mas por si alguna dificultad quedase sobre el particular, pongo á
continuacion un notable pasaje del mismo autor, en su respuesta á las
objeciones recogidas por el P. Mersenne de boca de varios filósofos y
teólogos contra las _Meditaciones_ II, III, IV, V y VI.
«Cuando conocemos que somos una cosa que piensa, esta primera nocion
_no está sacada de ningun silogismo_; y cuando alguno dice: _yo pienso
luego soy_ ó existo, no _infiere_ su existencia del pensamiento como
_por la fuerza de un silogismo_ sino como una cosa conocida por sí
misma, _la ve por una simple inspeccion del espíritu_; pues que si la
dedujera de un silogismo habria necesitado conocer de antemano esta
mayor: todo lo que piensa es ó existe. Por el contrario, esta
proposicion se la manifiesta su propio sentimiento, de que no puede
suceder que piense sin existir. Este es el carácter propio de nuestro
espíritu de formar proposiciones generales por el conocimiento de las
particulares.» No siempre se expresa Descartes con la misma lucidez;
se conoce que las objeciones de sus adversarios le hacian meditar mas
profundamente su doctrina, y contribuian á que aclarase sus ideas.
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XVIII.)
(XVIII.) Para formarnos ideas cabales sobre la mente de Descartes,
oigámosle á él mismo explicando su sistema.
«Como los sentidos nos engañan algunas veces, quise _suponer_ que no
habia nada parecido á lo que ellos nos hacen imaginar; como hay
hombres que se engañan raciocinando aun sobre las materias mas
sencillas de geometría y hacen paralogismos, juzgando yo que estaba
tan sujeto á errar como ellos, deseché como falsas todas las razones
que antes habia tomado por demostraciones; y considerando en fin que
aun los mismos pensamientos que tenemos durante la vigilia, pueden
venirnos en el sueño sin que entonces ninguno de ellos sea verdadero,
me resolví á _fingir_ que todas las cosas que habian entrado en mi
espíritu no encerraban mas verdad que las ilusiones de los sueños.
Pero desde luego advertí que mientras queria pensar que todo era
falso, era necesario que yo que lo pensaba, fuese alguna cosa; y
notando que esta verdad, yo pienso luego soy, era tan firme y segura
que las mas extravagantes suposiciones de los escépticos no eran
capaces de conmoverla, juzgué que podia recibirla sin escrúpulo por el
primer principio de filosofía» (_Discurso sobre el Método_, cuarta
parte).
He dicho que la duda de Descartes era una _suposicion_, una _ficcion_;
y cabalmente estas son las palabras que emplea el mismo autor. En la
ya citada respuesta á las objeciones recogidas por el P. Mersenne, se
halla el siguiente pasaje:
«He leido con mucha satisfaccion las observaciones que me habeis hecho
sobre mi primer tratado de la filosofía, porque ellas me dan á conocer
vuestra benevolencia para conmigo, vuestra piedad hácia Dios, y el
cuidado que os tomais por el progreso de su gloria. No puedo dejar de
alegrarme, no solo de que hayais juzgado mis razones dignas de vuestra
censura, sino tambien de que nada decis á que yo no pueda contestar
fácilmente.
»En primer lugar me recordais que _nó veras sino tan solo por una mera
ficcion_, he desechado las ideas ó los fantasmas de los cuerpos para
concluir que yo soy una cosa que pienso, por temor quizás que yo no
crea que se sigue de esto que yo no soy sino una cosa que pienso; mas
ya os he hecho ver en mi segunda Meditacion que yo me acordaba de
esto, ya que decia lo siguiente: «pero puede suceder que estas cosas
que yo _supongo_ que no son, porque no las conozco, no sean en efecto
diferentes de mí á quien conozco; no sé nada de esto, no me ocupo de
esto en la actualidad.»...............................................
......................................................................
Como se ve, Descartes no rechaza el que su duda no sea una mera
ficcion; hasta dice en términos expresos que no hace mas que aplicar
un método cuya necesidad reconocen todos los filósofos.
