sus tiranos, vino a hacerse mucho mayor. Dos eran en ella los jefes y
partidarios que más poder y mando tenían: uno Clístenes, de la familia
de los Alcmeónidas, de quien dice la fama que supo sobornar a la Pitia;
el otro Iságoras, hijo de Tisandro, sujeto de una casa verdaderamente
ilustre, aunque ignoro de qué raza saliesen sus antepasados: sé
únicamente que suelen los de su parentela sacrificar a Zeus el Cario,
de quien son muy devotos.[38] Estos dos eran, pues, los caudillos
de dos facciones en la república. Hallábase Clístenes abatido; mas
habiendo sabido ganarse después a la plebe, logró formar diez _philas_
(o tribus), de cuatro que solo había primero en todo el estado. Quitó,
pues, los nombres que tenían antes las cuatro _philas_ tomadas de los
hijos de Ion, que eran antes los de los geleontes, de los egícoras, de
los argades y de los hopletes,[39] y en lugar de ellos introdujo los
nombres de otros héroes patrios con que distinguir sus nuevas _philas_,
a excepción de Áyax solo, cuyo nombre añadió a los demás por haber sido
vecino y aliado de los atenienses.
LXVII. Mucho habría de engañarme si no quiso nuestro Clístenes imitar
en esta parte a su abuelo materno Clístenes, que había sido señor
de Sición.[40] Después de haber guerreado con los argivos, el viejo
Clístenes procuró dos cosas en descrédito de sus enemigos, una quitar
de Sición un certamen que hacían en ella los rapsodas[41] recitando
los versos de Homero, a causa de ser en tales versos los argivos los
que se llevaban entre todos la palma de los elogios del poeta; la otra
ver cómo podría acabar al fin con el culto que daban los sicionios a
Adrasto, hijo de Tálao, cuyo templo tenían levantado en su misma plaza
por ser argivo. Consultó, pues, en un viaje que hizo a Delfos, «si
sería razón echar a Adrasto de la ciudad»; pero tuvo la mortificación
de oír de boca de la Pitia esta respuesta en tono de oráculo: «Que
Adrasto había sido rey de los sicionios y él era el verdugo de ellos».
Viendo que no condescendía Apolo con su pretensión, vuelto de su
romería empezó a discurrir de qué medio se valdría para lograr que
el héroe Adrasto se fuese por sí mismo de la ciudad. Después que le
pareció haber dado ya con un buen arbitrio para salir con su intento,
dirige enviados a Tebas de Beocia, y manda decir a aquellos ciudadanos
que su deseo sería poder restituir a Sición al hijo de Ástaco, llamado
Menalipo. Obtiene tal gracia de los tebanos,[42] y habiendo restituido
a Menalipo erigió para él un templo en el mismo pritaneo, y fijó allí
su estancia en un sitio muy fortificado. El motivo que tenía Clístenes
para restituir a Menalipo, puesto que es preciso que aquí se declare,
no era otro que el haber sido este el mayor enemigo de Adrasto, a
cuyo hermano Mecisteo y a su yerno Tideo había dado la muerte. Luego
que tuvo edificado su nuevo templo, quitó Clístenes los sacrificios
y fiestas que solían hacerse a Adrasto y los apropió a Menalipo.
Era antes realmente grande la solemnidad y culto con que solían los
sicionios venerar a Adrasto, movidos a ello por saber que su región
en lo antiguo había sido de Pólibo, de cuya hija habiendo nacido
Adrasto, fue declarado heredero del reino, por haber muerto Pólibo sin
sucesión varonil. Entre otras honras que tributaban a Adrasto los de
Sición, una era la representación de sus desgracias en unos coros o
danzas trágicas,[43] de modo que sin tener coros consagrados a Dioniso
festejaban ya con ellos a su Adrasto: manda, pues, Clístenes que se
conviertan aquellos coros en cantos de Dioniso, y lo demás de la fiesta
y de los sacrificios en honra de Menalipo, en lo cual vinieron a parar
todas las maquinaciones de Clístenes contra Adrasto.
LXVIII. Hizo aún más contra los argivos. Mantenían los sicionios en sus
_philas_ los mismos nombres que tenían los argivos en las suyas: muda,
pues, Clístenes el nombre a las _philas_ sicionias, de suerte que las
puso muy en ridículo; porque sacando aparte a los de su misma _phila_,
a quienes dando un nombre tomado de la voz _arjé_ (principado) llamó
_arquelaos_ (príncipes del pueblo), dio a las otras _philas_ nombres
sacados de las palabras _his_ (puerco) y _onos_ (asno), añadiéndoles
únicamente la terminación derivada, de modo que a los unos llamó los
_hiatas_, a otros los _oneatas_, y a los restantes los _xoireatas_
(porquerizos), nombres que los buenos sicionios mantuvieron en sus
_philas_, no solo en el reinado de Clístenes, pero aun unos 60 años
después de su muerte, hasta tanto que volvieron en sí, y trocando tales
apodos, se llamaron _los híleas, los pánfilos, los dimanatas_, y los
de la cuarta _phila_, tomando el nombre de Egialeo, hijo de Adrasto,
hicieron llamarse _los egialeos_.[44]
LXIX. Como Clístenes el sicionio hubiese, pues, introducido esta
novedad en las _philas_, Clístenes el ateniense, que siendo por su
madre nieto del sicionio llevaba su mismo nombre, a lo que se me
alcanza quiso imitar en este punto a su abuelo y tocayo, haciendo
en descrédito y mengua de los jonios que las _philas_ de Atenas no
retuviesen un nombre común con el de las suyas.[45] Atraído, pues, a su
bando todo el vulgo de los atenienses, que antes le era muy contrario,
aumentó el número de las _philas_ trocándoles a todas el nombre; así
que en lugar de cuatro que antes eran los _philarcas_ (jefes de las
tribus), instituyó diez, y a más de esto en cada _phila_ señaló diez
_demos_[46] (o distritos). De donde resultó que su partido, habiéndose
ganado así al pueblo bajo, fuera muy superior al de sus contrarios.
LXX. Pero Iságoras, su rival político, viéndose inferior a Clístenes,
supo urdirle una buena. Acudió, pues, a la protección de Cleómenes,
su antiguo huésped, y amigo ya desde el tiempo del sitio que este
puso contra los hijos de Pisístrato: ni faltaban malignos que decían
de Cleómenes haber sido buen compadre de Iságoras, a cuya mujer solía
visitar a menudo. Cleómenes, por medio de un heraldo que destinó a
Atenas, intimó a Clístenes que en compañía de otros muchos atenienses
salieran de la ciudad, por ser así él, como los demás que nombraba,
unos _enageas_ (o malditos y excomulgados), color que daba a su edicto
por insinuación de Iságoras, pues los Alcmeónidas con los de su facción
eran mirados en Atenas como reos de cierta muerte sacrílega, de la cual
no habían sido cómplices Iságoras ni su bando.
LXXI. La acción por la que merecieron los Alcmeónidas la nota de
malditos fue la siguiente: Había entre los atenienses un tal Cilón,
famoso vencedor en los juegos olímpicos, convencido de haber procurado
levantarse con la tiranía de Atenas, pues, habiendo reunido una facción
de hombres de su misma edad, intentó apoderarse del alcázar de la
ciudad. Pero como le hubiese salido mal la tentativa, refugiose Cilón a
sagrado, cerca de la estatua de Atenea. Los prítanes de los naucraros
(los presidentes de los magistrados) que a la sazón mandaban en Atenas,
sacaron de aquel asilo a los refugiados bajo la fe pública de que no se
les daría muerte: mas no obstante esta promesa se les hizo morir, de
cuyo atentado se culpaba a los Alcmeónidas.[47] Este caso era antiguo y
anterior a la época de Pisístrato.
LXXII. No contento Cleómenes con haber mandado echar de Atenas a
Clístenes y a los demás proscritos, por más que estos se hubiesen
ya ausentado, se presentó allá en persona con un pequeño cuerpo de
tropas. Llegado a Atenas, exterminó luego de ella a 700 familias
atenienses, las que Iságoras le fue sugiriendo: después de este primer
paso emprendió abolir el Senado, y dar el mando y magistraturas a 300
sujetos partidarios todos de Iságoras. Amotinado de resultas de esta
violencia el Senado y no queriendo estar a las órdenes de Cleómenes,
ayudado este por Iságoras y por los de su partido, apoderose de la
ciudadela, donde los atenienses de la facción contraria, habiéndole
tenido sitiado por espacio de dos días, capitulando al tercero,
convinieron en que los lacedemonios todos de la ciudadela salieran de
allí bajo la fe pública del salvoconducto. Cumpliose a Cleómenes en
esta salida el agüero que voy a referir: luego que subió al alcázar
con ánimo de apoderarse de él, se fue en derechura al mismo camarín de
la diosa (Atenea), como para visitarla pía y religiosamente. Al punto
mismo que lo ve la sacerdotisa, levantada de su asiento, y antes que
pasara el umbral del santuario, con tono fatídico: «Vuélvete atrás,
le dice, lacedemonio forastero, vuélvete: ni pretendas entrar en este
sagrario, donde no es lícito que entren los dorios». «Pues sábete,
mujer, le responde Cleómenes, que yo no soy dorio sino aqueo».[48]
De suerte que por no haber contado entonces con aquella mal augurada
palabra «vuélvete atrás», tuvo después Cleómenes que dar la vuelta
desgraciadamente con sus lacedemonios. A los demás de la ciudadela
puestos luego en prisión, los condenaron a muerte los atenienses, y
entre ellos a un ciudadano de Delfos llamado Timesiteo, de cuyo talento
y primor en varias obras de manos habría muchísimo que decir. Todos
murieron en la cárcel.
