(XVII.) Creo haber interpretado fielmente el pensamiento de Descartes,

mas por si alguna dificultad quedase sobre el particular, pongo á

continuacion un notable pasaje del mismo autor, en su respuesta á las

objeciones recogidas por el P. Mersenne de boca de varios filósofos y

teólogos contra las _Meditaciones_ II, III, IV, V y VI.

«Cuando conocemos que somos una cosa que piensa, esta primera nocion

_no está sacada de ningun silogismo_; y cuando alguno dice: _yo pienso

luego soy_ ó existo, no _infiere_ su existencia del pensamiento como

_por la fuerza de un silogismo_ sino como una cosa conocida por sí

misma, _la ve por una simple inspeccion del espíritu_; pues que si la

dedujera de un silogismo habria necesitado conocer de antemano esta

mayor: todo lo que piensa es ó existe. Por el contrario, esta

proposicion se la manifiesta su propio sentimiento, de que no puede

suceder que piense sin existir. Este es el carácter propio de nuestro

espíritu de formar proposiciones generales por el conocimiento de las

particulares.» No siempre se expresa Descartes con la misma lucidez;

se conoce que las objeciones de sus adversarios le hacian meditar mas

profundamente su doctrina, y contribuian á que aclarase sus ideas.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XVIII.)

(XVIII.) Para formarnos ideas cabales sobre la mente de Descartes,

oigámosle á él mismo explicando su sistema.

«Como los sentidos nos engañan algunas veces, quise _suponer_ que no

habia nada parecido á lo que ellos nos hacen imaginar; como hay

hombres que se engañan raciocinando aun sobre las materias mas

sencillas de geometría y hacen paralogismos, juzgando yo que estaba

tan sujeto á errar como ellos, deseché como falsas todas las razones

que antes habia tomado por demostraciones; y considerando en fin que

aun los mismos pensamientos que tenemos durante la vigilia, pueden

venirnos en el sueño sin que entonces ninguno de ellos sea verdadero,

me resolví á _fingir_ que todas las cosas que habian entrado en mi

espíritu no encerraban mas verdad que las ilusiones de los sueños.

Pero desde luego advertí que mientras queria pensar que todo era

falso, era necesario que yo que lo pensaba, fuese alguna cosa; y

notando que esta verdad, yo pienso luego soy, era tan firme y segura

que las mas extravagantes suposiciones de los escépticos no eran

capaces de conmoverla, juzgué que podia recibirla sin escrúpulo por el

primer principio de filosofía» (_Discurso sobre el Método_, cuarta

parte).

He dicho que la duda de Descartes era una _suposicion_, una _ficcion_;

y cabalmente estas son las palabras que emplea el mismo autor. En la

ya citada respuesta á las objeciones recogidas por el P. Mersenne, se

halla el siguiente pasaje:

«He leido con mucha satisfaccion las observaciones que me habeis hecho

sobre mi primer tratado de la filosofía, porque ellas me dan á conocer

vuestra benevolencia para conmigo, vuestra piedad hácia Dios, y el

cuidado que os tomais por el progreso de su gloria. No puedo dejar de

alegrarme, no solo de que hayais juzgado mis razones dignas de vuestra

censura, sino tambien de que nada decis á que yo no pueda contestar

fácilmente.

»En primer lugar me recordais que _nó veras sino tan solo por una mera

ficcion_, he desechado las ideas ó los fantasmas de los cuerpos para

concluir que yo soy una cosa que pienso, por temor quizás que yo no

crea que se sigue de esto que yo no soy sino una cosa que pienso; mas

ya os he hecho ver en mi segunda Meditacion que yo me acordaba de

esto, ya que decia lo siguiente: «pero puede suceder que estas cosas

que yo _supongo_ que no son, porque no las conozco, no sean en efecto

diferentes de mí á quien conozco; no sé nada de esto, no me ocupo de

esto en la actualidad.»...............................................

......................................................................

Como se ve, Descartes no rechaza el que su duda no sea una mera

ficcion; hasta dice en términos expresos que no hace mas que aplicar

un método cuya necesidad reconocen todos los filósofos.