«Os suplico, continúa, que recordeis que por lo tocante á las cosas
relativas á la voluntad, he puesto siempre una gran distincion entre
la contemplacion de la verdad y los usos de la vida: con respecto á
estos, tan distante me hallo de pensar que solo debamos seguir las
cosas conocidas muy claramente, que por el contrario creo que ni aun
es preciso aguardar siempre las mas verosímiles, sino que es preciso á
veces entre muchas cosas del todo desconocidas é inciertas, escoger
una, y atenerse á ella firmemente, mientras no se vean razones en
contra, cual si la hubiésemos escogido por motivos ciertos y
evidentes, como lo tengo ya explicado en el _Discurso sobre el
Método_; pero cuando solo se trata de la contemplacion de la verdad
¿_quién ha dudado jamás que sea necesario suspender el juicio sobre
las cosas obscuras ó que no son distintamente conocidas_?»
¿Entonces, se nos dirá, en qué consiste el mérito de Descartes? En
haber _aplicado_ una regla que todos conocen, y pocos emplean; y en
haberlo hecho en una época en que la preocupacion á favor de las
doctrinas aristotélicas, era todavía muy poderosa. Descartes lo dice
terminantemente; su método de dudar no es nuevo, lo que le faltaba era
la aplicacion; pues por lo tocante al principio en que se funda,
«_quién ha dudado jamás que sea necesario suspender el juicio_ sobre
las cosas obscuras, ó que no son distintamente conocidas?»
Entendido el método de Descartes en este sentido, es decir tomando la
duda como una suposicion, como una mera ficcion, no se opone á los
buenos principios religiosos y morales. El profundo filósofo no se
desdeña de tranquilizar sobre este punto á los lectores, manifestando
ingenuamente que al comenzar sus investigaciones habia puesto en salvo
sus creencias religiosas.
«Y en fin, como antes de empezar á reconstruir la casa en que se
habita, no basta el derribarla y hacer provision de materiales y de
arquitectos ó ejercitarse en la arquitectura y en trazar
cuidadosamente el diseño del nuevo edificio, sino que es preciso estar
provisto de algun otro donde se pueda vivir cómodamente mientras se
trabaja en el nuevo; para que no estuviese irresoluto en mis acciones
en tanto que la razon me obligaba á estarlo en mis juicios, y para no
dejar de vivir entre tanto lo mas felizmente que pudiera, me formé una
moral provisoria que consistia en tres ó cuatro máximas que voy á
exponer. La primera es el obedecer á las leyes y costumbres de mi pais
_conservando constantemente la Religion en que por la gracia de Dios
habia sido instruido desde mi infancia_.............................
....................................................................
»Despues de haberme asegurado de estas máximas y haberlas puesto
aparte _con las verdades de la fe, que han sido siempre las primeras
en mi creencia_, juzgué que podia deshacerme libremente del resto de
mis opiniones» (_Discurso sobre el Método_, tercera parte).
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XIX.)
(XIX.) Con respecto á la distincion entre el testimonio de la
conciencia y el de la evidencia, así como en lo tocante al análisis de
la proposicion: yo pienso, luego soy, no cabe duda que Descartes no se
expresa con bastante precision y exactitud. Véase por ejemplo el
siguiente pasaje donde se nota alguna confusion de ideas.
«Despues de esto consideré en general lo que se necesita para que una
proposicion sea verdadera y cierta, porque ya que yo acababa de
encontrar una que tenia dicho carácter, pensé que debia saber tambien
en qué consiste esta certeza, y habiendo notado que en la proposicion,
yo pienso, luego soy, no hay nada que me asegure de que yo digo la
verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso ser,
juzgué que podia tomar por regla general que las cosas concebidas con
mucha claridad y distincion, son todas verdaderas; pero que solo hay
alguna dificultad en notar bien cuáles son las que concebimos
distintamente» (_Discurso sobre el Método_, cuarta parte).
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XX.)
(XX.) La certeza _apodíctica_ de que habla Kant en el citado pasaje,
es la que resulta de la evidencia intrínseca de las ideas; ó en otros
términos, es la misma que en las escuelas suele llamarse metafísica.
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XXI.)
(XXI.) A mas de las cuestiones sobre el principio de contradiccion,
como único fundamento de certeza, hay otras con respecto á su
importancia y fecundidad científicas. Nada he querido prejuzgar aquí
sobre estos puntos, porque me reservo ventilar largamente dichas
cuestiones, al tratar de la idea del _ser_ en general.