LXXIII. Llamados a su patria después de tales turbulencias Clístenes y
las 700 familias perseguidas por Cleómenes, despacharon los atenienses
sus embajadores a Sardes con la mira de hacer un tratado de alianza con
los persas, previendo claramente la guerra que de parte de Cleómenes
y de sus lacedemonios les amenazaba. Llegados, pues, a Sardes los
diputados, y habiendo declarado la comisión de que venían encargados,
preguntó el virrey de ella, Artafrenes, hijo de Histaspes, quiénes
eran aquellos hombres que pretendían ser aliados del rey y en qué
parte moraban. Habiendo los embajadores satisfecho a la pregunta,
respondioles el virrey, en suma, que concluiría con los atenienses
el tratado de alianza que se le pedía, con tal que quisieran darse a
discreción al rey Darío, entregándole tierra y agua; pero que si no
querían hacerlo les mandaba partir de allí. Tomando entonces acuerdo
entre sí los embajadores sobre la respuesta, llevados del deseo de
aquella alianza, le respondieron que se entregaban a Darío, motivo por
el que a su regreso a la patria fueron mal vistos y murmurados.
LXXIV. En tanto que esto pasaba, sabiendo Cleómenes que los atenienses
iban haciéndole por obra y de palabra todo el daño que podían, mandó
juntar las milicias del Peloponeso entero, sin decir a qué fin las
juntaba, el cual no era otro en realidad que el deseo de vengarse del
pueblo de Atenas, dándole por señor a Iságoras que en su compañía había
salido de la ciudadela. En efecto, a un mismo tiempo embistió Cleómenes
a Eleusis con un ejército numeroso,[49] y los beocios de concierto con
él tomaron a los últimos pueblos del Ática, que eran Énoe e Hisias, y
los calcideos iban por otro lado talando el país de los de Atenas.
Estos, si bien no sabían dónde acudir primero, salieron con todo
armados contra los peloponesios que se hallaban en Eleusis, dejando
para después la venganza de los beocios y calcideos.
LXXV. Estaban a la vista los dos ejércitos prontos ya para venir a
las manos, cuando los corintios, que habían conocido la injusticia de
aquella guerra, fueron los primeros que, mudando de parecer, comenzaron
a dar la vuelta hacia su patria;[50] después de ellos retirose también
el rey de los lacedemonios que conducía el ejército, Demarato, hijo
de Aristón, por más que antes nunca hubiese sido de parecer contrario
al de Cleómenes, y siendo así que hasta entonces solían los dos reyes
juntos salir al frente de sus tropas: con esta ocasión y por dicha
discordia hízose en Esparta una ley de que al salir el ejército nunca
marchasen con él entrambos reyes, sino que exonerado uno de ellos de ir
a campaña, se quedase en Esparta con uno también de los Tindáridas,[51]
pues antes ambos Tindáridas, como patronos y dioses tutelares de sus
reyes, iban siguiéndoles en el ejército. El éxito de la campaña fue que
viendo los aliados que no venían los dos reyes de Lacedemonia y que los
corintios habían ya desamparado el puesto, empezaron a desertar.
LXXVI. Era la cuarta vez que los dorios armados entraban en el Ática,
pues dos veces fueron allá como enemigos, y dos como amigos en bien
de la república de Atenas; pudiéndose contar con razón por la primera
jornada hacia esta ciudad la expedición que hicieron los dorios cuando
condujeron a Mégara una colonia en tiempo que Codro reinaba en Atenas.
La segunda y la tercera fue cuando, con el designio de echar a los
hijos de Pisístrato, pasaron allá desde Esparta con gente armada; la
cuarta es la que acabo de referir, cuando con las tropas del Peloponeso
se dejó caer Cleómenes sobre Eleusis. Bien afirmé, por tanto, que
entonces por cuarta vez acometían los dorios a Atenas.
LXXVII. Desbaratado y deshecho tal ejército, sin haber obtenido
resultado importante contra los atenienses, con ánimo de vengarse de
sus enemigos, llevaron desde luego las armas contra los calcideos, en
cuya ayuda y defensa habían ya los beocios salido hacia el Euripo.[52]
Ven los atenienses a los beocios puestos en armas y resuelven
acometerles antes que a los calcideos; y fue tal el ímpetu con que
cargaron sobre ellos, que logrando una completa victoria, además de
los muchos enemigos que dejaron tendidos en el campo, hicieron 700
prisioneros. Victoriosos, pasan a Eubea aquel mismo día, y dada una
segunda batalla, segunda vez triunfan de sus enemigos. Fruto de esta
victoria fue dejar en Eubea 4000 colonos atenienses, repartiendo entre
estos las suertes y heredades de los hipobotas de Calcis; y los que
entre los calcideos se llamaban con este nombre, que equivale al de
caballeros, venían a ser los ciudadanos más ricos y opulentos. Por lo
que mira a los prisioneros de guerra, así los de Calcis como los de
Beocia, aunque luego de presos los tuvieron aherrojados, algún tiempo
después los soltaron, recibiendo en rescate dos minas por cabeza. No
obstante, suspendieron los cautivos en la ciudadela los grillos en que
les habían tenido, y aún hoy día se ven colgados en aquellas paredes
chamuscadas después por el medo, enfrente del camarín, por la parte que
mira a poniente. De la décima de dicho rescate, dedicada en el templo,
hicieron una _cuadriga_ de bronce, que al entrar en los portales de
la fuerza se deja ver luego hacia mano izquierda con este epígrafe:
«_La gente de Calcis con la gente de Beocia, presa por mano ática con
belicoso brío, paga su merecido en calabozo y en férreas cadenas: de su
diezmo logra Palas este carro_».
LXXVIII. Iban por fin los atenienses libres creciendo en poder de cada
día, pues cosa probada es, no una sino mil veces, por experiencia, que
el estado por sí más próspero y conveniente es aquel en que reina la
isegoría o derecho y justicia igual para todos los ciudadanos. Viose
bien esto en los atenienses, que no siendo antes, cuando vivían bajo el
yugo de un señor, superiores en las armas a ninguna de las naciones,
sus vecinas, apenas se vieron libres e independientes en un gobierno
republicano, que se mostraron los más bravos y sobresalientes de todos
en sus negocios y empresas de guerra. De donde aparece bien claro que,
cuando trabajaban avasallados en pro de un señor despótico, huían de
propósito el hombro a la carga, y que viéndose una vez libres y señores
mismos, se esforzaban todos, cada cual por su parte, en acrecentar sus
intereses y ventajas propias: en una palabra, no podían portarse mejor
de lo que lo hacían.
LXXIX. Pero los tebanos, después de aquella pérdida, deseosos de
volver el daño a los atenienses y de tomar de ellos venganza, enviaron
consulta al dios Apolo, a la cual respondioles la Pitia: «que no
pensasen poder por sí solos tomarse la satisfacción que deseaban, sino
que les encargaba que consultando primero el asunto con Polifemo,[53]
pidiesen ayuda a los más vecinos». Luego que los tebanos, a cuya
asamblea los consultantes, vueltos ya de Delfos, daban razón de la
citada respuesta, oyeron que era menester acudir a los más vecinos,
se pusieron a discurrir de este modo: «Pues si ello es así, siendo
nuestros más inmediatos vecinos los tanagreos, coroneos y tespieos,
pueblos siempre hechos a seguir nuestras banderas y prontos a ser
nuestros compañeros de armas, ¿a qué viene la prevención del oráculo de
que les pidamos su asistencia y ayuda? ¿Quizá no será esto sino otra
cosa la que quiere significar el oráculo?».
LXXX. Detenidos en su junta entre tales dudas y razones, uno que las
oye, salta con este discurso: «Pues ahora me parece haber dado con el
sentido de nuestro oráculo. Tengo entendido que fueron dos las hijas de
Asopo, Teba y Egina;[54] paréceme, pues, que habiendo sido hermanas las
dos, nos querrá decir Apolo en su respuesta, que acudamos los tebanos a
los eginetas, pidiendo que quieran ser nuestros vengadores». Al punto
los tebanos de la junta, a quienes pareció que no cabía interpretación
más adecuada del oráculo, enviaron a los eginetas unos diputados que
les pidieran su asistencia, convidándoles a la presa de orden del
oráculo, pues que ellos eran sus más cercanos parientes. La respuesta
que a los enviados dieron los eginetas, fue que los Eácidas irían allá
en compañía de ellos.
LXXXI. Con el socorro de dichos Eácidas anímanse los tebanos a probar
fortuna en la guerra; pero viéndose de nuevo mal parados en ella por
los atenienses, envían otra vez diputados a Egina, que restituyendo
a los eginetas sus Eácidas, en vez de ellos les pedían soldados.
Implorados segunda vez los eginetas, llenos en parte de sí mismos y
engreídos con su opulencia, y en parte no olvidados de su antiguo
rencor contra los de Atenas, se resuelven a hacerles la guerra antes de
declararla; y, en efecto, estando las tropas atenienses ocupadas contra
los beocios, pasando de repente los eginetas al Ática en sus galeras,
saquearon a Falero y a muchos otros pueblos de las costas, causando
mucho perjuicio a los atenienses.
