Era muy de mañana; el sol apenas coloraba con una estrecha faja de
luz los altos aleros, las banderas y los tapices más elevados del
mirador real. La brisca, fresca y saturada con los perfumes de las
flores, agitaba débilmente los espléndidos cortinajes de las galerías,
los tapices de vivos colores y caprichosos dibujos, que desde las
balaustradas de los estrados, destinados á los jueces, á los príncipes,
á las damas y á los nobles, descendian hasta tocar la arena del coso;
y parecia adormirse entre los anchos pliegues de la soberbia tela de
brocado, suspendida sobre el trono de Al-Hhamar, y en la que aparecia,
saliendo de las bocas de los dragones, la banda diagonal azul sobre
campo de plata con el mote. «_¡Le galib ile Allah!_» (¡Sólo Dios es
vencedor!)
A pesar de sus galas y de su magnificencia, la plaza estaba desierta;
los ajimeces y las puertas cerradas. Sólo algun pajarillo, saludando al
sol naciente, alteraba con sus trinos el profundo silencio que reinaba
cerca y léjos. El ancho y esplendente coso, parecia estar sujeto al
poder de un encanto.
El sol se elevó; sus rayos tocaron la abandonada arena, y al fin,
perdido por la distancia, se elevó en el espacio un rumor confuso, que
creció lentamente hasta dejar percibir el sonido de las atakebiras,
los añafiles y los atabales; un ruido sordo, semejante al que produce
el mar al estrellarse en la ribera, se elevó despues, y al cabo el
estruendo llegó atronador hasta las puertas de la plaza, y la de la
Al-Kaissería se abrió.
Cien Almoravides, con bonetes verdes y sobrevestas de escarlata, se
extendieron, haciendo calle á los costados de la puerta, y por medio de
ellos aparecieron cien alféreces sobre caballos blancos, encubertados
de guerra y llevando en las manos pendoncillos, entre los cuales
descollaba majestuoso el rojo estandarte real.
Tras esto, apareció una cuadrilla de trompeteros, que se detuvo á
la puerta, y dejó oir por tres veces el clamoreo de sus clarines.
Entonces, como si se hubiera roto el encanto que pesaba sobre la plaza,
se abrieron puertas y miradores; la multitud se precipitó en las
graderías; se llenaron los estrados de damas, y no se vió por todas
partes más que velos que se agitaban, joyas que brillaban, voces que
herian los aires, aclamando á Al-Hhamar y á su sucesor Mohhanmed.
Pronto la arena se vió invadida por tropas de ginetes, cuyos caballos
caracoleaban, apiñándose al desemboque de la puerta de la Al-Kaissería,
por la cual apareció la comitiva real.
Cabalgaba delante el rey, oprimiendo la espalda de un magnífico overo,
cuyas gualdrapas de púrpura arrastraban sobre la arena. Llevaba el
rey un caftan de seda color de escarlata bordado de oro; entre su
toca verde, entrelazada de hilos de gruesas perlas, se veia una
magnífica corona; su diestra empuñaba una larga y cortante espada; en
sus borceguíes se veia la espuela de oro de los caballeros nazarenos,
y sobre su pecho ostentaba un pequeño blason de Castilla, como en
muestra del pleito homenaje que rendia en feudo y tributo al noble rey
Ferdeland; dos walíes, de las tribus de los Zenetes y de los Zegríes,
caminaban á pié á su lado, llevando las riendas de su corcel, y delante
y en pos del rey marchaban en buen órden cien Almoravides armados de
lanzas, y en cuyas adargas se veia el mote de Al-Hhamar.
Tras esta comitiva, desembocaron en la plaza cien Abencerrajes, sobre
yeguas blancas, engalanados con caftanes y bonetes, mitad verdes, mitad
rojos. Todos llevaban arcos y venablos á la espalda, y largas espadas
en las manos.
Entre ellos se distinguia por lo espléndido de su vestimenta,
semejante á la del rey, un gallardo mancebo; su semblante, orlado de
una negrísima y rizada barba, era noble y tranquilo; sus ojos, de
expresion dulce y melancólica, hicieron suspirar á más de una dama,
al arrojar una mirada en los ámbitos de la plaza. Su cabeza, erguida
y majestuosa, estaba cubierta por una faja de Persia á manera de
turbante, pero sin corona ni adornos. Aquel gallardo jóven, á quien los
valientes miraban con entusiasmo y las hermosas con amor, era Mohhanmed
ben-A'bd-Allah-ben-Nazar, hijo mayor del rey.
Tras este, penetró en la plaza otro cortejo, ante el cual marchaban
músicos y bailarinas. En el centro descollaba un palanquin cubierto por
riquísimos tapices y cojines magníficos, conducido por cuatro esclavos.
Sobre él, cubierta con un velo, asentaba una mujer, objeto de todas
las miradas y del respeto general. Hermosas doncellas asiáticas,
engalanadas con gran ostentacion, llevaban junto á la dama encubierta,
pebeteros de oro exhalando perfumes, y ramilletes de flores. Esta mujer
era la sultana Wadah, esposa del rey y madrastra del príncipe Mohhanmed.
Seguíanla las esclavas del haren, cubiertas con velos sobre palanquines
menos ostentosos; cerraba la marcha un escuadron de esclavos de la
guardia negra, á cuyo frente aparecia Maksan, embellecido con collar
y ajorcas de oro, y un inmenso populacho, llenando el aire con el
estruendo de sus víctores, completaba aquel régio acompañamiento.
El rey atravesó lentamente la plaza, subió al estrado real y ocupó el
trono; á su derecha se colocó el príncipe Mohhanmed, á la izquierda la
sultana Wadah, tras el trono las esclavas del haren, y por último, los
wasires del rey, su _katib_[25], los cadíes de córte y el alcaide de su
caballería.
[25] Secretario.
Al pié del estrado real, se extendieron en tres filas, sobre la arena
del coso, formando una valla humana, los Almoravides, los Abencerrajes
y los esclavos de la guardia negra. El alférez del rey permaneció entre
ellos, sustentando el estandarte real, y cuatro alguaciles de córte, á
caballo, se situaron en el coso dando su frente al rey, á la distancia
de diez picas del estrado.
La agitacion era general; las miradas de la multitud estaban fijas
en el rey, y cien mil bocas elevaban un rumor unísono y confuso,
murmurando de la tardanza de las fiestas: do quiera se dirigia la
vista, no se encontraba más que la multitud encaramada en las pizarras,
en las galerías, en los ajimeces y en los estrados: el coso, despejado
y solitario, iluminado ya en gran parte por el sol, parecia encerrado
en un marco de séres vivientes, que se habian dilatado entapizando
los muros de la plaza, y entre los cuales aparecian, como ráfagas
deslumbrantes, los tapices, las joyas, los velos y las plumas: al
fondo de la plaza ondulaba un mar de cabezas, y el hálito que emanaba
de aquel todo inmenso y monstruoso, se elevaba hasta perderse en el
espacio, como el zumbido de un millon de colmenas.
Al fin la multitud impaciente vió al rey hablar con Aben-Muza, alcaide
de su caballería, que descendió del estrado real, cabalgó, y seguido de
los alguaciles y del alférez del rey, se adelantó al centro del coso
precedido de los trompeteros.
Por segunda vez, estos lanzaron al espacio el triple clamor de sus
clarines; callaron las cien mil bocas de la multitud, y la voz de
Aben-Muza, se elevó lenta y sonora en medio del silencio:
--Creyentes, gritó: en nombre del rey Mohhanmed
ben-Abd-Allah-ben-Juzet-ben-Nazar-ben-Al-Hhamar, el vencedor y el
magnífico, á quien el Señor fuerte, el Poderoso entre los poderosos,
ensalce con su grandeza, ¡salud á vosotros sus valientes y leales
vasallos!
Una exclamacion informe, espontánea, gigante, fué la contestacion al
saludo del rey. Aben-Muza continuó:
--Y sabed vosotros los que me oís; cuantos ausentes vivan;
los presentes y los porvenir, que el rey manda y quiere
que en justa celebridad de la proclamacion del príncipe
Mohhanmed-ben-Abd-Allah-ben-Nazar, su sucesor y partícipe en el
gobierno, se hagan fiestas, en que justen y corran cañas y toros,
todos los que sean caballeros, muslimes ó nazarenos, los de cerca y
los de luengas tierras, extrañándose á los judíos y á los renegados.
Asimismo, que para presidir las fiestas se elija una sultana de la
hermosura, entre las presentes, ó las que viniesen, de estos reinos
ó de otros, la cual sultana será el premio del vencedor, si fuese
libre y así pluguiese á su voluntad. Los jueces de la hermosura, son
el wasir del rey Alí-ben-Ibraim; su alcaide y capitan de su guardia,
Mohhanmed-ben-Alí; y su secretario Yahye-ben-Alkatib. ¡En nombre del
rey! ¡prosperidad á los fieles muslimes!
Tornaron á sonar los clarines; el pueblo unió á su estruendo sus
aclamaciones, y el alcaide Aben-Muza, precediendo al alférez del rey,
á los alguaciles y á los trompeteros, tornó al estrado real, donde ya
se habia constituido por órden de Al-Hhamar, el tribunal calificador de
la belleza, compuesto de tres ancianos venerables, cuyos nombres habia
relatado el alcaide Aben-Muza en el pregon.
Pero ni una de las damas que asistian á la fiesta bajó de su
estrado para ir á disputar la primacía de su hermosura. Y las habia
esplendentes y lánguidas, como el lucero de la tarde; alegres y
cándidas como una alborada de primavera; deslumbrantes y majestuosas
como el sol al trasmontar los mares en una tarde de estío; por una de
sus miradas se hubieran vertido torrentes de sangre, y por un beso de
sus labios de rubí, se hubiera dejado llamar cobarde el más bizarro
Abencerraje.
Pero habia en el estrado real una dama á quien nadie habia visto
el rostro, cubierto por un tupido velo, en la que se posaban las
envidiosas miradas de las hermosuras granadinas: tras aquella ancha
tela se elevaba una cabeza, que no podia menos de ser hermosísima,
porque sólo una belleza sin rival podia darla valor para ostentarse
en el indefinible y soberbio ademan de majestad y desden que
ostentaba cuando eran llamadas á disputar el valor de sus encantos
tantas bellísimas mujeres. Por cima de su velo brillaban sus ojos
de mirada penetrante, é irresistible, y su ancha y riquísima túnica
dejaba percibir la mórbida redondez de sus formas. Aquella mujer
que hacia soñar en las huríes, que hacia indisputable la supremacía
de su hermosura, era la esposa del rey; la madre del príncipe
Juzef-Abd-Allah; la sultana Wadah; la esclava castigada un tiempo y
vendida con ignominia á un judío, por el rígido walí de Cairvan.
Pero entre tanta dama irresoluta, hubo una que se adelantó de entre las
esclavas del rey, y dejó caer su velo ante los jueces; era una jóven
doncella; una encantadora hija del Asia, con sus rizados y sedosos
cabellos negros, sus ojos nítidos y pudorosos; sus mejillas tersas y
ligeramente morenas, y su cuello de cisne sustentado sobre un seno de
formas virginales. Los ancianos jueces sonrieron benévolamente ante la
niña, que fijaba en la alfombra del estrado su tímida mirada, y sólo la
levantaba momentáneamente para posarla en la del príncipe Mohhanmed que
la contemplaba extasiado; despues, avergonzada, tornaba á posarla en la
alfombra y el rubor que subia á su mejilla la hacia parecer más hermosa.
Los jueces la preguntaron su nombre: se llamaba Haxima.
A falta de competencia, deliberaron entre sí, y hallando digna á
Haxima, iban á pronunciar el irrevocable fallo en su favor, cuando el
son de una ronca trompeta se dejó oir tres veces á través de la puerta
de la Al-Kaissería, y el alcaide de ella, rigiendo un potro cordobés,
se adelantó hasta el estrado real, y haciendo arrodillar al bruto, dijo
al rey:
--Señor: una princesa de Persia, adonde ha llegado la fama de tu
invencible nombre, que Dios eternice, pide licencia para asistir á
las fiestas, y quiere disputar la honra de ser elegida sultana de la
hermosura.
--Pues de tan léjos viene, contestó el rey, y princesa es, franca esté
la puerta y llegue hasta mí.
El alcaide se inclinó; hizo cejar su caballo, y sin volver la
espalda al rey, desapareció bajo la puerta de la Al-Kaissería, é
instantáneamente tornó á aparecer, seguido por cuatro esclavos que
conducian en un magnífico palanquin una dama cubierta con un velo. El
atavío de la recien venida eclipsaba desde luego á lo más ostentoso
que se admiraba en los estrados; su túnica roja labrada de perlas,
parecia tejida de oro y rubíes; sus cabellos rubios escapándose de su
toca, eran tan largos y tan brillantes; su talle tan esbelto; su ademan
tan voluptuoso, que el genio de la envidia royó á su placer más de un
corazon de mujer, y el amor se asentó en más de un alma de guerrero. En
torno del palanquin caminaban, cubiertos por espléndidas vestiduras,
pajes con perfumeros y flores; esclavos, ostentando una magnificencia
maravillosa, y últimamente, completando la comitiva, cabalgaban, sobre
caballos de mérito imponderable, diez hombres atléticos cubiertos de
hierro desde el almete hasta los acicates.
Aquella ostentosa comitiva atravesó lentamente el coso, y se detuvo
ante el estrado real; la dama encubierta abandonó el palanquin, y
á través de los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la
guardia negra, que habian abierto calle á una seña del rey, saltó como
una gacela la gradería, pasó sin inclinarse delante de Al-Hhamar, y se
presentó echando el velo á su espalda ante los jueces de la hermosura.
Era Djeidah, una de las tres hermanas de Betsabé.