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XXII.)
(XXII.) Por un pasaje de Descartes de la cuarta parte de su _Discurso
sobre el Método_, citado en la nota (XIX), se echa de ver que á mas
del principio, yo pienso luego soy, admitia el de la legitimidad de la
evidencia; pues al buscar lo que se necesita para que una proposicion
sea verdadera y cierta, dice que habiendo notado que si estaba seguro
de la verdad de esta proposicion, yo pienso luego soy, era tan solo
porque lo veia claramente así, creyó que podia tomar por _regla
general_, que _las cosas conocidas con claridad y distincion son todas
verdaderas_. Por donde se echa de ver que en el sistema de Descartes
entran dos principios ligados entre sí, pero muy diferentes: 1.º el
hecho de conciencia del pensamiento; 2.º La regla general de la
legitimidad del criterio de la evidencia.
Es de notar tambien que hay aquí cierta confusion de ideas que he
señalado ya en otra parte. No es exacto que el principio yo pienso
luego soy, sea evidente: la evidencia se refiere á la _consecuencia_,
pero en cuanto al acto de pensar, no hay evidencia propiamente dicha,
sino conciencia. La evidencia es un criterio, mas nó el único.
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XXIII.)
(XXIII.) Lo dicho en la proposicion segunda de este capítulo (236), es
independiente de las disputas sobre el modo con que el alma y el
cuerpo ejercen su influencia recíproca, cuestiones que no son de este
lugar. Sea cual fuere el sistema que se adopte, la influencia es un
hecho que la experiencia nos atestigua; lo que me basta para lo que me
propongo establecer allí.
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XXIV.)
(XXIV.) Para entender mejor lo que se dice en este capítulo sobre la
evidencia, será útil enterarse bien de las doctrinas expuestas mas
abajo desde el XXVI, hasta el XXXI inclusive.
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XXV.)
(XXV.) Por lo dicho en este capítulo se manifiesta la verdad de lo
que digo en el XXIV, sobre el enlace de los diferentes criterios y la
necesidad de no atenerse á una filosofía exclusiva. El sentido íntimo,
ó la conciencia, sirve de base á los demás, como un hecho
indispensable; pero él mismo se destruye, si se niegan los otros.
* * * * *
(SOBRE LOS CAPÍTULOS XXVI, XXVII Y XXVIII.)
(XXVI.) Dugald-Steward (P. 2. Cap. 2. Seccion 3. §. 2.) cita un pasaje
de una disertacion publicada en Berlin en 1764, que no parece tan poco
razonable como pretende el autor de la _Filosofía del espíritu
humano_. Lo pongo á continuacion, porque la opinion del filósofo
aleman me parece ser la misma que he sostenido en el texto.
«Omnes mathematicorum propositiones sunt identicæ et representantur
hac formula, A = A. Sunt veritates identicæ sub varia forma expressæ,
imo ipsum quod dicitur contradictionis principium vario modo
enuntiatum et involutum; si quidem omnes hujus generis propositiones
revera in eo continentur. Secundum nostram autem intelligendi
facultatem ea est propositionum differentia, quod quædam longa
ratiociniorum serie, alia autem breviore via, ad primum omnium
principium reducantur, et in illud resolvantur. Sic v.g. propositio 2
+ 2 = 4 statim huc cedit: 1 + 1 + 1 + 1 = 1 + 1 + 1 + 1; id est, idem
est idem; et, proprie loquendo, hac modo enunciari debet:--si
contingat adesse vel existere quatuor entia, tum existunt quatuor
entia; nam de existentia non agunt geometræ, sed ea hypothetice tantum
subintelligitur. Inde summa oritur certitudo ratiocinia perspicienti;
observat nempe idearum identitatem; et hæc est evidentia assensum
immediate cogens, quam mathematicam aut geometricam vocamus. Mathesi
tamen sua natura priva non est et propria; oritur etenim ex
identitatis perceptione, quæ locum habere potest, etiamsi ideæ non
repræsentent extensum.»
* * * * *
(SOBRE LOS CAPÍTULOS XXX Y XXXI.)