LXXXII. Bien será que diga ahora de qué principio nació la inveterada
enemistad a que acabo de aludir entre atenienses y eginetas. Sucedió,
pues, que negándose la campiña de los epidaurios a producir fruto
y cosecha alguna, consultaron estos al oráculo de Delfos acerca de
aquella calamidad y desventura. Respondió la Pitia a la consulta que
como erigiesen dos estatuas nuevas, una a Damia y otra a Auxesia,[55]
verían presto mejorar sus negocios. Instaron los epidaurios si sería
bien hacerlas de bronce o de mármol: «Ni de bronce ni de mármol, dijo
la Pitia, sino de dulce olivo». De resultas de este oráculo pidieron
los epidaurios a los atenienses que les permitieran cortar en su tierra
algunos olivos, persuadidos de que los olivos del Ática eran los más
divinos y prodigiosos de todos, y aun se añade que en aquella época
solo en Atenas y en ningún otro paraje se encontraban olivos. Vinieron
gustosos los atenienses en conceder el permiso que se les pedía, pero
con la condición de que ellos se obligasen a hacer todos los años sus
ofrendas a Atenea la Políada,[56] y asimismo a Erecteo. Obligáronse a
ello los epidaurios, lograron lo que pedían, hicieron los ídolos de
olivo, y dedicados ya, volvió a dar fruto su campiña, y prosiguieron
ellos en cumplir a los atenienses lo ofrecido.
LXXXIII. En el tiempo de que voy hablando obedecían todavía, como
solían antes, los de Egina a los epidaurios, así en todo lo político
como en la jurisdicción de los tribunales; de suerte que los eginetas
acudían al foro de Epidauro en sus pleitos y acciones para pedir y
responder en justicia. Pero desde aquella época,[57] viéndose los
eginetas con gran número de naves, fueron levantándose a mayores, y
negando sin razón alguna la obediencia a los epidaurios, empezaron a
hacerles cuanto mal cabía como a sus mayores enemigos; y siéndoles
superiores en la marina, sucedió que pudieron robar a los epidaurios
aquellos ídolos de Damia y de Auxesia, los cuales, transportados a
la isla, fueron colocados en medio de ella en un lugar llamado Oya,
que viene a distar como veinte estadios de la misma ciudad de Egina.
En este sitio, puestas las dos diosas epidaurias, íbanles haciendo
sacrificios los de Egina y festejándolas con unos coros satíricos
o danzas libres de mujeres, nombrando para cada una de las diosas
diez prefectos que corrieran con el gasto de la fiesta. Era uso de
dichas danzas y como ceremonia religiosa, practicada antes por los
de Epidauro, decir a las mujeres del país mil insolencias y baldones,
aunque sin meterse con los hombres. Usaban también sacrificios ocultos.
LXXXIV. Una vez robadas dichas estatuas, como cesasen los epidaurios
de hacer las ofrendas que antes solían a los de Atenas, enviáronles
estos por aquella falta a dar quejas mezcladas con amenazas. Probaron
los epidaurios con buenas razones que ninguna injusticia les hacían en
aquello; que en tanto que habían tenido en casa a las diosas, habían
sido puntuales en cumplirles lo prometido; que después de habérselas
quitado con violencia, no les parecía puesto en razón continuar en
aquel antiguo tributo, y que lo exigiesen de los eginetas, pues que
estos al presente poseían aquellas. Oído tan justo descargo, enviaron
los atenienses a Egina unos diputados que pidiesen dichas estatuas, a
los cuales respondieron los de Egina que nada tenían que ver ni hacer
con los de Atenas.
LXXXV. Lo que pasó después de esta solemne declaración lo refieren
así los atenienses, diciendo que de parte de la república pasaron a
Egina en una galera algunos de sus ciudadanos, quienes saltando en
tierra y echándose sobre las estatuas, cuya madera miraban como cosa
propia, procuraban ver cómo las moverían de sus pedestales; y no
pudiendo salir con su maniobra, con unas sogas atadas alrededor de
las diosas, las iban arrastrando. Estando en aquella fatiga, oyose de
repente un trueno, y al trueno siguió un terremoto. Aturdidos con el
nuevo portento los marineros que arrastraban a sus diosas, y saliendo
de repente fuera de sí, empezaron entre ellos mismos, como si fueran
enemigos mortales, una desaforada matanza, cuyo estrago pasó tan allá
que no quedó de todos sino uno que volviese a pasar al Falero.
LXXXVI. Así refieren esta historia los de Atenas; mas no dicen los
eginetas que fueran allá en una sola nave los atenienses, pues que
a una, y a algunas más, bien hubieran ellos resistido aun en el
caso de no tener naves propias, sino que los enemigos, con una buena
armada, hicieron un desembarco en Egina, cediéndoles por entonces la
entrada los del país sin exponerse a una batalla naval; bien que ni
los eginetas mismos saben asegurar si el motivo de cederles el paso
sería por reconocerse inferiores en el mar, o con la pretensión de
poner por obra lo que después con los invasores ejecutaron. Afirman,
empero, que viendo los atenienses que nadie les presentaba batalla,
saliendo de sus naves se fueron en derechura hacia las estatuas, y no
pudiéndolas arrancar de sus pedestales, atadas al cabo con fuertes
maromas, empezaron a tirar de ellas, no parando en la maniobra hasta
tanto que las dos estatuas a un tiempo hicieron una misma demostración
que ellos cuentan y que yo jamás creeré por más que la quiera creer
alguno. Cuentan, pues, los eginetas que las dos estatuas se hincaron
de rodillas, postura que han conservado siempre desde entonces. Esto
hacían los atenienses; los de Egina, por su parte, informados de
antemano de que se disponían sus enemigos a venir contra ellos, habían
negociado con los argivos que estuviesen prontos y apercibidos para
irles a socorrer; y, en efecto, a un mismo tiempo desembarcaban los
atenienses en Egina, y los argivos, pasando a la misma isla desde
Epidaurio, venían ya sin ser sentidos a dar auxilio a los naturales, y
al llegar se dejaron caer de improviso sobre los atenienses apartados
de sus naves y del todo seguros de aquel encuentro y refuerzo de que ni
la menor sospecha habían antes tenido. En aquel mismo punto, añaden,
acaecieron el trueno y el terremoto.
LXXXVII. Esta es, pues, la historia que nos cuentan argivos y eginetas,
y en un punto convienen con los de Atenas, a saber, que uno solo volvió
salvo al Ática; bien que los argivos quieren que de sus manos se
salvase aquel individuo, dándose ellos por los que echaron a pique toda
aquella armada; y los atenienses pretenden que no se libró aquel sino
de la venganza de algún numen exterminador, aunque no por esto logró
verse libre de su ruina el hombre que escapó, sino que pereció también
desgraciadamente. Porque vuelto a Atenas el infeliz, como anduviese
cantando aquella gran calamidad y destrozo, oyéndole las mujeres de
los muertos en la jornada referir el estrago común, y no pudiendo
sobrellevar que perdidos todos los demás se hubiera salvado él solo, le
fueron rodeando, y cogido en medio, le iban dando tanto golpe y picazo
de hebilla, preguntándole cada una dónde estaba su marido, que acabaron
allí mismo con el infeliz, después que se había ya librado de la común
ruina de sus compañeros. Los atenienses, a quienes esta venganza y
furia mujeril pareció más sensible que la pérdida total de su armada,
no hallando otro modo de castigar a las mujeres, tomaron la resolución
de hacerlas mudar de traje, obligando a todas a que vistieran a la
jónica, pues antes las áticas vestían a la dórica, traje muy semejante
al vestido corintio.[58] De allí adelante las obligaron a llevar túnica
de lino para que no se sirvieran más de hebillas.
LXXXVIII. Verdad es que, hablando en rigor, el traje a que las
obligaron no fue en los tiempos antiguos propio de las mujeres jónicas,
sino de las carias; pues antiguamente el vestido de toda mujer griega
era el mismo que al presente llamamos dórico. Pero los argivos por
su parte y los eginetas en sus respectivas ciudades hicieron una ley
que las hebillas de sus mujeres fuesen un tercio mayores de lo que
eran antes, que las mujeres en los templos de sus dioses ofreciesen
hebillas más bien que otra presea alguna, y que en ellos nada venido
del Ática pudiese ofrecerse ni presentarse; tanto que en adelante no
se sirviesen de vajilla procedente de allá, sino que fuese ceremonia
legítima beber en los sacrificios con vasijas del país: y se puso en
práctica dicha ley, pues desde entonces hasta mis días las argivas y
las eginetas, a despecho de las áticas, solían llevar sus hebillas
mayores de lo que primero acostumbraban.
LXXXIX. De los sucesos que acabo de referir nació, repito, el principio
de la enemistad de los atenienses con los de Egina. Renovando, pues,
entonces los eginetas la memoria de dichas estatuas y de los sucesos
a ellas concernientes, vinieron gustosos en enviar a los beocios el
socorro que les pedían, talando con sus tropas auxiliares las costas
del Ática. Al ir los atenienses a emprender la expedición contra los
de Egina, vínoles de Delfos un oráculo en que se les prevenía que por
espacio de treinta años, a contar desde la injuria que acababan de
recibir, se abstuviesen de combatir con los eginetas; pero que venido
el año 31 y fabricado un templo a Éaco, empezasen contra ellos las
hostilidades; pues haciéndolo así, sucederíales la cosa como deseaban.