Ante la mirada de sus ojos azules, los tres ancianos sintieron hervir
la sangre, helada en sus venas, como en los tiempos de su remota
juventud al pagar el primer tributo al amor. La hermosura de Djeidah
era sobrenatural, y hubieron de declarar vencida á Haxima, que se
retiró avergonzada y llorosa entre sus compañeras. Como ella, iba á ser
proclamada Djeidah sultana, á tiempo que otro son de trompeta se dejó
oir en la puerta de Bih-Al-Bolut.
El alcaide que la guardaba, se presentó ante el rey y pidió licencia
para entrar á ver las fiestas y demandar la calificacion de sultana de
la hermosura, para una princesa de Arabia.
La licencia fué concedida y entró en la plaza una comitiva igual en
el órden y en el número á la primera, pero más ostentosa; la dama
conducida en el palanquin, vestia una riquísima túnica de escarlata,
cubierta de piedras preciosas, que brillaban al sol como un cielo
estrellado; los esclavos iban ataviados con gran magnificencia, y la
guardia que cerraba la marcha, se componia de diez árabes, jinetes
en yeguas blancas; llevaban caftanes y alquiceles azules; bonetes y
adargas de plata, y lanzas de dos hierros.
La que al frente de aquel lucido cortejo, atravesaba pausadamente el
coso, era Zahra, otra de las hermanas de Betsabé.
Al llegar á la gradería del estrado real, la salvó de un salto, fijó en
Al-Hhamar su terrible mirada, y contestando orgullosamente á su saludo,
pasó junto á la sultana Wadah, altiva y desdeñosa, y se presentó á los
jueces.
Estos quedaron admirados: al ver á Djeidah creyeron tener ante sí un
trasunto de la belleza ideal que el hombre adivina en las huríes:
parecióles imposible que hubiese otra mujer sobre la tierra bastante
hermosa para poder rivalizar con ella; sin embargo, tenian ante sí á
Zahra, con su sonrisa fascinadora: sus ojos ostentaban la dulzura y la
pureza de los de la paloma; su frente iluminada por el sol, parecia
tomar de él su brillante color levemente moreno, y el viento de la
mañana mecia con trabajo los rizos de su profusa cabellera, saturándose
en ellos con un exquisito perfume. Los jueces declararon solemnemente,
poniendo la mano diestra en el corazon y la siniestra sobre su espada,
que Djeidah y Zahra eran un prodigio de hermosura, que las creian
iguales en encantos, y que debian ser declaradas al par sultanas de la
fiesta.
Pero esta opinion era contraria á los usos de aquel tiempo, que sólo
permitian una hermosura en el trono de las justas. Por otra parte el
sol adelantaba su paso, avanzaba el dia, y el pueblo impaciente, á
quien importaba sobre todo que se empezase la fiesta, voceaba pidiendo
se soltase el primer toro.
Los jueces abandonaron sus puestos y fuéron reemplazados por otros, que
se admiraron como los primeros ante la belleza de las dos hermanas, y
juraron por la Santa Kaaba, que era su hermosura de igual valor, y la
eleccion de una sola imposible.
Afortunadamente llegó entonces el alcaide de la puerta del Zacatin
á suspender la discordia, anunciando que una princesa de Egipto
solicitaba licencia del rey para presentarse ante los jueces.
Otorgola el rey, y al frente de un acompañamiento semejante á los de
Djeidah y Zahra, apareció la tercera princesa cubierta de una túnica
dorada y un velo blanco.
Abandonó el palanquin al pié de la gradería, subió al estrado, se
deslizó impasible junto al rey y la sultana Wadah, y se descubrió ante
los jueces.
Era Obeidah, la tercera hermana de Betsabé.
La admiracion llegó al colmo; habiase creido imposible existiese una
mujer tan hermosa como Djeidah, y aparecian dos: los cabellos dorados
de Obeidah valian tanto como los rubios de Djeidah y los negros de
Zahra; su frente era tan tersa como la de sus hermanas; su mirada tan
enloquecedora como las de ellas, y su talle tan esbelto y tan redondo
como los suyos. Las dificultades de la eleccion habian acrecido y hubo
de recurrirse al dictámen del rey.
Pero Al-Hhamar opinó del mismo modo que los jueces, y afirmó por su
pueblo y su corona, que las tres princesas eran dignas cada una de por
sí, de ser elevadas al envidiable trono de la hermosura.
Sólo quedaba una esperanza; sólo existia una mujer cuyos encantos
pudieran aventajar á los de las tres princesas.
Esta mujer era Wadah, la soberbia africana, la madre del príncipe
Juzef-Aben-Abd-Allah.
El rey la mandó acercarse, y en su nombre pidió para ella la
declaracion de sultana de la hermosura: el velo descubrió la frente de
Wadah.
La majestad de su ademan, lo poderoso de su mirada, lo puro de las
formas de su desdeñosa boca, lo límpido de su serena frente y lo
brillante de los sedosos cabellos que la coronaban, arrancó una
exclamacion de asombro.
Treinta veces la habia dado la primavera sus flores, y otras tantas las
golondrinas habian aparecido con el estío á admirar su belleza, desde
el dia en que los genios presidieron su venida á la luz.
Cada una de aquellas primaveras se habia despojado de una siempreviva
para enriquecer su corona de hermosa, y la habia concedido un nuevo
encanto; la mujer á quien Dios puso en el Paraíso, no pudo ser más
hermosa.
Ibase á pronunciar el fallo: las tres princesas estaban vencidas: una
amarga sonrisa de triunfo lucia en los labios de Wadah, á quien un
secreto terror hacia mirar con odio á las extranjeras. Un momento más y
las fiestas empezaban.
Pero á punto, tras la puerta de Bih-Al-Bolut, se elevó una música
estrepitosa; resonaron voces perdidas de aclamacion, y un alcaide se
presentó ante el rey y demandó una licencia semejante á las anteriores,
y que como ellas fué concedida para una princesa de la India.
Abrióse de nuevo la valla del coso. Una tropa de esclavos tañendo
dulzainas, atabales y bandolinas, se adelantó en marcha mesurada
ostentando los vivos colores de sus chales y de sus tocas. Tras ellos,
cuatro esclavos guiaban á un camello, que dejaba tras sí una anchísima
alfombra de seda y oro plegada sobre su lomo: sobre aquella alfombra
que se prolongaba perdiéndose tras la puerta, aparecieron veinte
hermosas doncellas vestidas de blanco y coronadas de mirto, danzando
al compás de la música que las precedia: tras ellas marchaban esclavas
con pebeteros sobre las cabezas, rodeando á una dama sentada sobre
un caballo leonado de maravillosa hermosura, que hacia retemblar la
tierra bajo sus cascos, orgulloso de su carga, y cuya enhiesta cabeza
atirantaba las dobles y larguísimas riendas que asian cuatro jóvenes
doncellas con trajes de genios: otras cuatro sostenian, impidiendo
tocasen á la alfombra, las deslumbrantes gualdrapas de púrpura que
cubrian al corcel, y otras dos, marchando á pié, llevaban abanicos de
plumas, destinados á impedir que los rayos del sol hiriesen la frente
de la princesa.
Era esta Betsabé. Su purísima frente cubierta por un velo de gasa, era
más hermosa que la luna, cuando en una serena noche de estío se ostenta
velada por una nubecilla trasparente.
Seguíanla multitud de esclavos, plegando sobre un palanquin la
alfombra, que dejaba como un rastro tras las huellas de su corcel.
Cuatro hombres constituian su comitiva. Uno de ellos cabalgaba en un
fogoso potro cordobés, negro como la noche é indómito como el huracan.
Su dueño era gallardo á maravilla; llevaba la faz oculta con la
celada de su bonete de acero, primorosamente cincelado como las demás
piezas de su magnífica armadura de guerra, cubierta en parte por una
sobrevesta de seda verde briscada de oro. Verde era su alquicel, verde
su penacho, verde el asta y el pendoncillo de su lanza de dos hierros,
y verde su ancha adarga, en cuyo centro se veia pintado un negro
murciélago, con este mote en caractéres cúficos de oro sobre fondo
rojo: _Si no venzo, esta es mi suerte._
Seguíanle, cabalgando en una misma línea, los otros tres hombres.
Negros y poderosos eran sus caballos; negros sus alquiceles; negras
sus fuertes lanzas, y, como el delantero, ostentaban en sus adargas un
murciélago orlado con el mismo mote, pintado sobre campo rojo.
Tanta magnificencia, tanta belleza, hizo olvidar un momento su
impaciencia á los que esperaban, y Betsabé subió la gradería
del estrado real, y llegó ante los jueces saludada por ruidosas
aclamaciones.
Habia bastado á la multitud ver lo majestuoso de su ademan, lo aéreo
de su talle, para descubrir en ella una mujer hermosa cuanto puede
soñarla un enamorado pensamiento. Pero cuando el velo dejó de cubrir
su frente; cuando el todo de su maravillosa hermosura ostentó lo
irresistible de su poder, una palidez terrible cubrió el semblante
de Wadah, un estremecimiento involuntario corrió por sus miembros, y
sus ojos se fijaron atónitos con la expresion del terror en la jóven.
Esta contemplaba tambien á Wadah, pero como el vencedor que muestra su
insolente mirada de triunfo ante el vencido; los que presenciaban aquel
extraño acontecimiento, sólo vieron en Wadah el odio instintivo de toda
mujer bella que contempla ante sí á otra más hermosa: en Betsabé el
orgullo pueril de un triunfo sobre una rival.
Sin embargo, Wadah y Betsabé hacia mucho tiempo que se conocian, mucho
tiempo que se odiaban con toda la fuerza del odio peculiar á la mujer.
Entre tanto los jueces, tras una breve deliberacion, fallaron
que Betsabé era la sultana de la hermosura, á falta de otra más
encantadora, y ocupó el trono en medio de las aclamaciones de la
multitud; el rey se colocó á la derecha en asiento más bajo, la sultana
Wadah á la izquierda, y Djeidah, Zahra y Obeidah delante de ella en el
último peldaño de la gradería.
Las comitivas que habian acompañado á las cuatro hermanas, se retiraron
tras la valla; los Abencerrajes, los Almoravides y los esclavos de la
guardia negra, formaron de nuevo en triple fila; los alguaciles se
colocaron en su lugar en el coso á diez picas de distancia dando frente
al rey, y por tercera vez los trompeteros llenaron el espacio con el
áspero son de sus clarines.
La fiesta tan anhelada empezaba.
Abrióse una puerta colocada bajo la gradería en la parte de la plaza
frontera al estrado real, y dió paso á diez Zenetes cabalgando en
yeguas blancas; mostraban jaeces, caftanes, bonetes, adargas y
pendoncillos rojos, tomados de oro, y ostentando en su traje el mote
de Al-Hhamar: seguíanles diez esclavos negros, asimismo vestidos de
rojo y oro, conduciendo diez yeguas blancas con jaeces semejantes á
las que montaban los Zenetes: tras estos esclavos, aparecieron otros
seis con el mismo atavío, envueltos en anchos alquiceles, y rodeados
de una espléndida servidumbre; cerraba la marcha un jóven africano de
moreno semblante, ojos brilladores y miembros robustos; vestia un traje
riquísimo de brocado de oro sobre rojo, y en su turbante se balanceaba
una garzota de inestimable valor; mostraba sobre el pecho un pequeño
escudo, en el que estaba pintado un salvaje sosteniendo un mundo, con
este mote en oro sobre verde: _Con más puedo_.
Aquel feroz caballero era conocido con el nombre de Aben-Alí-Atar,
alcaide de Ronda, y respetado por valiente, do quier se levantaba un
pendon ó se reunian los más bravos de los caballeros granadinos.
Nadie, á pesar de permitirse segun el pregon entrar en plaza, osó
rivalizar con el respetado Alí-Atar: él solo fué á saludar ante el
trono de la hermosura, á Betsabé, y la pidió licencia para rejonear el
primer toro.
Una sonrisa extraña lució en los labios de Betsabé, cuya blanquísima
mano arrojó una llave de oro que el africano recogió en su bonete:
saludó profundamente al rey, partió al galope al otro extremo de la
plaza, y entregó la llave á un alguacil que se dirigió con ella á
una pequeña puerta; entre tanto el acompañamiento de Aben-Alí-Atar
desapareció tras la valla; los seis negros de los alquiceles rojos se
extendieron en el coso al rededor de la puerta que se iba á abrir, y
el mantenedor tomando un pesado rejon, se colocó jactancioso á un lado
de ella. Sonaron los clarines en medio de un silencio profundo; el
alguacil abrió la puerta, y un toro de piel negra y reluciente se lanzó
en el coso.
Era un valiente animal nacido en las breñas de Ronda; ligero como el
aire, bravo, bien armado; se detuvo en medio de la arena y revolvió
su feroz mirada en torno suyo, provocado por los silbos y los gritos
que arrojaba la multitud como un vendabal; los hombres estaban de pié,
las damas agitaban sus lenzuelos, los alguaciles colocados frente al
mirador real, fijaban la aterrada vista en el bruto preparándose á huir
á la primera señal de peligro: Aben-Alí-Atar, entre tanto, rodeado de
los esclavos lidiadores, se acercó al trote de su yegua al toro, que
se volvió lentamente, azotó con su cola los ijares, bajó la potente
cabeza, como saludando á su adversario, hízose pausadamente atrás,
arrojando á larga distancia la arena que arrancaban del coso sus brazos
cortos y nerviosos, y dejó oir un bramido ronco y poderoso. En aquel
momento todos los ojos estaban fijos, todas las lenguas mudas.
Al fin el toro partió como un venablo envistiendo á Alí-Atar; el rejon
de este hendió, silbando, la distancia que le separaba del toro, y,
rozando ligeramente su lomo, se clavó en la arena: un bramido atronador
retembló en los aires: la yegua y su jinete rodaron por el coso, y
seis alquiceles rojos flotaron entre el caballero vencido y la bestia
vencedora: engañado por ellos, el toro siguió á los esclavos, y
Aben-Alí-Atar cabalgó en otra yegua que le fué presentada.
