Los generales de Darío principian a conquistar varias plazas en
Europa. — Costumbres de los tracios. — Traslación de los peonios
al Asia. Véngase Alejandro de los embajadores persas enviados a
Macedonia. — Política de Darío con Histieo, señor de Mileto.
Sublévanse los jonios contra los persas por instigación de Histieo y
Aristágoras, y piden socorro a los atenienses: situación de estos,
sus guerras y revoluciones. Muerte de Hiparco, tirano de Atenas y
expulsión de su hermano Hipias: los lacedemonios tratan de favorecer
a este para recobrar el dominio de Atenas, pero se opone el corintio
Sosicles refiriendo el origen de la tiranía en su patria y los males
que acarreaba en ella. Irritado Hipias incita a los persas contra los
atenienses, y Aristágoras por su parte persuade a estos que se alíen
con los jonios contra los persas. — Ataque e incendio de Sardes
por los griegos coligados. — Jura Darío vengarse de ellos, y sus
generales principian a sujetar varios pueblos de los insurgentes.
I. Los primeros a quienes avasallaron a la fuerza las tropas persianas
dejadas por Darío en Europa al mando de su general Megabazo, fueron
los perintios, que rehusaban ser súbditos del persa y que antes habían
ya tenido mucho que sufrir de los peonios, habiendo sido por estos
completamente vencidos con la siguiente ocasión: Como hubiesen los
peonios, situados más allá del río Estrimón, recibido un oráculo de no
sé qué dios, en que se les prevenía que hicieran una expedición contra
los de Perinto,[1] y que en ella les acometieran en caso de que estos,
acampados, les desafiaran a voz en grito, pero que no les embistieran
mientras los enemigos no les insultasen gritando, ejecutaron
puntualmente lo prevenido; pues atrincherados los perintios en los
arrabales de su ciudad, teniendo enfrente el campo de los peonios,
hiciéronse entre ellos y sus enemigos tres desafíos retados de hombre
con hombre, de caballo con caballo, y de perro con perro. Salieron
vencedores los perintios en los dos primeros, y al tiempo mismo que
alegres y ufanos cantaban victoria con su himno _Peán_, ofrecióseles a
los peonios que aquella debía ser la _voz de triunfo_ del oráculo, y
diciéndose unos a otros: «el oráculo se nos cumple, esta es ocasión,
acometámosles», embistieron con los enemigos en el acto mismo de
cantar el _Peán_, y salieron tan superiores de la refriega, que pocos
perintios pudieron escapárseles con vida.
II. Y aunque tal destrozo hubiesen experimentado ya de parte de los
peonios, no por eso dejaron de mostrarse después celosos y bravos
defensores de su independencia contra el persa, quien al cabo los
oprimió con la muchedumbre de su tropa. Una vez que Megabazo hubo ya
domado a Perinto, iba al frente de sus tropas corriendo la Tracia,
domeñando las gentes y ciudades todas que en ella había y haciéndolas
dóciles al yugo del persa en cumplimiento de las órdenes de Darío, que
le había encargado su conquista.
III. Los tracios de que voy a hablar son la nación más grande y
numerosa de cuantas hay en el orbe,[2] excepto solamente la de
los indios, de suerte que si toda ella fuese gobernada por uno, o
procediese unida en sus resoluciones, sobre ser invencible, sería
capaz de vencer por la superioridad de sus fuerzas a todas las
demás naciones; ahora por cuanto esta unión de sus fuerzas les es,
no difícil, sino del todo imposible, viene a ser un pueblo débil y
desvalido. Por más que cada uno de los pueblos de que la nación se
compone tenga sus propios nombres en sus respectivos distritos, tienen
sin embargo todos unas mismas leyes y costumbres, salvo los getas, los
trausos y los que moran más allá de los crestoneos.
IV. Llevo dicho de antemano qué modo de vivir siguen los getas
_atanizontes_ (o defensores de la inmortalidad). Los trausos, si bien
imitan en todo las costumbres de los demás tracios, practican no
obstante sus usos particulares en el nacimiento y en la muerte de los
suyos;[3] porque al nacer alguno, puestos todos los parientes alrededor
del recién nacido, empiezan a dar grandes lamentos, contando los muchos
males que le esperan en el discurso de la vida, y siguiendo una por
una las desventuras y miserias humanas; pero al morir uno de ellos,
con muchas muestras de contento y saltando de placer y alegría, le
dan sepultura, ponderando las miserias de que acaba de librarse y los
bienes de que empieza a verse colmado en su bienaventuranza.
V. Los pueblos situados más arriba de los crestoneos practican lo
siguiente: Cuando muere un marido, sus mujeres, que son muchas para
cada uno, entran en gran contienda, sostenidas con empeño por las
personas que les son más amigas y allegadas, sobre cuál entre ellas
fue la más querida del difunto. La que sale victoriosa y honrada con
una sentencia en su favor, es la que, llena de elogios y aplausos de
hombres y mujeres, va a ser degollada por mano del pariente más cercano
sobre el sepulcro de su marido, y es a su lado enterrada, mientras las
demás, perdido el pleito, que es para ellas la mayor infamia, quédanse
doliendo y lamentando mucho su desventura.
VI. Otro uso tienen los demás tracios: el de vender sus hijos al que se
los compra, para llevárselos fuera del país. Lejos de tener guardadas a
sus doncellas, les permiten tratar familiarmente con cualquiera a quien
les dé gana de usar licenciosamente, a pesar de ser ellos sumamente
celosos con sus esposas, de cuyos padres suelen comprarlas a precio muy
subido. Estar marcados es entre ellos señal de gente noble; no estarlo
es de gente vil y baja. La mayor honra la ponen en vivir sin fatiga ni
trabajo alguno, siendo de la mayor infamia el oficio de labrador: lo
que más se estima es el vivir de la presa, ya sea habida en guerra o
bien en latrocinio. Estas son sus costumbres más notables.
VII. No reconocen otros dioses[4] que Ares, Dioniso y Artemisa, si bien
es verdad que allí los reyes, a diferencia de los otros ciudadanos,
tienen a Hermes una devoción tan particular, que solo juran por este
dios, de quien pretenden ser descendientes.
VIII. En los entierros la gente rica y principal tiene el cadáver
expuesto por espacio de tres días, durante los cuales, sacrificando
todo género de víctimas y plañiendo antes de ir a comer, hacen con
ellas sus convites: después de esto dan sepultura al cadáver, o
quemándolo o enterrándolo solamente. Después de haber levantado sobre
él un túmulo de tierra, proponen toda suerte de certamen fúnebre,
destinando los mayores premios a los que salen victoriosos en la
monomaquia, o duelo singular.
IX. Muy vasta y despoblada debe de ser, según parece, aquella región
que está del otro lado del Istro; por lo menos solo he podido tener
noticia de ciertos pueblos que más allá moran, llamados siginas,
quienes visten con el ropaje de los medos. De los caballos de aquel
país dícese que son tan vellosos, que por lodo su cuerpo llevan cinco
dedos de pelo, que son chatos y tan pequeños que no pueden llevar un
hombre a cuestas, aunque son muy ligeros uncidos al carro, por lo que
los naturales se valen mucho de ellos para sus tiros. Los límites de
dichos pueblos tocan con los enetos, situados en las costas del mar
Adriático, y colonos de los medos, según ellos se dicen, de quienes no
alcanzo a fe mía cómo puedan serlo, si bien veo que con el largo andar
del tiempo pasado, todo cabe que haya acaecido.[5] Lo que no tiene
duda es, que los ligures situados sobre Masalia llaman siginas a los
revendedores, y los de Chipre dan el mismo nombre a los dardos.
X. Al decir los tracios que del otro lado del Istro no puede penetrarse
tierra adentro por estar el país hirviendo en abejas, paréceme que no
hablan con apariencia siquiera de verdad, no siendo para los climas
fríos aquella especie de animales.[6] Mi juicio es que el norte, por
exceso de frío, es inhabitable. Esto es cuanto se dice de la región de
Tracia, cuyas costas y comarca marítima iba Megabazo agregando a la
obediencia del persa.
XI. Luego que Darío pasado velozmente el Helesponto llegó a Sardes,
hizo memoria así del servicio que había recibido de Histieo, señor de
Mileto, como del aviso que Coes de Mitilene le había dado. Llamados,
pues, los dos a su presencia, díjoles que pidiera cada uno la merced
que más quisiera. No pidió Histieo el dominio de alguna ciudad, puesto
que tenía ya el de Mileto, pero sí pretendió que se le diera un lugar
de los edonos llamado Mircino[7] para fundar allí una colonia. Pero
Coes, no siendo todavía señor de ningún estado, sino mero particular,
pidió y obtuvo el dominio de Mitilene. Así que los dos salieron
contentos de la corte, lograda la gracia que habían pretendido.