Mas si desde luego emprendían aquella guerra, entendiesen que durante
aquel tiempo tendrían ellos y darían mucho que llorar al enemigo; bien
que al cabo darían con él en tierra. Oído, pues, el nuevo oráculo,
determinaron los atenienses levantar a Éaco aquel templo mismo que al
presente se deja ver en su plaza; pero en la demora de treinta años no
pudieron convenir, oyéndose clamar que no debían disimular por tanto
tiempo la injuria, después de verse tan maltratados con la invasión de
los eginetas.
XC. Con tal resentimiento, al tiempo en que se disponían para tomar
venganza de aquellos enemigos, un nuevo contratiempo de parte de los
lacedemonios les cerró el paso de la jornada. Porque como en aquella
sazón hubiese llegado a oídos de los lacedemonios, así el artificio
que usaron los Alcmeónidas para sobornar a la Pitia, como el embuste
con que esta les alarmó contra los hijos de Pisístrato, sintieron
con tal aviso doblada pesadumbre, viendo por una parte que habían
echado de la patria a sus mayores amigos y aliados, y por otra que los
atenienses, recibida aquella merced, no se les mostraban obligados
ni agradecidos. Añadíase a estas reflexiones la congoja que ciertas
profecías les ocasionaban de nuevo, pronosticándoles muchos agravios y
desafueros que de parte de los atenienses les aguardaban. Habían antes
estado del todo ignorantes de dichas predicciones, y entonces habían
empezado a oírlas, habiéndolas traído consigo Cleómenes volviendo de
Atenas a Esparta. Sucedió que Cleómenes, estando en la ciudadela de
Atenas, pudo haber a las manos ciertos oráculos escritos que habían
estado primero en poder de los Pisistrátidas y habían sido dejados allí
por los mismos en el templo de Atenea,[59] cuando fueron echados de la
ciudad. Cleómenes al salir de la fortaleza quiso llevárselos consigo a
Esparta.
XCI. Recibidos dichos oráculos, viendo por una parte los lacedemonios
que los atenienses, libres ya y de cada día más poderosos, en nada
menos pensaban que en obedecerles, y previendo por otra que la gente
ática si quedaba en el estado republicano se les igualaría en el
poder, al paso que si volvía a verse oprimida con la tiranía se
mantendría débil y pronta a dejarse gobernar por ellos,[60] como esto
previesen, pues, los lacedemonios, llamaron a Esparta a Hipias, el
hijo de Pisístrato, desde Sigeo, ciudad del Helesponto, adonde con los
suyos se había refugiado. Después que llamado Hipias se les presentó,
convocan para un congreso de la nación los diputados de las ciudades
aliadas, y les hablan así los espartanos: «Amigos y aliados: Conocemos
y confesamos al presente nuestra falta de justicia y de política: mal
hicimos, alucinados con falsos oráculos, en echar de su patria a unos
señores que, sobre sernos buenos amigos y aliados, nos tenían prometido
mantener en nuestra devoción y obediencia a la ciudad de Atenas.
Cometida esta injusticia, tuvimos la imprudencia de dejar aquel estado
en manos de un pueblo ingrato, el cual, apenas se vio libre y suelto
por nuestra mano, cuando empezó luego a erguir su cabeza e insolente
quiso atrevérsenos, echándonos de su casa a nosotros y a nuestro rey, y
desde aquel punto lleno de arrogancia va tomando nuevos espíritus. Lo
que digo empiezan ya a llorar, particularmente sus vecinos los beocios
y calcideos, y quizá todos los demás lo iréis sintiendo por turno si
les tocareis en un solo cabello. Ya, pues, que nos engañamos antes
en lo que con ellos hicimos, procurando ahora tomarnos con vuestra
asistencia la satisfacción correspondiente, lo iremos remediando. Este
ha sido, señores, el motivo, así de hacer que viniera Hipias, a quien
veis aquí presente, como de convocaros a vosotros de las ciudades.
Nuestras miras consisten en volver a Hipias a Atenas, y restituirle
de común acuerdo, y con un ejército común, el dominio que antes le
quitamos».
XCII. Tal era la propuesta de los lacedemonios, a la cual ni se
acomodaban los más de los diputados, ni se atrevían con todo a
contradecirla, guardando todos los aliados un profundo silencio.
Rompiolo al cabo Socles el corintio con un tono sublime:[61]
«Ahora sí, exclamó, que están todas las cosas a pique de revolverse
y trastornarse; el cielo para caer bajo la tierra, la tierra para
subirse sobre lo más alto del cielo; van a fijar los hombres su
morada en los mares, los peces a morar donde vivían primero los
hombres, cuando llegamos a ver ya, que empeñados vosotros, oh
lacedemonios, en arruinar una república justa y bien ordenada,
procuráis tan de veras reponer en las ciudades libres el despotismo
y la tiranía, no pudiendo dejar de ver con los ojos ser esta la
cosa más inicua, más cruel, más sanguinaria de cuantas pueden verse
entre los mortales. Y si no, decidme ahora, lacedemonios: si tan
conveniente os parece que las riendas del gobierno estén en mano
de un tirano, ¿por qué no sois los primeros en colocar un déspota
sobre vuestras cabezas? ¿Por qué con vuestro ejemplo no animáis
a los demás a que sufran un señor absoluto? Vemos empero todo lo
contrario: vosotros, siempre libres hasta aquí de tiranos domésticos,
y muy prevenidos siempre para que jamás los sufra Esparta, vais
recetándolos a los otros, y procuráis encajarlos a vuestros
confederados. A fe mía, espartanos, si hubierais probado lo que es
un tirano, como nosotros los corintios lo probamos, pensarais ahora
muy de otro modo y serían mejores de lo que son vuestras propuestas.
Oíd, pues, lo que nos sucedió.[62] La antigua constitución del
estado era en Corinto la oligarquía, gobernando la ciudad unos pocos
ciudadanos llamados los Baquíadas, que nunca en sus matrimonios
contraían alianza sino entre ellos mismos. Acaeció entonces que a
uno de aquellos principales y magnates, por nombre Anfión, nació una
hija coja llamada Labda, y como ninguno de los Baquíadas la quisiese
por mujer, casó al fin con ella cierto Eetión, hijo de Equécrates,
natural del lugar de Petra, bien que lapita de origen y descendiente
de la familia Cénida.[63] Viendo después Eetión que no tenía hijos de
Labda ni de otra mujer alguna, emprendió una romería a Delfos para
consultar el oráculo sobre la desventura de no tener sucesión. No
bien hubo entrado en el templo, cuando encarándose con él la Pitia,
le recita de repente estos versos:
Eetión, digno de gloria, nadie te honra
cual mereces tú: Labda ya grávida
parece una gran rueda que cayendo
sobre monarcas, mandará a Corinto.
Ignoro cómo llegó este oráculo dado a Eetión a oídos de los príncipes
Baquíadas, a quienes antes se había dado acerca de las costas de
Corinto otro oráculo oscuro, pero dirigido al mismo punto que el de
Eetión, en estos términos:
“_Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león
que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la
linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto_”.[64]
Y si bien este oráculo era antes para los Baquíadas, a quienes se
había proferido un misterio impenetrable, apenas oyeron el otro dado
entonces a Eetión, cayeron de pronto en la cuenta, y dieron de lleno
en el sentido del primero, que concordaba mucho y se enlazaba con el
del último. Entendiendo, pues, que se les pronosticaba su ruina, con
la mira de conjurarla dando la muerte al hijo de Eetión que estaba
ya para nacer, llevaban su intriga con sumo secreto. En efecto,
luego que parió dicha mujer destinan al pueblo en que vivía Eetión
diez de su mismo gremio o clase, con orden de quitar la vida al
niño recién nacido. Llegados a Petra, entran en el patio de la casa
de Eetión y preguntan por el chiquillo. Labda la coja, que estaba
lejos de imaginar que vinieran con ánimo dañado, antes se lisonjeaba
de que aquella visita de los magnates se le hacía en atención a
su padre, para congratularse con ella por su feliz alumbramiento,
se lo presenta y lo pone en brazos de uno de los diez; y si bien
ellos al venir habían entre sí concertado que el primero que al
niño cogiera le estrellara luego contra el suelo, quiso con todo la
buena suerte, cuando Labda dejó a su hijo en brazos de aquel, que se
sonriese el niño, mirando blandamente al que iba a recibirle, sonrisa
que atentamente observada movió a ternura al primero que le había
recibido; y le hizo tal impresión, que en vez de dar con el niño en
el suelo, le entregó al segundo y este al tercero, de suerte que fue
pasando de mano en mano por los diez infanticidas, sin que ninguno se
atreviera a ensangrentar las suyas en aquella víctima de la ambición.