«Os suplico, continúa, que recordeis que por lo tocante á las cosas

relativas á la voluntad, he puesto siempre una gran distincion entre

la contemplacion de la verdad y los usos de la vida: con respecto á

estos, tan distante me hallo de pensar que solo debamos seguir las

cosas conocidas muy claramente, que por el contrario creo que ni aun

es preciso aguardar siempre las mas verosímiles, sino que es preciso á

veces entre muchas cosas del todo desconocidas é inciertas, escoger

una, y atenerse á ella firmemente, mientras no se vean razones en

contra, cual si la hubiésemos escogido por motivos ciertos y

evidentes, como lo tengo ya explicado en el _Discurso sobre el

Método_; pero cuando solo se trata de la contemplacion de la verdad

¿_quién ha dudado jamás que sea necesario suspender el juicio sobre

las cosas obscuras ó que no son distintamente conocidas_?»

¿Entonces, se nos dirá, en qué consiste el mérito de Descartes? En

haber _aplicado_ una regla que todos conocen, y pocos emplean; y en

haberlo hecho en una época en que la preocupacion á favor de las

doctrinas aristotélicas, era todavía muy poderosa. Descartes lo dice

terminantemente; su método de dudar no es nuevo, lo que le faltaba era

la aplicacion; pues por lo tocante al principio en que se funda,

«_quién ha dudado jamás que sea necesario suspender el juicio_ sobre

las cosas obscuras, ó que no son distintamente conocidas?»

Entendido el método de Descartes en este sentido, es decir tomando la

duda como una suposicion, como una mera ficcion, no se opone á los

buenos principios religiosos y morales. El profundo filósofo no se

desdeña de tranquilizar sobre este punto á los lectores, manifestando

ingenuamente que al comenzar sus investigaciones habia puesto en salvo

sus creencias religiosas.

«Y en fin, como antes de empezar á reconstruir la casa en que se

habita, no basta el derribarla y hacer provision de materiales y de

arquitectos ó ejercitarse en la arquitectura y en trazar

cuidadosamente el diseño del nuevo edificio, sino que es preciso estar

provisto de algun otro donde se pueda vivir cómodamente mientras se

trabaja en el nuevo; para que no estuviese irresoluto en mis acciones

en tanto que la razon me obligaba á estarlo en mis juicios, y para no

dejar de vivir entre tanto lo mas felizmente que pudiera, me formé una

moral provisoria que consistia en tres ó cuatro máximas que voy á

exponer. La primera es el obedecer á las leyes y costumbres de mi pais

_conservando constantemente la Religion en que por la gracia de Dios

habia sido instruido desde mi infancia_.............................

....................................................................

»Despues de haberme asegurado de estas máximas y haberlas puesto

aparte _con las verdades de la fe, que han sido siempre las primeras

en mi creencia_, juzgué que podia deshacerme libremente del resto de

mis opiniones» (_Discurso sobre el Método_, tercera parte).

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XIX.)

(XIX.) Con respecto á la distincion entre el testimonio de la

conciencia y el de la evidencia, así como en lo tocante al análisis de

la proposicion: yo pienso, luego soy, no cabe duda que Descartes no se

expresa con bastante precision y exactitud. Véase por ejemplo el

siguiente pasaje donde se nota alguna confusion de ideas.

«Despues de esto consideré en general lo que se necesita para que una

proposicion sea verdadera y cierta, porque ya que yo acababa de

encontrar una que tenia dicho carácter, pensé que debia saber tambien

en qué consiste esta certeza, y habiendo notado que en la proposicion,

yo pienso, luego soy, no hay nada que me asegure de que yo digo la

verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso ser,

juzgué que podia tomar por regla general que las cosas concebidas con

mucha claridad y distincion, son todas verdaderas; pero que solo hay

alguna dificultad en notar bien cuáles son las que concebimos

distintamente» (_Discurso sobre el Método_, cuarta parte).

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XX.)

(XX.) La certeza _apodíctica_ de que habla Kant en el citado pasaje,

es la que resulta de la evidencia intrínseca de las ideas; ó en otros

términos, es la misma que en las escuelas suele llamarse metafísica.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XXI.)