XII. Vínole a Darío en voluntad, por un espectáculo que se le presentó
casualmente estando en Sardes, el ordenar a Megabazo que apoderado
de los peonios los trasplantase de Europa al Asia. Después que Darío
estuvo de vuelta en Asia, dos peonios, llamados el uno Pirges y el
otro Manties, llevados de la ambición de lograr el dominio sobre sus
ciudadanos, pasaron a Sardes, llevando en su compañía a una hermana,
mujer de buen talle y estatura bizarra, y al mismo tiempo muy linda
y vistosa. Como observasen en Sardes que Darío solía dejarse ver en
público sentado en los arrabales de la ciudad, echaron mano de un
artificio para su intento. Vestida la hermana del mejor modo que
pudieron, enviáronla por agua con su cántaro en la cabeza, con el
ronzal del caballo en el brazo conduciéndolo a beber, y con su rueca
y copo de lino hilando al mismo tiempo. La ve pasar Darío, y mucho
le sorprende lo nuevo del espectáculo, mirando en lo que ella hacía,
que ni era mujer persa,[8] ni tampoco lidia, ni menos hembra alguna
asiática. Picado, pues, de la curiosidad, manda a algunos de sus
alabarderos que vayan y observen lo que con su caballo iba a ejecutar
aquella mujer. Ella, en llegando al río, abreva primero su caballo,
llena luego su cántaro y da la vuelta por el mismo camino con el
cántaro encima de la cabeza, con el caballo tirado del brazo, y con los
dedos moviendo el huso sin parar.
XIII. Admirado Darío, así de lo que oía de sus exploradores como de
lo que él mismo estaba viendo, da orden luego de que se la hagan
presentar. Los hermanos de ella, como quienes allí cerca observaban lo
que iba pasando, comparecen ante Darío luego que la ven conducida a su
presencia. Pregunta el rey de qué nación era la mujer, y dícenle los
dos jóvenes que eran peonios de nación, y que aquella era su hermana.
Tórnales Darío a preguntar qué nación era la de los peonios, y dónde
estaba situada, y con qué mira o motivo habían ellos venido a Sardes:
responden que habían ido allí con ánimo de entregarse a su arbitrio
soberano; que la Peonia, región llena de ciudades, caía cerca del río
Estrimón, el cual no estaba lejos del Helesponto, y que los peonios
eran colonos de Troya. Esto punto por punto respondieron a Darío,
el cual les vuelve a preguntar si eran allí todas las mujeres tan
hacendosas y listas como aquella; y ellos, que le vieron picar en el
cebo que adrede le habían prevenido, respondieron al instante que todas
eran así.
XIV. Escribe, pues, entonces Darío a Megabazo, general que había
dejado en Tracia, una orden en que le mandaba ir a sacar a los peonios
de su nativo país y hacérselos conducir a Sardes a todos ellos con
sus hijos y mujeres. Parte luego un posta a caballo corriendo hacia
el Helesponto, pasa al otro lado del estrecho y entrega la carta a
Megabazo, quien no bien acaba de leerla, cuando toma conductores
naturales de Tracia y marcha con sus tropas hacia la Peonia.
XV. Habiendo sido avisados los peonios de que venían marchando contra
ellos las tropas persas, juntan luego sus fuerzas, y persuadidos de que
el enemigo los acometería por las costas del mar, acuden hacia ellas
armados. Estaban en efecto prontos y resueltos a no dejar entrar el
ejército de Megabazo; el daño estuvo en que, informado el persa de que
juntos y apostados en las playas querían impedirle la entrada, sirviose
de los guías que llevaba para mudar de marcha, y tomó por la vía de
arriba hacia la Peonia. Con esto los persas, sin ser sentidos de los
peonios, se dejaron caer de repente sobre sus ciudades, de las cuales,
hallándolas vacías de hombres que las defendiesen, se apoderaron con
facilidad y sin la menor resistencia. Apenas llegó a noticia de los
peonios salidos a esperar al enemigo que sus ciudades habían sido
sorprendidas, cuando luego separados fueron cada cual a la suya y se
entregaron todos a discreción y al dominio del persa. Tres pueblos de
los peonios, a saber, el de los siriopeones, el de los peoples y el de
los vecinos de la laguna Prasíade, sacados de sus antiguos asientos,
fueron trasportados enteramente al Asia.
XVI. Pero a los demás peonios, los que moran cerca del monte Pangeo,
los doberes, los agrianes, los odomantos[9] y los habitantes en la
misma laguna Prasíade, no los subyugó de ningún modo Megabazo, por más
que a los últimos procuró rendirles sin llevarlo a cabo, lo cual pasó
del siguiente modo. En medio de dicha laguna vense levantados unos
andamios o tablados sostenidos sobre unos altos pilares de madera bien
trabados entre sí, a los cuales se da paso bien angosto desde tierra
por un solo puente. Antiguamente todos los vecinos ponían en común
los pilares y travesaños sobre que carga el tablado; pero después,
para irlos reparando, hanse impuesto la ley de que por cada una de las
mujeres que tome un ciudadano (y cada ciudadano se casa con muchas
mujeres), ponga allí tres maderos, que acostumbran acarrear desde el
monte llamado Orbelo. Viven, pues, en la laguna, teniendo cada cual
levantada su choza encima del tablado donde mora de asiento, y habiendo
en cada choza una puerta pegada al tablado que da a la laguna: para
impedir que los niños, resbalando, no caigan en el agua, les atan al
pie cuando son pequeños una soga de esparto. Dan a sus caballos y a
las bestias de carga pescado en vez de heno;[10] pues es tan grande la
abundancia que tienen de peces, que solo con abrir su trampa y echar
al agua su espuerta pendiente de una soga, pronto la sacan llena de
pescado, del cual dos son las especies que hay; a los unos llaman
_pápraces_ y a los otros _tilones_.
XVII. Eran entretanto conducidos al Asia los peonios de que se había
apoderado Megabazo. Transportados aquellos infelices prisioneros,
escoge Megabazo los siete persas más principales que en su ejército
tenía, y que a él solo le eran inferiores en grado y reputación, y los
envía por embajadores a Macedonia, destinados al rey de ella, Amintas,
con el encargo de pedirle _la tierra y el agua_ para el rey Darío, pues
tal es la forma del homenaje entre los persas. Muy breve es realmente
el camino que hay que pasar yendo desde la laguna Prasíade a la
Macedonia, pues dejando la laguna, lo primero que se halla es la famosa
mina que algún tiempo después no redituaba menos de un talento de plata
diario al rey Alejandro,[11] y pasada la mina, solo con atravesar el
monte llamado Disoro, nos hallamos ya en Macedonia.
XVIII. Luego que los embajadores persas enviados a Amintas[12] llegaron
a presencia de este, cumpliendo con su comisión, pidiéronle con su
fórmula de homenaje que diese la tierra y el agua al rey Darío, a
quien no solo convino Amintas en prestar obediencia, sino que hospedó
públicamente a los enviados, preparándoles un magnífico banquete con
todas las demostraciones de amistad y confianza. Al último del convite,
cuando se habían sacado ya los vinos a la mesa, los persas hablaron a
Amintas en esta conformidad: «Uso y moda es, amigo macedonio, entre
nosotros los persas, que al fin de un convite de formalidad vengar a
la sala y tomen a nuestro lado asiento nuestras damas, no solo las
concubinas, sino también las esposas principales con quienes siendo
doncellas casamos en primeras nupcias. Ahora, pues, ya que nos recibes
con tanto agrado, nos tratas con tanta magnificencia, y lo que es más,
entregas al rey nuestro amo la tierra y el agua, razón será que quieras
seguir nuestro estilo tratándonos a la persa». «En verdad, señores
míos, les responde Amintas, que nosotros no lo acostumbramos así, no
por cierto; antes el uso es tener en otra pieza bien lejos del convite
a nuestras mujeres,[13] pero pues que las echáis de menos, vosotros,
que sois ya nuestros dueños, quiero que también en esto seáis luego
servidos». Así dijo Amintas, y envía al punto por las princesas, las
cuales llamadas, entran en la sala del convite y toman allí asiento por
su orden enfrente de los persas. Al ver presentes aquellas bellezas,
dicen a Amintas los embajadores que no andaba a la verdad muy discreto
en lo que con ellas hacía, pues mucho más acertado fuera que no
viniesen allí las mujeres, que no dejarlas sentarse al lado de ellos
una vez venidas al convite, pues el verlas fronteras era quererles dar
con ellas en los ojos, que es lo que más irrita los afectos. Forzado,
pues, Amintas, manda a las mujeres que se sienten al lado de los
persas, quienes habiendo ellas obedecido, no supieron contener sus
manos con la licencia que les daba el vino, sino que las llevaron a los
pechos de las damas, y no falló entre ellos quien se desmandase en la
lengua.
XIX. Estábalo Amintas mirando quieto, por más que lo mirase de mal ojo,
aturdido de miedo del gran poder de los persas. Hallábase allí presente
su hijo Alejandro, príncipe joven, no hecho a disimular para acomodarse
al tiempo, quien siendo testigo ocular de aquella infamia de su real
casa, de ninguna manera quiso ni pudo contenerse. Penetrado, pues, de
dolor y vuelto a su padre: «Mejor será, padre mío, le dice, que tengáis
ahora cuenta de vuestra avanzada de edad; idos por vida vuestra a
dormir, sin tomaros la larga molestia de esperaros a que esos señores
se levanten de la mesa, pues aquí me quedo yo hasta lo último para
servir en todo a nuestros huéspedes». Amintas, que desde luego dio en
que su hijo Alejandro, llevado del ardor de su juventud, podría pensar
en obrar como quien era y como pedía su honor, replicole así: «Mucho
será, hijo mío, que me engañe, pues leo en tus ojos encendidos y estoy
viendo en esas tus cortadas palabras, que con la mira de intentar algún
fracaso me pides que me retire. No, hijo mío; por Dios te pido que, si
no quieres perdernos a todos, nada intentes contra esos hombres. Ahora
importa sufrir disimulando, presenciar lo que no puede mirarse y coser
los labios. Por lo que me pides, me retiro sin embargo, y quiero en
ello complacerte».