(XXVII.) He indicado que quizás Dugald-Steward se habia aprovechado de
las doctrinas de Vico; sin que por esto quiera hacerle el cargo que se
dirigió contra su maestro Reid, de quien se dijo que resucitaba las
doctrinas del P. Buffier jesuita. No obstante, para que el lector
pueda juzgar con pleno conocimiento de causa, pongo á continuacion un
notable pasaje del filósofo escocés, por el cual se verá la
coincidencia de algunas de sus observaciones con las del filósofo
napolitano. Me inclino á creer que si Dugald-Steward hubiese leido á
Vico, no se quejaria de la _confusion_ con que explicaron esta
doctrina varios autores antiguos y modernos.
«El carácter particular de esta especie de evidencia llamada
demostrativa, y que tan marcadamente distingue las conclusiones
matemáticas de las de otras ciencias, es un hecho que debe haber
llamado la atencion de cualquiera que conozca los elementos de la
geometría; y sin embargo yo dudo que su causa haya sido señalada de
una manera satisfactoria.» Locke nos dice: «lo que constituye la
demostracion es la evidencia intuitiva de cada paso del raciocinio;»
convengo en que si esta evidencia faltase en un solo punto, toda la
demostracion se arruinaria; mas no creo que la evidencia demostrativa
de la conclusion dependa de esta circunstancia, aun cuando añadiésemos
esta otra condicion sobre la cual Reid insiste mucho: «que para la
evidencia demostrativa es necesario que los primeros principios sean
intuitivamente ciertos.» Al tratar de los axiomas, hice notar la
inexactitud de esta observacion, manifestando además que en las
matemáticas, los primeros principios de nuestros raciocinios no son
los axiomas sino las definiciones. Sobre esta última circunstancia, es
decir, sobre esta condicion de discurrir partiendo de definiciones, se
debe fundar la verdadera teoría de la demostracion matemática. Voy á
desenvolver aquí extensamente esta doctrina, indicando al mismo tiempo
algunas de las consecuencias mas importantes que de ella dimanan.
»Como no quiero reclamar injustamente los honores de la invencion,
debo comenzar por declarar que la idea matriz de esta doctrina ha sido
manifestada y aun desenvuelta con extension por diversos autores tanto
antiguos como modernos; pero en todos ellos se la encuentra de tal
modo confundida con otras consideraciones del todo extrañas al punto
de la discusion, que la atencion del autor y del lector se distrae del
único principio del cual depende la solucion del problema.......
................................................................
»Hemos visto ya en el primer capítulo de esta parte que mientras en
las demás ciencias las proposiciones que se han de establecer expresan
siempre hechos reales ó supuestos, las demostradas en las matemáticas
enuncian simplemente una conexion entre ciertas suposiciones y ciertas
consecuencias. Así en las matemáticas nuestros raciocinios tienen un
objeto muy diferente del que nos sirve en los otros usos de las
facultades intelectuales; pues que se proponen, nó consignar verdades
relativas á existencias reales, sino determinar la filiacion lógica de
las consecuencias que dimanan de una hipótesis dada. Si partiendo de
esta hipótesis raciocinamos con exactitud, es claro que nada puede
faltar á la evidencia del resultado, pues que este se limita á afirmar
un enlace necesario entre la suposicion y la conclusion; en las otras
ciencias, aun suponiendo evitada la ambigüedad del lenguaje, y
rigurosamente exactos todos los pasos de la deduccion, nuestras
conclusiones serian siempre mas ó menos inciertas, pues que en
definitiva estriban sobre principios que pueden corresponder ó no
corresponder con los hechos» (P. 2. Cap. 2. Secc. 3.). Esta es
exactamente la doctrina de Vico sobre la causa de la diferencia en los
grados de evidencia y certeza; bien que este filósofo eleva á un
sistema general, para explicar el problema de la inteligencia, lo que
el escocés solo consigna como un hecho para señalar la razon de la
evidencia matemática. El P. Buffier (Trat. de las primeras verdades,
P. 1. Cap. 11.) explica lo mismo con mucha claridad.
He dicho tambien que atendida la infatigable laboriosidad que
distingue á los alemanes, no fuera extraño que hubiesen leido á los
escolásticos: esto se confirma, si se advierte que Leibnitz recomienda
mucho esta lectura; y no es regular que se hayan olvidado del consejo
de un autor tan competente, los alemanes mas modernos.