(XXI.) A mas de las cuestiones sobre el principio de contradiccion,

como único fundamento de certeza, hay otras con respecto á su

importancia y fecundidad científicas. Nada he querido prejuzgar aquí

sobre estos puntos, porque me reservo ventilar largamente dichas

cuestiones, al tratar de la idea del _ser_ en general.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XXII.)

(XXII.) Por un pasaje de Descartes de la cuarta parte de su _Discurso

sobre el Método_, citado en la nota (XIX), se echa de ver que á mas

del principio, yo pienso luego soy, admitia el de la legitimidad de la

evidencia; pues al buscar lo que se necesita para que una proposicion

sea verdadera y cierta, dice que habiendo notado que si estaba seguro

de la verdad de esta proposicion, yo pienso luego soy, era tan solo

porque lo veia claramente así, creyó que podia tomar por _regla

general_, que _las cosas conocidas con claridad y distincion son todas

verdaderas_. Por donde se echa de ver que en el sistema de Descartes

entran dos principios ligados entre sí, pero muy diferentes: 1.º el

hecho de conciencia del pensamiento; 2.º La regla general de la

legitimidad del criterio de la evidencia.

Es de notar tambien que hay aquí cierta confusion de ideas que he

señalado ya en otra parte. No es exacto que el principio yo pienso

luego soy, sea evidente: la evidencia se refiere á la _consecuencia_,

pero en cuanto al acto de pensar, no hay evidencia propiamente dicha,

sino conciencia. La evidencia es un criterio, mas nó el único.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XXIII.)

(XXIII.) Lo dicho en la proposicion segunda de este capítulo (236), es

independiente de las disputas sobre el modo con que el alma y el

cuerpo ejercen su influencia recíproca, cuestiones que no son de este

lugar. Sea cual fuere el sistema que se adopte, la influencia es un

hecho que la experiencia nos atestigua; lo que me basta para lo que me

propongo establecer allí.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XXIV.)

(XXIV.) Para entender mejor lo que se dice en este capítulo sobre la

evidencia, será útil enterarse bien de las doctrinas expuestas mas

abajo desde el XXVI, hasta el XXXI inclusive.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XXV.)

(XXV.) Por lo dicho en este capítulo se manifiesta la verdad de lo

que digo en el XXIV, sobre el enlace de los diferentes criterios y la

necesidad de no atenerse á una filosofía exclusiva. El sentido íntimo,

ó la conciencia, sirve de base á los demás, como un hecho

indispensable; pero él mismo se destruye, si se niegan los otros.

* * * * *

(SOBRE LOS CAPÍTULOS XXVI, XXVII Y XXVIII.)

(XXVI.) Dugald-Steward (P. 2. Cap. 2. Seccion 3. §. 2.) cita un pasaje

de una disertacion publicada en Berlin en 1764, que no parece tan poco

razonable como pretende el autor de la _Filosofía del espíritu

humano_. Lo pongo á continuacion, porque la opinion del filósofo

aleman me parece ser la misma que he sostenido en el texto.

«Omnes mathematicorum propositiones sunt identicæ et representantur

hac formula, A = A. Sunt veritates identicæ sub varia forma expressæ,

imo ipsum quod dicitur contradictionis principium vario modo

enuntiatum et involutum; si quidem omnes hujus generis propositiones

revera in eo continentur. Secundum nostram autem intelligendi

facultatem ea est propositionum differentia, quod quædam longa

ratiociniorum serie, alia autem breviore via, ad primum omnium

principium reducantur, et in illud resolvantur. Sic v.g. propositio 2

+ 2 = 4 statim huc cedit: 1 + 1 + 1 + 1 = 1 + 1 + 1 + 1; id est, idem

est idem; et, proprie loquendo, hac modo enunciari debet:--si

contingat adesse vel existere quatuor entia, tum existunt quatuor

entia; nam de existentia non agunt geometræ, sed ea hypothetice tantum

subintelligitur. Inde summa oritur certitudo ratiocinia perspicienti;

observat nempe idearum identitatem; et hæc est evidentia assensum

immediate cogens, quam mathematicam aut geometricam vocamus. Mathesi

tamen sua natura priva non est et propria; oritur etenim ex

identitatis perceptione, quæ locum habere potest, etiamsi ideæ non

repræsentent extensum.»