XX. Después que Amintas, dados estos avisos, salió de la pieza, vuelto
Alejandro a los persas: «Aquí tenéis, amigos, les dice, esas mujeres
a vuestro talante, o bien queráis estar con todas ellas, o bien
escoger las que mejor os parezcan; que esto pende de vuestro arbitrio.
Entretanto, señores, lo mejor fuera, pues me parece hora de levantarnos
de la mesa, mayormente viéndoos ya hartos de esas copas, que esas
mujeres con vuestra buena gracia pasaran al baño, y luego de lavadas y
aseadas, volvieran otra vez para haceros buena compañía». Dicho esto,
a lo cual accedieron los persas con mucho gusto y aplauso, haciendo
Alejandro que salieran las mujeres, las envió a su departamento
particular. Él entretanto parte luego, y cuantas eran las mujeres,
otros tantos donceles o mancebos escoge en palacio, todos sin pelo de
barba; disfrázales con el mismo traje y gala de aquellas, les da a cada
uno su daga, y los conduce dentro de la sala de los persas, a quienes
al entrar con ellos habló en estos términos: «Paréceme, señores míos,
que hemos hecho nuestro deber en daros un cumplido convite, al menos
con cuanto teníamos a mano y con cuanto hemos podido hallar; con
todo, digo, os hemos procurado regalar y servir como era razón. Mas
para coronar la fiesta, queremos echar el resto: aquí os entregamos, a
discreción y a todo vuestro placer, nuestras mismas madres y hermanas.
Bien echaréis de ver en esto que sabemos serviros y queremos respetaros
como pide vuestro valor, y con toda verdad podréis decir después al
soberano, que el rey de Macedonia, príncipe griego, su feudatario y
subalterno, os agasajó como correspondía en la mesa y en el lecho». Al
hacer este cumplido, iba Alejandro con sus mancebos macedonios y hacía
sentar uno disfrazado de mujer al lado de cada persa. Por abreviar,
luego que los persas iban a abusar de dichos jóvenes, los cosían ellos
con su daga.
XXI. Por fin concluyó la fiesta en que los persas, y toda la comitiva
de sus criados, quedaron allí para no volver jamás, pues los carruajes
que les habían seguido, los servidores con su bagaje y aparato entero,
todo en un punto desapareció. No pasó mucho tiempo después de este
atentado de Alejandro,[14] sin que los persas del ejército hiciesen
las más vivas diligencias en busca de sus embajadores; pero el joven
príncipe supo darse tan buena maña, que por medio de grandes sumas
logró sobornar al persa Búbares, caudillo de los que venían en busca de
los enviados, dándole asimismo por esposa a una princesa real hermana
suya, por nombre Gigea. Así murieron los embajadores persas, y así se
echó una losa encima de su muerte para que no se hablase más de ella.
XXII. Estos reyes macedonios, descendientes de Pérdicas,[15] pretenden
ser griegos, y yo sé muy bien que realmente lo son; pero lo que
insinúo aquí, lo haré después evidente con lo que referiré de propósito
a su tiempo y lugar.[16] Además, es este ya asunto decidido por los
presidentes de los juegos de Grecia que en Olimpia se celebran; porque,
como deseoso Alejandro en cierta ocasión de concurrir a aquel público
certamen, hubiese bajado a la arena con esta mira y pretensión, los
aurigas sus competidores en la justa le quisieron excluir poniéndole
tacha y diciendo que no eran aquellas fiestas para unos antagonistas
bárbaros, sino únicamente para competidores griegos. Pero como probase
Alejandro ser de origen argivo, fue declarado en juicio griego, y
habiendo entrado en concurso con los demás en la carrera del estadio,
su nombre salió el primero en el sorteo, juntamente con el de su
antagonista.
XXIII. Volviendo a Megabazo, llegó entretanto al Helesponto, llevando
consigo a sus prisioneros de la Peonia, y pasando de allí al Asia, se
presentó en Sardes. Por este mismo tiempo estaba Histieo el milesio
levantando una fortaleza en el sitio llamado Mircino, que está cerca
del río Estrimón, y que en premio de haber conservado el puente de
barcas sobre el Istro, como dijimos, había obtenido de Darío. Había
visto por sus propios ojos Megabazo lo que Histieo iba haciendo, y
apenas llegó a Sardes con los peonios, habló así al mismo Darío:
«Por Dios, señor, ¿qué es lo que habéis querido hacer dando terreno
en Tracia y licencia para fundar allí una ciudad a un griego, a un
bravo oficial y a un hábil político? Allí hay, señor, mucha madera de
construcción, allí mucho marinero para el remo, allí mucha mina de
plata; mucho griego vive en aquellos contornos y mucho bárbaro también,
gente toda, señor, que si logra ver a su frente a aquel jefe griego,
obedecerle ha ciegamente noche y día en cuanto les ordene. Me tomo la
licencia de deciros que procuréis que él no lleve a cabo lo que está
ya fabricando, si queréis precaver que no os haga la guerra en casa:
puede hacerse la cosa con disimulo y sin violencia alguna, como vos le
enviéis orden de que se presente, y una vez venido hagáis de modo que
nunca más vuelva allá, ni se junte con sus griegos».
XXIV. Viendo, pues, Darío que las razones de Megabazo eran providencias
discretas de un político sagaz y prevenido en lo futuro, se persuadió
fácilmente con ellas, y por un mensajero que destinó a Mircino hizo
decir de su parte a Histieo: «El rey Darío me dio para ti, Histieo,
este recado formal:[17] “Habiéndolo pensado mucho, no hallo persona
alguna que mire mejor que tú por mi corona, cosa que tengo más
experimentada con hechos positivos que crecida por buenas razones. Y
pues estoy ahora meditando un gran proyecto, quiero que vengas luego
sin falta a estar conmigo para poderte dar cuenta cara a cara de lo
que pienso hacer”». Con esta orden Histieo se fue luego hacia Sardes,
bien persuadido por una parte de que eran sinceras dichas expresiones,
y por otra muy satisfecho y ufano de verse consejero de Estado elegido
por el rey. Habiéndose, pues, presentado a Darío, hablole este en
tales términos: «Voy a decir claramente, Histieo, por qué motivo te
he llamado u mi corte. Quiero, pues, que sepas, amigo, que lo mismo
fue volverme de la Escitia y retirarte tú de mi presencia, que sentir
luego en mí un vivo deseo de tenerte cerca de mi persona, y poder
libremente comunicar contigo todas mis cosas, tanto, que empecé al
punto a echar de menos tu compañía, sabiendo que no hay bien alguno
que pueda compararse con la dicha de lograr por amigo y apasionado a
un hombre sabio y discreto: estas dos prendas bien sé que posees en
mi servicio, y nadie mejor testigo de ellas que yo mismo. De ti he de
merecer, amigo, que te dejes por ahora de Mileto, ni pienses en nuevas
ciudades de Tracia. Vente en mi compañía a mi corte de Susa, disfruta
conmigo a tu placer de todos mis bienes y regalos, siendo mi comensal y
consejero».
XXV. Así le habló Darío, y dejando en Sardes por virrey a Artafrenes,
su hermano de parte de padre, dirigiose luego a Susa, llevando en su
corte a Histieo. Al partir nombró asimismo por general de las tropas
que dejaba en los fuertes de las costas a Ótanes, hijo de Sisamnes,
uno de los jueces regios a quien, por haberse dejado sobornar en una
sentencia inicua, había mandado degollar Cambises, y no satisfecho con
tal castigo, cortando por su orden en varias correas el cuero adobado
de Sisamnes, había hecho vestir con ellas el mismo trono en que fue
dada aquella sentencia: además, en lugar del ajusticiado, degollado y
rasgado Sisamnes, había Cambises nombrado por juez a Ótanes, su hijo,
haciéndole subir sobre aquellas correas a tan fatal asiento, con el
triste recuerdo que al mismo tiempo le hizo, de que siempre tuviera
presente el tribunal en que estaba sentado cuando diera sus sentencias.
XXVI. Este mismo Ótanes, que antes había sido colocado en aquella
funesta silla de juez regio, elegido entonces por sucesor de Megabazo
en el mando de general, rindió al frente de sus tropas a los bizantinos
y calcedonios, tomó la plaza de Antandro, situada en el territorio de
Tróade, y conquistó a Lamponio.[18] Con la armada naval que le dieron
los lesbios, apoderose de Lemnos y de Imbros, islas hasta entonces
ocupadas de los pelasgos.
XXVII. Porque si bien es verdad que los lemnios, haciendo al enemigo
una resistencia muy vigorosa, se defendieron muy bien por algún tiempo,
con todo vinieron al cabo a ser arruinados y deshechos. Los persas
victoriosos señalaron por gobernador de los que en Lemnos habían
sobrevivido a su ruina, a Licareto, hermano de aquel célebre Menandrio
que había sido señor de Samos; y como gobernador de Lemnos, Licareto
acabó allí sus días ...[19] La causa que contra este (Ótanes) se
intentaba, era porque prendía indistintamente y asolaba todo el país:
a unos acusaba de haber sido desertores del ejército en sus marchas
contra los escitas; a otros de haber perseguido las tropas de Darío en
su retirada y vuelta de la Escitia. Tales eran las tropelías que había
cometido Ótanes siendo general.