Entre los varios pasajes de Leibnitz sobre los escolásticos, prefiero
aducir el siguiente que me parece sumamente curioso. «La verdad está
mas difundida de lo que se cree; pero con harta frecuencia se la halla
envuelta, debilitada, mutilada, corrompida con adiciones que la echan
á perder, ó la hacen menos útil. Notando esas huellas de verdad en los
antiguos, ó para hablar mas generalmente, en los _anteriores_, se
sacaria oro del fango, el diamante de su mina, luz de las tinieblas; y
esto seria en realidad _perennis quædam philosophia_. Hasta se puede
decir que se notaria algun progreso en los conocimientos. Los
orientales tienen ideas grandes y hermosas sobre la divinidad; los
griegos añadieron el raciocinio y una forma científica; los Padres de
la Iglesia desecharon lo que habia de malo en la filosofía de los
griegos; pero los escolásticos trataron de emplear útilmente para el
cristianismo lo que habia de aceptable en la filosofía de los
paganos. Repetidas veces he dicho: _aurum latere in stercore illo
scolastico barbarico_; y desearia que se pudiese encontrar algun
hombre hábil, versado en esta filosofía irlandesa y española, que
tuviese inclinacion y capacidad para sacar lo que en ella hay de
bueno. _Estoy seguro que su trabajo seria recompensado con muchas
verdades bellas é importantes_. En otro tiempo hubo en Suiza un
escritor que _matematizó_ en la escolástica; sus obras son poco
conocidas; pero lo que de ellas he visto me ha parecido profundo y
digno de consideracion» (Carta 3. á M. Remond de Montmort).
Así habla Leibnitz, uno de los hombres mas eminentes de los tiempos
modernos, y de quien Fontenelle ha dicho con razon, que «conducia de
frente todas las ciencias.» Véase pues si anduve descaminado al
recomendar al estudio de aquellos autores, á quien desee adquirir en
filosofía conocimientos profundos. Aun prescindiendo de la utilidad
intrínseca, seria conveniente dicho estudio para poder juzgar con
conocimiento de causa, unas escuelas que, valgan lo que valieren,
ocupan una página en la historia del espíritu humano.
* * * * *
(SOBRE EL CAPÍTULO XXXII.)
(XXVIII.) El autor á quien aludo (317) es Fenelon, quien bajo el
nombre de sentido comun, comprende tambien el criterio de la
evidencia, como se echa de ver en el siguiente pasaje: «¿Qué es el
sentido comun? ¿no consiste en las primeras nociones que todos los
hombres tienen de las mismas cosas? Este sentido comun que siempre y
en todas partes es el mismo, que previene todo exámen y hasta le tiene
por ridículo en ciertas cuestiones, en las cuales se rie en vez de
examinar; que reduce al hombre á no poder dudar por mas que en ello se
esfuerce; este sentido que pertenece á todos los hombres, que solo
espera ser consultado para mostrarse y descubrirnos desde luego la
evidencia ó lo absurdo de la cuestion, ¿_no es esto lo que yo llamo
mis ideas_? Hélas aquí, pues, estas ideas ó nociones generales, que yo
no puedo contradecir ni examinar, segun las cuales por el contrario,
lo examino y lo juzgo todo, de manera que en vez de contestar me rio,
cuando se me propone algo claramente opuesto á lo que me representan
estas _ideas inmutables_» (Existencia de Dios, p. 2, n. 33).
Es indudable que en este pasaje habla Fenelon de la evidencia, pues
que á mas de que emplea este mismo nombre, se refiere á las ideas
inmutables; por sentido comun entiende las mismas ideas generales por
las cuales juzgamos de todo, ó en otros términos, las ideas de donde
nace la evidencia.
* * * * *
FIN DE LAS NOTAS.
ÍNDICE DE LAS MATERIAS DEL TOMO PRIMERO.
LIBRO PRIMERO.
DE LA CERTEZA.
CAPÍTULO PRIMERO.