* * * * *

(SOBRE LOS CAPÍTULOS XXX Y XXXI.)

(XXVII.) He indicado que quizás Dugald-Steward se habia aprovechado de

las doctrinas de Vico; sin que por esto quiera hacerle el cargo que se

dirigió contra su maestro Reid, de quien se dijo que resucitaba las

doctrinas del P. Buffier jesuita. No obstante, para que el lector

pueda juzgar con pleno conocimiento de causa, pongo á continuacion un

notable pasaje del filósofo escocés, por el cual se verá la

coincidencia de algunas de sus observaciones con las del filósofo

napolitano. Me inclino á creer que si Dugald-Steward hubiese leido á

Vico, no se quejaria de la _confusion_ con que explicaron esta

doctrina varios autores antiguos y modernos.

«El carácter particular de esta especie de evidencia llamada

demostrativa, y que tan marcadamente distingue las conclusiones

matemáticas de las de otras ciencias, es un hecho que debe haber

llamado la atencion de cualquiera que conozca los elementos de la

geometría; y sin embargo yo dudo que su causa haya sido señalada de

una manera satisfactoria.» Locke nos dice: «lo que constituye la

demostracion es la evidencia intuitiva de cada paso del raciocinio;»

convengo en que si esta evidencia faltase en un solo punto, toda la

demostracion se arruinaria; mas no creo que la evidencia demostrativa

de la conclusion dependa de esta circunstancia, aun cuando añadiésemos

esta otra condicion sobre la cual Reid insiste mucho: «que para la

evidencia demostrativa es necesario que los primeros principios sean

intuitivamente ciertos.» Al tratar de los axiomas, hice notar la

inexactitud de esta observacion, manifestando además que en las

matemáticas, los primeros principios de nuestros raciocinios no son

los axiomas sino las definiciones. Sobre esta última circunstancia, es

decir, sobre esta condicion de discurrir partiendo de definiciones, se

debe fundar la verdadera teoría de la demostracion matemática. Voy á

desenvolver aquí extensamente esta doctrina, indicando al mismo tiempo

algunas de las consecuencias mas importantes que de ella dimanan.

»Como no quiero reclamar injustamente los honores de la invencion,

debo comenzar por declarar que la idea matriz de esta doctrina ha sido

manifestada y aun desenvuelta con extension por diversos autores tanto

antiguos como modernos; pero en todos ellos se la encuentra de tal

modo confundida con otras consideraciones del todo extrañas al punto

de la discusion, que la atencion del autor y del lector se distrae del

único principio del cual depende la solucion del problema.......

................................................................

»Hemos visto ya en el primer capítulo de esta parte que mientras en

las demás ciencias las proposiciones que se han de establecer expresan

siempre hechos reales ó supuestos, las demostradas en las matemáticas

enuncian simplemente una conexion entre ciertas suposiciones y ciertas

consecuencias. Así en las matemáticas nuestros raciocinios tienen un

objeto muy diferente del que nos sirve en los otros usos de las

facultades intelectuales; pues que se proponen, nó consignar verdades

relativas á existencias reales, sino determinar la filiacion lógica de

las consecuencias que dimanan de una hipótesis dada. Si partiendo de

esta hipótesis raciocinamos con exactitud, es claro que nada puede

faltar á la evidencia del resultado, pues que este se limita á afirmar

un enlace necesario entre la suposicion y la conclusion; en las otras

ciencias, aun suponiendo evitada la ambigüedad del lenguaje, y

rigurosamente exactos todos los pasos de la deduccion, nuestras

conclusiones serian siempre mas ó menos inciertas, pues que en

definitiva estriban sobre principios que pueden corresponder ó no

corresponder con los hechos» (P. 2. Cap. 2. Secc. 3.). Esta es

exactamente la doctrina de Vico sobre la causa de la diferencia en los

grados de evidencia y certeza; bien que este filósofo eleva á un

sistema general, para explicar el problema de la inteligencia, lo que

el escocés solo consigna como un hecho para señalar la razon de la

evidencia matemática. El P. Buffier (Trat. de las primeras verdades,

P. 1. Cap. 11.) explica lo mismo con mucha claridad.

He dicho tambien que atendida la infatigable laboriosidad que

distingue á los alemanes, no fuera extraño que hubiesen leido á los

escolásticos: esto se confirma, si se advierte que Leibnitz recomienda

mucho esta lectura; y no es regular que se hayan olvidado del consejo

de un autor tan competente, los alemanes mas modernos.