XXVIII. Hubo después, aunque duró poco, algún descanso y sosiego,
porque dos ciudades de Jonia, la de Naxos y la de Mileto, como contaré
después, dieron de nuevo principio a los males y calamidades. Era Naxos
por una parte la isla que por su riqueza y poder descollaba sobre las
otras asiáticas, y por otra veíase Mileto en aquella época en el mayor
auge de poder que jamás hubiese logrado, viniendo a ser como la reina y
capital de toda la Jonia, a cuya prosperidad llegó después de haberse
visto tiempos atrás, cerca de dos generaciones antes, en el estado más
deplorable a causa de sus partidos y sediciones, hasta tanto que los
parios, a quienes había elegido Mileto entre todos los griegos por
árbitros y conciliadores, lograron restituir en ella la concordia y el
buen orden.
XXIX. Tomaron los parios un expediente para sosegar aquellos
disturbios, pues venidos a la ciudad de Mileto los sujetos más
acreditados de Paros, como viesen que en ella andaba todo sin orden,
así los hombres como las cosas, dijeron desde luego que por sí mismos
querían ir a visitar lo restante de aquel estado y señorío. Al hacer
su visita discurriendo por todo el territorio de Mileto, apenas daban
con una posesión bien cultivada en aquellas campiñas, que por lo común
estaban muy descuidadas, tomaban por escrito el nombre de su dueño.
Acabada ya la visita de aquel país, donde pocos fueron los campos que
hallaron bien conservados y florecientes, y estando ya de vuelta en la
ciudad, reunieron un congreso general del estado, y en él declararon
por gobernadores y magistrados de la república a los particulares
cuyas heredades habían encontrado bien cultivadas, dando por razón de
su arbitrio que aquellos sabrían cuidar del bien público como habían
sabido cuidar del propio: a los demás ciudadanos de Mileto, a quienes
antes se les pasaba todo en partidos y tumultos, precisóseles a que
estuvieran bajo la obediencia de aquellos buenos padres de familia.
Con esto los parios pusieron en paz a los milesios, restituyendo a la
ciudad el buen orden y concierto.
XXX. Estas dos ciudades de Naxos y Mileto fueron, pues, como decía,
las que dieron entonces nuevo principio y ocasión a la desventura de
la Jonia. Sucedió que, habiendo la baja plebe desterrado en Naxos[20]
a ciertos ricos y principales señores, refugiáronse los proscritos
a Mileto. Era en aquella sazón gobernador de Mileto Aristágoras,
hijo de Molpágoras, quien era yerno y primo juntamente del célebre
Histieo, el hijo de Liságoras, a quien Darío tenía en Susa; pues por
aquel mismo tiempo puntualmente en que Histieo, señor de Mileto, se
hallaba detenido en la corte, sucedió el caso de que vinieran a Mileto
dichos naxios, amigos ya de antes y huéspedes de Histieo. Refugiados,
pues, allí aquellos ilustres desterrados, suplicaron a Aristágoras
que procurase darles alguna tropa, si se hallaba en estado de poder
hacerlo, a fin de que pudieran con ella restituirse a su patria.
Pensó Aristágoras dentro de sí, que si por su medio volviesen a Naxos
los desterrados, lograría él mismo la oportunidad de alzarse con el
señorío de aquel estado: con este pensamiento, disimulando por una
parte sus verdaderas intenciones, y por otra pretextando la buena
amistad y armonía de ellos con Histieo, les hizo este discurso: «No me
hallo yo, señores, en estado de poderos dar un número de tropas que
sea suficiente para que, a pesar de los que mandan en Naxos, podáis
volver a la patria, teniendo los naxios, como he oído, además de 8000
infantes, una armada de muchas galeras. Mas no quiero con esto deciros
que no piense con todas veras en auxiliaros para ello, antes bien se
me ofrece ahora un medio muy oportuno para serviros con eficacia.
Sé que Artafrenes es mi buen amigo y favorecedor, y sin duda sabéis
quién es Artafrenes, hijo de Histaspes, hermano carnal de Darío,
virrey de toda la marina general de los grandes ejércitos de mar y
tierra: este personaje, pues, si no me engaña el amor propio, dígoos
que hará por mí lo que pidamos». Al oír esto los naxios dejaron todo
el negocio en manos de Aristágoras, para que lo manejara como mejor
le pareciese, añadiéndole que bien podía de su parte decir al virrey
que no favorecería a quien no lo supiera agradecer, y que los gastos
de la empresa correrían de su propia cuenta, pues no podían dudar que
lo mismo había de ser presentarse en Naxos que rendirse, no solamente
los naxios, sino aun los demás isleños, y hacer cuanto se les pidiese,
no obstante que hasta allí ninguna de las Cícladas reconociese por
soberano a Darío.
XXXI. Emprende Aristágoras su viaje a Sardes, donde da cuenta y
razón a Artafrenes de cómo la isla de Naxos, sin ser una de las de
mayor extensión, era con todo de las mejores, muy bella, muy cercana
a la Jonia, muy rica de dinero, y muy abundante de esclavos. «¿No
haríais, continuó, una expedición hacia allá para volver a Naxos
unos ciudadanos que de ella han sido echados? Dos grandes ventajas
veo en ello para vos: una que además de correr de nuestra cuenta los
gastos de la armada, como es razón que corran, ya que nosotros los
ocasionamos, cuento aún con grandes sumas de dinero para poderos pagar
el beneficio: la otra es que aprovechándoos de esta ocasión, no solo
podréis añadir a la corona la misma Naxos, sino también las islas que
de ella penden, la de Paros, la de Andros, y las otras que llaman
Cícladas. Y dado este paso, bien fácil os será acometer desde allí a
Eubea, isla grande y rica, nada inferior a la de Chipre, y lo que más
es, fácil de ser tomada. Soy de opinión de que con una armada de cien
naves podréis conseguir todas estas conquistas». «Amigo, le respondió
Artafrenes, muestras bien en lo que me dices el celo del público
servicio, y tu afición a la casa real, proponiéndome, no solo proyectos
tan interesantes a la corona, sino dándome al mismo tiempo medios tan
oportunos para el intento. En una sola cosa veo que andas algo corto,
en el número de naves: tú no pides más que ciento, pues yo te prometo
aprestarte doscientas al abrir la primavera; pero es menester ante
todo informar al rey, y que nos dé su aprobación».
XXXII. Aristágoras, que tan atento halló al virrey en su respuesta,
sobremanera alegre y satisfecho dio la vuelta para Mileto: Artafrenes,
después que obtuvo para la expedición el beneplácito de Darío, a
quien envió un mensajero dándole cuenta del proyecto de Aristágoras,
tripuladas doscientas naves, previno mucha tropa, así persa como
aliada. Nombró después para comandante de la armada al persa Megabates,
que siendo de la casa de los Aqueménidas era primo de Darío. Era
Megabates aquel con cuya hija, si es que sea verdad lo que corre por
muy válido, contrajo esponsales algún tiempo después el lacedemonio
Pausanias, hijo de Cleómbroto, más enamorado del señorío de la Grecia
que prendado de la princesa persa.[21] Luego que estuvo Megabates
nombrado por general, dio orden Artafrenes de que partiera el ejército
a donde Aristágoras estaba.
XXXIII. Después de tomar en Mileto las tropas de la Jonia los
desterrados de Naxos y al mismo Aristágoras, diose a la vela Megabates,
haciendo correr la voz de que su rumbo era hacia el Helesponto. Llegó
a la isla de Quíos y dio fondo en un lugar llamado Cáucasa, con la
mira de esperar que se levantase el viento Bóreas, para dejarse caer
desde allí sobre la isla de Naxos. Anclados en aquel puerto, como que
los hados no permitían la ruina de Naxos por medio de aquella armada,
sucedió un caso que la impidió. Rondaba Megabates para inspeccionar
la vigilancia de los centinelas, y en una nave mindia[22] halló que
ninguno había apostado. Llevó muy a mal aquella falta, y enojado dio
orden a sus alabarderos que le buscasen al capitán de la nave, que se
llamaba Escílax, y hallándolo, mandole poner atado en la portañola
del remo ínfimo, en tal postura, que estando adentro el cuerpo sacase
hacia fuera la cabeza. Así estaba puesto a la vergüenza el Escílax,
cuando va uno a avisar a Aristágoras y decirle cómo aquel mindio
su amigo y huésped le tenía Megabates cruelmente atado y puesto al
oprobio. Al instante se presenta Aristágoras al persa, y se empeña
muy de veras a favor del capitán; nada puede alcanzar de lo que pide,
pero va en persona a la nave y saca a su amigo de aquel infame cepo.
Sabida la libertad que Aristágoras se había tomado, se dio Megabates
por muy ofendido, y puso en él la lengua baja y villanamente. «¿Y quién
eres tú, le replicó Aristágoras, y qué tienes que ver en eso? ¿No
te envió Artafrenes a mis órdenes, para que vinieras donde quisiere
yo conducirte? ¿Para qué te metes en otra cosa?». Quedó Megabates
tan altamente resentido de la osadía con que Aristágoras le hablaba,
que venida la primera noche, despachó un barco para Naxos con unos
mensajeros que descubrieran a los naxios el secreto de cuanto contra
ellos se disponía.