El rostro del africano mostraba una expresion terrible; parecia que
el demonio de la cólera y del orgullo humillado, habia ocupado su
alma: lívido, tembloroso de furor, con los dientes apretados, y los
ojos inyectados de sangre, lanzó en torno una mirada de desprecio á
la multitud que aplaudia al toro, y otra indescribible á Betsabé,
cuya mirada sin objeto parecia fijarse en una imágen retratada en
su alma: sin embargo, cuando Alí-Atar partió de nuevo al encuentro
del toro, quien la hubiera observado hubiera visto en su mano el
anillo cabalístico de Salomon, mientras su lengua murmuraba algunas
ininteligibles palabras: en aquel momento el toro arrancó en su segunda
embestida, y sin dar tiempo á Alí-Atar de arrojarle su rejon, arrolló
á la yegua, y desdeñando la llamada de los rojos alquiceles de los
esclavos, se cebó en ella y en su jinete: la sangre corrió; Alí-Atar
espirante voló por el aire tres veces arrojado por las terribles
astas, y otras tantas fué herido de muerte. Despues el toro siguió á
los esclavos, se ensangrentó en ellos, arrolló á los alguaciles, y se
hirió, acometiendo inútilmente á los Almoravides, los Abencerrajes y
los esclavos de la guardia negra, que le recibieron con la punta de sus
largas picas, muchas de las cuales se rompieron al empuje.
El toro, empero, pareció no haber menguado en vigor con aquella lucha
terrible; conociendo lo inútil de sus esfuerzos en aquella parte,
se adelantó al centro del coso y persiguió, aunque tarde, á los que
retiraban los despojos de Alí-Atar, de sus dos yeguas y de algunos
esclavos: el toro era dueño del terreno: nadie parecia ante él:
entonces como el atleta que tras un combate se prepara con el descanso
para otro, se echó en tierra y con el oído atento, la vista inquieta y
las orejas enhiestas, esperó.
Deshonroso era para los caballeros granadinos contemplar impasibles un
coso abandonado, en que un toro se atrevia á reposar con tan inaudita
é insufrible insolencia; la sangre hirvió en el corazon de algunos, que
confiando en su brazo y en su buena estrella, cabalgaron en las nueve
yeguas blancas que restaban de las que habian aparecido en muestra,
y rodeados de más de cien esclavos, precediendo la licencia del rey,
entraron en el coso.
De ver eran aquellos valientes jóvenes disputando cada uno de por sí,
merced á la velocidad de sus cabalgaduras, el honor de ser el primero
en arrojar su rejon á la fiera, preparada de nuevo al combate: triste
era en verdad ver rodar por la arena á aquellos cumplidos caballeros,
que en más de un combate habian ensangrentado el asta de sus lanzas
hasta la mano, y habian dado dias de gloria á su patria venciendo á los
nazarenos. Todos cayeron: arrollábalos el toro como el vendabal doblega
y rompe las jóvenes palmeras, y la fiesta era ya un objeto de horror.
Desvanecíanse las damas; juraban los valientes; gritaba el populacho;
afligia al rey la sangre de sus caballeros inútilmente vertida, y el
toro entre tanto se enseñoreaba de la liza, poblada sólo de cadáveres
y moribundos. El terror cundia; nadie osaba medirse con aquel soberbio
animal á quien el hierro no rendia y que crecia con el castigo.
Pasaba entre tanto el tiempo; el rey, por medio de un pregon, ofreció
mil doblas de oro á cualquiera que, esclavo ó muslim, villano ó
caballero, fuese vencedor del toro.
Pero ni la gloria ni la ambicion fuéron bastantes á decidir á ninguno
á tamaña empresa. Esperóse largo espacio; el rostro del rey se nubló;
todos sus vasallos esquivaban el peligro. Por primera vez tenia lugar
en Granada el deshonroso espectáculo de un peligro esquivado. Al-Hhamar
bajó de su asiento á pesar de las súplicas de Wadah, tomó de manos
del alcaide de su caballería Aben-Muza un poderoso caballo, y sin
más compañía que su brazo y un rejon, se lanzó en la arena. Aquel
ejemplo de inmensa y serena valentía, produjo un efecto maravilloso;
el aire retumbó herido por un millon de aclamaciones, y los gritos de
_¡Al-Hhamar le galib!_ (¡Al-Hhamar el vencedor!) salieron de todas
las bocas, al mismo tiempo que por todas las puertas de la valla se
precipitaron tropas de jinetes.
Llegado era el momento del supremo esfuerzo del bruto; un silencio
profundo dominaba en las balaustradas, en los miradores y en las
galerías. En el estrado real, Wadah, á pesar de su fiereza, pálida como
un cadáver, posaba una angustiosa mirada en Al-Hhamar, que acompañado
de su hijo el príncipe Mohhanmed, caracoleaba en derredor del toro
en medio de sus caballeros, á quienes en vano gritaba furioso se
retirasen; más allá el desconocido de la verde vestidura, el arnés
cincelado y la adarga con un murciélago por empresa; aquel hombre que
asistia á las fiestas como vasallo de una princesa de la India; con su
verde alquicel plegado en el brazo izquierdo y su ancha espada desnuda
en la diestra, se veia á pié en la arena á poca distancia del rey y del
príncipe Mohhanmed; la mirada que Wadah, fijaba á veces en aquel jóven,
revelaba una angustia más profunda que la que posaba en Al-Hhamar, al
par que un relámpago de odio brillaba en sus ojos, cuando los tornaba
al príncipe Mohhanmed.
Betsabé entre tanto revolvia entre sus lindísimos dedos la terrible
esmeralda, y en su rostro frio é impasible se traslucia una vaga y
cruel expresion de triunfo cada vez que el toro hacia rodar uno de
los leales y valientes caballeros que formaban una valla humana ante
Al-Hhamar. Al fin todos cayeron heridos ó fuera de combate, y sólo
quedaron ilesos el rey, el príncipe y el caballero del verde atavío.
A falta de otros contrarios, el toro, á quien parecia prestar fuerzas
un extraño poder, se lanzó sobre el príncipe Mohhanmed; el valiente
jóven arrojó en vano su rejon, que pasó silbando á poca distancia del
furioso bruto: Al-Hhamar, sin tener más tiempo que el necesario para
interponer su caballo entre el de su hijo y la fiera, rodó á su empuje,
como habian rodado antes tantos otros: oyóse entonces en medio del
terror general un grito salvaje: vióse al caballero de lo verde arrojar
su alquicel entre el rey y el toro; sacarle en medio de la plaza;
burlar, merced á la flotante tela, sus embestidas, y en fin asestar
contra él la aguda punta de su luciente espada: su alquicel llamó al
toro; este partió un momento despues; hombre y bestia cayeron en
tierra; pero antes de que pudiese ser notado distintamente, el hombre
se levantó sano y salvo, mientras el toro espiró, lanzando un raudal de
negra sangre, por una ancha herida que habia abierto en su cerviz, al
penetrar hasta la empuñadura, la espada del desconocido.
El peligro de que con tan maravilloso valor habia salvado á Al-Hhamar
y al príncipe Mohhanmed, habia causado tan profunda sensacion, que
mil voces se levantaron para aclamar vencedor al esforzado caballero,
y para pedir se le concediese ser premiado por la sultana de la
hermosura. Pero el rey, repuesto de su caida, meditó que no podia
concederse tal merced al que sólo habia vencido una prueba, y si bien
juró por su espíritu recompensar de una manera digna de su grandeza
servicio tan distinguido, volvió al estrado, y suspendiendo la salida
del segundo toro, mandó se corriesen sortijas.
Entonces los esclavos clavaron en el centro de la plaza un hermoso
árbol, en una de cuyas desnudas ramas, cubierta por una plancha de
acero, asomaba imperceptiblemente el círculo de una sortija de oro.
Cubriéronse con arena los rastros de sangre, y todos se prepararon al
próximo y menos peligroso espectáculo, olvidados ya de los horrores del
primero.
Entre tanto, Wadah, que habia caido desvanecida entre sus esclavas, al
ver á Al-Hhamar por la arena, habia vuelto en sí, y solicitaba del rey
licencia para alejarse de la fiesta.
--Rey y señor, le decia: tu sierva, despues del horrible peligro en que
te ha visto, no puede hallar placer en otra cosa que en la soledad:
si permaneciese aquí, creeria verte aún en tierra delante del furioso
animal, á quien ese valiente caballero ha vencido. Déjame que en el
retiro del alcázar piense en tí; que te espere recordando los hermosos
dias de nuestro primer amor.
El rey fijó una mirada extraña en la sultana.
--Sí; quiero estar sola, continuó esta: necesito estar sola; el ruido
de esas voces me lastima, mi cabeza se pierde... tiemblo, ¿no lo ves?
En efecto, Wadah temblaba; Betsabé fijaba en ella una mirada sombría;
Djeidah, Zahra y Obeidah prestaban una descuidada atencion á aquellos
misteriosos terrores que para ellas eran una historia completa. En
aquel reducido círculo se agitaban todas las pasiones que pueden
combatir al corazon. El rey dudó aún.
--¿Y quién dará luz á mis ojos, dijo, si tú te separas de mí, sol de
mi vida? ¿Cómo podré yo apreciar el valor de mis caballeros, si al
separarte de mí tan turbada, llevas contigo mi cuidadoso pensamiento?
Wadah contestó señalando con una elocuente mirada á Betsabé; el rey
palideció.
--Ya lo ves, añadió Wadah, como concluyendo el pensamiento que sus ojos
habian empezado á expresar; padezco como tu temes, me fascina esa
mujer, su vista me atormenta, déjame partir.
El rey inclinó la cabeza resignado, y permitió á su esposa abandonar
las fiestas. Wadah salió, rodeada de sus esclavas, y meditabunda y
preocupada llegó á la casa del Gallo.
Despidió á su servidumbre, encerróse en su retrete, y una vez sola, se
abandonó á las pasiones que habia contenido en presencia del rey y de
la córte. Wadah, no era ya la mujer hermosa que inspiraba insensatos
amores, como su mirada tranquila é indiferente; era una pantera furiosa
á quien se ha insultado; no habia en ella ni terror ni amor; sus ojos
lanzaban un fuego sombrío; su boca entreabierta producia una especie
de rugido sordo y contínuo; su hermoso seno se elevaba agitado por una
respiracion violenta; sus lindos piés hacian retemblar el pavimento con
un paso fuerte, apresurado, circular, como el de una fiera encerrada
en una jaula: todo presagiaba en ella una de esas terribles borrascas
del alma que al estallar aterran, y que causan la muerte de quien las
excita.
Nada oia, nada veia: el presente no existia para ella; recuerdos
terribles le traian su pasado, y terrores incógnitos le fingian un
porvenir horroroso, que ella habia querido evitar y al cual le arrojaba
una mano invisible y poderosa. Su carácter salvaje se sublevaba contra
aquel poder superior: su voluntad enérgica la hacia pensar en la lucha,
pero aquella lucha era de un éxito dudoso: habia momentos en que se
creia impotente, y el conocimiento de su impotencia la irritaba.
Algunas veces la arrancaba de sus terribles pensamientos un sonido
vago, perdido en la distancia y en el espacio; era el son de las
trompetas de la fiesta que resonaban de tiempo en tiempo: con él se
levantaba el rumor confuso de las voces del pueblo que aclamaba á un
vencedor. Su vista se dilataba: creia ver á su hijo Juzef en aquel
caballero de lo verde, arrancando sortijas que nadie habia logrado
tocar; arrojando de la silla, á los botes de su lanza, á los caballeros
de brazo más fuerte; arrojando empresas y divisas, ganadas á los
vencidos, á los piés de Betsabé. Veia lucir en los labios de este una
sonrisa de amor y de triunfo, y la irritacion de su alma la animaba con
un fuego sombrío; volvia á su paseo circular, á su terrible furor, á
sus pensamientos de venganza.
En uno de aquellos accesos, se detuvo delante de un pequeño alhamí,
abierto en el muro y adornado con labores y signos extraños: levantó
el mármol que le servia de pavimento y tomó de debajo de él una tabla
negra, escrita con caractéres rojos; sentóse en el suelo y colocó la
tabla sobre sus rodillas: luego sacó de su seno un punzon de oro, y
tocó uno de aquellos nombres escritos en caractéres cabalísticos, y
esperó; pero nadie apareció ante ella, como en otro tiempo, al impulso
de aquel contacto mágico: su poder habia cedido á un poder superior,
y el ensalmo sólo contestó con una muestra horrorosa: la tabla se
cubrió de sangre que rebosó de ella y manchó las vestiduras de Wadah;
lentamente se levantó una llama azulada, que lamió primero indecisa
los bordes del talisman y despues le cubrió enteramente, se elevó,
osciló y se consumió. En vez de los caractéres misteriosos, los ojos de
Wadah vieron sobre la negra superficie de la tabla, siete murciélagos
horribles que la miraban con sus pequeños ojos de fuego, que batian sus
alas de crespon, y que parecian mofarse de ella, abriendo sus horribles
bocas con un mohin extraño, muy semejante á la risa de un condenado.
El rostro de Wadah expresó una feroz alegría á la vista de las siete
alimañas: sus labios murmuraron un conjuro, y los murciélagos dilataron
más sus bocas, como contestando con una risa insolente.
Wadah palideció. En aquel momento habia creido ver á través de la tabla
fatal el rostro de un cadáver; creyó haber visto en él al nombre de su
último amor: amor frenético que llenaba su existencia, que la devoraba,
que la consumia; sobre aquel rostro, el tósigo habia dejado impresas
manchas lívidas: sus ojos estaban cubiertos por un velo de sangre,
y á través de los apretados dientes, fluia por su boca entreabierta
roja espuma. Wadah arrojó horrorizada la tabla á un perfumero, cuyo
fuego la devoró lentamente, al par que de las siete bocas de los siete
murciélagos que ardian, emanaban siete carcajadas horribles.