_Importancia y utilidad de las cuestiones sobre la certeza_.
Cimiento de la filosofía. Universalidad y constancia de las disputas
sobre la certeza. Significado. Amplitud de la cuestion. Utilidad. Su
influencia sobre el espíritu.
CAPÍTULO II.
_Verdadero estado de la cuestion_.
Tres cuestiones. Ejemplo. Objeto y deberes de la filosofía en este
punto. No comienza por un exámen. Fichte. Pirron. Necesidad de la
certeza. Su existencia y su naturaleza. Berkeley. Confesion de Hume.
Un prurito pueril. Sobriedad necesaria al espíritu. La certeza
anterior á todo exámen no es ciega. El dogmatismo y el escepticismo.
Se rectifica un dicho de Pascal.
CAPÍTULO III.
_Dos certezas_.
La del género humano y la filosófica. La certeza y la reflexion. El
desarrollo de las facultades humanas no es reflexivo. Experimentos.
Esterilidad de la filosofía con respecto á la certeza. Sus peligros.
Su objeto mas razonable. Contradiccion de los filósofos. Resultado.
CAPÍTULO IV.
_Si existe la ciencia trascendental en el órden intelectual absoluto_.
Primer principio. Observacion preliminar. Verdad primera. Diferentes
aspectos de la cuestion. Santo Tomás. Malebranche. Conjetura sobre la
ciencia trascendental, uno de los caractéres distintivos de la
inteligencia. La inteligencia y la unidad. Ejemplos de las artes y de
las ciencias. Medida de la elevacion de las inteligencias. Carácter
del genio.
CAPÍTULO V.
_No existe la ciencia trascendental en el órden intelectual humano; no
puede dimanar de los sentidos_.
Objeto de la sensacion. No hay una, orígen de la certeza de las demás.
Operacion de las cataratas. Dificultad de explicar el desarrollo de
los sentidos, y la relacion de las sensaciones. Inutilidad de esta
explicacion para la ciencia trascendental. La estatua de Condillac.
Observaciones. Resultado.
CAPÍTULO VI.
_Continúa la discusion sobre la ciencia trascendental_.
Insuficiencia de las verdades reales. Descrédito del sensualismo.
Verdades reales y verdades ideales. Insuficiencia de la verdad real
finita. Dos conocimientos de la verdad primera. Necesidad de fecundar
las verdades reales con verdades ideales. La unidad de Descartes es
triple. La ley única del universo. Sus reaciones con la ciencia
trascendental.
CAPÍTULO VII.
_Esterilidad de la filosofía del_ yo _para producir la ciencia
trascendental_.
Conciencia y evidencia. Una de las causas de la oscuridad y
esterilidad de la filosofía alemana desde Fichte. Una ventaja de Kant.
Esterilidad del _yo_ como elemento científico. Lo subjetivo y lo
objetivo. Acto directo y acto reflejo. Esterilidad de su combinacion
si les faltan las verdades necesarias. Lo que sabemos del _yo_. La
conciencia universal. El panteismo espiritualista. Dualidad de
relacion en todo acto de inteligencia. Dilema contra la filosofía del
_yo_. Reflexion fundamental del sistema de Fichte. Su método erróneo.
Aserciones gratuitas. Acto primitivo. Reflexiones. Acto indeterminado.
Esterilidad de la doctrina de Fichte para encontrar el primer
principio. A qué se reduce el aparato de su análisis. Fichte y
Descartes. Ventaja del filósofo francés. Panteismo del sistema de
Fichte.
CAPÍTULO VIII.
_La identidad universal_.
Lo infundado de este error. Un dilema. Contradiccion de ciertos
filósofos. Su sistema. Schelling. Una causa de este error.
Dificultades del problema del conocimiento. Argumento de los
sostenedores de la identidad. Inutilidad de esta doctrina para
explicar el conocimiento. Dualidad envuelta en el acto de conocer.
Desarrollo de esta observacion. Su mayor fuerza contra la filosofía
del _yo_. El misterio de la Trinidad. Platon. Intuicion del _yo_.
Principio de ser y de conocer.
CAPÍTULO IX.
_Continúa el exámen del sistema de la identidad universal_.