XXXIV. Ni por sombra había pasado a los naxios por la mente que pudiera
dirigirse contra ellos tal armada; pero lo mismo fue recibir el aviso
que retirar a toda prisa lo que tenían en la campiña, y, acarreando
a la plaza[23] todas las provisiones de boca, prepararse para poder
sufrir un sitio prolongado, no dudando que se hallaban en vísperas
de una gran guerra. Con esto, cuando los enemigos salidos de Quíos
llegaron a Naxos con tuda la armada, dieron contra hombres tan bien
fortificados y prevenidos, que en vano fue estarles sitiando por cuatro
meses enteros. Al cabo de este tiempo, como a los persas se les fuese
acabando el dinero que consigo habían traído, y Aristágoras hubiese
ya gastado mucho de su bolsillo, viendo que para continuar el asedio
se necesitaban todavía mayores sumas, tomaron el partido de edificar
unos castillos en que se hiciesen fuertes aquellos desterrados, y
resolvieron volverse al continente con toda la armada, malograda de
todo punto la expedición.
XXXV. Entonces fue cuando Aristágoras, no pudiendo cumplir la promesa
hecha a Artafrenes, viéndose agobiado con el gasto de las tropas que se
le pedía, temiendo además las consecuencias de aquella su desgraciada
expedición, mayormente habiéndose enemistado en ella con Megabates,
sospechando, en suma, que por ella sería depuesto del gobierno y
dominio de Mileto; amedrentado, digo, con todas estas reflexiones y
motivos, empezó a maquinar una sublevación para ponerse en salvo. Quiso
a más de esto la casualidad que en aquella agitación le viniera desde
Susa, de parte de Histieo, un enviado con la cabeza toda marcada con
letras, que significaban a Aristágoras que se sublevase contra el rey.
Pues como Histieo hubiese querido prevenir a su deudo que convenía
rebelarse, y no hallando medio seguro para pasarle el aviso por cuanto
estaban los caminos tomados de parte del rey, en tal apuro había
rasurado a navaja la cabeza del criado que tenía de mayor satisfacción,
habíale marcado en ella con los puntos y letras que le pareció, esperó
después que le volviera a crecer el cabello, y crecido ya, habíalo
despachado a Mileto sin más recado que decirle de palabra que puesto en
Mileto pidiera de su parte a Aristágoras que, cortándole a navaja el
pelo, le mirara la cabeza. Las notas grabadas en ella significaban a
Aristágoras, como dije, que se levantase contra el persa. El motivo que
para tal intento tuvo Histieo, parte nacía de la pesadumbre gravísima
que su arresto en Susa le ocasionaba, parte también de la esperanza
con que se lisonjeaba de que en caso de tal rebelión sería enviado a
las provincias marítimas, estando al mismo tiempo convencido de que a
menos que se rebelara Mileto, nunca más tendría la fortuna de volver a
verla. Con estas miras despachó Histieo a dicho mensajero.
XXXVI. Tales eran las intrigas y acasos que juntos se complicaban a
un tiempo alrededor de Aristágoras, quien convoca a sus partidarios,
les da cuenta así de lo que él mismo pensaba como de lo que Histieo le
prevenía, y empieza muy de propósito a deliberar con ellos sobre el
asunto. Eran los más del parecer mismo de Aristágoras acerca de negar
al persa la obediencia; pero no así Hecateo el historiador, quien
haciendo una descripción de las muchas naciones que al persa obedecían
y de sus grandes fuerzas y poder, votó desde luego que no les cumplía
declarar la guerra a Darío, el gran rey de los persas; y como viese que
no era seguido su parecer, votó en segundo lugar que convenía hacerse
señores del mar, pues absolutamente no veía cómo pudieran, a menos de
serlo, salir al cabo con sus intentos; que no dejaba de conocer cuán
cortas eran las fuerzas de los milesios, pero sin embargo, con tal que
quisieran echar mano de los tesoros que en el templo de Bránquidas
había ofrecido el lidio Creso, tenía fundamento de esperar que en
fuerzas navales podrían ser superiores al enemigo; que en el medio
que les proponía contemplaba doble ventaja para ellos, pues a más de
servirse de dicho dinero en favor del público, estorbarían que no lo
sacase el enemigo en daño de ellos. Ciertamente, como llevo dicho en
mi primer libro, eran copiosos los mencionados tesoros. Por desgracia,
tampoco fue seguido este segundo parecer, sino que quedó acordada la
rebelión, añadiendo que uno de ellos se embarcase luego para Miunte,
donde aún se mantenía la armada vuelta de Naxos, y procurase poner
presos a los capitanes que se hallaban a bordo de sus respectivas
naves.
XXXVII. Enviado, pues, allá Yatrágoras con esta comisión, apoderose
con engaño de la persona de Olíato el milaseo, hijo de Ibanolis, de
la de Histieo el termereo,[24] hijo de Timnes, de la de Coes, hijo de
Erxandro, a quien Darío había hecho gracia del señorío de Mitilene, de
la de Aristágoras el cimeo, hijo de Heraclides, y otros muchos jefes.
Levantado ya abiertamente contra Darío y tomando contra él todas sus
medidas, lo primero que hizo Aristágoras fue renunciar, bien que no más
de palabra y por apariencia, el dominio de Mileto, fingiendo restituir
a los milesios la libertad, para lograr de ellos por este medio que de
buena voluntad le siguieran en su rebelión. Hecho esto en Mileto, otro
tanto hacía en lo restante de la Jonia, de cuyas ciudades iba arrojando
a algunos de sus tiranos: aun más, a los caudillos que había prendido
sobre las naves de la armada que acababa de volver de Naxos, fue
entregándolos a sus respectivas ciudades, cuyo dominio poseían, y esto
con la dañada intención de ganárselas a todas para su partido.
XXXVIII. Resultó de ahí que los mitileneos, apenas tuvieron a Coes
en su poder, sacándole al campo le mataron a pedradas, si bien los
cimeos dejaron que se fuese libre su tirano, sin usar con él de otra
violencia. Otro tanto hicieron con sus respectivos señores las más de
las ciudades, y cesó por entonces en todas ellas la tiranía o dominio
de un señor. Quitados ya los tiranos, dio orden el milesio Aristágoras
a todas aquellas ciudades que cada cual nombrase un general de su
propia milicia, y practicada esta diligencia, viendo que necesitaba
absolutamente hallar algún aliado poderoso para su empresa, fuese él
mismo para Lacedemonia en su galera en calidad de enviado de la Jonia.
XXXIX. No reinaba ya en Esparta Anaxándridas, hijo de León, sino
Cleómenes su hijo, el cual no en atención a sus prendas y valor, sino
al derecho de su familia, muerto su padre, había sido colocado sobre
el trono. Para manifestar el origen y nacimiento de Cleómenes, se
debe saber que se hallaba primero casado Anaxándridas con una hija
de su hermana, a quien por más que no le diera sucesión amaba tierna
y apasionadamente. Viendo los éforos lo que a su rey acontecía, le
reconvinieron hablándole en esta forma: «Visto tenemos cuán poco
cuidas de tus verdaderos intereses: nosotros, pues, que ni debemos
despreciarlos, ni podemos mirar con indiferencia que la sangre y
familia de Eurístenes acaben en tu persona, hemos tomado sobre ello
nuestras medidas. Tú mismo ves por experiencia que no te da hijos
esa mujer con quien estás casado; nosotros queremos que tomes otra
esposa, asegurándote de que si así lo hicieres, darás mucho gusto a
los espartanos». A tal amonestación de los éforos respondió resuelto
Anaxándridas que ni uno ni otro haría, pues ellos exhortándole a tomar
otra mujer dejando la presente, que no lo tenía en verdad merecido, le
daban un consejo indiscreto que jamás pondría por obra, por más que se
cansasen en inculcárselo.
XL. Tomando los éforos y los gerontes (o senadores) de Esparta su
acuerdo acerca de la respuesta y negativa del rey, de nuevo así le
representan: «Ya que tan apegado estás a la mujer con quien te hallas
ahora casado, toma por los menos estotro consejo que te vamos a
proponer, y guárdate de porfiar en rechazarlo, ni quieras exponerte
a que tomen los espartanos alguna resolución que no te traiga mucha
cuenta. No pretendemos ya que te divorcies, ni que eches de ti a esa
tu querida esposa; vive con ella en adelante, como has vivido hasta
aquí, no te lo prohibimos; mas absolutamente queremos de ti que a más
de esa estéril tomes otra mujer que sepa concebir». Cediendo por fin
Anaxándridas a esta representación, y casado con dos mujeres, tuvo
desde entonces dos habitaciones establecidas, yendo en ello contra la
costumbre de Esparta.
XLI. No pasó mucho tiempo, después del segundo matrimonio, hasta que
la nueva esposa dio a luz a Cleómenes, al mismo de quien antes iba a
hablar, y en él un sucesor a la corona. Al mismo tiempo hizo la fortuna
que la primera mujer, antes por largos años infecunda, se sintiera
preñada: los parientes de la otra esposa a cuyos oídos llegó el nuevo
preñado, alborotaban sin descanso, y gritaban que aquella se fingía
encinta con la mira de suponerse por hijo un parto ajeno; pero en
realidad se hallaba la princesa embarazada. Quejándose, pues, altamente
de aquella preñez simulada, movidos los éforos de la sospecha de algún
engaño, llegado el tiempo quisieron asistir en persona a la mujer en el
acto mismo de parir. En efecto, parió ella la primera vez a Dorieo, y
de otro parto consecutivo a Leónidas, y de otro tercero a Cleómbroto,
aunque algunos quieren decir que estos dos últimos fueron gemelos; y
por colmo de singularidad, la quejosa madre de Cleómenes, la segunda
esposa de Anaxándridas, hija de Prinétadas y nieta de Demármeno, nunca
más volvió a parir de allí adelante.