--¡Oh! ¿qué es esto? gritó Wadah en el colmo del terror: ¿con que todo
lo que amo ha de perecer, y he de perecer yo con ellos, y mi poder será
inútil para contrarestar el poder de ese miserable? ¡No, no será...
aunque lo quieran todos los arcángeles del sétimo cielo!
Su hermoso semblante mostrábase entonces en una de esas terribles
expresiones, que si una vez se han visto no se olvidan jamás: sus
cabellos se habian desordenado y caian como un velo sobre su frente:
fijos sus ojos, amenazadores y sombríos, brillaban con un fuego
semejante al que debió lucir en los de Eblis cuando fué arrojado del
Paraíso: su boca entreabierta permitia ver sus blanquísimos dientes,
apretados por la rabia; sentada en el suelo, replegada sobre sus
rodillas, los brazos apoyados en ellas y las manos crispadas, clavando
las uñas en su semblante, hubiera hecho temblar al más osado y
retroceder al más atrevido.
Pero todo aquel furor creciente, inmenso, era más de lo que puede
sufrir un corazon mortal: habia pasado más allá de los límites
naturales, y se deshizo en lágrimas: Wadah lloraba por la primera vez.
De repente se levantó, tomó una lámpara de oro colocada en un nicho, la
encendió, cubrióse con un velo, salió del retrete y entró en una oscura
galería; al fin de ella abrió una puerta, bajó algunos escalones, y se
adelantó á lo largo de un estrecho y pendiente tránsito.
El lugar por donde caminaba Wadah era una mina que comunicaba con uno
de los extremos del Albaicin; al fin de ella abrió otra puerta, subió
una escalera, y atravesando algunos retretes, se encontró al fin en el
que habia servido de prision á Betsabé, y donde sujeto á su poder yacia
Absalon.
Las lámparas estaban apagadas, los braserillos sin fuego, los pájaros
mudos y las flores marchitas; una luz pálida penetraba por el ajimez, á
través de los dobles tapices, y un silencio profundo dominaba en aquel
magnífico retrete. Wadah colocó su lámpara sobre el mismo pedestal que
algunas horas antes sostenia el jarron de porcelana, arrojado al suelo
por el furor de Betsabé, y cuyos restos aún se veian sobre la alfombra.
El divan se ocultaba tras sus cortinajes de púrpura, y nada indicaba
que aquel recinto estuviese habitado.
Wadah observó todo esto en silencio; compuso su desordenada cabellera,
cubrióse con el velo, y dirigiéndose con paso recatado al divan,
levantó el tapiz y miró: la lámpara arrojó su débil reflejo hasta el
fondo de aquel lecho, y dejó ver á la sultana un hombre que dormia: era
Absalon.
Su semblante pálido, en que naturalmente estaba retratada la miseria de
su espíritu, mostraba entonces una expresion de dolor, reflejo sin duda
de algun ensueño horroroso; á través de su boca entreabierta se veian
entrechocarse sus dientes, y un sudor copioso filtraba de sus blancos y
escasos cabellos, y se deslizaba por su frente.
Wadah contempló por algun tiempo á aquel hombre con severo semblante;
sus ojos se tiñeron de una sombría expresion de cólera, que creció
progresivamente hasta estallar; luego asió con fuerza la hopalanda del
judío y la sacudió con furor:
--Despierta, miserable, gritó.
Absalon se levantó aterrado; sus ojos soñolientos se dilataron, y su
boca temblorosa dió salida á un grito:
--¡Perdon, Betsabé! exclamó.
--¡Betsabé! ¡Siempre Betsabé! prorrumpió colérica Wadah. ¡Siempre esa
mujer! ¿Qué has hecho de ella, miserable? ¿Dónde está?
El judío pasó su descarnada mano por su frente, y miró con asombro á la
sultana.
--No es Betsabé, dijo.
--¿Qué has hecho de ella? repitió con más fuerza Wadah.
--¡Estaba escrito! murmuró el judío.
--¿Pero qué estaba escrito? exclamó impaciente la sultana, ¿Quién es
esa mujer?
--Esa mujer... repitió con el acento del idiotismo Absalon; esa mujer
es la muerte... esa mujer, es la condenacion.
Wadah se impacientaba: sus labios temblaban, su seno agitado dejaba
percibir cada uno de los violentos latidos de su corazon.
--¿Esa mujer? repitió aún.
--No tiene padre entre los hombres, ni sus dias están contados,
contestó Absalon, ni mujer la ha acercado á su pecho, ni tumba se
cerrará sobre ella; es la hija de los conjuros, el espíritu de Eblis,
el arcángel tentador que inspira los amores impuros y las venganzas
crueles... esa mujer es el destino de una raza que acerca al horizonte
de los mares de la muerte el sol de su existencia.
Absalon parecia inspirado; Wadah le escuchaba con ansiedad.
--Pero esa raza, continuó Absalon, dejará sobre el horizonte del pasado
reflejos de grandeza, que mirarán con respeto los que vengan con el
porvenir... Esa raza será raza de mártires, y sus espíritus purificados
con el sufrimiento, subirán como un perfume, allí donde todo es eterno,
donde todo es hermoso, donde el espíritu de Dios vuela, llenando de
felicidad infinita cuanto con él está... Esa raza es una raza de justos.
--¿Y qué raza es esa? preguntóle estremecida Wadah.
--Allá en los remotos confines de África, prosiguió Absalon, como si
no hubiese oído la pregunta de Wadah, en un campo fértil, rebosa de un
lago el _Bahr-el-Azrak_ (rio azul). Corre entre bosques de palmeras
y se une al gran rio donde moran el hipopótamo y el cocodrilo. El
mismo dia que los espíritus invisibles presidian el nacimiento de
Ebn-Al-Hhamar, un hombre pobre, descalzo, fatigado, caminaba por la
ribera del Bahr-el-Azrak, á poca distancia del punto donde este rio
se une al sagrado Nilo; llevaba en la espalda un cofre y en él alguna
joyería falsa, unos cubiletes y una tabla de ajedrez. Era un juglar
que recorria los aduares, ejercitando su triple profesion de médico,
mercader y jugador de manos; todos le conocian y se apartaban de su
paso, arrojándole algunas monedas de cobre, porque le tenian por mago y
le temian; sin embargo, el pretendido mago estaba reducido á la miseria
más horrible: siempre errante, sus piés se ensangrentaban caminando
sobre los arenales, y su piel, defendida tan sólo por un sucio turbante
y un roto alquicel, sufria los ardores del sol, que la quemaba,
posándose sobre ella como una plancha de hierro enrojecido.
Aquel hombre caminaba sin duda á la ventura, puesto que ni un aduar, ni
una ciudad se veian á muchas leguas de distancia; sin embargo, andaba
cuanto podia, y en poco tiempo llegó al lugar donde el Bahr-el-Azrak se
une al Nilo.
Allí se detuvo, no pudiendo pasar adelante, y se sentó al pié de una
palmera.
--¿Y qué me importa tu juglar? gritó Wadah impaciente; ¿qué tiene que
ver con esa mujer?
Pero Absalon nada oia, nada veian sus ojos; mostraban una mirada
fija, sin objeto, insensata; sus cabellos estaban erizados, su voz era
lúgubre; Wadah mordió impaciente sus labios, sentóse sobre la alfombra,
cruzó los brazos, inclinó la cabeza sobre el pecho y se resignó á
esperar un momento de lucidez en la demencia del viejo. Este entre
tanto habia continuado su relato.
--El juglar miró atrás y se contristó al ver el largo camino que
tenia que desandar para encontrar una tienda ó una cabaña, puesto que
adelante le cerraba el paso la confluencia de los dos rios.--¡Si al
menos, dijo, tuviera una barca!--En aquel momento, de entre unas cañas
situadas en la opuesta ribera, apareció una balsa que adelantó hasta
llegar á la orilla; nadie la dirigia: habia venido por sí misma, á no
ser que la impulsase algun invisible cocodrilo.
Aunque deseoso de proseguir su marcha, el juglar tuvo miedo de aquellos
maderos entrelazados con juncos, que sin que nadie al parecer los
impeliese, habian subido la corriente, fuerte en aquel punto en razon
al caudaloso desagüe del Bahr-el-Azrak, y que se mantenian inmóviles
convidándole á la travesía; pero luego meditó que allí se encerraba un
misterio, y su miedo cedió á su curiosidad.
Resolvióse, pues, levantóse y saltó en la balsa, que como si no
esperase nada más, se separó de la orilla y se abandonó á la corriente
con la velocidad de una saeta. Ya no era tiempo de retroceder. El Nilo
arrastraba con violencia su turbia corriente, y pretender llegar
á nado á cualquiera de sus riberas, hubiera sido buscar una muerte
segura. Por mucho que fuera el terror del juglar, hubo de resignarse á
aquel viaje terrible.
La balsa aumentaba maravillosamente en velocidad. El juglar veia pasar
á sus costados las dos riberas con la misma rapidez que pasa una tromba
sobre un arenal. Los montes, los valles, las colinas, parecian correr
como sombras; la corriente era cada vez más ruidosa, más sensible; la
estrella de la tarde reverberaba ya en la inmensidad del firmamento,
y algunas brillantes estrellas palidecian ante el sol que tocaba al
Occidente.
La balsa siguió: dejó el centro del rio y penetró en un cañaveral; á
medida que adelantaba, las cañas eran más elevadas; se estrechaba el
cauce, los follajes se unian y menguaba la luz; al fin, solo quedó una
claridad nebulosa, un ambiente pesado, unas aguas negras y silenciosas.
Y la balsa corria como una saeta disparada sobre aquella superficie
tersa en que se reflejaba el color mate y frio de la niebla.
Al fin la balsa desembocó en un lago, abrillantado por el reflejo de
una hoguera que ardia sobre una roca de granito rojo, situada en medio
de las aguas; la balsa chocó en ella y empezó á sumergirse lentamente,
obligando al juglar á tomar tierra. La balsa desapareció al fin, y
quedó solo, con su joyería y su tablero de ajedrez, sobre aquella
pequeña piedra que se elevaba en el centro de un reducido lago, rodeado
de espesa maleza, cubierto por un celaje sombrío y alumbrado por la luz
de una hoguera solitaria.
El juglar buscó una habitacion humana y dió vuelta á la roca; en la
parte opuesta á aquella á donde habia arribado, encontró la boca de
una gruta y entró. Sus ojos, deslumbrados por el vivo resplandor de
la hoguera, nada vieron durante un corto espacio; luego las tinieblas
fuéron desvaneciéndose, y en el fondo vió una puerta que al llegar á
ella se abrió por sí misma: el juglar pudo entonces ver un pequeño
aposento, cuyas paredes eran negras y cubiertas de inscripciones
misteriosas y signos cabalísticos pintados con tinta roja; veíanse
allí la lengua de la serpiente de mar, junto á los ojos del águila de
los trópicos; huesos informes del Roc[26], dientes de lobo rabioso y
uñas de cocodrilo; hallábanse allí alimañas no conocidas, reptiles de
formas horribles, abortos espantosos; y entre todos estos objetos,
instrumentos, armas y utensilios de hechura y usos extraños, cuantas
producciones vegetales encierran el tósigo y el narcótico: filtros
para matar, para enloquecer, para envejecer, para inspirar amor y
aborrecimiento; todo cuanto dañoso encierra la naturaleza, colocado
con órden sobre las mesas y sobre las paredes de aquel aposento,
dentro del cual temblaba el imprudente juglar, pesaroso hasta el fondo
del alma de haberse aventurado en aquella balsa maldita que le habia
conducido á lugar tan siniestro.
[26] Ave fabulosa que, segun los orientales, posee tan
gigantescas alas que la bastan para sepultar en las sombras
más profundas la parte de la tierra sobre que vuela, al pasar
entre ella y el sol.
Y no eran las alimañas y las redomas donde estaba encerrado tanto
veneno, lo que causaba su miedo: era otro objeto más horrible que todos
aquellos horrores lo que le hacia temblar y le enmudecia: era un hombre
sentado sobre un escabel de tres piés, cubierta la cabeza con un bonete
puntiagudo, negro como su túnica, y como ella cubierto de caractéres
rojos. Aquel hombre entonaba un canto fúnebre, cuyas palabras, á
pesar de ser ininteligibles, hacian temblar el corazon del que las
escuchaba; su rostro era feroz, malévolo, surcado de manchas lívidas, y
animado por dos ojos redondos, pequeños y relucientes como carbunclos;
unos cabellos lacios y una barba revuelta y larguísima, de color de
plomo blanquecino, afeaban aquel semblante que por sí solo bastaba á
causar horror; bajo la ancha hopalanda de aquel sér terrible, se veian
descubiertas sus manos secas y huesosas como las de una momia, que se
ocupaban en remover con una larga espátula de hierro enmohecido, un
brebaje de color impuro que hervia á sus piés en una vasija de materia
y forma extrañas; de ella se levantaba en espiral una columna de
fuego rojizo que se abria paso fuera de aquel antro por una claraboya
abierta en la roca, y que apareciendo sobre ella, era la hoguera que
abrillantaba las aguas del lago sobre el cual habian flotado los
maderos que condujeron hasta aquel sitio al juglar.
De tiempo en tiempo el viejo dejaba el escabel, tomaba una redoma
y vertia en la vasija parte de su contenido, entonando un canto
misterioso y desagradable; el brebaje hervia con más fuerza, el fuego
chispeaba rugiendo, y un humo blanquecino, impregnado de miasmas
hediondos, se extendia en aquel reducido ámbito, lamia las paredes,
envolvia las formas y se disipaba al fin, devorado por la misma hoguera
que le habia producido.
El juglar observaba inmóvil cuanto sus ojos veian; el viejo parecia
no apercibirse de su presencia; al fin sus ojos ardientes se fijaron
en aquel hombre tembloroso, sus labios se contrajeron con una mueca,
extraña sonrisa peculiar á su semblante; su pecho se levantó,
produciendo un ruido semejante al estertor de un moribundo, y se dejó
oir su voz ronca, estridente y cavernosa.
--¡Acércate, Djeouar! dijo al juglar.