Vuelto, pues, el hijo a la madre y salidos del atrio, se pararon ante
la puerta misma de la casa, y empezaron a culparse unos a otros,
pero sobre todo al primero que le recibió, por no haber ejecutado
la orden que traían. No pasó mucho rato sin que se resolviesen a
entrar de nuevo en la casa y concurrir todos aunados a la muerte
del niño. Mas todo en vano, que el destino fatal de Corinto era,
señores, que le viniera el azote de la casa de Eetión: porque Labda
iba entretanto escuchando detrás de la puerta todo aquel discurso de
muerte, y recelando luego que mudando de parecer y entrando segunda
vez le matasen la infeliz criatura, tómala solicita, y va afanada a
esconderla donde se le ofrece que nadie lo había de sospechar, que
fue bajo un celemín,[65] bien persuadida que vueltos los diez nobles
sayones no dejarían sin duda arca, ni rincón, ni escondrijo que
registrar. En efecto, así fue: entran segunda vez, y todo era buscar
por una y otra parte al niño; pero viendo que no podían dar con él,
resolviéronse por fin a regresar y decir a los que les enviaban que
todo se había hecho conforme a las órdenes dadas, y vueltos a los
suyos, así realmente se lo dijeron. Íbase criando después el niño,
que de tal riesgo a dicha se había escapado, en casa de su padre
Eetión, y por la buena suerte de haberse librado del peligro debajo
del celemín, en griego _cipsele_, quedósele en adelante el nombre
de Cípselo. Llegado ya a la mayor edad, diósele a una consulta que
en Delfos hacía una respuesta ambigua y enrevesada, por la cual
gobernándose después y esperanzado mucho en ella, logró salir con su
empresa y apoderarse del dominio de Corinto. La respuesta era de este
tenor:
“_¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el
Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no
con la prole de su prole_”.[66]
Tal fue el oráculo: Cípselo llegó a ser señor de Corinto, y con
esto un tirano que a muchos corintios desterró, a muchos quitó
los bienes, patria y vida, después de un gobierno de treinta años,
habiendo tenido la fortuna de morir en paz y en su cama: sucediole
en la tiranía su hijo Periandro, quien, aunque en los principios
de su gobierno se mostraba más humano y blando que su padre, con
todo, por haber después comunicado por medio de unos mensajeros con
el otro tirano de Mileto, el célebre Trasíbulo, llegó a hacerse
mucho más cruel y sanguinario que el mismo Cípselo. Es preciso
saber que envió Periandro un embajador a Trasíbulo con la comisión
de preguntarle de qué medios se podría valer para estar más seguro
en su dominio y para gobernar mejor su estado: pues bien, saca
Trasíbulo al enviado de Periandro a paseo fuera de la ciudad, y
éntrase con él por campo sembrado, y al tiempo que va pasando por
aquellas sementeras le pregunta los motivos de su venida, y vuelve a
preguntárselos una, y otra, y muchas veces. Era empero de notar que
no paraba entretanto Trasíbulo de descabezar las espigas que entre
las demás veía sobresalir,[67] arrojándolas de sí luego de cortadas,
durando en este desmoche hasta que dejó talada aquella mies, que era
un primor de alta y bella. Después de corrido así todo aquel campo,
despachó al enviado a Corinto sin darle respuesta alguna. Apenas
llegó el mensajero, cuando le preguntó Periandro por la respuesta;
pero él le dijo: “¿Qué respuesta, señor? Ninguna me dio Trasíbulo”;
y añadió que no podía acabar de entender cómo le hubiese enviado
Periandro a consultar un sujeto tan atronado y falto de seso como
era Trasíbulo, hombre que sin causa se entretenía en echar a perder
su hacienda; y con esto diole cuenta al cabo de lo que vio hacer a
Trasíbulo. Mas Periandro dio al instante en el blanco, y penetró
toda el alma del negocio, comprendiendo muy bien que con lo hecho
le prevenía Trasíbulo que se desembarazase de los ciudadanos más
sobresalientes del estado; y desde aquel punto no dejó ni maldad ni
tiranía que no ejecutase en ellos, de manera que a cuantos había el
cruel Cípselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o los
desterró Periandro, aun más, despojó en un solo día por causa de
su mujer Melisa, ya difunta, a las mujeres todas de Corinto. Había
hecho que unos mensajeros enviados hacia los tesprotos, allá cerca
del río Aqueronte,[68] consultasen al oráculo _nigromántico_ acerca
de cierto depósito de un huésped. Aparecióseles la difunta Melisa;
les respondió que no manifestaría, al menos claramente, el lugar de
aquel depósito; que les decía únicamente que por hallarse desnuda
padecía mucho frío, pues de nada le servían los vestidos en que la
enterraron, no habiendo sido abrasados, y que buena prueba de ser
verdad lo que decía podía ser para Periandro haber él mismo metido
el pan en un horno frío. Después que se dio razón a Periandro de
dicha respuesta, de cuya verdad le pareció ser prueba convincente
esta última indicación, por cuanto había conocido a Melisa después
de muerta, sin más tardanza hace publicar luego un bando que todas
las mujeres de Corinto concurran al Hereo o templo de Hera. Como si
fueran ellas a celebrar alguna fiesta, iban allá con sus mejores
adornos y vestidos, mientras que por medio de las guardias que tenía
apostadas en el templo iba despojándolas a todas, tanto a las amas
como a las criadas, y acarreando después todas las galas a una grande
hoya, las entregó a la hoguera el tirano, rogando e invocando a su
Melisa, cuya fantasma, aplacada con este sacrificio, declaró el lugar
del depósito a los diputados que segunda vez le envió Periandro.
He aquí, oh lacedemonios, lo que es y lo que en una ciudad suele
hacer la tiranía. Con toda verdad os digo que si antes quedamos
los corintios confusos y admirados al saber que llevabais a ese
Hipias, al oír ahora esa vuestra demanda nos hallamos aquí suspensos
y atónitos. En suma, conjurándoos por los dioses de la Grecia, os
pedimos y suplicamos, oh lacedemonios, que no intentéis autorizar la
tiranía ni introducir el despotismo en las ciudades. Y si obstinados
contra las leyes divinas y humanas porfiareis en restituir a Atenas a
ese vuestro Hipias, protestando desde ahora solemnemente nosotros los
de Corinto, os declaramos que no consentimos en ello».
XCIII. Esto dijo Socles, el diputado de los corintios, a quien Hipias
el tirano, invocando a los mismos dioses griegos y poniéndoles por
testigos de lo que iba a decir, le respondió, que tiempo vendría,
presto y sin falta alguna, en que los mismo corintios echaran de menos
y desearan en Atenas a los hijos de Pisístrato cuando les llegara y
sobreviniera el plazo fatal de verse oprimidos por los atenienses
libres e independientes; lo que decía Hipias aludiendo a aquellos
oráculos escritos que nadie mejor que él tenía sabidos. Pero los
demás diputados del congreso, que no habían hasta allí despegado sus
labios, después de oír a Socles, que tanto había perorado a favor de la
libertad común, rompiendo el silencio cada uno por su parte, votaban
todos libremente a favor del corintio, y protestando altamente, pedían
a los lacedemonios que nada innovasen en aquella ciudad griega. Así,
pues, terminó la conferencia.
XCIV. Al irse después Hipias de Lacedemonia, aunque Amintas, rey de
Macedonia, le ofrecía la ciudad de Antemunte, y los tesalios le
convidaban con Yolco,[69] sin querer aceptar ninguna de las dos, dio la
vuelta a Sigeo. Era esta una plaza que a punta de lanza había tomado
Pisístrato a los de Mitilene,[70] en la cual una vez ganada puso
por señor un hijo bastardo, habido en una mujer argiva, por nombre
Hegesístrato: ni este pudo jamás, sino con las armas en la mano, gozar
de la ciudad que de Pisístrato había recibido. Con motivo de Sigeo
duraron largo tiempo las hostilidades entre mitileneos y atenienses:
salían aquellos de la ciudad de Aquileo, y estos de la misma Sigeo
a guerrear; los mitileneos pretendían recobrar aquella tierra que
reputaban ser suya; los atenienses les negaban el derecho sobre ella,
dando por razón que el dominio de la región troyana no tocaba más a los
eolios que a los atenienses y demás griegos que en compañía de Menelao
habían salido a vengar el robo de Helena.
XCV. Entre varias cosas que acontecieron en el curso de dicha guerra,
sucedió que viniendo los enemigos a las manos en una refriega en que la
victoria empezaba a declararse por los atenienses, pudo escapárseles el
célebre poeta Alceo, huyendo listo y veloz, pero no supo salvar sus
armas, las cuales, cayendo en poder de los atenienses, fueron después
suspendidas por ellos en el Ateneo (o templo de Atenea) en la misma
Sigeo, caso sobre que compuso Alceo unos versos dando en ellos cuenta
de su desgracia a Menalipo su camarada[71] y los envió a Mitilene.
Ajustó, por fin, estas diferencias, entre los de Mitilene y los de
Atenas, Periandro, el hijo de Cípselo, en cuyo arbitrio se habían
comprometido las partes; y lo verificó decidiendo y ordenando que cada
una se quedase en la pacífica posesión de lo que tenía, con lo que vino
Sigeo a quedar por los atenienses.
XCVI. Restituido Hipias de Lacedemonia a Sigeo, no dejaba piedra por
mover contra los atenienses, a quienes acriminaba maliciosamente ante
Artafrenes, resuelto a echar mano de cuantos medios alcanzase a fin
de lograr que Atenas, recayendo bajo su poder, entrase en el imperio
de Darío. Informados entretanto los de Atenas de lo que Hipias iba
tramando, procuraban desimpresionar a Artafrenes por medio de unos
embajadores enviados a Sardes para que no quisiera dar crédito a las
calumnias y artificios de aquellos desterrados. No salieron con su
intento los enviados, a quienes hizo entender Artafrenes, clara y
precisamente, que para la salud de su patria un solo medio les quedaba:
el de recibir de nuevo a Hipias por señor. Con esta declaración, en
que de ninguna manera consentían los atenienses, resolviéronse estos a
mostrarse abiertamente enemigos de los persas.