XLII. De su hijo Cleómenes corre por muy válido que, nacido con vena de
loco, jamás tuvo cumplido el seso, al paso que Dorieo salió un joven
el más cabal que se hallase entre los de su edad, lo que le hacía
vivir muy confiado de que la corona recaería en su cabeza. En medio de
esta creencia, vio por fin que a la muerte de su padre Anaxándridas,
atenidos los lacedemonios a todo el rigor de la ley, nombraron por rey
al primogénito Cleómenes, de lo cual dándose Dorieo por muy resentido y
desdeñándose de tener tal soberano, pidió y obtuvo el permiso de llevar
consigo una colonia de espartanos. En la fuga de su resentimiento, ni
se cuidó Dorieo de consultar en Delfos al oráculo hacia qué tierra
debería conducir la nueva colonia, ni quiso observar ceremonia alguna
de las que en tales circunstancias solían practicarse, sino que ligera
y prontamente se hizo a la vela para Libia, conduciendo sus naves unos
naturales de Tera. Llegó a Cínipe, y cerca de este río, en el lugar más
bello de la Libia, plantó luego su nueva ciudad, de donde arrojado tres
años después por los macas, naturales de la Libia, auxiliados por los
cartagineses, volviose al Peloponeso.
XLIII. Allí un tal Antícares, de patria eleonio, sugiriole la idea de
que, ateniéndose a los oráculos de Layo, fundase a Heraclea en Sicilia,
diciéndole que todo el territorio de Eris, por haberlo antes poseído
Heracles, era propiedad de los Heráclidas.[25] Oída esta relación,
hace Dorieo un viaje a Delfos a fin de saber del oráculo si lograría en
efecto apoderarse del país adonde se le sugería que fuese, y habiéndole
respondido la Pitia afirmativamente, toma de nuevo aquel convoy que
había primero conducido a la Libia, y parte con él para Italia.
XLIV. Estaban cabalmente los sibaritas en aquella sazón, según cuentan
ellos mismos, para emprender, con su rey Telis[26] al frente, una
expedición contra la ciudad de Crotona, cuyos vecinos con sus ruegos,
nacidos del gran miedo en que se hallaban, alcanzaron de Dorieo que
fuera a socorrerles; y fue el socorro tan poderoso, que llevando sus
armas el espartano contra la misma Síbaris, rindió con ellas la plaza,
hazaña que los sibaritas atribuyen a Dorieo y a los de su comitiva. No
así los crotoniatas, quienes aseguran y porfían que en dicha guerra
contra los sibaritas no vino a socorrerles ningún extranjero más que
uno solo, que fue Calias el adivino, natural de Élide y de la familia
de los Yámidas; y de este dicen que se les agregó de un modo singular,
pues estando antes con Telis, señor de los sibaritas, y viendo que
ninguno de los sacrificios que este hacía para ir contra Crotona le
salía con buen auspicio, pasó fugitivo a los crotoniatas, al menos como
ellos lo cuentan.
XLV. Y es extraño que entrambas ciudades pretendan tener pruebas y
monumentos de lo que dicen, pues afirman los sibaritas que, tomada
ya la ciudad, consagró Dorieo un recinto, y edificó un templo cerca
del río seco que llaman Cratis, y lo dedicó a Atenea, por sobrenombre
Cratia. Pretenden además ser la muerte de Dorieo manifiesta prueba de
lo que dicen, queriendo que por haber obrado aquel contra el intento y
prevención del oráculo muriese de muerte desgraciada, pues si en nada
se hubiera desviado Dorieo del aviso y promesa del oráculo, marchando a
poner por obra la empresa para él destinada, sin duda, según arguyen,
se hubiera apoderado de la comarca ericina y la hubiera disfrutado
después, sin que ni él ni su ejército hubiera allí perecido. Pero
los crotoniatas, por su parte, en el campo mismo de Crotona enseñan
muchas heredades que se dieron entonces privativamente a Calias el eleo
en premio de sus servicios, cuyos nietos las gozan aún al presente,
cuando no consta haberse hecho merced ni gracia alguna a Dorieo ni a
sus descendientes. ¿Y quién no ve que si en la guerra sibarítica les
hubiera asistido Dorieo, era consecuencia que se desprendía del asunto
haber dado muchos más premios a aquel que al adivino Calias? Tales son
las pruebas que una y otra ciudad alegan a su favor; en mi opinión,
puede cada uno asentir a la que más fuerza le hiciere.
XLVI. Vuelvo a Dorieo, en cuya comitiva se embarcaron otros espartanos
como conductores de dicha colonia, que eran Tésalo, Parébatas, Céleas
y Eurileonte. Habiendo, pues, arribado estos a Sicilia con toda su
armada y convoy, acabaron allí sus días a manos de los fenicios y de
los egesteos,[27] que les vencieron en campo de batalla, pudiéndose
librar de la desgracia común uno solo de los conductores, que fue
Eurileonte. Este jefe, recogidos los restos que del ejército quedaban
salvos, se apoderó con ellos de Minoa, colonia de los selinusios,
y unido con estos, les libró del dominio que sobre ellos tenía su
soberano Pitágoras. Desgraciadamente, el mismo Eurileonte, después de
haber acabado con aquel monarca, se apoderó de Selinunte, donde por
algún tiempo reinó como soberano; motivo por el cual los selinusios
amotinados le quitaron la vida, sin que le valiese haberse refugiado al
ara de Zeus Agoreo.
XLVII. Iba en la comitiva de Dorieo un ciudadano de Crotona, por
nombre Filipo, hijo de Butácidas, y le acompañó asimismo en la muerte.
Después de haber contraído esponsales con una hija de Telis, rey de
los sibaritas, como no hubiese logrado Filipo casarse con dama tan
principal, fuese de Crotona fugitivo corrido de la repulsa, y se
embarcó para Cirene, de donde en una nave propia y con tripulación
mantenida a su costa salió siguiendo a Dorieo. Había él llegado a
ser _olimpiónico_ (vencedor en los juegos olímpicos), tanto que su
gentileza y bizarría obtuvo de los egesteos lo que ningún otro logró
jamás, pues le alzaron un templo en el lugar de su sepultura, y como a
un héroe le hacían sacrificios.
XLVIII. Tan desgraciado fin tuvo Dorieo, quien si quedándose en Esparta
hubiera sabido obedecer a Cleómenes, llegara a ser rey de Lacedemonia,
donde este no reinó largo tiempo, muriendo sin sucesión varonil, y
dejando solamente una hija llamada Gorgo.
XLIX. Pero volviendo ya al asunto, Aristágoras, el tirano de Mileto,
llegó a Esparta, teniendo en ella el mando Cleómenes, a cuya presencia
compareció, según cuentan los lacedemonios, llevando en la mano una
tabla de bronce (a manera de mapa),[28] en que se veía grabado el globo
de la tierra, y descritos allí todos los mares y ríos; y entrando a
conferenciar con Cleómenes, hablole en esta forma: «No tienes que
extrañar ahora, oh Cleómenes, el empeño que me tomo en esta visita que
en persona te hago, pues así lo pide sin duda la situación pública del
estado, siendo para nosotros los jonios la mayor infamia y la pena más
sensible, de libres vernos hechos esclavos, no siéndolo menos, por no
decir mucho más, para vosotros el permitirlo, puesto que tenéis el
imperio de la Grecia. Os pedimos, pues, ahora, oh lacedemonios, así os
valgan y amparen los dioses tutelares de la Grecia, que nos saquéis
de esclavitud a nosotros los jonios, en quienes no podéis menos de
reconocer vuestra misma sangre: porque en primer lugar os aseguro que
para vosotros no puede ser más fácil y hacedera la empresa, pues que no
son aquellos bárbaros hombres de valor, y vosotros sois en la guerra la
tropa más brava del mundo. ¿Queréis ver claramente lo que afirmo? En
las batallas las armas con que pelean son un arco y un dardo corto, y
aun más, entran en combate con largas túnicas y turbantes en la cabeza.
Mira cuán fácil cosa será vencerles. Quiero que sepas, en segundo
lugar, cómo los que habitan aquel continente del Asia poseen ellos
solos más riquezas y conveniencias que los demás hombres de la tierra
juntos, empezando a contar del oro, plata, bronce, trajes y adornos
varios, y siguiendo después por sus ganados y esclavos, riquezas todas
que, como de veras las queráis, podéis ya contarlas por vuestras.