Entre los varios pasajes de Leibnitz sobre los escolásticos, prefiero

aducir el siguiente que me parece sumamente curioso. «La verdad está

mas difundida de lo que se cree; pero con harta frecuencia se la halla

envuelta, debilitada, mutilada, corrompida con adiciones que la echan

á perder, ó la hacen menos útil. Notando esas huellas de verdad en los

antiguos, ó para hablar mas generalmente, en los _anteriores_, se

sacaria oro del fango, el diamante de su mina, luz de las tinieblas; y

esto seria en realidad _perennis quædam philosophia_. Hasta se puede

decir que se notaria algun progreso en los conocimientos. Los

orientales tienen ideas grandes y hermosas sobre la divinidad; los

griegos añadieron el raciocinio y una forma científica; los Padres de

la Iglesia desecharon lo que habia de malo en la filosofía de los

griegos; pero los escolásticos trataron de emplear útilmente para el

cristianismo lo que habia de aceptable en la filosofía de los

paganos. Repetidas veces he dicho: _aurum latere in stercore illo

scolastico barbarico_; y desearia que se pudiese encontrar algun

hombre hábil, versado en esta filosofía irlandesa y española, que

tuviese inclinacion y capacidad para sacar lo que en ella hay de

bueno. _Estoy seguro que su trabajo seria recompensado con muchas

verdades bellas é importantes_. En otro tiempo hubo en Suiza un

escritor que _matematizó_ en la escolástica; sus obras son poco

conocidas; pero lo que de ellas he visto me ha parecido profundo y

digno de consideracion» (Carta 3. á M. Remond de Montmort).

Así habla Leibnitz, uno de los hombres mas eminentes de los tiempos

modernos, y de quien Fontenelle ha dicho con razon, que «conducia de

frente todas las ciencias.» Véase pues si anduve descaminado al

recomendar al estudio de aquellos autores, á quien desee adquirir en

filosofía conocimientos profundos. Aun prescindiendo de la utilidad

intrínseca, seria conveniente dicho estudio para poder juzgar con

conocimiento de causa, unas escuelas que, valgan lo que valieren,

ocupan una página en la historia del espíritu humano.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO XXXII.)

(XXVIII.) El autor á quien aludo (317) es Fenelon, quien bajo el

nombre de sentido comun, comprende tambien el criterio de la

evidencia, como se echa de ver en el siguiente pasaje: «¿Qué es el

sentido comun? ¿no consiste en las primeras nociones que todos los

hombres tienen de las mismas cosas? Este sentido comun que siempre y

en todas partes es el mismo, que previene todo exámen y hasta le tiene

por ridículo en ciertas cuestiones, en las cuales se rie en vez de

examinar; que reduce al hombre á no poder dudar por mas que en ello se

esfuerce; este sentido que pertenece á todos los hombres, que solo

espera ser consultado para mostrarse y descubrirnos desde luego la

evidencia ó lo absurdo de la cuestion, ¿_no es esto lo que yo llamo

mis ideas_? Hélas aquí, pues, estas ideas ó nociones generales, que yo

no puedo contradecir ni examinar, segun las cuales por el contrario,

lo examino y lo juzgo todo, de manera que en vez de contestar me rio,

cuando se me propone algo claramente opuesto á lo que me representan

estas _ideas inmutables_» (Existencia de Dios, p. 2, n. 33).

Es indudable que en este pasaje habla Fenelon de la evidencia, pues

que á mas de que emplea este mismo nombre, se refiere á las ideas

inmutables; por sentido comun entiende las mismas ideas generales por

las cuales juzgamos de todo, ó en otros términos, las ideas de donde

nace la evidencia.

* * * * *

FIN DE LAS NOTAS.

ÍNDICE DE LAS MATERIAS DEL TOMO PRIMERO.

LIBRO PRIMERO.

DE LA CERTEZA.

CAPÍTULO PRIMERO.

