El rey Al-Hhamar, habia contemplado impasible aquel misterioso período
de la historia que tanto atañia á su porvenir; su benévolo semblante
no se habia contraido ante aquellas asechanzas contra su existencia;
miraba con la atencion y curiosidad de un niño, y nada más.
El retrete de la casa del judío habia desaparecido, quedando en su
lugar una sombra profunda, parecia que al salir el príncipe y Betsabé
le habian arrastrado en pos de sí.
El genio tocó de nuevo con su vara mágica el denso humo, y otro
espectáculo nuevo y sorprendente se mostró ante Al-Hhamar. Era
la plaza de Bib-Rambla; pero como entonces, ostentando sus aéreas
torrecillas; sus galerías afiligranadas, sus techos de pizarra y sus
ostentosos miradores; la plaza de Bib-Rambla engalanada para un fiesta
y alumbrada por el sol de uno de esos serenos dias con que espira el
otoño.
Ordinariamente Bib-Rambla era el centro de todo lo hermoso, de todo
lo rico de Granada; veíanse en sus bazares, ocupados por mercaderes
venidos de todos los pueblos, cuanto puede soñar el deseo; allí se
cruzaban las pláticas de amor y de combate; más de una hazaña tenia
allí su orígen, y las profundas oscuridades de los bazares cubrian en
su misterio más de un lance de amor.
Pero aquel dia los soportables habian desaparecido, cubiertos por una
gradería, destinada á dar asiento á los que por su fortuna debian
asistir á las fiestas de la proclamacion del príncipe Mohhanmed.
Una fuerte valla separaba el coso de la gradería, y tres puertas, la
de Bib-Al-bolut, la del Zacatin y la de la Al-Kaissería, eran las
destinadas á dar paso á los justadores y á los concurrentes.