Quiero ya declararte la situación y los confines de las naciones de que
hablo. Con estos jonios que ahí ves (esto iba diciendo mostrando los
lugares en aquel globo de la tierra que en la mano tenía, grabado en
una plancha de bronce), con estos jonios confinan los lidios, pueblos
que poseyendo una fertilísima región no saben qué hacerse de la plata
que tienen: con esos lidios, continuaba el geógrafo Aristágoras,
confinan por el levante los frigios, de quienes puedo decirte que
son los hombres más opulentos en ganados, en granos y en frutos de
cuantos sepa. Pasando adelante, confinan ahí con los frigios los
capadocios, a quienes llamamos sirios, cuyos vecinos son los cilicios,
pueblos que se extienden hasta las costas del mar en que cae la isla
de Chipre que ahí ves, los cuales quiero que sepas que contribuyen al
rey con 500 talentos anuos; confinan con los cilicios esos armenios,
riquísimos ganaderos, con quienes alindan los matienos, cuya es esa
región. Sígueles inmediatamente esa provincia de la Cisia, y en ella
a las orillas del río Coaspes está situada la capital de Susa, que
es donde el gran rey tiene su corte, y donde están los tesoros de su
erario; y me atrevo a asegurarte que como toméis la ciudad que ahí
ves, bien podéis apostároslas en riquezas con el mismo Zeus. ¿No es
bueno, Cleómenes, que vosotros los lacedemonios, a fin de conquistar
dos palmos más de tierra, y esa no más que mediana, os empeñéis así
contra los mesenios, que bien os resisten, como contra los arcadios
y los argivos, pueblos que no tienen en casa ni oro ni plata, que son
conveniencias y ventajas por cuyo alcance puede uno con razón y suele
morir con las armas en la mano, al paso que pudiendo con facilidad, sin
esfuerzos ni trabajo, haceros dueños desde luego del Asia entera, no
queráis correr tras esta presa sino ir en busca de no sé qué bagatelas
y raterías?».
L. Así terminó Aristágoras su discurso, a quien brevemente respondió
Cleómenes: «Amigo milesio, pensaré sobre ello: después de tres días
volverás por la respuesta». En estos términos quedó por entonces el
negocio. Llega el día aplazado; concurre Aristágoras al lugar destinado
para saber la respuesta, y le pregunta desde luego Cleómenes cuántas
eran las jornadas que había desde las costas de Jonia hasta la corte
misma del rey. Cosa extraña: Aristágoras, aquel hombre por otra parte
tan hábil y que tan bien sabía deslumbrar a Cleómenes, tropezando
aquí en su respuesta, destruyó completamente su pretensión; porque
no debiendo decir de ningún modo lo que realmente había, si quería
en efecto arrastrar al Asia a los espartanos, respondió con todo
francamente que la subida a la corte del rey era viaje de tres meses.
Cuando iba a dar razón de lo que tocante al viaje acababa de decir,
interrúmpele Cleómenes el discurso empezado, y le replica así: «Pues
yo te mando, amigo milesio, que antes de ponerse el sol estés ya fuera
de Esparta. No es proyecto el que me propones que deban fácilmente
emprender mis lacedemonios, queriéndomelos apartar de las costas a un
viaje no menos que de tres meses». Dicho esto, le deja y se retira a su
casa.
LI. Viéndose Aristágoras tan mal despachado y despedido, toma en las
manos en traje de suplicante un ramo de olivo, y refugiándose con él
al hogar mismo de Cleómenes, le ruega por Dios que tenga a bien oírle
a solas, haciendo retirar de su vista aquella niña que consigo tenía,
pues se hallaba casualmente con Cleómenes su hija Gorgo, de edad de 8
a 9 años, única prole que tenía. Respóndele Cleómenes que bien podía
hablar sin detenerse por la niña de cuanto quisiera decirle. Al primer
embite ofrécele, pues, Aristágoras hasta 10 talentos, si consentía en
hacerle la gracia que le pidiera: rehúsalos Cleómenes, y él, subiendo
siempre de punto la promesa, llega a ofrecerle hasta 50 talentos.
Entonces fue cuando la misma niña que lo oía: «Padre, le dijo, ese
forastero, si no le dejáis presto, yéndoos de su presencia, logrará
al cabo sobornaros por dinero». Cayéndole en gracia a Cleómenes la
simple prevención de la niña, se retiró de su presencia pasando a otro
aposento. Precisado con esto Aristágoras a salir de Esparta, no tuvo
lugar de hablarle otra vez para darle razón del largo camino que había
hasta la corte del rey.
LII. Voy a explicar lo que hay en realidad acerca de dicho viaje. Por
toda aquella carrera, caminando siempre por lugares poblados y seguros,
hay de orden del rey distribuidas postas y bellos paradores; las postas
para correr la Lidia y la Frigia son veinte, y con ellas se corren
noventa y cuatro parasangas y media. Al salir de la Frigia se encuentra
el río Halis, que tiene allí sus puertas, y en ellas hay una numerosa
guarnición de soldados, siendo preciso que transite por allí el que
quiera pasar aquel río. Entrado ya en Capadocia, el que la quisiere
atravesar toda hasta ponerse en los confines de la Cilicia, hallará
veinte y ocho postas y correrá con ella ciento cuatro parasangas. En
las fronteras de Cilicia se pasa por dos diferentes puertas y por dos
cuerpos de guardia en ellas apostados. Saliendo de estos estrechos
de Capadocia y caminando ya por la misma Cilicia, hay tres postas
que hacer y quince parasangas y media que pasar. El término entre
Cilicia y Armenia es un río llamado Éufrates, que se pasa con barca.
Encuéntranse en Armenia quince mesones con sus quince postas, con las
cuales se hacen de camino cincuenta y seis parasangas y media. Cuatro
son los ríos que por necesidad han de pasarse con barca, recorriendo
la Armenia: el primero es el Tigris propiamente dicho; el segundo y
tercero llevan también el nombre de Tigris, no siendo unos mismos con
el primero, ni saliendo de un mismo sitio, pues el primer Tigris baja
de la Armenia, al paso que los otros dos que se hallan después de él
bajan de los matienos; el cuarto río, que lleva el nombre de Gindes, es
el mismo que sangró Ciro en 370 canales.[29] Dejando la Armenia, hay en
la provincia Matiena, donde se entra inmediatamente, cuatro postas que
correr. Pasando de esta a la región Cisia, se encuentran en ella once
postas, y se corren cuarenta y dos parasangas y media, hasta que por
fin se llega al río Coaspes, que se pasa con barca, y en cuyas orillas
está edificada la ciudad de Susa. En suma, suben a ciento once todas
las postas, a las que corresponden otros tantos mesones y paradores al
viajar de Sardes a Susa.[30]
LIII. Ahora, pues, si se tomaren bien las medidas de dicha carrera
o camino real, contando por parasangas y dando a cada una treinta
estadios, que son los que realmente contiene, se hallará que hay
cuatrocientas cincuenta parasangas, y en ellas trece mil quinientos
estadios, yendo de Sardes hasta los palacios memnonios, que así llaman
a Susa, de donde haciendo uno por día el camino de ciento cincuenta
estadios, se ve que deben contarse para aquel viaje noventa días
cabales.
LIV. Así que muy bien dijo Aristágoras el milesio en la respuesta dada
al lacedemonio Cleómenes, que era de tres meses el viaje para subir
a la corte del rey. Mas por si acaso desea alguno una cuenta aún más
precisa y exacta, voy a satisfacer luego su curiosidad: añádame este,
como debe sin falta añadir a la cuenta de arriba, el viaje que hay
que hacer desde Éfeso hasta Sardes; digo, pues, ahora que desde el
mar de la Grecia asiática, o desde las costas de Éfeso, hay catorce
mil cuarenta estadios hasta la misma Susa, o llámese ciudad memnonia,
siendo quinientos cuarenta estadios los que realmente se cuentan de
Éfeso a Sardes, y con estos alargaremos tres días más el citado viaje
de tres meses.
LV. Volvamos a Aristágoras, que saliendo de Esparta aquel mismo día,
tomó el camino para Atenas, ciudad libre ya entonces, habiendo sacudido
el yugo de sus tiranos del modo siguiente: Aristogitón y Harmodio, dos
ciudadanos descendientes de una familia gerifea, habían dado muerte a
Hiparco, hijo de Pisístrato y hermano del tirano Hipias, el cual entre
sueños había tenido una clarísima visión del desastre que le esperaba.
Después de tal muerte sufrieron los atenienses por espacio de cuatro
años el yugo de la tiranía, no menos que antes, o por decir mejor,
sufrieron mucho más que nunca.
LVI. He aquí cómo pasó lo que empecé a decir de la visión que tuvo
Hiparco entre sueños. Parecíale en la víspera misma de las fiestas
Panateneas, que poniéndosele cerca un hombre alto y bien parecido, le
decía estas enigmáticas palabras: «_Sufre, león, un azar insufrible;
súfrelo mal que te pese; nadie haga tal, o nadie deje de pagarlo_».
No bien amaneció al otro día, cuando Hiparco consultó públicamente
con los intérpretes de sueños su nocturna visión; pero sin cuidarse de
conjurarla desde luego, fuese a la procesión de aquella fiesta y en
ella pereció.
LVII. Acerca de los gerifeos, de cuya ralea fueron los asesinos de
Hiparco, dicen ellos mismos tener de Eretria su origen y alcurnia;
pero, según averigüé por mis informes, no son sino fenicios de
prosapia, descendientes de los que en compañía de Cadmo vinieron al
país que llamamos al presente Beocia, donde fijaron su asiento y
habitación, habiéndoles cabido en suerte la comarca de Tanagra.[31]
Echados los cadmeos de dicho país por los argivos, fueron después
los gerifeos arrojados del suyo por los beocios, y con esto se
refugiaron al territorio de los atenienses, los cuales concediéronles
naturalización entre sus ciudadanos, si bien con algunos pactos y
condiciones, intimándoles que se abstuviesen de ciertas cosas, que no
eran pocas, pero que no merecen la pena de ser referidas.