--¡Djeouar! exclamó Wadah, levantándose como herida por un recuerdo
terrible, y saliendo de la inercia á que se habia abandonado ante el
delirio del judío. ¿Conoces tú á Djeouar? ¿Sábes quién es Djeouar?
La voz de la africana dejaba notar las inflexiones de la cólera, del
odio, del terror; el grito que acompañó á su pregunta fué tan terrible
que Absalon se levantó, miró en torno suyo con espanto y pasó las manos
por su frente que devoraba la fiebre.
La sultana y el judío, de pié, frente á frente, mudos entrambos,
retratada la cólera en la mirada de la una y la insensatez en la del
otro, se contemplaron durante un breve espacio.
Wadah fué la primera que rompió el silencio.
--¿Conociste á Djeouar? preguntó al judío clavando su crispada mano en
uno de sus hombros.
Absalon miró á la sultana de una manera estúpida, sus ojos vagaron
inciertos, y se dejó caer desplomado sobre el divan.
--Yo dormia, dijo reuniendo con trabajo sus recientes recuerdos; soñaba
con mi pasado... con una mujer... esa mujer era... Betsabé... sí; era
Betsabé; la hija de los conjuros... la hija de Eblis... Betsabé, la
hechura de Djeouar.
--Sí, sí, dijo Wadah, procurando ayudar la memoria del judío;
recordabas á un hombre á quien otro, hechicero sin duda, habia llevado
ante sí; á quien nombraba...
--Djeouar, es verdad, exclamó Absalon soltando una carcajada semejante
á la de un niño que encuentra un objeto perdido y ansiado; Djeouar...
ya me acuerdo... estaba junto al hechicero, y este le dijo:
--Acércate, Djeouar.
Djeouar, el juglar, se acercó temblando; el hechicero le contempló á su
sabor.
La sultana, que hasta escuchar aquel nombre misterioso habia estado
abismada en sus pensamientos, contuvo entonces el aliento, temerosa de
interrumpir al judío. Este continuó:
--Te he elegido, le dijo, para confiarte un encargo mio, porque eres
entre los hombres el más á propósito para llenar mis deseos.
Djeouar se inclinó y tuvo menos miedo.
--Eres ambicioso, continuó el hechicero: levantaste muy alta tu
vista y pensaste ser uno de esos hombres que mandan á los demás, que
los gobiernan segun su voluntad, que juegan con las vidas y con las
haciendas: era la suprema felicidad. Te creiste ver en tus delirios
para el porvenir, recostado en un sofá de oro y púrpura, rodeado de
esclavos y de mujeres cubiertas de joyas, en un alcázar de mármol,
adurmiéndote á los vapores del ópio, y mandando azotar á tus walíes
como á perros, y degollar á tus vasallos como carneros; torrentes
de sangre pasaron delante de tí, y entre ellos, vírgenes de ojos
brillantes y bocas sonrosadas; te entregaste en demasía al halago
de tus sueños, y cuando al despertar te viste pobre, miserable,
impotente, expuesto á ser degollado por uno de esos hombres cuya suerte
envidiabas, los aborreciste, te hiciste santon y predicaste á los
miserables como tú, guerra eterna á todo lo que era dominio, á todo lo
que era fuerte. La desdicha de los unos, la pobreza de los otros, la
envidia de los más, fuéron para tí poderosos auxiliares, y te rebelaste
contra el califa de Damasco. Pero el califa envió contra tí uno de sus
eunucos y algunos esclavos, y te venció, te aprisionó y te encerró en
una mazmorra. Con pretexto de castigar su traicion, gravó á sus pueblos
con enormes tributos, añadió leyes bárbaras á las que hacia cumplir con
harta rigidez á los suyos, y degolló, ahorcó, empaló y crucificó á los
que entre ellos eran más ricos ó le inspiraban más recelos; tú debiste
morir entonces, pero yo tenia proyectos acerca de tí, y te salvé por
medio de mi poder sobrenatural. Una noche se abrieron las puertas de tu
prision y te encontraste en el campo al aire libre, con tu saco lleno
de relumbrones, tus cubiletes y tu mugriento tablero de ajedrez. Habias
visto desvanecerse un sueño, pero al pasar habia dejado sus huellas en
tu alma; no pudiendo dominar á los fuertes, no creyendo en el poder de
la ayuda de los débiles, aborreciste á los primeros y despreciaste á
los segundos; el aborrecimiento y el desprecio para con tus semejantes
te hicieron egoista: el egoismo te hizo cruel.
Pero quedaban aún en tí ambiciones secundarias: tus sueños de grandeza
te hicieron pesado el trabajo del pobre, y te dominó la indolencia;
soñaste entonces tesoros: si no podias ser califa, podias muy bien ser
rico: pero como los cubiletes, las joyas de cobre y el ajedrez, apenas
te producian el dinero suficiente para un miserable alimento, meditaste
otro medio más conveniente: compraste con ahorros debidos á tristes
dias de hambre y privaciones, un arco y algunos venablos, y esperaste
al primer transeunte. El que no habia podido ser califa, fué ladron.
Te se unieron algunos árabes de las cabilas salvajes, y no fué ya á
los caminantes indefensos, sino á las caravanas, á las que acometiste;
todo fué perfectamente mientras diste su parte en las presas al califa,
es decir, mientras le pagaste un misterioso y vergonzoso tributo por
tus latrocinios; pero un dia acometiste á una caravana que conducia
presentes del califa para el schah de Persia: defendiéronlo los
soldados, destrozaron á los tuyos y te sepultaron otra vez en una
mazmorra. Tu primera derrota te inspiró desconfianza para con los demás
hombres, y te hizo cruel: la segunda te obligó á desconfiar de tus
propias fuerzas, y te hizo cobarde. El califa te mandó crucificar; pero
si me habias convenido por cruel, por cobarde aumentabas en valor á
mis ojos. La crueldad y la cobardía constituyen al asesino sin piedad,
al hombre sin corazon. Como la vez primera, te abrí las puertas de tu
encierro y te viste libre, con tu saco provisto de tus pobres recursos
de subsistencia.
Mientras la ambicion y la avaricia dominaron tu corazon, durmió en él
otro sentimiento, violento en tí, capaz de arrastrarte á todo: el amor;
pero no el amor hijo de la naturaleza, sino un sentimiento impuro,
incontrastable, devorador. Si esa hubiera sido tu única ambicion en
los dias en que tu frente estaba tersa, tus ojos brillantes, tu barba
negra y tu cuerpo gentil, hubieras podido hallar algunas ventajas;
pero cuando buscaste el amor, tus ambiciones frustradas habian arrugado
horriblemente tu rostro; tus ojos habian adquirido la repugnante
expresion que distingue al traidor, y tu cuerpo se habia encorvado bajo
el peso de los sufrimientos. Has perdido tu tiempo, y al fin estás ante
mí con el corazon lleno de odio y el pensamiento de venganzas. Eres el
hombre que necesito, y por eso te he traido hasta aquí.
--¿Y qué quieres? preguntó Djeouar al hechicero.
--¿Ves el licor que hierve en esa vasija?
--Sí.
--Encierra el bien y el mal, y en la llama que produce vamos á leer el
horóscopo de un hombre que está á punto de venir á la luz.
El viejo se levantó, asió á Djeouar y le hizo mirar al Poniente á
través de la llama.
--¿Qué ves? le preguntó.
--Veo una tierra fértil, contestó Djeouar, rodeada de colinas y
montañas, pero no la conozco.
--Es el país de Andalus[27]; ¿no ves más?
[27] Andalucía.
--Sí: un pueblo sobre un monte.
--Mira aún.
--Un castillo sobre el pueblo.
--¿Y en el castillo?
--Un retrete, un divan y una mujer hermosa, rodeada de esclavas.
Padece horriblemente: está próxima al alumbramiento.
El hechicero hizo entonces á Djeouar tornarse al Oriente.
--¿Qué ves?
--Veo el nacimiento del Bahr-el-Azrak, y más abajo un pueblo junto á un
lago. Sobre el pueblo un alcázar; en los jardines del alcázar una mujer
jóven y hermosa.
Un relámpago de pasion lució en los ojos del juglar al ver la mujer
que dormia guarecida del sol bajo una enramada de jazmines en el
alcázar; sus labios entreabiertos temblaban con la convulsion de la
cólera, porque junto á aquella mujer habia un hombre que se extasiaba
contemplando su semblante lleno de dulzura, al que un hermoso sueño,
sin duda, prestaba una sonrisa purísima y satisfecha.
--Tú amas á esa mujer, observó el hechicero á Djeouar.
--Sí: contestó este con voz sombría.
--Esa mujer es la esposa del wasir Aben-Sal-Chem, á quien adora, y de
quien es amada con idolatría. Aún no ha corrido una luna desde que el
amor unió sus destinos, y mira cuán felices parecen. Sin embargo, si tú
quieres, esa felicidad desaparecerá y serán tan desgraciados como tú,
que tienes el corazon seco como las aristas que lanza esa hoguera.
--¿Y qué he de hacer?
--Ocupar mi lugar, porque voy á morir. Te dejaré parte de mi poder, y
alcanzarás por él cuanto has ambicionado.
--¿Seré rey?
--De la creacion: tu mano poseerá el bien y el mal, usarás de él á tu
antojo, te obedecerán los espíritus invisibles, y estarán abiertos al
par para tí los jardines del Edem, y las sombras y el fuego eterno
del profundo. El juglar se estremeció de terror, y casi estuvo á
punto de rehusar tan terrible herencia; pero recordó su abyeccion,
sus ambiciones malogradas, sus ultrajes pasados, su pobreza y su
sufrimiento. El ángel de la tentacion le envolvió en sus alas, y
derramó en su alma la esperanza y los deseos insensatos. Creyó verse
jóven, hermoso, rico; volvieron á pasar ante él sus sueños de sangre y
exterminio, y las vírgenes de ojos negros envueltas en sus flotantes
velos. Creció el odio que profesaba al hombre, la pasion que le
arrastraba hácia la mujer que dormia bajo la enramada de jazmines, y se
embriagó bajo el encanto de la realizacion de sus deseos. Arrojó léjos
de sí el cofre donde guardaba sus joyas de cobre, sus cubiletes y su
tablero de ajedrez, y se tornó resuelto al hechicero.
--Acepto tu poder, dijo.
--Pues bien, mira: aquel pueblo asentado junto al rio, en las márgenes
del lago, es Dembea[28]; la mujer que duerme en él en los jardines
del alcázar, es Noemi, la esposa de Aben-Sal-Chem, la mujer á quien
amas. Aquella distante ciudad, perdida entre las brumas de Occidente en
el país de Andalus, es Arjona; pasados algunos instantes nacerá en su
castillo, de aquella mujer que grita y padece rodeada de esclavas, un
varon que se nombrará Aben-al-Hhamar, y que más tarde, cuando la barba
haya rodeado su rostro y le haya tostado el sol durante largos dias
de combate, fundará un reino fuerte sobre el mismo país de Andalus,
á los piés de una sierra cuya altísima frente siempre está y estará
cubierta por la helada del invierno. El licor que hierve en esa vasija
es su horóscopo: horóscopo incierto en el que luchan por mitad el bien
y el mal; yo he sido el mal genio de sus mayores, pero mis dias están
contados, y en el momento en que él vea la luz, las sombras de la
muerte serán con mi espíritu. Es necesario que ese hombre sucumba con
su raza: es necesario que la mujer que nacerá transcurridos diez años,
de Noemi y Aben-Sal-Chem, sea el ángel tentador de Al-Hhamar.
[28] Pequeña ciudad de Egipto, situada á la parte oriental del
lago que lleva su mismo nombre.
El viejo parecia menguar en fuerzas á medida que el fuego producido por
el negro brebaje aumentaba en brillantez é intensidad. Su rostro estaba
cárdeno y su voz era más ronca y más débil.
--Cuando mi vida se apague, continuó el viejo, se apagará la luz de
ese fuego; entonces verterás sobre mí el licor que haya quedado, y
esperarás; luego tomarás lo que encuentres de mis restos: en ello está
tu poder; serás poderoso hasta el punto de crear séres á tu capricho,
pero guárdate bien de hacerlo, porque perderás tu poder y serás como
los demás hombres, y se agravarán las miserias que te aquejan.
--¿Pero podré ser rico?
--Sí.
--¿Y tener alcázares y esclavos?
--Sí.
--¿Y el amor de Noemi?
--Sí. Pero ha llegado el momento, dijo el viejo estremeciéndose; la
llama oscila, se debilita, se apaga.
Y así era verdad: la columna de fuego, tan viva pocos momentos antes,
decreció hasta quedar reducida á una llama azul, indecisa y vaporosa
que osciló al fin, se dilató un instante, lamió los bordes de la vasija
y se evaporó perdida en la oscuridad. El hechicero habia caido con
ella: Djeouar, pálido de terror, contemplaba el cadáver alumbrado por
un resplandor débil emanado de la vasija donde reposaba un líquido de
color de oro.
Pero la ambicion dominó los terrores del juglar, y el filtro fué
vertido por él sobre el cuerpo del hechicero.
Volvió á aparecer la llama, inmensa, rugiente como un toro salvaje;
primero consumió la hopalanda, luego hizo crugir las carnes, devoró los
huesos, se dilató y espiró.
Entonces el juglar vió con asombro que entre aquella negra ceniza
quedaba un despojo; era una calavera blanca como el marfil, cubierta de
inscripciones y signos rojos.
Era, sin duda, el cráneo del hechicero.
Djeouar le tomó, y como si aquel resto humano hubiese tenido un poder
superior, sus ojos se oscurecieron, el frio de la muerte corrió por sus
huesos; sus piernas flaquearon y rodó por tierra aletargado.
Cuando volvió en sí, se encontró sentado al pié de la palmera donde
habia tomado descanso en la confluencia del Nilo y del Bahr-el-Azrak:
el cofre donde conducia sus cubiletes y sus utensilios estaba junto
á él; el sol descendia al horizonte, inundando de una luz rojiza los
arenales, y á lo léjos se escuchaba un ruido sordo, profundo, contínuo,
semejante al batir del mar contra una roca en un dia de tormenta.
