Por segunda vez, profundas sombras pasaron ante la vista del rey
Al-Hhamar; su corazon no se habia estremecido al contemplar aquellos
terribles prodigios, y sereno, valiente siempre, deseó saber hasta el
fin su destino; el genio del porvenir tocó con su vara mágica el negro
humo, y apareció otra vision.
Era la boca de una sima profunda; la luna iluminaba los bordes erizados
de maleza, y horribles aves nocturnas revolaban sobre ella: á través de
su negra grieta, surgia un ruido contínuo, sordo, pujante, semejante á
veces á la carrera de un caballo, otras al rodar de un trueno lejano,
ó al estruendo de una roca que desquiciada por el rayo, rueda por la
vertiente de una montaña.
Más allá se dejaba notar otro rumor ténue, lejano, perdido, semejante
al zumbido de una colmena; era el hálito que se desprendia de Granada;
la union del ruido de sus zambras, de sus cantares, de sus riñas por
amor, y del grito de alerta de sus atalayas.
Hacia mucho tiempo que los muezzines habian llamado á los fieles á la
oracion de alajá: era ya muy entrada la noche, y ni en torno, ni léjos
de la sima, en cuanto podia abarcar la vista, se veia ni un sér, ni una
bestia, ni un ave, más que las nocturnas que volaban sobre el abismo
oscuro y rugiente.
Era aquella la parte oriental de la _Colina Roja_, lugar temido,
señalado como maldito por terribles consejas, y por el cual nadie se
atrevia á transitar, sino en medio del dia, apresurando el paso é
invocando el santo nombre de Allah.
Y á pesar de esto y de lo avanzado de la hora, apareció en la cumbre de
la Colina una sombra blanca acompañada de otras que llevaban antorchas
encendidas; la primera sombra tomó una de ellas, avanzó sola, llegó á
los bordes de la sima, y descendió.
La bajada era una ancha espiral cortada en la roca, que se torcia
pendiente y escabrosa en torno de la sima; cada vuelta terminaba en una
plataforma; cada plataforma daba entrada á una gruta.
La sombra describió descendiendo siete vueltas, y se deslizó
ligeramente como una gacela junto á seis grutas; en la sétima terminaba
la senda; la sombra entró en ella.
La luz de la antorcha, reducida á un estrecho espacio, aumentó su
brillantez; una ráfaga de viento emanado del fondo de la gruta,
arrebató el velo de la sombra y dejó ver su semblante: era Wahdah.
Una segunda ráfaga, más fuerte que la primera, apagó la antorcha.
La sultana habia llegado hasta allí, dominando el terror que le
inspiraba el extraño y medroso ruido emanado del fondo de la sima;
ruido incomprensible, raudo, potente; entonces le oia de una manera
inequívoca; le producia la carrera de un caballo sobre un pavimento
sonoro; retemblaba la gruta, sentia Wahdah pasar y repasar aquella
carrera debajo de sus piés.
El terror, dominado hasta entonces, se reveló inmenso, mortal: Wahdah
quiso huir, invocó á Allah, y se volvió á la entrada de la gruta; pero
su túnica se enredó en los espinos y la detuvo: creyóse asida por una
mano invisible, y se desmayó.
Pero fuese que tornase del letargo, fuese una vision que él producia
en su espíritu, abrió los ojos, y una luz más brillante que la del sol
y la que pudieran lanzar todas las estrellas juntas, la deslumbró:
lentamente su vista fué haciéndose superior á la influencia de aquella
luz intensa, y vió, apoyada en la balaustrada de un ajimez festonado,
sustentado por columnas de nácar, un magnífico aposento circular,
cubierto por una cúpula estrellada y sustentado por delgadas columnas
labradas con piedras preciosas; el pavimento era de una piedra de una
sola pieza, roja y trasparente como el rubí y dura como el diamante;
en el centro de él, dormida sobre almohadones de púrpura y rodeada por
perfumeros de oro, en los que ardian la mirra y el aloe, se veia una
mujer de maravillosa hermosura, envuelta en un largo sudario, blanco
como su tersa y purísima frente, cuya hermosura realzaban los largos
y ondulantes rizos de su negra cabellera, ceñida por una corona de
siemprevivas, que por su frescura parecian recientemente cortadas de
sus humildes tallos.
De aquella corona emanaba la luz diáfana y brillante que iluminaba el
aposento, alrededor del cual, un segundo sér, jinete en un caballo
blanco, corria á rienda suelta, pretendiendo en vano estrechar el
círculo invisible y misterioso que le separaba de la mujer dormida.
Aquel hombre era un árabe de piel tostada y mirada salvaje; ceñia su
frente una toca blanca; cubríale un caftan de lana, dejando desnudos
sus brazos y sus piernas; un alquicel anchísimo flotaba sujeto á sus
hombros, á impulsos de la veloz carrera del bruto, y en su diestra
agitaba una larga y fuertísima lanza.
