En las regiones de Occidente hay una tierra fértil, rica de fuentes y
de verdor; ancha alfombra es de flores, entre las cuales se deslizan
las claras ondas del Darro y del Genil, murmurando tristemente, cual
si les apenara el alejarse de aquellas márgenes orladas de lirios y
violetas.
Sabrosas son las frutas de aquella tierra, y doradas mieses crecen en
torno de copudos olivos, á quienes agobia el peso de su negro fruto.
En sus montañas se eleva el cedro del Líbano y en sus llanuras cimbrea
la palmera de África.
El fúnebre ciprés descuella sobre el mirto, y el tulipan de Oriente
brota á la sombra del espino del desierto.
Rodeada está aquella tierra de montañas, como un huerto de su vallado,
y reina entre todas se eleva una sierra siempre cubierta de nieve, y
cuya altísima frente domina á las nubes, cuando vuelan en torno de ella
impelidas por el viento de la tormenta, ó á las brumas trasparentes de
la mañana, cuando, precediendo al dia, inunda los horizontes la diáfana
luz de la alborada.
Tierra de bendicion es aquella: allí ostenta su luz más pura el sol,
y la luna parece una lámpara de nácar suspendida de una bóveda de
zafiros, donde brillan trémulos los luceros.