XCVII. Volviendo ya al milesio Aristágoras, después que Cleómenes el
lacedemonio le había mandado salir de Esparta, presentose en Atenas,
ciudad la más poderosa de todas, en el punto crítico en que sus
ciudadanos, viéndose gravemente calumniados para con los persas,
estaban resueltos a declararles la guerra. Allí, en una asamblea del
pueblo, dijo en público Aristágoras lo mismo que en Esparta había dicho
por lo tocante a las grandes riquezas y bienes del Asia, y también a
la milicia y arte de la guerra entre los persas, tropa débil y fácil
de ser vencida, no usando ni de escudo ni de lanza en el combate. Esto
decía por lo concerniente a los persas; pero respecto a los griegos
añadía que, siendo los milesios colonos de Atenas, toda buena razón
pedía que los atenienses, a la sazón tan poderosos, les librasen
del yugo indigno de la Persia. En una palabra, tanto supo decirles
Aristágoras y tanto se atrevió a prometerles, como quien se hallaba en
el mayor apuro, que al cabo les hizo condescender con lo que pedía; y
lo que había imaginado que más fácil le sería deslumbrar con buenas
palabras a muchos juntos que a uno solo, esto fue lo que logró allí
Aristágoras, pues no habiéndole sido posible engañar al lacedemonio
Cleómenes, le fue entonces muy hacedero arrastrar de una vez con su
artificio a treinta mil atenienses.[72] Ganado, pues, el pueblo de
Atenas, conviene en hacer un decreto público en que ordena que vayan
al socorro de los jonios 20 naves equipadas, y se declara por general
de la armada a Melantio, sujeto el más cabal y de mayor reputación que
en Atenas había. ¡Ominosas veinte naves, y armada fatal, que fueron el
principio de la común ruina de los griegos y de los bárbaros![73]
XCVIII. Aristágoras, que volvió por mar a Mileto antes que llegase
la armada, tomó luego un arbitrio del cual ningún provecho habían de
sacar los jonios: verdad es que ni él mismo pretendía sacarlo, sino dar
únicamente que sentir al rey Darío con aquella idea. Despacha, pues,
un mensajero que vaya de su parte a tratar con aquellos peonios que,
llevados prisioneros por Megabazo desde el río Estrimón, se hallaban
colocados en cierto sitio de la Frigia, viviendo en una aldea separados
de los del país. Llegado el mensajero, díjoles así: «Aquí vengo, amigos
peonios, comisionado por Aristágoras, señor de Mileto, a proponeros un
medio seguro y eficaz para el logro de vuestra libertad, con tal que
queráis practicarlo. Al presente, cuando toda la Jonia se ha levantado
contra el rey, se os ha abierto la puerta para que salvos os volváis a
vuestra patria. A vuestra cuenta correrá, pues, el viaje hasta el mar;
desde las costas dejadlo todo a nuestro cuidado». No bien los peonios
acabaron de oír el recado, cuando alegres como si el cielo se les
abriera, cargando los más con sus hijos y mujeres, se fueron huyendo
luego hacia las playas, bien que unos pocos, sobrecogidos de miedo, se
quedaron en su aldea. Llegados al agua, se embarcaron para Quíos, donde
estaban ya seguros, cuando la caballería persa les iba siguiendo las
pisadas a fin de cogerles. Viendo, pues, que no habían podido darles
alcance, envíanles una orden a Quíos para que vuelvan otra vez; pero
los peonios, no haciendo caso de los persas, fueron conducidos por los
de Quíos hasta Lesbos, y por los de Lesbos hasta Dorisco, desde donde,
caminando por tierra, dieron la vuelta a Peonia.
XCIX. Entretanto, los atenienses llegan a Mileto con sus veinte naves,
llevando en su armada cinco galeras de Eretria, las que no militaban
en atención a los de Atenas, sino en gracia de los mismos milesios, a
quienes volvían entonces su vez los eretrieos, pues antes habían estos
sido socorridos por los de Mileto en la guerra que tuvieron contra los
calcideos, a quienes asistían los samios contra eretrieos y milesios.
Llegados a Mileto los mencionados, y juntos asimismo los demás de la
confederación jónica, emprende Aristágoras una jornada hacia Sardes,
no yendo él allá en persona, sino nombrando por sus generales a otros
milesios, los cuales fueron dos, uno su mismo hermano Caropino y el
otro Hermofanto, uno de los ciudadanos de Mileto.
C. Llegó a Éfeso la armada, donde dejando las naves en un lugar de
aquella señoría llamado Coreso, iban desde allí los jonios subiendo
tierra adentro con un ejército numeroso, al cual servían de guías los
efesios. Llevaban su camino por las orillas del río Caístro, y pasado
el monte Tmolo, se dejaron caer sobre Sardes,[74] de la cual y de
cuanto en ella había se apoderaron sin la menor resistencia; pero no
tomaron la fortaleza, que cubría con no pequeña guarnición el mismo
Artafrenes.
CI. Tomada ya la ciudad, un acaso estorbó que se entregara al saqueo.
Eran hechas de caña la mayor parte de las casas de Sardes, y de cañas
estaban cubiertas aun las construidas de ladrillo. Quiso, pues, la
fortuna que a una de ellas pegase fuego un soldado. Prendiendo luego
la llama, fue corriendo el incendio de casa en casa hasta apoderarse
de la ciudad entera. Ardía ya toda, cuando los libios y cuantos persas
se hallaban dentro, viéndose cerrados por todas parles con las llamas
que tenían rodeados ya los extremos de la ciudad, y no dándoles el
fuego lugar ni paso para salirse fuera, fuéronse retirando y recogiendo
hacia la plaza y orillas del Pactolo,[75] río que llevando en sus
arenas algunos granitos de oro, y pasando por medio de la plaza, va
a juntarse con el Hermo, que desagua en el mar. Sucedió, pues, que la
misma necesidad forzó a lidios y persas, juntos allí cerca del Pactolo,
a defenderse de los enemigos; y como viesen los jonios que algunos de
aquellos les hacían ya, en efecto, resistencia, y que otros en gran
número venían contra ellos, poseídos de miedo fueron retirándose en
buen orden hacia el monte que llaman Tmolo, y de allí, venida ya la
noche, partieron de vuelta hacia sus naves.
CII. En el incendio de Sardes quedó abrasado el templo de Cibebe,
diosa propia y nacional; pretexto de que se valieron los persas en lo
venidero para pegar fuego a los templos de la Grecia.[76] Los otros
persas que moraban de estotra parte del Halis, al oír lo que en Sardes
estaba pasando, unidos en cuerpo de ejército, acudieron al socorro
de los lidios; pero no hallando ya a los jonios en aquella capital y
siguiendo sus pisadas, los alcanzaron en Éfeso. Formáronse los jonios
en filas y admitieron la batalla que los persas les presentaban; pero
fueron de tal modo rotos y vencidos, que muchos murieron en el campo a
manos del enemigo. Entre otros guerreros de nombre que allí murieron,
uno fue el jefe de los eretrieos, llamado Eválcidas, aquel atleta que
en los juegos había ganado en premio público la corona y había por ello
merecido que Simónides de Ceos le subiera a las nubes. Los otros jonios
que debieron la salvación a la ligereza de sus pies, se refugiaron a
varias ciudades.
CIII. Tal fue el éxito de aquel combate, después del cual los
atenienses desampararon de tal manera a los jonios, que a pesar de
los repetidos ruegos e instancias que les hizo después Aristágoras
por medio de sus diputados, se mantuvieron siempre constantes en la
resolución de negarles su asistencia. Pero los jonios, aunque se vieron
destituidos del socorro de Atenas, no por eso dejaron, según a ello les
obligaba el primer paso dado ya contra Darío, de prevenirse del mismo
modo para la guerra comenzada. Dirígense ante todo con su armada hacia
el Helesponto, y a viva fuerza logran hacerse señores de Bizancio y de
las demás plazas de aquellas cercanías. Salidos del Helesponto, unieron
luego a su partido y confederación una gran parle de la Caria, pues
entonces lograron que se declarase por ellos la ciudad de Cauno, que no
había querido antes aliarse cuando quemaron a Sardes.
CIV. Aun más, lograron que se agregasen a su parcialidad todas las
ciudades de Chipre, menos la de Amatunte, las que se habían sublevado
contra el medo con la siguiente ocasión: Vivía en Chipre un tal
Onésilo, hijo de Quersis, nieto de Siromo, biznieto de Eveltón y
hermano menor de rey de los salaminios,[77] llamado Gorgo, a quien
habiendo ya tiempo antes hablado repetidas veces Onésilo, hombre
inquieto, aconsejándole que se rebelase contra el persa; oyendo
entonces la sublevación de los jonios, le estaba haciendo las mayores
instancias sobre lo mismo. Pero viendo Onésilo que no podía salir
con sus intentos, espió el tiempo en que Gorgo había salido fuera de
la ciudad y le cerró las puertas, acompañado de los de su facción.
