a los de Paros.

CXXXVI. Vuelto ya Milcíades de aquella isla, no hablaban de otra cosa

los atenienses que de su infeliz expedición; pero quien sobre todos

le acriminaba era Jantipo, el hijo de Arifrón, quien intentándole

ante el pueblo causa capital, le acusaba por haber engañado a los

atenienses.[171] Milcíades no respondió en persona a la acusación,

hallándole imposibilitado por causa de su muslo enconado con la herida;

pero estando él en cama allí mismo, defendiéronle sus amigos con el

mayor esfuerzo, haciendo valer mucho sus servicios en el combate de

Maratón, como también en la toma de Lemnos, la cual rindió y cedió

a los atenienses, habiéndose vengado de los pelasgos. Absolviole el

pueblo de la pena capital; mas por aquel perjuicio del estado le multó

en 50 talentos. Después de este juicio, como se le encancerase y

pudriese el muslo, falleció Milcíades, y su hijo Cimón pagó la multa de

su padre.

CXXXVII. He aquí cómo pasó lo que insinué de la toma de Lemnos de

que se apoderó Milcíades el hijo de Cimón: Habían sido los pelasgos

expelidos del Ática por los atenienses, no sabré decidir si con razón

o sin ella; podré referir tan solo lo que sobre ello se dice, si bien

noto que Hecateo, hijo de Hegesandro, afirma en su historia que sin

razón fueron aquellos arrojados, contando así los hechos: «Viendo

los atenienses, dice, que una campiña suya situada al pie del monte

Himeto, que habían cedido a los pelasgos para que la habitasen en pago

y recompensa del muro que estos les habían edificado alrededor de la

fortaleza; viendo, pues, bien cultivada aquella campiña, que antes era

muy estéril y de ninguna estima, tuvieron envidia a los pelasgos, y

codiciosos de aquel territorio, sin otro motivo ni razón arrojaron de

él a los agricultores». Pero si creemos lo que dicen los atenienses,

razón les sobraba para echarlos de allí; porque situados los pelasgos

bajo el Himeto, salían desde allí a cometer mil insolencias; pues como

acostumbrasen las doncellas y los niños también de los atenienses ir

por agua al _Ennea crunon_ (a las nueve fuentes) por no tener esclavos

en aquel tiempo ni los atenienses ni los demás griegos, sucedía que al

ir ellas por agua, con desvergüenza y desprecio las violentaban los

pelasgos; y no contentos aún con proceder tan indigno, determinaron al

cabo apoderarse de Atenas y fueron cogidos con el delito en las manos.

Añaden aún los atenienses que ellos se portaron mucho mejor de lo que

merecían los pelasgos, porque estando en su mano quitarles justamente

la vida como a gente que maquinaba contra el estado, no quisieron

hacerlo, contentos con intimarles la orden de que saliesen de sus

dominios. En fuerza de esta orden, salidos de allí, una de las varias

tierras que ocuparon fue la isla de Lemnos. En suma, lo primero es lo

que dice Hecateo; lo segundo lo que cuentan los atenienses.

CXXXVIII. Después que habitaban ya en Lemnos los mismos pelasgos,

llevados del deseo de venganza contra los de Atenas y bien prácticos e

impuestos en qué días caían las fiestas de los atenienses, recogidas

sus falucas pasaron al continente y armaron una emboscada en Braurón,

donde solían las mujeres atenienses celebrar una fiesta a Artemisa.

Habiendo aprovechado el lance, y robadas muchas de ellas, embarcáronlas

consigo para Lemnos y las tuvieron allí por concubinas. Viéndose ya con

muchos hijos estas mujeres, íbanles enseñando la lengua ática y les

daban una educación propia de atenienses, de donde nacía que los niños

se desdeñaban de juntarse con los hijos de los pelasgos, y si veían

que uno de ellos era maltratado de alguno de los otros niños, acudían

todos a su defensa y se socorrían mutuamente. Llegó la cosa a tal punto

que los niños de las áticas pretendían dominar sobre los otros; y en

efecto, su partido era el que más podía. Viendo los pelasgos lo que

pasaba, entraron en cuenta consigo, y consultando entre sí, parecioles

ser el caso de mucho peso y consideración. Si estos niños, decían,

tienen ya la advertencia de ayudarse contra los hijos de las matronas

de primer orden y aun pretenden ser ya los señores que manden, ¿qué

no harán salidos de la menor edad? Parecioles con esto que convenía

dar muerte a los hijos de las mujeres áticas; y no contentos con esta

barbarie, añadieron después la de matar a sus madres. De este hecho

inhumano, como también de aquel otro anterior cuando las mujeres

quitaron la vida a sus maridos juntamente con Toante,[172] se originó

el llamar por toda la Grecia maldades lemnias a cualquier maldad

enorme.

CXXXIX. Después que los pelasgos dieron la muerte a sus hijos y

mujeres, sucedió que ni la tierra les rendía los frutos de antes,

ni sus mujeres ni sus rebaños eran fecundos, como solían primero.

Fatigados, pues, del hambre y de aquella esterilidad, enviaron a

Delfos para ver cómo librarse de las calamidades en que se hallaban.

Mandoles la Pitia que se presentasen a los atenienses y les diesen

la satisfacción que tuvieran estos por justa. En efecto, fueron a

Atenas los pelasgos y se ofrecieron de su voluntad a pagar la pena

correspondiente a su injuria. Los atenienses, preparando en su pritaneo

unas camas las más ricas que pudieron para recibir a los convidados,

y poniendo una mesa llena de todo género de comidas, mandaron a los

pelasgos que les entregasen su país tan ricamente abastecido como lo

estaba aquella mesa; a lo que respondieron los pelasgos: «Siempre que

una nave de vuestro país con el viento Bóreas llegue al nuestro en un

día, prontos estaremos para verificar la entrega que pretendéis».[173]

Respuesta astuta y capciosa, sabiendo ser imposible la condición, por

estar el Ática hacia el mediodía más acá de Lemnos.

CXL. Por entonces quedó así el negocio; pero muchísimos años después,

cuando el Quersoneso del Helesponto vino a ser de los atenienses,

Milcíades, hijo de Cimón, salido de Elayunte, ciudad del Quersoneso,

con los vientos etesios, púsose en Lemnos e intimó a los pelasgos que

dejasen la isla, haciéndoles memoria del oráculo, que ellos estaban

lejos de creer que pudiese jamás cumplírseles. Obedecieron entonces

los de Hefestia; pero los de Mirina,[174] que no conocían en que el

Quersoneso fuese lo mismo que el Ática, hicieron resistencia, hasta

tanto que, viéndose sitiados, se entregaron. Este fue el artificio con

que los atenienses por medio de Milcíades se apoderaron de Lemnos.

Los nueve libros de la Historia (2 de 2) · 第 9 / 21 题