--Mucho he dormido, exclamó Djeouar aterrado; el _semoum_[29] avanza, y
no hay ni una gruta ni un kan donde defenderme de su soplo abrasador.
¡Si al menos fuera verdad lo que he soñado!
[29] _Semoum_ ó _samyel_, viento que reina á veces en el
desierto. Se anuncia con gran ruido; á su llegada, el
cielo parece encarnado ó inflamado: mata al momento por la
sofocacion; á los que abrasa se reducen á polvo cuando se les
loca; sin embargo, no altera sus formas.
El juglar miraba trémulo al horizonte: el ruido aumentaba
progresivamente; al fin se dejó ver la tromba impulsada por el
_semoum_; montañas de arena avanzaban con una velocidad espantosa: el
juglar se prosternó, resignado á morir.
Cuando ya habia perdido toda esperanza, una violenta ráfaga, precursora
de la tromba, arrolló el cofre del juglar, colocado en la pequeña
eminencia donde descollaba la palmera, á cuyo pié habia tomado
descanso; la tapa del cofre se abrió, y con las joyas de cobre, los
cubiletes y el ajedrez, rodó un objeto que volvió la esperanza á
Djeouar.
Era una calavera que parecia de marfil, cubierta de inscripciones y
signos rojos.
La tromba llegaba ya; parecia que el mundo iba á desquiciarse,
arrebatado por el _semoum_; las palmeras, los espinos, las rocas,
cedian á su paso, y arrancados de su asiento, aumentaban la tromba.
El Nilo mugia, como saludando al terrible viajero, y los cocodrilos
huyeron aterrados á esconderse entre sus grutas festoneadas de algas.
Era un momento supremo: el juglar asió la calavera, y exclamó:
--Si no ha sido un sueño cuanto ha pasado por mí, ábrete Nilo,
obedeciendo al poder de este talisman; álcese en tu oscuro fondo un
alcázar para mí, y pase la tromba sin agitar uno solo de los mechones
de mi barba.
El Nilo obedeció, y como un tiempo el Dios de Moisés separó las aguas
del Mar Rojo para dar paso á su pueblo[30], se abrió la corriente del
Nilo, y Djeouar descendió á pié enjuto hasta el fondo de su cauce.
[30] Algunos extrañarán que en una leyenda mahometana
consignemos uno de los mayores milagros de la Escritura. Los
que conocen las creencias musulmanas saben, como nosotros,
que Mahoma compuso su religion de las dos más difundidas en
la Arabia, la judía y la cristiana, y conservó á Jesús el
nombre de profeta, como Jesús lo habia conservado á Moisés.
En muchas de sus oraciones llaman á Noé el profeta de Dios; á
Abraham, el amigo de Dios; á Ismael, el sacrificado á Dios; á
José, el verídico de Dios; á Moisés, el que habló con Dios; á
Jesucristo, el espíritu de Dios.
En él encontró un alcázar maravilloso: su ambicion de riqueza estaba
satisfecha; el pórfido, el oro y las piedras preciosas, brillaban por
todas partes; pero no habia ni un esclavo, ni un animal, ni un pájaro
en su recinto solitario: dominaba en él el silencio de la muerte.
Djeouar estaba trastornado con tan repentino cambio de fortuna;
agolpábanse á su pensamiento funestísimos recuerdos, y le parecia estar
entregado á un sueño engañador: tocaba las columnas, los muros, las
puertas de aquel palacio, como quien al ver un objeto querido posa
sobre él sus manos temeroso de que no sea una sombra que se desvanezca
al llegar á ella.
Al fin sus ideas se aclararon: vióse cubierto de andrajos en medio de
aquel alcázar abandonado, y evocó esclavos que aparecieron á su voz y
le cubrieron de galas. Luego mandó le preparasen un caballo, y por el
poder de su talisman volvió al sitio donde creia haber soñado, y donde
le habia sorprendido el _semoum_.
La palmera no existia ya: habia sido arrebatada por la tromba; el
ambiente, rojo é inflamado antes, estaba límpido y azul; el sol habia
traspuesto el horizonte, y la luna llena alumbraba la inmensidad,
produciendo destellos pálidos y brillantes en las inquietas ondas del
Nilo y del Bahr-el-Azrak.
El juglar aguijó su caballo y caminó corriente arriba por la márgen
de este último rio; el animal era ligero como una gacela, y antes del
amanecer, á pesar de existir una distancia enorme desde el punto de
partida de Djeouar, vió los muros de Dembea.
Esperó á que abriesen las puertas, y entre tanto hizo para sí el
razonamiento siguiente:
--Soy poderoso, es verdad; yo podria, con sólo quererlo, llevar á Noemi
á los climas más remotos, y vengarme de Aben-Sal-Chem; pero yo no haré
uso de ese poder más que para probar si es la virtud de ella ó mi
fealdad, lo que ha hecho un imposible para mí de esa mujer. Me rodearé
de fausto y de hermosura, derramaré el oro á manos llenas, y si mis
deseos no se satisfacen, preciso será creer que mi destino me aparta de
ella.
Djeouar acarició la calavera, que, encerrada en un saco de cuero,
pendia del arzon de la silla.
--Ahora bien, dijo: es preciso que yo tenga una comitiva, y vengo solo;
las puertas van á abrirse y quiero entrar en la ciudad con el aparato
de un príncipe.
En tanto el juglar meditaba, la aurora habia mostrado su luz en el
horizonte, y los pájaros despertaban en sus nidos y entonaban al
Criador su canto matutino; en los confines de las praderas se levantaba
de las chozas y de los aduares un humo blanquecino, que mostraba que
los habitantes del campo se preparaban á su cotidiana tarea. Por el
camino que habia seguido Djeouar, se veia alzarse, entre la bruma de la
mañana, una nube de polvo que avanzaba con rapidez hasta dejar percibir
en medio de ella una tropa de jinetes y camellos, que se dirigia al
punto donde esperaba Djeouar.
Cuando hubieron llegado, el que los acaudillaba echó pié á tierra, y
prosternándose ante el juglar, le dijo:
--Nosotros somos esclavos de la calavera mágica, y hemos sabido tu
deseo de tener una comitiva y un aparato dignos de un príncipe: hénos
aquí.
Djeouar contó cien jinetes en los hombres que habian venido con el
que estaba prosternado á sus piés: más allá, cien árabes conducian
otros tantos camellos cargados de cofres y tiendas; los jinetes eran
jóvenes, hermosos, robustos, ricamente ataviados y armados con espadas
y lanzas; los caballos pertenecian á la raza más estimada en Arabia,
y eran negros y fogosos; los esclavos que conducian los camellos,
venian vestidos de blanco, color que hacia resaltar el cobrizo de su
piel: todos miraban con respeto al juglar, y su caudillo estaba aún
prosternado ante él.
--Levántate, le dijo Djeouar, ¿cómo te llamas?
--Yo soy el genio Zim-Zam, contestó el preguntado, y soy esclavo del
talisman que posees.
--Pues bien, dijo el juglar, desde ahora eres mi walí, y te nombras
Alí-Zim-Zam. ¡Alí-Zim-Zam! Haz que se armen mis tiendas, y que reposen
mis camellos.
En un momento doscientas tiendas de riquísimo cuero se alzaron en la
pradera á un tiro de venablo de las puertas de la ciudad: entre ellas
se elevaba una de tela de seda, sobre cuya cúspide ondeaba un pendon
verde. En torno de aquel real, se veian de trecho en trecho jinetes
apoyados en largas lanzas guardando las avenidas; los camellos se
agrupaban en el centro alrededor de la tienda del pendon verde, y
dentro de ella, gozando de su reciente y magnífica fortuna, Djeouar
aparecia muellemente recostado en un sofá, sobre una alfombra de la
India.
Ante él, el genio Zim-Zam, esperaba de pié y en una actitud respetuosa
sus órdenes.
--¿Sábes mis deseos? preguntó al genio.
--Sí, poderoso señor; contestó este, inclinándose; quieres usar de tu
poder de modo que nadie vea en tí más que un hombre adornado de todos
los dones que el grande Allah concede á sus protegidos.
--Es verdad. Quiero ser hermoso y jóven.
El genio sacó de entre los pliegues de su faja una planchita ovalada
de plata, en cuya bañada superficie se reproducian las formas que
se mostraban ante ella; y la presentó al juglar. Lo atezado de su
rostro, sus profundas arrugas, sus ojos pequeños, de expresion traidora
y cruel, su barba cenicienta y descompuesta y su cuerpo encorvado
y miserable habian desaparecido: en cambio era un mancebo, en cuyo
semblante noble brillaban dos ojos negros de sublime expresion,
coronados por dos cejas perfectamente arqueadas; su frente, blanca,
pálida y altiva, estaba ceñida por un chal de vivos colores,
entretejido de oro; sus labios, de color de púrpura, mostraban un
finísimo bigote y una barba semejante al terciopelo; su cuerpo,
cubierto por un caftan de inapreciable valor, era gallardo como una
palmera, fuerte como un cedro, y esbelto como el de una hermosa
odalisca. Djeouar, en fin, habia pasado del extremo de la fealdad y de
la miseria, á lo supremo de la hermosura y de la riqueza.
Pero su alma era la misma: revolvíanse en ella sus ambiciones, sus
rencores, sus crueles venganzas. Era el mismo asesino cobarde sin dolor
ni compasion. Su amor impuro guardaba, aún con más fuerza que nunca,
el recuerdo de Noemi, y su odio para con el wisir Aben-Sal-Chem, habia
llegado al colmo. Ni recordaba su pasado, ni pensaba en el porvenir;
para él no existia más que el presente.
--¿Cuáles son mis riquezas? preguntó despues de haberse contemplado
satisfecho en la plancha de plata.
El genio llegó á la puerta de la tienda, é hizo un ademan imperioso
á los esclavos, que instantáneamente entraron en ella, cargados
de cofres que dejaron á los piés de Djeouar. Zim-Zam los abrió uno
tras otro: armaduras de guerra, dignas de un sultan; ropas de lino,
finísimas cual si fueran destinadas á una mujer; caftanes, túnicas,
almazares, alquiceles, fabricados con las materias á que ha dado
mayor precio el capricho de los hombres; todo un tesoro en joyas y en
dinero, fuéron los objetos que contestaron á la pregunta del juglar,
que, obedeciendo á su avaricia, hundió sus manos con deleite entre las
joyas y el dinero, los contempló, y por un momento lo olvidó todo en
presencia de su tesoro.
--Yo necesito á más de esto, dijo al fin dirigiéndose al genio, el
nombre de un príncipe. ¿Cómo he de nombrarme?
Zim-Zam puso en las manos de Djeouar un pergamino perfumado, del que
pendia sujeto á una cinta verde, un sello grabado en un anillo de oro.
Era una carta del sultan de las Indias, que enviaba un presente al
wisir Aben-Sal-Chem, y la rogaba atendiese segun su rango á su sobrino
Aben-A'bd-Allah-Charyahr.
--Estoy satisfecho, dijo el juglar, guardando entre su faja el
pergamino. ¿Qué gente es aquella, dijo mirando á través de la puerta de
la tienda, que sale de la ciudad y viene hácia este sitio?
--Son campeadores, contestó el genio, que Aben-Sal-Chem envia para
reconocer nuestro campo. Voy á recibirlos.
Zim-Zam cabalgó de un salto en su caballo, que le esperaba cerca de la
tienda, hizo montar á los árabes sobrantes de la guardia del real, y
se adelantó con ellos al encuentro del walí, que al frente de algunos
jinetes venia de la ciudad.
Cuando estuvieron á poca distancia, Zim-Zam bajó el hierro de su lanza,
sacó el pié derecho del estribo en señal de paz, y avanzó hasta el walí
que le recibió del mismo modo.
--¿Quién sois, de dónde venís? preguntó el de la ciudad al genio.
--Somos esclavos de un poderoso príncipe de la India, y venimos
viajando con él por el mundo. Mi señor trae un presente y una carta
para tu amo el wisir Aben-Sal-Chem, y puedes llegar hasta él y escuchar
palabras de amistad y paz de su boca como las escuchas de la mia.
--El Señor, Dios de Ismael, sea con tu señor y contigo, contestó el
walí, pasando su lanza á la mano izquierda, y tendiendo la diestra al
genio que la aceptó; llévame ante tu señor y besaré las huellas de sus
piés, y llevaré su carta al magnífico wisir Aben-Sal-Chem.
El walí partió, y antes de que trascurriese una hora sintióse un gran
movimiento en la ciudad; llenáronse los muros de árabes cubiertos
de galas; abriéronse las puertas, y enmedio de una lucida comitiva,
apareció Aben-Sal-Chem, que, separándose de los suyos, partió al galope
y se adelantó al encuentro del juglar, que salia al suyo de igual
modo; al encontrarse entrambos se desmontaron á un mismo tiempo, se
abrazaron, y recíprocamente se besaron en la mejilla izquierda. Despues
Djeouar llevó á su tienda al wisir, le hizo sentar, y le contó una
historia mentirosa que justificaba su viaje, y que Aben-Sal-Chem creyó
con la mayor buena fe posible.
El juglar veia acercarse el logro de sus deseos; iba á entrar rico,
bello y poderoso, en una ciudad de la cual habia salido miserable,
viejo, huyendo de un suplicio infame y cruel; su enemigo se entregaba
en sus manos, y creia ya ver ante sí, concediéndole la sonrisa de su
amor, á la hermosa Noemi.
El juglar y el wisir tornaron á cabalgar; los esclavos plegaron las
tiendas, pusiéronse en movimiento jinetes y camellos, y toda aquella
lucida tropa se dirigió á la ciudad á través de una multitud de
curiosos.
Al llegar á la puerta, Djeouar reparó en una escarpia clavada sobre
ella, y preguntó al wisir, el objeto á que estaba destinada.