Arrojado Gorgo y excluido de su plaza, se refugia a los medos, y
Onésilo, señor ya de Salamina, logra con sus diligencias que los
pueblos todos de Chipre, fuera de los amatuntios, le imiten en la
rebelión, y por no querer seguirle en esta los de Amatunte pone sitio a
la plaza.
CV. En tanto que Onésilo apretaba el cerco, llegó al rey Darío la
nueva de que Sardes, tomada por los atenienses, unidos con los jonios,
había sido entregada a las llamas, siendo el autor de aquella trama
y también de toda la confederación el milesio Aristágoras. Corre la
fama de que al primer aviso, no cargando Darío en manera alguna la
consideración en sus jonios, de quienes seguro estaba que pagarían
cara su rebeldía, la primera palabra en que prorrumpió fue preguntar
quiénes eran aquellos atenienses, y que oída sobre esto la respuesta,
pidió al punto su arco, tomole en sus manos, colocó en él una flecha
y disparándole luego hacia el cielo:[78] «Dame, oh Zeus, dijo al
soltarle, que pueda yo vengarme de los atenienses». Y dicho esto, dio
orden a uno de sus criados que de allí en adelante, al irse a sentar
a la mesa, siempre por tres veces le repitiera este aviso: _Señor,
acordaos de los atenienses_.
CVI. Dada esta orden, llama Darío ante sí al milesio Histieo, a quien
hacía tiempo que detenía en su corte, y le habla en estos términos:
«Acabo ahora de recibir la nueva, Histieo, de que aquel regente tuyo a
quien confiaste el gobierno de Mileto ha maquinado grandes novedades
contra mi corona. Sábete que habiendo él juntado tropas que llamó
del otro continente, y persuadido a que con ellas se coligasen los
jonios (a quienes doy mi real palabra de que no se alabarán de una
traición que bien caro ha de costarles), han intentado arrebatarme
a Sardes. ¿Qué te parece de toda esta maquinación? Dime tú: ¿cabe
que esto se haya urdido sin que tú anduvieras en el asunto? Mucho
sentiría hallarte después cómplice de tal atentado». A lo que respondió
Histieo: «¿Es posible, señor, que eso de mí sospechéis y digáis?
¿Había yo de intentar cosa alguna que ni mucho ni poco pudiera daros
que sentir? Pues eso que receláis, ¿a qué fin, o con qué mira lo
había yo de procurar? ¿Qué cosa me falta al presente? ¿No gozo de los
mismos placeres y bienes que vos? ¿No tengo la honra de tener parte
en vuestros secretos y resoluciones? Si mi regente, señor, maquina
algo de lo que me decís, estad seguro que sin saberlo yo obra por sí
mismo. Pero yo no puedo absolutamente persuadirme de que sea verdadera
la nueva de que mi regente ni tampoco los milesios intentasen novedad
alguna. Mas si han dado en realidad ese mal paso y vos estáis del todo
cerciorado de su alevosía, permitidme, señor, que os diga no haber sido
acertado vuestro consejo en quererme tener lejos de aquella nación;
pues, no teniéndome a su vista los jonios, quizá se habrán animado
a ejecutar lo que tiempo ha deseaban; que si en la Jonia me hubiera
hallado yo presente, paréceme que ninguna ciudad hubiera osado mover
contra vos un dedo de la mano. Lo que al presente puede hacerse en este
caso es permitirme que con toda diligencia me parta para Jonia, donde
pueda reponer los asuntos en el mismo pie de antes y os entregue preso
en vuestras manos a mi regente, si tales cosas maquinó. Aun os añado,
y os lo juro, señor, por los dioses tutelares de vuestro imperio, que
después de ajustadas estas turbulencias a toda vuestra satisfacción,
no he de parar ni quitarme la misma túnica con que bajaré a la Jonia
antes de conquistaros a Cerdeña,[79] la mayor de las islas, haciéndola
tributaria de la corona».
CVII. Era tan falsa esta arenga como el alma y fe griega de Histieo,
y con todo se dejó persuadir de ella Darío, dándole licencia para
partirse de la corte y ordenándole al mismo tiempo que una vez cumplido
lo que acababa de ofrecerle, diese la vuelta y se le presentase de
nuevo en Susa.
CVIII. Mientras que llegaba al rey aviso de lo sucedido en Sardes y,
hecho el alarde del arco, hablaba Darío con Histieo, y este, licenciado
por el rey, marchaba hacia las provincias marítimas, iba sucediendo
en este intermedio lo que voy a referir.[80] Estaba Onésilo, el de
Salamina, apretando el sitio de los de Amatunte, cuando le llega el
aviso de que en breve se espera en Chipre al persa Artibio, a donde
venía conduciendo en sus naves una poderosa armada. Habida esta
noticia, pide Onésilo a la Jonia por medio de unos diputados que vengan
en su ayuda y socorro los jonios, y estos, sin gastar mucho tiempo en
resolverse, hácense a la vela con una gruesa armada. En un tiempo mismo
sucedió, pues, que los jonios aportasen a Chipre, que los persas recién
venidos de la Cilicia desembarcados en la isla marchasen ya por tierra
la vuelta de Salamina, y que los fenicios doblasen el cabo que llaman
las Llaves de Chipre.[81]
CIX. En tal estado de cosas, convocan los señores de las ciudades de
Chipre a los jefes jonios y entablan con ellos este discurso: «Nosotros
los chipriotas, amigos jonios, dejamos a vuestro arbitrio la elección
de salir al encuentro o bien a los persas o bien a los fenicios. El
tiempo insta: si escogéis venir a las manos con los persas en campo de
batalla, saltad luego a tierra y formar vuestras filas, que en este
caso embarcándonos en vuestras naves vamos a cerrar con los fenicios.
Pero si preferís combatir por mar con los fenicios, menester es poner
manos a la obra. Escoged una de dos, para que así contribuyáis por
vuestra parte a la libertad de Jonia y de Chipre». «A nosotros,
replican los jonios, nos mandó venir el estado de la Jonia con orden
de defender estos mares y no de acometer por tierra a las tropas
persas cediendo nuestras naves a los de Chipre. En el puesto señalado
procuraremos, pues, desempeñar nuestro deber con todo el esfuerzo
posible: ved vosotros de obrar en el vuestro como gente de valor,
teniendo presente las indignidades que esos medos, vuestros señores, os
han hecho sufrir».
CX. Tal fue la respuesta de los jonios, después de la cual, como
hubiesen llegado ya los persas al campo de Salamina, los reyes de
Chipre ordenaron contra ellos su gente en esta disposición: Enfrente de
los soldados del enemigo, que no eran persas de nación, ordenaron una
parte de sus tropas chipriotas; delante de los persas mismos pusieron
la flor de su gente escogida entre las milicias de Salamina y de
Soli:[82] Onésilo por su voluntad escogió el puesto que correspondía al
que enfrente ocupaba Artibio, general de los persas.
CXI. El caballo en que Artibio venía montado estaba enseñado a
empinarse contra el enemigo armado. Advertido de esto Onésilo, habló
así con un escudero cario[83] que tenía, hombre muy diestro en lo
que mira a los encuentros de armas, y en todo lo demás muy sagaz y
advertido: «Oigo decir, amigo, que ese caballo de Artibio tiene la
habilidad de alzarse sobre los pies y embestir al que delante tiene
con las manos y con la boca. Piénsalo tú, y dime luego a cuál de los
dos quieres que apuntemos y derribemos antes, si al caballo, o bien
a su jinete Artibio». «Pronto estoy, señor, le responde el escudero,
para ambas cosas; pronto para cualquiera de las dos y para todo lo
que me ordenéis. Diré sin embargo lo que me parece hacer más al caso
para vuestra reputación. Lo más propio y decoroso es que un rey cierre
contra otro rey, y un general contra otro general, pues si en tal
encuentro diereis en tierra con aquel jefe, haréis una regia hazaña,
y aun cuando él, lo que no querrán los dioses, os echare al suelo, el
morir en tales manos aliviaría en la mitad el peso de la desventura. A
nosotros escuderos corresponde medirnos con otros escuderos. No os dé
trabajo, señor, el caballo empinado con aquella habilidad, que a fe mía
no vuelva jamás a empinarse».
CXII. Dijo, y en aquel punto mismo cerraron las dos armadas por tierra
y por mar. En la batalla naval vencieron los jonios a los fenicios,
haciendo aquel día prodigios de valor, y los que mejor se portaron en
la función fueron los samios. En la tierra, después que estuvieron ya
a tiro los dos ejércitos, he aquí lo que pasó entre los dos generales:
Embiste Artibio montado en su marcial caballo contra Onésilo; vele
este venir; dispara contra él, según lo prevenido por su escudero, y
acierta bien el tiro; iba el vecino caballo a dar con las manos contra
el adarga de Onésilo, cuando el escudero cario le da listo un golpe de
hoz, y se las siega entrambas. El caballo, manco ya y encabritado, da
consigo en el suelo, y con él Artibio, el general persa.
CXIII. Encarnizadas en tanto las otras tropas, se hallaban en el calor
del combate, cuando Estesenor, el tirano de Curio, entregó alevosamente
a los persas una gran división del ejército, que cerca de sí tenía.
