Y en efecto, el tapiz que cubria la puerta del retrete se alzó á
impulsos de una mano indiscreta, y uno tras otro entraron tres hombres,
cubiertos de hierro de los piés á la cabeza.
Eran los tres walíes.
Adelantábase Abu-Abdalá el de Málaga, abarcando con una mirada
sombría el ancho retrete; llevaba plegado atrás el alquicel y su mano
izquierda se apoyaba en la empuñadura de su espada. Tras él Abu-Yshac,
dejaba entrever sobre el embozo de su alquicel su mirada de raposo,
y Abu-Hassan, á guisa de guarda, apareció inmóvil en el cancel de la
puerta. Betsabé, cubierta enteramente con el velo, blanca é inmóvil
como una piedra, se veia en el centro del retrete tras Juzef, que
esperaba severo á Abu-Abdalá.
--¡Por la Kaaba! dijo este en acento sombrío; ¿crees mancebo, que el
hijo de mi madre no tiene más ocupacion que guardar tus amores con esa
ramera?
Betsabé permaneció inmóvil. Juzef se tornó lívido y acortó la distancia
que le separaba de Abu-Abdalá.
--¡De rodillas, esclavo!, gritó con voz que la cólera hacia convulsiva.
--¡De rodillas! rugió Abu-Abdalá echando mano á la empuñadura de su
espada. ¡De rodillas! ¿y ante quién?
--Ante vuestro señor, contestó Betsabé adelantando un paso y echando el
velo á su espalda.
Sea que un poder misterioso la rodease, sea que su radiante hermosura
deslumbrase á los walíes, Abu-Abdalá retrocedió, Abu-Yshac dejó caer
el embozo de su alquicel, y Abu-Hassan abrió los ojos de una manera
extraordinaria.
Juzef les contemplaba pintada en su semblante la ira, y blandiendo
el venablo, como el toro que moja la arena y la arroja á sus ijares,
mientras mide el sitio donde ha de herir.
Betsabé adelantó aún más, hasta ponerse entre el príncipe y los walíes;
la luz de una lámpara cercana, venciendo la todavía débil claridad del
alba, que penetraba por el ajimez, inundaba con un pálido resplandor
su frente erguida en un ademan de soberbia amenaza; un frio desden
aparecia en la expresion de su boca entreabierta, y su mirada severa y
fija se posaba poderosa en los walíes.
--Sois necios, imprudentes y atrevidos, dijo lentamente Betsabé
marcando cada una de sus palabras; quereis vengar un ultraje, y en
vez de procuraros una fuerte alianza, la haceis imposible dando
oídos á vuestro insensato orgullo y mordiendo la mano que os puede
proteger, manchais la sola bandera que debe flotar entre vosotros el
dia del combate. Idos. Devorad vuestra rabia. Los Zegríes son mejores
que vosotros, puesto que saben conquistar los favores de un rey; los
Zenetes no se trocarian por los que tienen en la lengua el veneno de la
serpiente, la envidia en el corazon y la espada mohosa y adherida á la
vaina. ¡Idos!