_Importancia y utilidad de las cuestiones sobre la certeza_.

Cimiento de la filosofía. Universalidad y constancia de las disputas

sobre la certeza. Significado. Amplitud de la cuestion. Utilidad. Su

influencia sobre el espíritu.

CAPÍTULO II.

_Verdadero estado de la cuestion_.

Tres cuestiones. Ejemplo. Objeto y deberes de la filosofía en este

punto. No comienza por un exámen. Fichte. Pirron. Necesidad de la

certeza. Su existencia y su naturaleza. Berkeley. Confesion de Hume.

Un prurito pueril. Sobriedad necesaria al espíritu. La certeza

anterior á todo exámen no es ciega. El dogmatismo y el escepticismo.

Se rectifica un dicho de Pascal.

CAPÍTULO III.

_Dos certezas_.

La del género humano y la filosófica. La certeza y la reflexion. El

desarrollo de las facultades humanas no es reflexivo. Experimentos.

Esterilidad de la filosofía con respecto á la certeza. Sus peligros.

Su objeto mas razonable. Contradiccion de los filósofos. Resultado.

CAPÍTULO IV.

_Si existe la ciencia trascendental en el órden intelectual absoluto_.

Primer principio. Observacion preliminar. Verdad primera. Diferentes

aspectos de la cuestion. Santo Tomás. Malebranche. Conjetura sobre la

ciencia trascendental, uno de los caractéres distintivos de la

inteligencia. La inteligencia y la unidad. Ejemplos de las artes y de

las ciencias. Medida de la elevacion de las inteligencias. Carácter

del genio.

CAPÍTULO V.

_No existe la ciencia trascendental en el órden intelectual humano; no

puede dimanar de los sentidos_.

Objeto de la sensacion. No hay una, orígen de la certeza de las demás.

Operacion de las cataratas. Dificultad de explicar el desarrollo de

los sentidos, y la relacion de las sensaciones. Inutilidad de esta

explicacion para la ciencia trascendental. La estatua de Condillac.

Observaciones. Resultado.

CAPÍTULO VI.

_Continúa la discusion sobre la ciencia trascendental_.

Insuficiencia de las verdades reales. Descrédito del sensualismo.

Verdades reales y verdades ideales. Insuficiencia de la verdad real

finita. Dos conocimientos de la verdad primera. Necesidad de fecundar

las verdades reales con verdades ideales. La unidad de Descartes es

triple. La ley única del universo. Sus reaciones con la ciencia

trascendental.

CAPÍTULO VII.

_Esterilidad de la filosofía del_ yo _para producir la ciencia

trascendental_.

Conciencia y evidencia. Una de las causas de la oscuridad y

esterilidad de la filosofía alemana desde Fichte. Una ventaja de Kant.

Esterilidad del _yo_ como elemento científico. Lo subjetivo y lo

objetivo. Acto directo y acto reflejo. Esterilidad de su combinacion

si les faltan las verdades necesarias. Lo que sabemos del _yo_. La

conciencia universal. El panteismo espiritualista. Dualidad de

relacion en todo acto de inteligencia. Dilema contra la filosofía del

_yo_. Reflexion fundamental del sistema de Fichte. Su método erróneo.

Aserciones gratuitas. Acto primitivo. Reflexiones. Acto indeterminado.

Esterilidad de la doctrina de Fichte para encontrar el primer

principio. A qué se reduce el aparato de su análisis. Fichte y

Descartes. Ventaja del filósofo francés. Panteismo del sistema de

Fichte.

CAPÍTULO VIII.

_La identidad universal_.

Lo infundado de este error. Un dilema. Contradiccion de ciertos

filósofos. Su sistema. Schelling. Una causa de este error.

Dificultades del problema del conocimiento. Argumento de los

sostenedores de la identidad. Inutilidad de esta doctrina para

explicar el conocimiento. Dualidad envuelta en el acto de conocer.

Desarrollo de esta observacion. Su mayor fuerza contra la filosofía

del _yo_. El misterio de la Trinidad. Platon. Intuicion del _yo_.

Principio de ser y de conocer.

CAPÍTULO IX.

_Continúa el exámen del sistema de la identidad universal_.

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 20 / 21 段