--Espera la cabeza de un hombre, contestó severamente el wisir,
como si aquella pregunta hubiese despertado en su memoria recuerdos
desagradables.
Djeouar pareció satisfecho con aquella breve respuesta, puesto que
respetó el silencio del wisir, que calló, abismado en profundas
cavilaciones.
Pasaron bajo del arco de la puerta, y penetraron en las calles de la
ciudad que eran anchas y mostraban hermosos edificios; llenábanlas
multitud de hombres que victoreaban á Aben-Sal-Chem, y tendian sus
alquiceles á los piés de su caballo para que pasase sobre ellos;
algunas blancas manos, saliendo por las entreabiertas celosías,
agitaban lenzuelos ó arrojaban flores. Todo demostraba que el wisir era
querido por los habitantes de Dembea.
A pesar de estas demostraciones, Sal-Chem marchaba al lado del juglar
triste y meditabundo.
--¿Qué castigo piensas será bastante, dijo deteniéndose de improviso y
dirigiéndose á Djeouar, para castigar al hombre que ha osado penetrar
en mi baño y poner su mirada en mi esposa?
--La muerte en la tierra, y la condenacion en lo profundo.
--Pues bien, repuso con furor el wisir, la muerte no será con ese
hombre, que ha huido de mi poder con el auxilio sin duda de Eblis... La
escarpia esperará en vano su cabeza... He consultado las estrellas por
medio de astrólogos y nada han podido decirme; ofuscaba sus sentidos un
poder superior. ¿Es verdad que en la India hay magos á cuyos conjuros
se abre el libro del porvenir?
--Sí.
--¿Traes alguno contigo?
--Sí.
--Muéstramelo, exclamó el wisir deteniendo su caballo.
--Yo soy, contestó solemnemente Djeouar.
Aben-Sal-Chem, palideció al saber que tenia junto á sí y que habia
besado en la mejilla, á uno de esos terribles séres que mandan á
los astros, que compelen á los elementos y evocan de sus tumbas los
cadáveres. El juglar conoció lo desventajoso de la posicion en que
se habia colocado respecto á un hombre, para con el cual no pensaba
valerse por entonces del inmenso poder que le habia legado el
hechicero, y se apresuró á desvanecer los terrores que presentia en la
medrosa mirada del wisir.
--La mágia, dijo, es una de esas ciencias oscuras, inspiradas por
Satanás. El espíritu de Dios sólo desciende á los que han purificado
su alma con la oracion y práctica de todas las virtudes: sólo el
justo puede leer en el pasado, en el presente y en el porvenir; el
espíritu profético es la luz del mundo; los conjuros de la mágia son
los reflejos del fuego impuro que enciende Eblis en el corazon de los
malvados. Yo soy profeta, no mago.
La expresion de terror que se mostraba en los ojos del wisir, se tornó
en una expresion de respeto. Llegaban entonces á las avenidas del
alcázar. La comitiva se habia aumentado con multitud de curiosos, que
se agolpaban en derredor del wisir y del juglar, y admiraban la riqueza
de su vestidura y de su acompañamiento. El wisir invitó á Djeouar á
que se hospedase en su compañía, y este aceptó. Zim-Zam y los suyos
fuéron á hospedarse á un kan, y el juglar y Aben-Sal-Chem entraron en
el alcázar.
Era este ostentoso; las galerías, los patios y los retretes estaban
construidos con magnificencia; los esclavos y las guardias se contaban
en gran número. La comida que sirvieron á Djeouar, fué exquisita.
Cuando quedó solo con el wisir, este le dijo:
--Tuyo es cuanto miras, príncipe Aben-Charyahr; tu discrecion y tu
hermosura han cautivado mi amistad, y voy á llevarte junto á mi esposa.
Tú, que lees en los corazones, me dirás si el suyo está puro ó si debo
poner su cabeza en la escarpia destinada para el hombre que ha huido de
mi poder.
Djeouar no deseaba otra cosa que ver ante sí á Noemi; consintió, y
en pos del wisir, tras haber atravesado el alcázar, entró en un gran
retrete situado en el centro de una torre gigantesca.
Al fondo de él, se veia una mujer indolentemente reclinada en un divan,
rodeada de flores y perfumes, escuchando el cantar de algunas esclavas,
acompañado de la guzla que una de ellas tañia. Aben-Sal-Chem y Djeouar
se detuvieron tras el tapiz de la puerta, para oir el siguiente romance:
Entre celajes de fuego, tras el ocaso se pone[31]
el sol, y su oscuro manto despliega la sombra informe.
El lucero de la tarde en trémulos resplandores
reverberando aparece, mensajero de la noche.
Se amengua la luz; el dia va á alumbrar á otras regiones,
y la tiniebla se extiende llenando los horizontes.
¡Bella lámpara de plata, que el firmamento recorres,
brilla siempre entre la bruma, que te envuelve en sus vapores
como trasparente gasa que á velar te se descoge!
¡Brilla siempre misteriosa, mientras murmurando corre
el rio, que á tus destellos reflejos de plata rompe,
y en la sonante ribera, entre sus ondas veloces,
espadañas acaricia, y humildes plantas recoge!
Mas si mi hermosa aparece, á verte en sus miradores,
entre las nubes ¡oh luna! tu pálida faz esconde,
que donde brillan los ojos de Noemi abrasadores,
poco son, no tus reflejos, sino el fulgor de cien soles.
[31] Hemos impreso los versos segun los escriben los árabes,
que de cada dos de nuestro romance, hacen uno que dividen en
dos partes. Así nuestro primer verso equivale á la primera
mitad ó primer hemistiquio árabe, que ellos llaman sadrilbait
ó entrada del verso, y el segundo verso al segundo hemistiquio
ú ogzibait, que significa cabo de verso. Ambos hemistiquios
son de igual número de sílabas, de modo que una estrofa de
nuestros romances, equivale á cuatro hemistiquios, ó sean dos
versos árabes.
Calló la esclava, y el wisir y el juglar se adelantaron; la vista de
este último produjo algun desórden; la mayor parte de las esclavas
huyeron, y otras se cubrieron con sus velos; la mujer que reposaba
en el divan se levantó ruborosa, y recibió con una sonrisa de amor á
Aben-Sal-Chem, y un ademan digno y respetuoso al juglar.
El judío se detuvo en este punto, como fatigado de tan larga relacion;
la sultana Wadah, esperó en vano á que prosiguiese; aquella historia
la interesaba en demasía, para que no procurase saberla hasta el fin;
parecíale, sin embargo, un delirio de Absalon; el judío habia dado á
su voz la inflexion de un canto monótono y triste; semejante al que
usan los juglares en sus historias de hadas y encantamientos; por otra
parte, ¿cómo Absalon recordaba no sólo los detalles más minuciosos,
sino tambien los romances cantados en una historia que no era la suya?
Sin embargo, recuerdo ó delirio, verdad ó mentira, la leyenda la habia
revelado un nombre conocido para ella: el nombre de Djeouar. Habia
escuchado con ansiedad al judío desde que pronunció aquel nombre,
y habia esperado descubrir un misterio, que tal vez era el de su
existencia y el de su amor.
Pero Absalon habia dejado de hablar; retratábase en su semblante la
misma expresion de dolor, que habia visto en él la sultana al levantar
el tapiz del divan donde estaba aprisionado; el retrete habia sido
envuelto de nuevo en el silencio más profundo.
Acercábase en tanto la hora de adohar; el sol iba á tocar el punto que
marca la mitad de su carrera; la fiesta seguia, puesto que de tiempo en
tiempo se escuchaba el son de trompetas y atabales; un presentimiento
funesto pesaba sobre el alma de Wadah, y se unia de una manera
incomprensible á la historia que habia dejado suspendida el judío.
--Es preciso acabar, dijo para sí; es preciso que este hombre hable.
Y sacudió un brazo del judío, que tornó en sí, no aterrado como la vez
primera y con la insensatez pintada en sus ojos, sino de una manera
natural; miró en torno suyo, y al ver á Wadah, se alzó del divan y se
prosternó con respeto.
--¡Oh poderosa señora! exclamó, ¿por qué llegas hasta tu siervo en la
hora de la desgracia?
Absalon no era entonces un loco. Wadah le examinó atentamente antes de
responder.
--¿Qué haces aquí? le preguntó.
Absalon tembló, pero no contestó.
--Tienes miedo á esa mujer, observó la sultana; su poder te aterra,
pero yo quiero que hables; es ya tarde para volver atrás; quiero saber
hasta el fin la historia de Djeouar.
El judío palideció, contuvo una exclamacion que ya rebosaba de sus
labios, y procurando sonreirse, contestó:
--Es verdad; habré soñado; mis sueños son extraños; quien los
presenciara, me creeria despierto. ¡Djeouar!--Y el judío dilató más su
singular sonrisa, que tenia algo de la expresion del espanto.--¡Era
Djeouar con quien soñaba! ¡Oh! ese cuento es terrible, y desde que le
oí á un anciano de mi raza, le reproduzco con frecuencia en mis sueños.
Una llamarada de cólera subió del corazon á los ojos de Wadah. Era
la primera vez que, despues de muchos años, se atrevia un hombre á
oponerse á sus deseos. Aquella mirada fué, sin embargo, un relámpago.
Su irritacion, próxima á estallar, rodó en su corazon, expresándose en
un estremecimiento espantoso.
--¿Sábes quién soy? Le preguntó la africana con voz breve y acentuada.
--Sí, poderosa sultana, lo sé.
--¿Sábes mi nombre?
--¿Acaso me he atrevido á desear conocerlo? repuso vivamente el judío,
cuyo semblante pálido iba tornándose en lívido, al par que el de Wadah
se enrojecia.
--¡Oh! ¡tan olvidadizo es el señor, que no recuerda el nombre de su
esclava!...
El judío miró con asombro á la africana.
--Yo en cambio, añadió esta, nada he olvidado. Te ví entrar un dia en
el alcázar del rey, y te reconocí á pesar de haber trascurrido 15 años
desde la época en que nos separamos. Venias á presentar al magnífico
Ebn-Al-Hhamar, mi esposo, una bellísima esclava. Pero no halló gracia
en el rey, y volviste con ella á tu casa á donde te hice seguir.
Aquella misma noche yo, cubierta con un velo, llamé á tu puerta, ví á
la esclava, y te la compré para un jóven, que al dia siguiente pasó,
por instigacion mia, bajo tus miradores, y vió á Betsabé. Tú hiciste
lo demás. No me habias reconocido más que como la esposa del rey, y
adivinaste que yo debia tener un gran interés cuando exponia la paz
de mi vida yendo á buscarte á tu casa; creiste haber penetrado mi
secreto; te habia dejado traslucir que yo necesitaba un objeto bastante
poderoso para arrastrar al príncipe Juzef á una lucha. Pero esa lucha
¡insensato! no debia ser contra su padre el rey Al-Hhamar, á quien amo
con toda la fuerza de mi amor; debia ser contra el príncipe Mohamet,
por quien siento mi corazon rebosando odio. Ayer Betsabé era esclava,
hoy está libre y quiere ser reina.
El judío sufria toda la influencia de un terror pánico; su corazon le
decia que aquella mujer tan hermosa podia para él ser la muerte; para
él, miserable, que se estremecia al pensar en el _no ser_, porque á
pesar de su impotencia, aún no le habia abandonado ese sueño tenaz
que se llama esperanza, y que acompaña al hombre hasta la agonía.
El espanto erizaba sus cabellos, porque en el semblante de aquella
mujer habia empezado á leer con trabajo una historia, como se lee
una inscripcion, cuyos caractéres han sido alterados por el tiempo,
porque cada período de la vida de Wadah, habia dado una expresion á su
semblante: cuando sólo contaba 12 años y salia del alcázar de Cairvan
para recorrer las selvas sobre su caballo salvaje, era una niña pura,
candorosa, en cuyos hermosos ojos negros se notaba la dulce melancolía
causada por las primeras y misteriosas sensaciones de un amor sin
objeto; despues cuando vió correr ante sí la sangre del hombre á quien
habia abierto su alma de vírgen, el dolor, el despecho y la vergüenza
de un castigo, tal vez injusto, cubrió su frente, tan tersa y tranquila
antes, con una nube sombría, que revelaba en ella una ilusion marchita,
y el primer impulso de venganza; pensando en su desagravio, ocultando
sus padecimientos por orgullo, se hizo reservada, cruel, suspicaz; la
franca sonrisa de su boca desapareció, para dar lugar á otra afectada,
y tras la cual un observador hubiera encontrado siempre la amargura
de un alma contrariada en sus más queridas sensaciones. Entonces
contaba 15 años. Desde aquella época habia dejado de verla Absalon, y
en los otros 15 años que trascurrieron hasta el dia en que, llegando
el judío á Granada, pudo verla junto al rey, en las fiestas y en las
monterías tan frecuentes en aquel tiempo, nada en la sultana despertó
sus recuerdos, ni cuando una noche se presentó en su casa para comprar
á Betsabé, vió en ella más que la esposa del rey, ante cuyas plantas
se prosternó, para escuchar las órdenes que respecto á la conducta que
debia seguir en los amores del príncipe con la esclava, salieron breves
é imperiosas de los labios de Wadah.
Y no era posible que la hubiese reconocido: la sultana no era la mujer
esbelta, aérea, semejante á una sílfide como 15 años atrás: era más
hermosa, sí; sus formas se habian desarrollado, su hermosura habia
llegado al colmo, sus ojos habian adquirido la expresion peculiar que
la costumbre de ser obedecida á la primera indicacion da á la mirada
de una reina; Wadah, en fin, se habia trasformado en gran manera; sin
embargo, Absalon, cuya atencion habia despertado los acontecimientos
del momento, creyó reconocer aquella mirada límpida, penetrante,
imperiosa: creyó ver levantarse otra mujer entre la niebla de sus
lejanos recuerdos; pero dudó, y calló.