LVIII. Ya que hice mención de los fenicios venidos en compañía de
Cadmo, de quienes descendían dichos gerifeos, añado que entre otras
muchas artes que enseñaron a los griegos establecidos ya en su país,
una fue la de leer y escribir, pues antes de su venida, a mi juicio,
ni aun las figuras de las letras corrían entre los griegos.[32] Eran
estas, en efecto, al principio las mismas que usan todos los fenicios,
aunque andando el tiempo, según los cadmeos fueron mudando de lenguaje,
mudaron también la forma de sus caracteres. Los jonios, pueblo griego,
eran comarcanos por muchos puntos en aquella sazón con los cadmeos,
de cuyas letras, que habían aprendido de estos fenicios, se servían,
bien que mudando la formación de algunas pocas, y según pedía toda
buena razón, al usar de tales letras las llamaban letras fenicias, como
introducidas en la Grecia por los fenicios. A los biblos (o libros de
papel) los llaman asimismo los jonios anticuadamente _difteras_ (o
pergaminos), porque allá en tiempos antiguos, por ser raro el biblo o
papel, se valían de pergaminos de pieles de cabra y de oveja, y aun en
el día son muchas las naciones bárbaras que se sirven de _difteras_.
LIX. Yo mismo vi por mis propios ojos en Tebas de Beocia, en el templo
de Apolo el Ismenio, unas letras cadmeas grabadas en unas trípodes y
muy parecidas a las letras jonias: una de las trípodes contiene esta
inscripción: «_Aquí me colocó Anfitrión, vencedor de los teléboas_». La
dedicación de ella sería hacia los tiempos de Layo, hijo de Lábdaco,
nieto de Polidoro y biznieto de Cadmo.
LX. Otra de las mencionadas trípodes dice así en verso hexámetro:
«_A ti, sagitario Febo, me consagró Esceo, luchador victorioso por
lucidísima joya_». Debió de ser dicho Esceo el hijo de Hipocoonte,[33]
a no ser que hiciese tal ofrenda algún otro del mismo nombre de Esceo,
hijo de Hipocoonte, que vivía en tiempo de Edipo, hijo de Layo.
LXI. He aquí lo que dice otra tercera trípode, también en verso
hexámetro: «_Reinando solo Laodamante, regaló al dios Apolo, certero
en sus tiros, esta trípode, linda presea_». En tiempo de este
Laodamante, hijo de Eteocles, que mandaba solo entre los cadmeos, fue
cabalmente cuando estos, echados de su patria por los argivos, se
refugiaron a los pueblos llamados enqueleos,[34] si bien quedando por
entonces los gerifeos en su país, solo algún tiempo después fueron
obligados por los beocios a retirarse a Atenas. Tienen los gerifeos
construidos en Atenas templos particulares en que nada comunican con
ellos los demás atenienses, siendo santuarios de ritos separados, de
los cuales es uno el templo de Deméter Acaya con sus orgías o misterios
propios.
LXII. Hasta aquí llevo dicho cuál fue la visión que tuvo Hiparco entre
sueños, y de dónde los gerifeos, de cuya raza fueron los matadores de
Hiparco, eran oriundos en lo antiguo. Ahora será bien volver a tomar ya
el hilo de la narración comenzada, y acabar de declarar lo que decía
sobre el modo con que se libraron por fin los atenienses del yugo
de sus tiranos. Sucedió, pues, que siendo Hipias tirano en Atenas,
y estando muy irritado contra aquel pueblo a causa del asesinato
cometido en Hiparco su hermano, procuraban en tanto con todas veras
y por todos los medios posibles volver a su patria los Alcmeónidas,
familia de Atenas echada de allí por los hijos de Pisístrato, y lo
mismo procuraban con ellos otros desterrados. Viendo los Alcmeónidas
cuán mal les había salido la tentativa, a fin de volver a la patria
y procurar la libertad de Atenas, fortificados en un lugar llamado
Lipsidrio, sobre Peonia, no dejaban piedra por mover para dañar a los
Pisistrátidas. En tal estado, concertándose con los Anfictiones,
tomaron a su cargo levantar el templo que al presente hay en Delfos
y que entonces no existía: siendo, pues, hombres opulentos y de una
familia de tiempo atrás muy ilustre, hicieron el templo mucho más bello
y lucido de lo que requería ajustado al modelo, así en las partes de
la fábrica, como en el frontispicio singularmente, pues estando en
la contrata que el templo debería ser de mármol porino, hicieron la
fachada de mármol pario.
LXIII. Estando, pues, de asiento en Delfos estos hombres, según cuentan
los mismos atenienses, obtuvieron de la Pitia, sobornada a fuerza
de dinero,[35] que siempre que vinieran los espartanos a consultar
el oráculo, ya fuera privada, ya pública la consulta, les diera por
respuesta que la voluntad de los dioses era que libertasen a Atenas.
Viendo los lacedemonios cómo siempre se les inculcaba aquel recuerdo
de parte del oráculo, enviaron por fin al frente de un ejército a uno
de los principales personajes de su ciudad, llamado Anquimolio, hijo
de Aster, y le dieron orden de que echase de Atenas a los hijos de
Pisístrato, aunque fueran estos sus mayores amigos y aliados, teniendo
más cuenta con la voluntad del dios que con la amistad de los hombres.
Enviado por mar con su escuadra dicho general, y dando fondo en Falero,
desembarcó allí sus tropas. Informados a tiempo los Pisistrátidas de
la expedición contra ellos prevenida, llamaron a las tropas auxiliares
de la Tesalia, con las cuales tenían contraída alianza. Implorados
los tesalios, enviaron allá, de común acuerdo del estado, mil caballos
conducidos por su rey Cíneas, que era de patria condeo.[36] Recibido,
pues, dicho socorro, tomaron los Pisistrátidas el expediente de
arrasar cuantos árboles había en las llanuras de los falereos, con la
mira de dejar aquel campo libre y expedito para que pudiese obrar en
él la caballería, la cual, en efecto, habiendo embestido después por
aquel paraje y dejándose caer sobre el campo del enemigo, entre otros
estragos que hizo en los lacedemonios fue muy considerable el dar
muerte al general de estos, Anquimolio, obligando juntamente al resto
de la armada a refugiarse en sus naves; y con esto hubo de retirarse de
Atenas la primera armada enviada allá por los lacedemonios. El sepulcro
de Anquimolio se ve al presente en Alopece, uno de los pueblos del
Ática, cerca del Heraclio (o templo de Heracles), situado en Cinosarges.
LXIV. De resultas de este destrozo enviaron los lacedemonios contra
Atenas segunda armada, más numerosa que la primera, conducida por su
rey Cleómenes, hijo de Anaxándridas, embistiendo a los enemigos no por
mar como antes, sino por tierra. Fue entonces también la caballería
tesalia la primera en trabar el choque con los lacedemonios, apenas
entrados en el Ática; pero sin hacerles mucha resistencia volvió luego
las espaldas, y dejando caídos en el campo a más de cuarenta de los
suyos, volvieron los demás en derechura a Tesalia. Llevando consigo
Cleómenes a los atenienses que se declaraban por la libertad de la
república, y llegándose a la ciudad de Atenas, empezó a sitiar a los
tiranos, que se habían retirado al fuerte pelásgico.
LXV. No era natural que fueran los Pisistrátidas en aquella sazón
echados de la patria por los lacedemonios, así porque estos no llevaban
ánimo por su parte de emprender un largo sitio, como por hallarse
aquellos por la suya bien apercibidos de víveres para resistirlo; antes
era sin duda lo más probable, que después de unos pocos días de asedio
partieran otra vez hacia Esparta: entonces cierto acaso ocasionó la
ruina a los sitiados y dio justamente a los sitiadores la victoria,
porque quiso la fortuna que los tiernos hijos de los Pisistrátidas, al
tiempo de ser llevados fuera del país para su resguardo y seguridad,
diesen en manos de los enemigos. Este acaso de tal manera desconcertó
las miras de los sitiados y abatió sus bríos, que vinieron en ajustar
el rescate y libertad de sus hijos con las condiciones que quisieron
imponerles los atenienses, las cuales fueron que dentro del término de
cinco días salieran del Ática los sitiados. Habiendo, pues, reinado en
Atenas por espacio de 36 años, salieron de ella y se retiraron a Sigeo,
ciudad situada sobre el río Escamandro. Eran los Pisistrátidas oriundos
de Pilos y descendientes de los Nélidas, de quienes vinieron asimismo
Codro y Melanto, primeros reyes extranjeros que hubo en Atenas:[37] de
suerte que el motivo de que Hipócrates pensase en poner a su hijo el
nombre de Pisístrato fue la memoria de que se llamó Pisístrato el hijo
de Néstor, queriendo que del mismo modo se llamase también el suyo. En
suma, del modo referido se vieron libres los atenienses de la tiranía;
pero quiero añadir cuanto este pueblo, puesto ya en libertad, hizo o
padeció digno de la historia, antes que la Jonia se sublevase contra
Darío y viniera con esta ocasión a Atenas Aristágoras el milesio para
pedirles ayuda y socorro.