Pasados al enemigo los curios, colonos, a lo que se dice, de los
argivos, siguieron inmediatamente su mal ejemplo los carros guerreros
de los salaminios,[84] y de resultas de estas deserciones, como
empezasen los persas a llevar la ventaja en el combate, el ejército de
los chipriotas volvió las espaldas al enemigo. Entre otros muchos que
perecieron en la huida, quedaron rendidos en el campo dos generales, el
uno Onésilo, hijo de Queris, autor que había sido de la sublevación de
Chipre; el otro Aristócipro, rey de los solios, hijo de Filócipro, de
aquel célebre Filócipro a quien sobre todos los demás príncipes ensalzó
en sus versos el ateniense Solón, cuando estuvo viajando en Chipre.[85]
CXIV. Los amatuntios victoriosos, para vengarse del asedio que Onésilo
les había puesto, le cortaron la cabeza y se la llevaron, colgándola
después sobre las puertas de su ciudad. Sucedió, pues, que estando
allí suspensa y ya del todo hueca, entró dentro un enjambre de abejas
y fabricó en ella sus panales. Vista aquella novedad, tuvieron por
conveniente los amatuntios consultar al oráculo acerca de aquel raro
fenómeno, y la respuesta fue que se diera sepultura a la cabeza
descolgada, y se hicieran a Onésilo sacrificios anuos como a un héroe,
y que con esto todo les iría mejor. Y en efecto, así lo hacían hasta
mis días los de Amatunte con el héroe Onésilo.
CXV. Los marinos jonios, que gloriosamente acababan de dar en Chipre
su batalla naval, viendo ya perdida la causa de Onésilo, y cercadas
al mismo tiempo todas las ciudades de la isla, menos la de Salamina,
que los mismos salaminios habían restituido a Gorgo, su antiguo rey,
haciéndose luego a la vela, bien informados del mal estado de Chipre,
dieron la vuelta hacia Jonia. Entre todas las ciudades de la isla, fue
la de Soli la que por más tiempo resistió al cerco, logrando rendirla
los persas, pasados cinco meses de sitio, con las minas que alrededor
de los muros abrieron.
CXVI. Los chipriotas, en suma, sacudido el yugo de los persas por el
breve espacio de un año, cayeron de nuevo bajo el mismo dominio. En
cuanto a aquellos jonios que habían hecho sus correrías hasta la misma
Sardes, persiguiéronles los generales persas, especialmente Daurises,
casado con una hija de Darío, y en su compañía otros dos yernos del
rey, Himayes y Ótanes, y habiéndoles derrotado en campo de batalla, les
obligaron a refugiarse a sus naves: repartidas las tropas en seguida
contra las plazas del país, iban tomándolas con las armas.
CXVII. Echándose, pues, Daurises hacia el Helesponto, rindió las plazas
de Dárdano, Abido, Percote, Lámpsaco y Peso,[86] y la toma de ellas le
salió a plaza por día. Dirigíase desde Peso hacia la ciudad de Pario,
cuando llegó aviso de que unidos los carios al partido jonio acababan
de levantarse contra el persa, novedad que le obligó a que, dejando el
Helesponto, marchase con sus tropas hacia Caria.
CXVIII. Ignoro cómo tuvieron los carios aviso de que contra ellos venía
marchando Daurises, primero que este llegase con su ejército. Dioles
lugar esta noticia adelantada a que se juntasen en cierto sitio llamado
las Columnas Blancas (_Leucas Stelas_), cerca del río Marsias, que
bajando de la región Idríade va a confundirse con el Meandro. En la
junta que allí tuvieron los carios, el mejor de los varios pareceres
que hubo fue, a mi entender, el que dio Pixódaro, hijo de Mausolo
y natural de Cindia, quien estaba casado con una princesa hija de
Siénesis, rey de los cilicios. Era de parecer este varón que pasando
el Meandro y dejando este río a las espaldas, entrasen los carios en
batalla con el persa, pues así dispuesto y viendo cerrado el paso a la
fuga, la misma necesidad de no poder desamparar su puesto les haría,
sin duda, mucho más valientes y animosos de lo que eran naturalmente.
Pero rechazado este voto, se siguió el contrario, de que no los carios,
sino los persas, tuvieran a sus espaldas el Meandro, claro está que con
la mira de que los persas, si quisieran huir, perdida la batalla, no
pudieran volver atrás dando luego con el río.
CXIX. No tardaron en aparecer los persas, y pasando el Meandro vinieron
a las manos con el enemigo cerca del río Marsias. En la batalla, si
bien los carios por largo tiempo resistieron al persa haciendo los
mayores esfuerzos de valor, su menor número, con todo, cedió al fin al
mayor de los enemigos. Los muertos en el choque de parte de los persas
fueron como 2000 y hasta 10.000 de la de los carios. Los que de estos
quedaron salvos con la fuga, se vieron en la necesidad de refugiarse a
Labraunda,[87] en el templo de Zeus el _Estratio_ o guerrero, cerca del
cual había un gran bosque de plátanos consagrado a aquella divinidad;
y de paso no quiero dejar de observar que de cuantas naciones tengo
noticia, la de los carios es la única que sacrifica a Zeus bajo aquel
título. Refugiados allí los carios, empiezan a deliberar de qué manera
podrían quedar salvos, si acaso sería bien entregarse al persa a
discreción o mejor abandonar de todo punto el Asia menor.
CXX. Estando, pues, los carios en lo mejor de su consulta, ven llegar
hacia ellos a los milesios, juntos con sus demás confederados, con
el objeto de darles asistencia y socorro: y al momento, dejándose de
arbitrios para salvarse, se disponen de nuevo a continuar la guerra
comenzada. Así que, acometidos segunda vez por los persas, hiciéronles
los carios una resistencia más viva y larga aún que la pasada, aunque
habiendo al cabo sido rotos y vencidos, murieron en la acción muchos de
ellos, y padecieron en ella más que nadie los auxiliares milesios.
CXXI. Recobráronse los carios de su pérdida después de este destrozo,
volviendo de nuevo a pelear. Saben que los persas se disponen a llevar
las armas contra sus plazas, y les arman una emboscada en el camino
que va a Pédaso. Salioles bien el artificio, porque habiendo dado de
noche los persas en la celada, fueron pasados a filo de espada, y con
sus tropas perecieron desgraciadamente los generales Daurises, Amorgas
y Sisímacas, y con ellos asimismo Mirso, hijo de Giges. El adalid y
autor principal de la emboscada fue un ciudadano de Milasa, llamado
Heraclides, hijo de Ibanolis.
CXXII. Así murieron aquellos persas. Himayes, otro de los generales
empleado en llevar las armas contra los jonios que invadieron a Sardes,
se apoderó de Cío,[88] ciudad de Misia, echándose con su gente hacia
la Propóntide. Mas dueño ya de la mencionada plaza, apenas supo que
Daurises, dejando el Helesponto partía con sus tropas para Caria,
condujo su gente al mismo Helesponto, donde además de todos los eolios
situados en la región de la Ilíada, logró rendir a los gergites,[89]
que son las reliquias de los antiguos teucros. Pero no sobrevivió
Himayes a las conquistas de estas naciones, muerto de una enfermedad
que en su curso le arrebató.
CXXIII. El virrey mismo de Sardes, Artafrenes, y en su compañía Ótanes,
que era el tercero entre los generales ocupados en hacer la guerra en
la Jonia y en la Eólida comarcana con ella, tomaron dos ciudades, la de
Clazómenas en la Jonia, y la de Cime,[90] plaza de los eolios.
CXXIV. Al tiempo que caían dichas ciudades en poder del enemigo, el
milesio Aristágoras, que sublevando la Jonia había llevado las cosas
al último punto de perturbación, mostrose hombre de corazón poco
constante en las adversidades, pues al ver lo que pasaba, pareciéndole
ser enteramente imposible que pudiese ser vencido el rey Darío, solo
pensó cómo podría escapando poner en salvo su persona. Llamando, pues,
a consulta sus partidarios, les dice: que juzgaba por lo más acertado
procurar ante todo tener prevenida y pronta una buena retirada a donde
se refugiaran, si acaso la necesidad les obligase a desamparar a
Mileto; que decidieran si sería mejor conducir una colonia de milesios
a Cerdeña, o bien a Mircino, plaza situada en los edonos, que había
fortificado Histieo después de recibirla de mano y gracia de Darío. Tal
era la propuesta sobre que consultaba Aristágoras.
CXXV. Hallábase en la consulta el docto historiador Hecateo, hijo de
Hegesandro, cuyo parecer era de no enviar la colonia a ninguna de las
dos partes propuestas, sino de que Aristágoras levantase antes una
fortaleza en la isla de Leros, y en caso de ser echado de Mileto,
estuviese quieto entretanto en aquella guarida, desde cuya fortaleza
pudiese salir después para recobrar su patria: este fue el parecer de
Hecateo.
CXXVI. Mas el partido a que más se inclinaba Aristágoras era al de
llevar una colonia a Mircino. Encargando con esto el gobierno de
Mileto a uno de los sujetos más acreditados de la ciudad, por nombre
Pitágoras, él mismo en persona toma consigo a los ciudadanos todos que
se ofrecen a seguirle, y se hace con ellos a la vela para la Tracia,
donde se apoderó del país deseado. Después de esta conquista, como
salido de su plaza con su gente de armas, estuviese sitiando a otra
ciudad de los tracios,[91] pereció allí Aristágoras con toda su tropa
a manos de los bárbaros, por más que pretendiera salvarse por medio de
una capitulación.