--¡Oh! yo no te he olvidado, Absalon, repitió la sultana, en cuya voz
se notaba una inflexion de amenaza, no he olvidado las humillaciones
que he debido á tu sórdida avaricia; entonces era tu esclava, como
ahora tu señora; entonces estaba sujeta á tu poder como tú lo estás
al mio. ¿Cuál piensas seria tu suerte si yo dijese á mi amado: señor,
el hombre que maltrata á la que tú llamas luz de tus ojos, está en tu
ciudad; tu siervo es, el que por una infamia fué mi señor, y yo quiero
su cabeza?
Absalon era cobarde, y creyó sentir ya en su cuello el filo del fatal
alfanje; una angustia mortal y un decaimiento extremo eran las señales
que, pintadas en su rostro, respondian de su padecimiento; á pesar de
esto continuó en su obstinado silencio.
--¡Hablarás! gritó Wadah con voz sombría desnudando un puñal con mango
de oro, y apoyando su aguda punta en el seno del judío.
Este dió un grito, saltó del divan, y quiso huir, pero cayó contenido
por la cadena de oro que le aprisionaba como á Betsabé.
--¡Oh, qué es esto! exclamó Wadah, viendo la cadena cubierta de
signos cabalísticos, que hasta entonces habia estado oculta bajo la
hopalanda del judío; ¿quién te ha sujetado de esa manera? Luego aquí
vuela un poder superior que tú con tu ciencia y tu maldad no puedes
contrarestar. ¿Con que está maldito todo cuanto me rodea?
--Esa mujer es la muerte, dijo profundamente el judío, esa mujer es la
condenacion.
--¡Pues bien! ¡la historia de esa mujer! ¡la de Djeouar! ¡la de
Noemi!... ó tu vida.
El judío asió aterrado las rodillas de Wadah y unió sollozando su
rostro á la alfombra.
--Sí, dijiste que Djeouar y el wisir entraron en el aposento de
Noemi... ¿quién era esa mujer? preguntó temblorosa Wadah.
El judío hizo un esfuerzo penoso, se incorporó, y dijo con voz lenta y
lúgubre:
--Esa mujer era tu madre; Djeouar era mi hermano; el wisir
Aben-Sal-Chem el enemigo de nuestra raza.
La sultana palideció al oir aquella inesperada respuesta; su corazon
se estremeció, sus rodillas se doblaron, cayó sin fuerzas sobre el
divan, y dos lágrimas arrancadas por la emocion, al par dulces y
amargas, brotaron de sus ojos, que hasta entonces sólo habian mostrado
el fuego de un amor ardiente, ó la expresion de una soberbia ó de un
furor sin límites. Tal vez ella en su existencia de lucha y de odio,
habia adormecido en el fondo de su alma aquel sentimiento; tal vez,
acostumbrada á la soledad y al aislamiento, habia reconcentrado en
sí misma sus afecciones; pero al fin el amor inmenso que llena el
corazon de las madres; esa voz de la naturaleza, sin la cual la especie
humana seria una raza de fieras, se reveló en ella con la vehemencia
peculiar á todas sus pasiones. Con la rapidez inherente al pensamiento,
retrocedió al pasado, creyó ver á su madre hermosa y desgraciada,
separada de su hija, tendiendo hácia ella sus brazos, y sufriendo con
su ausencia como ella sufria cuando estaba separada del príncipe Juzef
A'bd-Allah. Sólo una madre sabe cuanto puede amar y sufrir una madre.
Por eso dos lágrimas solas y ardientes habian brotado de sus ojos;
lágrimas que se evaporaron al rodar por sus ardientes mejillas,
enrojecidas por la influencia de encontradas pasiones; un deseo en
Wadah era una exigencia; una exigencia contrariada producia en ella el
terrible furor á que con tanta frecuencia se entregaba.
--¿Dónde está mi madre? gritó encarándose con el judío, cuya situacion
respecto á Wadah se hacia cada vez más difícil.
Absalon se anonadó; el grito y el ademan de Wadah eran tan imponentes
como los de una pantera que busca al hijuelo que le han robado.
--¿Dónde está mi madre? ¿Qué ha sido de ella? repitió con acento
terrible Wadah. ¡Su historia! ¿Lo oyes? ¡Quiero saber su historia!
El judío se abandonó sin esperanza á su destino; sus ojos volvieron
á rodar con la expresion del insensato; un sordo gemido salió de sus
labios, cayó sobre el divan, cerró los ojos, y su voz volvió á elevarse
como un canto lúgubre, perdido, emanado de la tumba. Parecia que un
poder superior dominaba aquella extraña situacion.
--Noemi era muy hermosa, continuó el judío; Noemi sólo contaba doce
años; pero sus encantos no tenian número: Djeouar la amaba porque era
hermosa, y la aborrecia porque era hija y esposa de los enemigos de
sus padres. Djeouar por su amor y su venganza habia vendido su cuerpo
á Azrael[32], y su espíritu á Satanás. Djeouar, el horrible juglar,
el de la barba macilenta, el de los hundidos ojos, el de la espalda
encorvada, habia pedido al infierno una de esas frentes altivas que
inspiran respeto, una de esas miradas que infiltran en quien las ve, un
amor sin fin, y uno de esos cuerpos gallardos, que revelan la fuerza y
la majestad. Todo se lo habia concedido el espíritu condenado, y al fin
estaba entre Noemi y Aben-Sal-Chem, gozándose en el cercano logro de su
amor y de su venganza. Cuando tras una breve plática, el wisir salió
con Djeouar del aposento de su esposa, esta se levantó recatadamente,
llegó á la puerta, separó un tanto el tapiz, miró con el rostro teñido
de púrpura y latiéndole el corazon al juglar que se alejaba por una
larga galería, y cuando ya no le vió, un hondo suspiro rebosó de su
pecho, quedó inmóvil en el lugar donde se encontraba, y sus ojos se
llenaron de lágrimas.
[32] El ángel de la muerte.
Entre tanto Aben-Sal-Chem preguntaba á Djeouar, qué juicio habia
formado de su esposa.
--El corazon de la mujer es un abismo en cuyo fondo sólo se ven
tinieblas, contestó Djeouar; tengo que apelar á la ciencia; y esta
noche si tienes valor para ir solo al sitio que te designe, te daré á
conocer si tu esposa es culpable ó inocente.
--¿Y qué sitio es ese? preguntó el wisir.
--En la ribera oriental del lago, hay una ensenada que penetra entre
dos montañas, formando un canal sinuoso; al fin de él, bajo la
cortadura de la montaña, existen las ruinas de una cabaña, cercada por
un vallado. Ve esta noche allí, cuando las estrellas medien su curso, y
te revelaré tu presente y tu porvenir.
--Pero aquel es un lugar maldito, donde no osa penetrar ningun buen
muslin, observó el wisir palideciendo.
--Sí, en aquel lugar hace treinta años se cometió un asesinato. Desde
entonces está inhabitado y huyen de él las aves y los animales. Sin
embargo, el Destino me manda que sólo allí hable, y sólo allí hablaré.
El wisir prometió ir solo, y Djeouar se separó de él y con pretexto de
descansar, entró en el aposento que se le tenia destinado, y donde le
esperaban esclavos. Despidiólos, y cuando quedó solo tocó la calavera,
que encerrada en el saco no habia abandonado, y dijo:
--Quiero llegar hasta la puerta del retrete de Noemi, sin ser visto por
ojo humano.
Apenas habia expresado su deseo, cuando le vió cumplido; hallóse tras
el tapiz que cubria la puerta de aquel retrete; levantóle y miró: Noemi
estaba sola sentada en el divan, con la cabeza puesta entre las manos,
y los brazos apoyados en sus rodillas; sus largos cabellos negros caian
como un velo sobre sus hombros y parte de su semblante, y su mirada
estaba fija en el pavimento.
Djeouar levantó el tapiz y entró; sus pasos resonaron sobre el mármol,
y Noemi levantó la vista, le vió, dió un grito, y quiso huir; pero
la contuvo una mirada del juglar, semejante á la de la serpiente que
fascina á una avecilla.
Djeouar siguió adelante, y cuando llegó junto á Noemi, notó que
temblaba, y un movimiento de despecho agitó su corazon.
--¿Por qué tiemblas ante mí, paloma mia? la preguntó dulcemente el
juglar.
El seno de Noemi se elevó al impulso de una sensacion desconocida;
sus ojos se elevaron hasta posar una mirada tímida en los de Djeouar
y palideció. Los ojos del juglar arrojaban de sí torrentes de pasion,
pero de una pasion impura como su alma; los de Noemi revelaban un amor
naciente, tímido, purísimo á veces; repugnancia, desden y temor otras;
su espíritu luchaba entre el amor y el horror. Un poder invisible la
arrastraba al juglar, y sin embargo rechazaba á aquel hombre por un
impulso independiente de su voluntad como su amor.
Djeouar leyó hasta en el fondo del alma de Noemi, y apreció en lo que
valia la lucha que la agitaba; conoció que jamás el amor dominaria al
terror en Noemi, y se enfureció.
--¡Oh! dijo para sí; no es la virtud de la mujer ni mi fealdad los que
me separan de Noemi; es mi destino. Pues bien, ese destino fatal pesará
sobre todo cuanto me rodee, y aliviaré mi dolor gozándome en el dolor
de los otros. Si esta mujer no puede ser mi amante, será mi esclava y
me vengaré.
Luego, sentándose en el divan, trajo hasta sí á Noemi.
--Escucha, la dijo, yo te amo; esta es la tercera vez que llego hasta
tí para decírtelo, y es la tercera tambien que me desdeñas.
Noemi miró con espanto á Djeouar, no recordaba haberle visto hasta
entonces, y sin embargo, parecia encontrar algo de comun entre la
límpida y radiante mirada del hermoso jóven, y la sombría é impura del
juglar, que habia visto antes prosternarse dos veces á sus piés. Creyó
ser presa de un sueño, y pasó las manos por su frente como queriendo
arrancar de ella una cruel pesadilla.
--No, no sueñas, dijo el juglar, presintiendo el pensamiento de la
jóven; yo he creido tambien soñar, y estoy despierto como tú; nuestro
destino está enlazado, y lo que está escrito se cumplirá.
--¿Pero qué está escrito? murmuró con espanto la hermosa.
--¿Acaso anida la golondrina en otra palmera que en aquella donde debe
anidar? ¿Acaso el hombre puede evitar el empeñarse en la senda á donde
le arroja su destino? No. Destino mio era amarte; te ví un dia en las
márgenes del lago, y te amé; destino mio era llegar hasta tí; esperé
la noche, y á favor de la sombra escalé los muros de los jardines, y
te ví... ¡Oh! me desdeñaste con horror, huíste de mí aterrada, como
hubieras huido de un horrible reptil; sin embargo, volví otra vez, y
fuí más desgraciado que la primera; me ví encerrado en una mazmorra,
sentenciado á morir, y mi cabeza fué destinada á ocupar una escarpia en
las puertas de la ciudad; pero cuando ya sentia los pasos del verdugo,
cuando el frio de la muerte corria por la médula de mis huesos, los
hierros que me aprisionaban se rompieron, una mano invisible abrió mi
prision y me encontré libre en el campo, sobre un camino solitario
alumbrado por la hermosa luz de la luna; me protegia un poder superior,
y con él he vuelto, no como antes, deforme y miserable, sino hermoso,
rico y lleno de poder; si me hubieras amado, mujer ¡cuántas lágrimas
hubieras evitado á tus ojos! ¡cuánta felicidad hubieras debido á tu
destino!
--Pues bien, sea como quiera, contestó Noemi, levantándose con dignidad
y echando atrás con un movimiento de su hermosa cabeza su profusa
cabellera; sea como quiera acepto mi destino: el Señor fuerte, el sábio
entre los sábios, el justo entre los justos, ha puesto á prueba mi
corazon. Antes de verte hoy, amaba á mi esposo, amaba á mis flores,
amaba la luz que se desprende de ese cielo purísimo y el hermoso sol
que reverbera en su inmensidad; pero mi amor era tranquilo, y el odio
no habia penetrado en mi alma; desde que estás hoy á mi lado, mi alma
ha cambiado enteramente; me devora un amor solo, inmenso, abrasador, y
con él un odio sin fin, sin perdon, y por tí y para tí son ese amor y
ese odio; amémonos y aborrezcámonos. Cúmplase nuestro destino.
--¿Y por qué no amarnos siempre? murmuró el juglar posando una ardiente
mirada en Noemi.
--¡Amarnos! contestó esta con un acento que parecia inspirado y con
los ojos llenos de lágrimas; muchas veces, sentada en aquel ajimez, he
visto trasmontar el sol los horizontes entre ráfagas de sangre, y me ha
estremecido un vago presentimiento; muchas veces desde ese mismo lugar,
he mirado la luna opaca y sombría reflejando sobre mi frente, y las
oscuras nubes que han pasado delante de ella, me han parecido horribles
visiones que me lanzaban desde la inmensidad miradas de amenaza; he
escuchado palabras de maldicion entre los bramidos del viento de la
tempestad, y arropada en el fugitivo manto del relámpago, he visto cien
veces una frente hermosa y amenazadora semejante á la tuya; y yo he
amado y he aborrecido esos terrores como te amo y te aborrezco.
En aquel momento la radiante faz de Noemi tenia mucho de semejante á
la de Djeouar, ambos á dos eran más que mortales; habia algo más allá
de la vida retratado en sus miradas; sus pasiones al par eran más
violentas que las de los hombres. Entrambos se comprendieron, entrambos
se respetaron.
Pasó un momento de silencio solemne. Al fin le rompió Djeouar.
--Aquí se encierra un misterio, dijo, que no alcanzo á comprender; esta
noche es preciso que vayas allí, añadió señalando un punto del lago á
Noemi, y que era el mismo lugar que habia indicado á Aben-Sal-Chem.
--Iré, contestó Noemi.
--A la media noche.
--A la media noche.
Tras esto, Djeouar por donde habia entrado, y Noemi por la parte
opuesta, abandonaron el retrete.