Cuando Wahdah, despues de haber contemplado el aposento, la mujer y el
jinete, que estaban á sus piés, miró en torno suyo, vió otro hombre
además, sentado en un nicho calado y abierto en el muro junto al
ajimez, con las piernas cruzadas, sosteniendo sobre ellas un gran libro
con forro azul, y apoyando en él sus brazos, mientras abarcaba con sus
manos su cabeza hermosa, meditabunda y melancólica.
Aquel hombre posaba una mirada intensa en Wahdah, que tenia fija en él
la suya, fascinada, pálida, temblorosa; quiso hablar, y las palabras
espiraron en sus labios; quiso llegar hasta él, y le tendió los brazos.
--¿Qué me quiere la hija de mi hermana? dijo aquel hombre, cuya voz era
lenta, dulce y grave: ¿por qué baja al infierno del árabe maldito?
--¡Djeouar! gritó haciendo un esfuerzo Wahdah.
--Sí, yo soy Djeouar, contestó aquel hombre, yo soy el que libertaste
de la muerte y el que murió por tu amor. Yo soy el que ha inspirado á
Absalon mi hermano, la historia de tu familia; yo soy el que te llevó
hasta él y el que te ha traido aquí.
--¿Y qué haces aquí, Djeouar? preguntó con terror Wahdah.
--Escucha: aquella mujer que ves allí dormida, es una hurí. Esa hurí
está encantada por ese árabe que corre en torno suyo, sin poder jamás
llegar hasta ella. Mira cuál está ensangrentado el ijar del corcel;
mira cuál el jinete bate sobre él el acicate. Corre, vuela como el
semoum; sus herraduras no se han gastado á pesar de haber abierto sobre
el pavimento un surco polvoroso; corre, vuela empujado por una mano
invisible. Así, como ahora, ha corrido durante seiscientos setenta y
dos años; así como ahora corre, correrá eternamente, porque ese hombre
está condenado.
Yo he sido lanzado por el Señor fuerte, por el que llena la inmensidad
de los cielos y da lumbre á las estrellas, y aves al aire, y peces
al mar, y brutos á la tierra, para esperar aquí mi salvacion ó mi
condenacion. Si antes de que muera tu esposo el rey Al-Hhamar, se
levanta sobre este infierno una _Torre de Siete Suelos_, tú y tu hijo y
yo, serémos en presencia de Allah cuando hayan trascurrido doscientos
treinta y ocho años.
--¿Y qué he de hacer?
--Busca en tu alcázar, dijo el espíritu, en el sitio en que guardabas
el talisman que has perdido, y encontrarás una tela de seda azul, en
la que están escritos caractéres mágicos; es la alfombra del trono del
alto Salomon (¡Allah sea con él!), el más poderoso de sus talismanes,
el que puede evocar á los muertos y á los espíritus; envuélvete en él y
evoca á Betsabé; cuando haya aparecido, pídela la sortija que posee con
el sello de Salomon.
--¿Y despues?
--Despues esperarás la llegada de la noche, y cuando la luna toque á
la mitad de su carrera, subirás al alminar del alcázar, despues de
haber purificado tu espíritu con la oracion; tomarás entre tus manos
la sortija, y volverás el sello al Oriente. Entonces... recuerda bien
lo que te voy á decir, pronunciarás estas palabras: «Genios, esclavos
del anillo y del sello; en nombre del alto y poderoso Salomon á quien
Allah perpetúe la gloria, edificad la Alhambra (Al Qars-Al-hhamrra,
_Castillo Rojo_).» Ve antes de que Betsabé pueda apercibirse de que la
alfombra mágica está en tu retrete, porque si se apoderase de ella ¡ay
de nosotros! ¡ay de tu hijo!
Wahdah se separó del ajimez, salió del alhamí donde estaba abierto,
á un recinto oscuro; era la gruta donde se habia desmayado. La luna
encumbrada en lo alto del firmamento, iluminaba con sus pálidos rayos
hasta el fondo de la sima, y Wahdah salió de ella, llegó hasta el punto
de la colina donde le esperaba su comitiva, y se hizo conducir en un
palanquin á la _Casa del Gallo_. Cuando entró en su retrete, alejó á
sus esclavas, cerró la puerta, y se dirigió al alhamí abierto en el
muro, levantó el mármol de su pavimento, bajo el cual en otra ocasion
habia encontrado un talisman, y pálida de impaciencia, cuidadosa,
arrojó una mirada en la cavidad; en ella habia un pequeño cofre de
sándalo. Sacóle, le abrió y dió un grito de insensata alegría. Dentro
de él, cuidadosamente plegada, estaba la alfombra del trono de Salomon.